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Taj Mahal | Sublime rostro del islam – Luis Alberto Ganderats
Taj Mahal | Sublime rostro del islam

Taj Mahal
Sublime rostro del islam

Ese Extremo Oriente que nos hipnotiza tiene una enorme deuda con los islamistas mogoles que reinaron en la India por tres siglos. No sólo dejaron el Taj Mahal. También una joyería  de palacios, mezquitas, fuertes, ciudades y jardines eternos. Pero hay que estar atento con la “maldición” de este Mausoleo del Amor y nunca olvidarnos que la mano imprevisible de Mahoma está en el origen del magnífico Imperio Mogol de la India

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

No es lo que uno espera, claro, después de vivir años esperando el momento de admirar la armonía casi celestial del Taj Mahal; de tocar sus mármoles entretejidos con piedras nobles, y acercarse a la última morada de un hombre y una mujer que hace cuatro siglos regalaron al mundo un dulce ejemplo de amor seguido por  el desgarro de la ausencia. Y, claro, no es lo que uno espera. Llega uno buscando entender por qué Kipling dijo que el Taj Mahal es “la encarnación de todas las cosas puras” y un  guardia nos mete mano entre las piernas – ¡el reino de lo impuro!—buscando quizá qué amenaza contra el mausoleo magnífico.

Todo hombre que entra al Taj Mahal es sometido –sin chistar– al mismo procedimiento, casi prostático, y las mujeres no lo pasan mejor con las guardias femeninas.

Es que los policías–casi todos hindúes—protegen de manera muy tosca el mayor tesoro que los musulmanes dejaron  en la India. Debemos aplacar nuestra vanidad, sin embargo, pues sabemos que el Taj Mahal le da fama universal a Agra, antes capital imperial, hoy capital del turismo. Y que un atentado de enemigos internos o externos sería catastrófico.

Que el Taj Mahal figure entre las mayores joyas del islam y no de la milenaria cultura india importa poco a los guardias y a las autoridades de esta ciudad de hindúes. Por lo demás, hay 150 millones de indios seguidores del islam, y ellos ven en el mausoleo de mármol blanco una obra maestra de su fe. Otro tanto ocurre en los pueblos vecinos de Bangladesh y Pakistán, donde el islam domina sin contrapeso.

El Taj Mahal representa muy bien lo mejor de los seguidores de Mahoma, que en medio mundo han dejado huellas admirables. Recordar lo que el islam aportó a España (la ciudad de la Alhambra en Granada, la Giralda de Sevilla, la mezquita de Córdoba) y lo que ha dejado en las viejas y maravillosas ciudades de la Ruta de la Seda, en Estambul y aquí en la India musulmana, es argumento suficiente como para inclinar la cabeza en actitud de respeto. O al menos para reflexionar, y hacerse preguntas.

Tamerlán solía decir en tono intimidante:  “Si dudas de nuestro poder, mira lo que hemos construido”. Es lo que sintió el artista y poeta francés Henri Michaux: 

Hay que ver el Taj Mahal. A su lado, la catedral de Notre Dame de París es un bloque de materiales inmundos, buenos para echarlos al Sena, o a un pozo cualquiera, como todos los otros monumentos (salvo quizás el Partenón y algunas pagodas)”. 

Estorbo de sangre imperial 

Por todas esas razones, voy muy inquieto rumbo al Taj Mahal. Con gran regocijo, pero a ratos, con temor a la decepción, que nunca abandona al viajero cuando la espera ha sido demasiado larga. A tropezones camino en medio de una multitud que inicia la visita pasando por un monumental edificio de ingreso llamado darwaza. Sobre un encrespado mar de cabezas se alcanzan a divisar las cúpulas del mausoleo. Sobresalen los cuatro alminares idénticos que hemos conocido desde niños como partes de relatos orientales que se mecían entre el mito y la realidad.

Pero pasada la avalancha de visitantes mis temores se esfuman. El Taj Mahal  no se me presenta como un decepcionante final de un sueño. Al contrario. Es placer puro. Dan ganas de rogar que el tiempo se detenga. Nada hay que bloquee el placer. Ni gritos, ni ruinas, ni basura. Ninguna publicidad comercial. La ropa colorida de las mujeres hindúes y musulmanas enciende los muros enteramente blancos del mausoleo y dan brillo a dos edificios rojos que acompañan la majestuosa imagen cuando se observa desde las orillas del Yamuna, el río sagrado que corre por aquí para alimentar al Ganges. Observándolo desde la orilla opuesta se disfruta de la simetría perfecta.

No es casual la simetría en todo el espacio del Taj Mahal. Los cuatro lados del blanco mausoleo monumental son idénticos. Las cuatro portadas dominantes se repiten a lo largo de toda la gran mole, en diferentes tamaños. La simetría sigue en el interior, como dando la razón a Jean Claude Carrière cuando dijo que el Taj Mahal “es una sola forma, una sola materia, un solo color”. Tras una larga espera bajo el sol, en una fila ordenada, logro entrar (por la única puerta habilitada) al estrecho espacio  donde se hallan las tumbas vacías o cenotafios de los esposos. (Sus restos se ocultan al público en un nivel inferior).

Sin embargo, las repeticiones que también existen en el interior apenas podemos verlas debido a la penumbra y a la multitud que nos arrastra. Las falsas tumbas están rodeadas de una especie de alto corralito de mármol que tiene ocho lados. La sala en que se encuentra tiene igual número de aristas, y también las pulidas baldosas del piso dan formas octogonales.

Los muros del interior tienen 25metros de altura. Se hallan  cubiertos de magníficas caligrafías y motivos florales en mármol. Son obra de orfebres y joyeros, que usaron gemas preciosas y semi preciosas. Pero este es el único lugar del Taj Mahal donde la simetría se evapora. El hijo de emperador decidió poner la tumba vacía de su padre junto a la de su esposa tan amada, también vacía. Ella sigue en el centro exacto, milimétrico, de ese corralito de mármol, pero su marido ocupa simbólicamente una tumba notoriamente más grande, dispuesta a su lado como a la fuerza. Se derrumba toda armonía. El creador del Taj Mahal parece aquí “un simple advenedizo, una mota de polvo, casi un estorbo en medio de tanta exactitud y lógica”, ha reclamado un ilustrado visitante. 

Su tumba falsa –aunque extraordinariamente hermosa y lujosa– parece una sombría metáfora de lo que le tocó sufrir en vida al emperador Shah Jahan. Fue derrocado por ese mismo hijo, quien lo tuvo durante años retenido, hasta su muerte, en el Fuerte Rojo de Agra, muy cerca de aquí. Desde sus lujosos aposentos, construidos por Jahan en sus años de gloria y amor pleno, él sólo podía divisar, a lo lejos, el perfil del Taj Mahal. Le habrá parecido un minúsculo cofre blanquísimo donde yacían los restos mortales de su pasión.    

Maldición del Taj Mahal

Capturar una imagen elocuente de su armonía se hace casi imposible para los cientos de fotógrafos con cámaras para aficionados, las únicas que se pueden usar aquí. Damos vueltas y vueltas alrededor del mausoleo, llenos de asombro, y de una cierta perplejidad, pues no somos capaces de identificar lo que ejerce tanta  fuerza sobre nuestro ánimo.

Por eso, tal vez, el silencio es la respuesta de casi todos. Cada uno pareciera vivir dentro del pecho su propio Taj Mahal.

“Lo lamentarán por el resto de sus días”, me advierte el joven indio que me acompaña. “Les será muy difícil repetir una experiencia como ésta a lo largo de sus vidas… A eso le llaman la maldición del Taj Mahal”.

Hace poco recorrimos el desierto del Thar y sus ciudades de las mil maravillas. El Thar forma parte del Rajastán, la India de los soñadores, la mejor región del país si se nos obliga a elegir una sola. Ahí están algunas de las obras más notables que dejaron los seguidores del islam encabezados por el gran pueblo mogol y sus maharajás impetuosos y soñadores. De una de las ciudades vecinas, Makrana (hoy y ayer fea, laboriosa y marmolera), se trajo la piedra blanca utilizada en la construcción del Taj Mahal. Con cargas transportadas a lo largo de 280 kilómetros por cientos de elefantes y carretas el islam pudo alcanzar en Agra una de las cumbres del arte y la arquitectura. Por otros medios llegaron jades y cristales de China, turquesas del Tibet, lapislázuli de Afganistán, crisolitas de Egipto, ágatas del Yemen, zafiros de Ceylán, amatistas de Persia, corales de Arabia, malaquitas de Rusia, cuarzos del Himalaya, diamantes de la India…

Ingenieros y arquitectos, artistas y artesanos, miles de albañiles de todo el Oriente, se ocuparon de cumplir el mandato del emperador Shah Yahan y el sueño de su esposa, Mumtaz Mahal, que según la tradición, fue revelado en la cercanía de su muerte. Pero sigue en el misterio la mano que hizo el diseño esencial del mausoleo. Se dan distintos nombres probables o posibles, pues varios arquitectos y artistas distintos figuran en documentos y testimonios, pero ninguna fuente confiable ha podido hacer la identificación fina. Fueron veinte años de trabajos. Algunos terminan concluyendo que el TajMahal sería el fruto de un trabajo colectivo encabezado por el emperador, constructor de bellos palacios, fuertes y mezquitas en la Delhi y la actual Pakistán.

El Taj Mahal es su obra cumbre, no la única, pues él asombró al mundo y aportó nobleza al arte islámico. Fue formado como artista y como intelectual –antes que guerrero–, y por eso quedó instalado en la gran historia del arte como un creador y no un invasor, aunque sepamos casi nada de él en Occidente.

Puede que no importe saber quiénes crearon este mausoleo funerario. Pero había en ellos un talento excepcional. Al revés de la mayoría de los mausoleos islámicos, el Taj Mahal no fue construido en el centro de un gran jardín, sino en una de sus orillas, pegado al río. Los jardines, hoy con muchos prados y pocos árboles (por decisión de los invasores británicos), están partidos en cuatro grandes secciones marcadas por canales, y cada una de esas cuatro se dividen en cuatro. Detrás de las cúpulas del mausoleo no se ve más que el azul del cielo. Ni árboles ni cerros, ni fuertes ni mezquitas. Ni siquiera aparecen las aguas cansadas del Yamuna. Nada hay en el horizonte si se le mira desde el gran espejo de agua, custodiado por una guardia de honor de pequeños cipreses oscuros. Como el mausoleo está posado sobre una alta plataforma a quince metros sobre el nivel del río, todos los ojos se elevan como en oración, aunque muchos serán incrédulos. Un visitante extasiado nos dice en voz baja lo que ya nosotros estamos sintiendo: 

–Esto parece un camino al cielo.

El Taj Mahal por azar

La herencia más famosa del islam en la India es –se podría decir– fruto del azar. Los mogoles, de origen afgano, llegaron a la India con el guerrero Babur, tataranieto de Tamerlán y también descendiente del estepario Gengis Khan. Este Babur había fracasado varias veces en su empeño por conquistar Ferganá, un pequeño reino en Asia Central, que fue parte de la Ruta de la Seda. Pero sólo alcanzó a apoderarse dos veces de la vecina ciudad uzbeka de Samarcanda, sobre la cual él reclamaba derechos hereditarios. En ambas oportunidades tuvo que abandonarla después de numerosas derrotas que casi exterminaron su ejército.

Ya muy agónico, procuraba reclutar nuevas tropas para insistir en la conquista de ese pequeño reino cuando algunos maharajás le pidieron ayuda para derrocar al sultán de Delhi. Esa fue la oportunidad para cambiar sus planes: dejo de batallar por ese reino minúsculo y la enorme India entró en sus planes de conquista.

Babur fue escuchado por Alá. Sus descendientes, y él mismo, construyeron el poderoso imperio mogol de la India, que duraría más de tres siglos (hasta que fue invadido por tropas británicas).

Cien años después de la llegada de Babur a la India, su remoto descendiente Sha Jahan se ponía la corona; tiempo más tarde construiría el Taj Mahal. Y no sólo eso. Gran parte de las ciudades, palacios, fuertes, mausoleos y obras de arte que nos han deleitado en este largo recorrido por el subcontinente indio, tienen su origen en los islamistas mogoles, casi siempre asociados con príncipes locales. Paradójicamente, las duras derrotas militares de Babur en Samarcanda hicieron posible el extenso milagro del islam mogol en India, abriendo paso a tiempos honorables.

Una vez más, Alá parece haber escrito “recto sobre líneas torcidas”.

Pero esta historia nos tiene reservadas nuevas sorpresas. Algunos expertos creen que las mayores semejanzas arquitectónicas del Taj Mahal tienen que ver con el mausoleo funerario de Tamerlán, que se conserva en Samarcanda  (Uzbekistán). Pareciera cerrarse así un ciclo de más de un siglo que partiera  con Babur, derrotado en esa ciudad, saliendo un poco a ciegas a conquistar la India, y que terminaría con la construcción del imperio mogol. Desde algún lugar del Más Allá, Babur habrá podido observar cómo uno de sus descendientes imaginó un mausoleo que supera al de su ambicionada y esquiva Samarcanda. Así lo quiso Alá. Si lo hubiese dejado vencer en Samarcanda tal vez el mundo de hoy no conocería un imperio mogol en la India ni el Taj Mahal sería el mejor trono del buen amor. 

El soberbio mausoleo de Tamerlán, llamado Gur-e- Amir, en que el Taj Mahal parece haber hallado inspiración, es, curiosamente, de origen persa, al igual que la mujer a quién fue dedicado. El mausoleo de Samarcanda no luce blanco como los mármoles del Taj Mahal. Está lleno de color, tiene dos minaretes y una gran cúpula. Lo que sobresale más es su alta fachada o portada plana, que en el centro lleva media bóveda abierta. Este elemento, llamado iwan, le da mucha nobleza a la arquitectura de Delhi, de Agra, de Samarcanda y otras ciudades intervenidas por el islam. Y la bella forma del iwan como cualquier el visitante se da cuenta– resulta especialmente notoria en el Taj Mahal. Se multiplica sobre sus cuatro caras, en impecable simetría.

Quien lo hizo construir descendía de Tamerlán. Después de siglos los unió la muerte y la emparentada belleza de sus mausoleos. Sobre ellos, otra vez, Alá escribiría recto sobre líneas torcidas.

¿Dijo Mogol o Mongol?

No es sólo la “n” lo que hace diferencia entre mogol y mongol. Son una misma palabra, sólo que mogol es como se dice en lengua indo-aria. Las diferencias son históricas, geográficas y culturales. Mientras los mogoles –creadores del Taj Mahal– fueron musulmanes, sus antecesores del Imperio mongol eran fundamentalmente animistas chamánicos (como lo fue el propio líder, el estepario Gengis Khan) y luego derivaron al budismo, aunque una parte minoritaria también fue musulmana. Entre los islamistas destaca Tamerlán, uno de sus grandes conductores. El nombre de “mogol” provino justamente del fundador de ese imperio, orgulloso descendiente del mongol  Tamerlán.

Hay otras diferencias significativas. Con 33 millones de kilómetros cuadrados, el Mongol fue el mayor imperio de tierras contiguas y el segundo imperio más extenso de la historia humana: abarcó de Corea al Danubio. Casi toda Asia. El Imperio Mogol, en cambio, abarcó sólo la India, buena parte de Pakistán, Bangladesh y áreas de Afganistán, Nepal, Bután e Irán. Los mogoles eran originarios de Afganistán. Los mongoles, de Mongolia, Rusia y China.  Ambos imperios estuvieron separados en el tiempo. El Mongol cubrió los siglos trece y catorce, y el Mogol, del dieciséis al diecinueve. Mongoles y mogoles fueron  protagonistas de la historia universal por medio milenio.

El creador del Taj Mahal y los demás emperadores mogoles dejaron magníficas ciudades, y construcciones religiosas, palacios, fuertes, jardines y mezquitas en Delhi, Lahore (Pakistán), Agra y otras ciudades del islam. Akbar el Grande y su nieto Shan Jah, ambos de impulsos constructivos irresistibles, son los que más aportaron obras que son hoy Patrimonio de la Humanidad.

Hurrem y Kurrem

Dos emperadores con amores intensos se unen en la historia bajo nombres casi idénticos. Kurrem se llamaba el creador del Taj Mahal antes de convertirse en emperador. Hoy se le recuerda por su título: Shah Jahan (1592-1666). Su nombre es fácil de asociar al de Hurrem, la esposa favorita del sultán otomano Solimán El Magnífico, madre y abuela de sultanes, cuya violenta historia está recordando la TV chilena por estos meses, y a quien en muchos barrios le llaman Sultana… Jurel.

La joven mujer persa en cuyo recuerdo Shan Jahan levantó el Taj Mahal tuvo  nombres trabalenguas: nació como Arjumand Banu Begum (1593- 1631), pero hoy se le conoce por Mumtaz Mahal. Descendía de un gran visir otomano (HOY, TURCO) y era devota del islam en su rama chiita. Tuvo 14 hijos, de los cuales sólo la mitad vivió más allá de la infancia. El último parto le costaría la vida, aunque su hija pudo nacer y crecer. Al concluir su historia de sólo 38 años, se inició la historia inmortal del Taj Mahal.

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