Taiwan a mi modo de ver

Taiwan a mi modo de ver

Para muchos la China nacionalista es poco más que una isla repleta de seres enigmáticos que por ojos tienen rendijas con pestañas. Se trata, en verdad, de un jardín lleno de valentía y enseñanzas. Se mueve por la mística del trabajo, por la tradición de 50 siglos, la belleza insospechada de la mujer y de sus logros turísticos. Luchan por modernizarse y lo han logrado en gran parte, pero no quieren ser el “Extremo Occidente” sino el “Extremo Oriente” desarrollado.

Observo hacia abajo, y entre un rebaño de nubes, alcanzo a divisar algo que parece un portaviones varado cerca de la costa de la enorme China comunista. Un portaviones con camuflaje de verde intenso, con montañas nevadas y lagos. Me explico, entonces, por qué los portugueses la llamaron “ilha Formosa”, isla hermosa.

Pero mientras el avión de la línea aérea tailandesa sigue bajando mi asombro sigue subiendo. Esa isla veinte veces más pequeña que Chile -apenas un punto en el Lejano Oriente- da cobijo, comida y libertad a una población que casi dobla a la chilena. Cuando ya llegamos al moderno aeropuerto de Taipei mi asombro se ha transformado casi en emoción. Minutos antes, al sobrevolar tierras agrícolas, había comprobado que Taiwán no es un país, sino un jardín de arroz, bambúes y plátanos. La tierra agrícola -¡tan perdida en Chile!- se aprovecha aquí hasta en el último rincón. Chile importa trigo; aquí se exporta el arroz.

GARGARAS Y RENDIJAS

“Lo que hablan los chinos no es un idioma, es una gárgara”, había dicho un colega peruano que le arranca a la seriedad más que a la fiebre amarilla. Ahora que estoy en tierra china -¡rodeado de chinos!- recuerdo esa expresión. Pronto un funcionario que habla perfecto inglés y un discreto castellano me saca de esa Torre de Babel llena de hombres que tienen por ojos unas rendijas con pestañas y hablan distintos dialectos chinos. Pero en pocos minutos me doy cuenta que he llegado a una tierra donde la cordialidad se cultiva mejor que el arroz.

Me doy cuenta también -casi de inmediato- que esas rendijas con pestañas de los varones, desaparecen en las mujeres, que tienen una gracia insospechada. Figuras esbeltas, que envidiaría la más elegante de las occidentales; rostros realmente hermosos, con algo de enigmáticos -“son misteriosas como los gatos”-, me habían advertido, y una dulce coquetería, todo lo cual hace que la mujer taiwanesa no se parezca a otras.

Dos semanas recorriendo los 37 mil kilómetros cuadrados de Taiwán sólo han reafirmado esa impresión inicial. También han reafirmado otros juicios, formados a la distancia. Como son la mística del trabajo y el desarrollo económico, por ejemplo. El comercio de todas las ciudades principales (Taipei, Kaohsiung, Taichung, Taian, Keelung…) abre antes de las 10 de la mañana y cierra después de las 10 de la noche. Aunque la mayoría de los negocios son atendidos por sus dueños, muchas grandes tiendas tienen numeroso personal a sueldo, con pago de horas extras. (Aún se pueden detectar abusos de algunos grandes comerciantes, con sus vendedores, a pesar de los esfuerzos hechos por el Gobierno).

LA CHINA ESCONDIDA

Otros esfuerzos del Gobierno, como han sido reformar la propiedad agrícola, dar impulso al desarrollo industrial y al turismo -¡un millón de extranjeros en 1974-, tienen un precio que pude apreciar desde que llegué al aeropuerto: esta China tiene escondidos milenios de tradición bajo la ropa occidental. Hay que abandonar las grandes avenidas con hoteles de lujo e ir con la curiosidad a los barrios, suburbios y campos para descubrir la China que imaginábamos.

¡Ahí está!

 Desaparece aquello que algunos han llamado “el extremo Occidente” por sus costumbres occidentalizadas. Surge entonces el campesino con su chaubú, el palo que afirman sobre sus hombros, del cual cuelgan, en ambos extremos, cuerdas que terminan en baldes o bandejas. Surgen también las cabezas cubiertas con el sombrero de fibra llamado tolí, infaltable en todas las imágenes del vecino Hong Kong (una hora por aire). Muchos obreros de la construcción trabajan aún con chaubú sobre el hombro y el tolí sobre la cabeza. En el campo ambos siguen cerrando el paso a la carretilla occidental y al sombrero de ala ancha o la boina.

El espectáculo campesino tiene toda la sugerencia que uno espera. Junto con el chaubú y el tolí, los campesinos usan una ropa de pulcritud casi exagerada. ¡Hasta los espantapájaros lucen como salidos de lavandería! Y no es que todo sea abundancia. Al igual que en las zonas costeras de Chile, el minifundio ha llegado en muchos casos a su mínima expresión, aunque las tierras no parecen erosionadas.

CHICHTAS DE PESADILLA

Pocas cosas provocan más asombro en este país que la presencia, en enjambre, de vehículos de dos ruedas. Ya desaparecieron el pedicab (triciclo para dos pasajeros) y, por supuesto, otros vehículos antiguos para transportar personas mediante la tracción humana como el rickshaw. En cambio, bicicletas, motos y motocicletas, abundan aún más que en Holanda. Un millón de chichtas (motos) y tal vez el doble de tchaotas (bicicletas), tienen transformados los portales y calles comerciales taiwanesas en una sucesión de talleres de reparación que le dan a las ciudades una característica algo abigarrada, pero singular. Incluso muchas amplias avenidas se cierran al paso de automóviles en horas que los taiwaneses entran o salen de los barrios industriales donde trabajan.

En medio de un potrero, en las puertas de los templos, en los estacionamientos de los estadios, chichtas y tchaotas -en hileras perfectas- esperan a sus dueños que rezan, siembran o compiten. Como el tránsito de vehículos se desarrolla en un caos difícil de describir (tal vez mayor que en cualquier país de la Tierra), las bicicletas y motos no siempre llegan a su destino, ni sus dueños, vivos al hospital.

Dos millones de personas en la capital y más de un millón en Kaohsiung gozan del progreso industrial taiwanés en forma más generosa que en el campo. El vigoroso  crecimiento económico se aprecia sobre todo en el sector manufacturero, que se expande en un promedio de 20 por ciento anual, por lo menos. Sólo en 1974 y en estos dos primeros meses de 1975 -por la crisis petrolera- el ritmo de aumento ha bajado a la mitad.

Después de Japón, no hay en Asia otro país con economía más vigorosa. La resaca de su progreso también suele 1legar a Chile, donde se adquieren manufacturas “made in Taiwan”. Para muchos en nuestro país, sin embargo, Taiwán es poco más que esa etiqueta. Es larga distancia -¡más de 24 horas en avión!- y demasiado grande la China continental como para que la isla de Formosa logre empinarse al conocimiento del hombre común.

MUSEO HEROICO

De los 20 millones de chinos que viven en ultramar (Hong Kong, Estados Unidos, y especialmente Sudeste Asiático), muchos han llegado en las últimas semanas a celebrar el Año Nuevo… en febrero, porque aquí rige un calendario distinto al gregoriano. Estos mismos chinos de ultramar han contribuido al progreso de Taiwán con sus inversiones pequeñas y medianas. Otros capitales –estadounidenses,  japoneses, europeos- constituyen el fuerte, junto con el esfuerzo nacional y están permitiendo que comience a tomar vigor la industria pesada (máquinas, astilleros, petroquímica…).

Pero en estos días de fiesta otras son las preocupaciones. Recorrer el enorme Museo de! Palacio, es una de ellas. Contiene 250.000 piezas, lo más antiguo y valioso dejado por las dinastías chinas en materia de porcelanas -¡hasta de cinco mil años!-, pinturas, caligrafías, marfiles y jades.

Traer toda esa herencia cultural china a Taiwán significó a la gente que siguió al presidente nacionalista y anticomunista  Chiang Kai-shek  un trabajo en que se mezclaron el heroísmo con la astucia, y la audacia con el esfuerzo. Junto con combatir a los comunistas se dieron maña para conservar ese legado de la vieja China. Ahora constituye no sólo un monumento al asombroso arte oriental, sino una especie de símbolo para los taiwaneses que reclaman su derecho a vivir unidos con sus hermanos del Continente.

Como es natural, los muchachos nacidos después de 1947 no sienten tan profundamente como sus hermanos mayores y padres la necesidad de recuperar políticamente el Continente. Ellos viven en su tierra natal. No han conocido otra. Los mayores, en cambio, acudieron a Taiwán de todas las provincias de la inmensa China, y, junto con aportar su melancolía y añoranza, han dado a Formosa el carácter de auténtico muestrario de los distintos grupos étnicos y dialectos de la China. Desde los mongoles a los peinpineses, desde el dialecto mandarín (idioma oficial hoy día) hasta el shangay y el fuchow.

Aprender el idioma constituye para el extranjero una tarea de romanos que requiere paciencia china. Algo así como 600.000 palabras contendrá el aún incompleto Diccionario Chungsham. Para leer periódicos se precisa conocer siete mil. Un extranjero adulto que estudie dos años seguidos, ocho horas diarias, podrá encontrarse en condiciones de conversar regularmente, pero no de escribir ni de leer. Para conocer los ideogramas tal vez precise ocho años.

NO PERDER LA CARA

Existe una misionera latinoamericana que lleva casi una década en Taipei. Habla correctamente el mandarín. Eso me ha permitido tener acceso a intimidades del carácter chino que no habría podido conocer en conversaciones con ellos. Como se trata de un pueblo con un sentimiento nacionalista granítico, la autocrítica es un tronco que echa pocos brotes en Taiwán. Además el pueblo chino -por formación cultural- parece dispuesto a cualquier cosa, menos a “perder la cara”. Perder la cara es para ellos mostrar sus defectos o imperfecciones.

Aquella misionera católica considera que aún no desaparece por completo del pueblo chino una fantástica, afición por el juego de azar (principalmente el mayóm), siempre hecho en lugares privados. Tampoco se ha horrado enteramente en el campo la costumbre milenaria oriental de considerar a la mujer como objeto de agrado sexual.

En cambio, dentro del hogar y de la vida comunitaria, las mujeres tienen categoría, se destacan, juegan un rol social semejante al de la chilena en los estratos populares. La esposa del presidente Chiang, “madame Chiang-Kaishek”, es la Evita Perón” de los chinos y se le respeta tanto como a su esposo. Incluso en los dos últimos años ella representa a Chiang en las ceremonias oficiales (el Presidente, sufrió́, al parecer, una embolía múltiple, que le impide incluso levantarse de su lecho. De él sólo se sabe por discursos escritos).

-En cambio, la esposa rusa de Chian Ching-kuo, el Primer Ministro, jamás aparece en público, por razones no conocidas.

Entre las cualidades del pueblo chino que me ha señalado la misionera católica destacan su espíritu patriótico y su enorme sentido de solidaridad. Desde el punto de vista socioeconómico, puede decirse que el hambre no se conoce en Taiwán. Es un pueblo frugal (almuerza con arroz, un poco de carne, y verduras, una fruta, té o cerveza), Y viste con tal limpieza que realmente provoca envidia cuando se proviene de un país como Chile, que aún no logra sacar a millones de hombres de la extrema miseria. En Taiwán no he visto a nadie con ropa sucia, salvo en los mercados (la ropa cuesta, proporcionalmente a los salarios, la mitad que en Chile).

KUNG-FU A TODO COLOR

Distinto es el caso de las viviendas. El progreso resulta lento en sectores obreros y campesinos. Estrechas, precarias, mal amobladas, sin un concepto mínimo de decoración. Alguien me dijo que ponen los muebles en orden alfabético… Tienen algo notable, sin embargo, buena parte de ellas: altares budistas, que ocupan el lugar que en Chile se destina a muebles, en medio del living-comedor. Esta costumbre traída de Cantón y otras zonas del Continente le da, por lo menos, un carácter a las viviendas chinas.

El Gobierno hace esfuerzos -aún insuficientes-  para al menos reducir el problema habitacional. “Hay muchas otras urgencias” dice el Ministro de Finanzas, Li Knoting.

Pero el Buda no está solo en el living de las casas chinas. Muy cerca -casi sin falta- parpadea un aparato de televisión. Los tres canales existentes transmiten a color la mayor parte del día. Taiwán posee estudios y equipos que le llevan varios años de delantera a los  chilenos. También los programas. Casi el 80 por ciento son vivos, de buena calidad, con muchas obras de teatro llamados “dramas locales”. No faltan, por supuesto, Los Vengadores y Los Intocables y… ¡Kung Fu!, un chino que produce infinitas carcajadas aquí, pero también produce dólares: 34 millones en films exportó durante el año pasado Taiwán, y su fuerte fue Kung-Fu. Esta serie lleva lecturas en chino mandarín. También lecturas sobrepuestas en inglés lucen la mayoría de los films extranjeros. Por eso la “señora Peel” -que luce más turbadora aún en las cintas en color- habla inglés y no chino.

NI DELINCUENTES NI MELENAS

Influencias negativas de los filmes de violencia y delito no se aprecian en Taiwán. Por lo menos, si existen, resulta difícil que puedan manifestarse. Robos y agresiones se castigan de manera draconiana, a menudo con la pena de muerte. Se puede recorrer todo Taiwán sin encontrar un solo cerco. Huertos y plantaciones permanecen sin resguardo alguno. Pocos se atreven a apoderarse de lo que no les pertenece.


También se combate lo que el Gobierno llama el hippismo, que es sólo la manifestación exterior de ese modo de vida: pelo largo y vagancia. Por instrucciones oficiales, los jóvenes deben llevar el cabello regular o corto. Los estudiantes secundarios usan un uniforme semejante al militar, ¡con gorra!, y los primarios, hermosos trajes de colores vivos. La preocupación por el niño resulta evidente en las estadísticas, en calidad de las escuelas y en los grupos que recorren museos y parques formando dobles filas en medio del respeto general.


Campeones mundiales de béisbol juvenil en varias oportunidades, y de golf adulto, el deporte recibe aquí un vigoroso apoyo oficial.

En la Universidad de Tamkang, cerca de Taipei, donde tuve la oportunidad de explicar la situación chilena a unos 150 alumnos del Departamento de Español, me llamaron la atención la avidez y delicado silencio con que recibieron cada una de las informaciones. Existe, sin duda, interés por el enriquecimiento cultural, una disciplina con libertad que no deja de resultar extraño a quien viene de un país con universidades tumultuosas.

CATOLICOS Y CHILENOS

Otra de las 20 universidades taiwanesas, la de Fu Jen, es católica, y su rector, el cardenal       I Pin, originario del continente chino. En ella estudian buena parte de los jóvenes formados en hogares católicos (hay unos 350 mil en toda la isla, cosecha de la ya remota presencia de San Francisco Javier en la China de las dinastías). Existen 800 sacerdotes de 17 órdenes y congregaciones distintas, que atienden 785 iglesias, 425 escuelas primarias y 24 hospitales, todos católicos romanos.

Aunque la mitad de la población es budista y una sexta parte taoísta, el pueblo chino tiende  al pragmatismo, y se rige más que nada por la filosofía confuciana, que no equivale a una religión. El residente Chiang Kai-shek es cristiano (no católico) y también lo fue el Fundador de la República, Dr. Sun Yat-sen. Existe una completa libertad de culto y pensamiento. Sólo una familia chilena (de ancestro británico) vive en Taiwán. Ian Campbell y Betty Browny, con sus tres hijos llegaron a Taipei hace un año desde Australia, enviados por una empresa automotriz. Ellos, y otros pocos españoles y latinoamericanos (especialmente diplomáticos) son los que hablan castellano. El resto corresponde a funcionarios de Gobierno y estudiantes de español.

CASTELLANO-CHINO

Pero en estos casos el castellano -que les resulta muy difícil aprender- se transforma a menudo en una simpática jerigonza. Se encuentran abolidos cuando tienen lata; si

trabajan en algún arte son altitas; si no toleran el triunfo ajeno se convierten en emiliosos, cuando toman un remedio abren el flaco, cuando viajan a Berlín, sacan boleto para Alimaña… 


Algunos, sin embargo, hablan o escriben un castellano bastante castizo. La revista Olé, del Departamento de Castellano de la Universidad de Tamkang, publica en su última edición un artículo de Teresa Chang (todos los alumnos escogen un nombre cristiano y español), que se titula “Taipei, a mi modo de ver”. En él la estudiante muestra desconcierto por la modernización de China:

“…Estoy de pie en esta avenida, como si hubiera perdido algo. Como si a mi patria le faltara algo…Me siento perdida en la multitud. ¿Habrá alguien que oiga los gritos de mi alma?

Es la angustia de un pueblo valiente y de un país hermoso que lucha por ser moderno sin convertirse en el “extremo Occidente”, sin traicionar a sus abuelos.

No será fácil que esto ocurra. Su cultura, una de las más antiguas que sobrevive hoy en la Tierra, tira para el Oriente, aunque lo que ellos venden en el mundo lleve la etiqueta “made in Taiwan”.

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