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Sri Lanka | La isla bendita – Luis Alberto Ganderats
Sri Lanka | La isla bendita

Sri Lanka
La isla bendita

Viajamos hasta una isla situada a los pies de la India, y haciendo honor a su nombre, que significa “isla bendita”, nos esperaba con algunas de las obras más nobles del budismo. También con ciudades milenarias renacidas para hablarnos de la vieja Ceylán.   

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Nuestros abuelos cuentan que aquí se refugiaron Adán y Eva después de ser expulsados del Paraíso”,  cuenta Isse, nuestro guía, que les cree todo a sus abuelos. Pero admite que no tiene datos duros sobre la forma como ingresaron. Formado en el hogar de un europeo cristiano y de una mujer budista, habla varios idiomas (el español entre otros), que le sirven para vivir mostrando las bellezas naturales del ex Ceylán y su media docena de ciudades milenarias que ya asombraban al mundo cuando muchas zonas de Europa venían saliendo de la Edad de Piedra.

Esta isla del Índico es once veces más pequeña que Chile, pero sus mitos son tamaño grande, tiene una  belleza superlativa en playas y su historia urbana se prolonga a varios siglos antes de Cristo.

Muchos viajan  a esta islas del Índico, a los pies de la India,  para beber a concho la delicia del té. Pero lo que sorprende al camarero que nos atiende en el Heritage Kandalama, hotel del centro de la isla, es que casi todos los viajero europeos vienen tras las huellas inglesas, especialmente de los hoteles en estilo Tudor y victoriano cerca de la ciudad sagrada de Kandy, rodeados de cultivos de camelia sinensis, de la cual mujeres menudas, sacan las hojas del té que consumen los regodeones del mundo entero.

También nos cuenta que casi todas esas mujeres son de la etnia tamil, cuyos antepasados fueron traídos de la India por los colonizadores británicos para esta perfumada cosecha. Y dice que muchos cingaleses se lamentan por el mal sabor que esa importación de mujeres tamil ha tenido en el último tiempo. Se refieren a la guerrilla separatista tamil que tuvo transformada a Sri Lanka en un infierno hasta hace pocos  años.

Iniciada esa guerrilla a fines del siglo XX, por una minoría aguerrida, el país estuvo medio cerrado al turismo hasta el 2009. Fueron 17 años de sangre, especialmente en la provincia de Jaffna. Los tamiles, de creencias hinduistas en un país mayoritariamente budista, habitan preferentemente en la costa del nordeste y en el norte desde hace muchos siglos. Su causa separatista terminó por la resistencia de la mayoría cingalesa y sobre todo por un adversario inesperado: el tsunami de 2004, que dejó más de 20 mil muertos.

Hoy se reconstruye la paz, y el turismo ha vuelto a la completa normalidad.

Hay varios Sri Lanka

Para los ingleses, Ceylán no era el refugio de Adán y Eva, pero si un paraíso: ahí ellos hicieron producir  (y aun producen) algunos de los mejores tés del mundo; y encontraron excelente canela, las mejores pimientas, vainillas, clavos de olor, cardamomo, nuez moscada, pimienta, jengibre; sedas, sándalo, índigo, coral… Por eso, en otra época fue una estación importante de la Ruta de las Especias. Pero en tiempos más recientes, el día a día del colonizador solía ser dura. El marido de Virginia Woolf,  Leonard Woolf, que vivió en la isla, llegó a decir que aquí la única ocupación que a los hombres podía desviarlos del alcohol y el adulterio era el…juego.

A propósito del juego, el escritor argentino Juan Forn nos cuenta un hecho siendo dramático no deja de ser divertido. Una de las abuelas del autor de El paciente inglés, Michael Ondaatje, hereda una casa en las colinas y decide jugársela a las cartas. La partida se prolonga por dos días, bien regados, no con té sino con gin. La mujer pierde casa y cabeza. Decide, entonces, regresar a la ciudad sin darse cuenta que un diluvio se había dejado caer sobre esos cerros. Se asoma a la puerta dispuesta a iniciar el regreso, y siente con alivio que no haría falta viajar apretada en un bus destartalado: la corriente de agua la levanta en el aire y la lleva como una alfombra mágica, ella creía que a su casa. “La encontraron tres días después, finada y sonriente, sentada como en un trono en las ramas más altas de un jacarandá azul, donde la habían depositado las aguas”. Cuando ahora preguntan a los  Ondaatje  de qué murió esa abuela, ellos contestan: “De causas naturales”.

El camarero no entiende que se venga a buscar a Sri Lanka el pasado europeo, vagamente glamoroso por tanto ancestro europeo, especialmente británico, y también holandés, pues lo realmente admirable del país es su pasado cingalés, anterior a la presencia europea de medio siglo. Fueron miles de años que dejaron una herencia imposible de superar en tan pequeño territorio: creaciones singulares, que se pueden recorrer y tocar. A nosotros nos ha permitido fotografiar el alma de la vieja Ceylán. Son imágenes que nos nutrirán  cuando a nuestro espíritu le abandonen las fuerzas.

Con un territorio de apenas  “440 kilómetros de arriba abajo y 225 de grosor”, contiene una riqueza tan variada como para sentir que es tan grande como la mismísima India, su madre y vecina. Estoy pensando en dos enormes ciudades a medio restaurar metidas en el centro de la isla, una de ellas nacida siglos antes de Cristo, y la otra abandonada hace 800 años. Ambas fueron capitales del país, pertenecen al Patrimonio de la Humanidad y llevan nombres melodiosos: Anuradhapura y Polonnaruva.

Reino de las dagobas

Anuradhapura fue la capital por más de 1.300 años, hasta que invasiones indias fracturaron la unidad del reino. Hoy es apenas capital de provincia. Formó parte de una civilización avanzada, que fuera principal centro del budismo en el mundo. Nuestro guía, que a ratos habla con un tono retador, nos dijo que “cuando muchas zonas de Europa recién pasaban el umbral de la edad de piedra, nosotros teníamos palacios, buenos caminos y excelentes sistemas de irrigación”.

Anuradhapura es muy conocida como yacimiento arqueológico y lugar de culto, pero tiene anexa una pequeña ciudad nacida sólo ayer. Muchas construcciones milenarias –budistas, hinduistas y anteriores al hinduismo, como las brahamánicas– han sido devueltas a la vida, y hoy es posible seguir adorando a los dioses en varios templos y monasterios. Las más notorias y notables son las enormes estupas, viejas construcciones para guardar reliquias budistas, que aquí llaman dagobas.

¿Por qué tanto recinto sagrado? Isse me lo explica: Anuradhapura es lo que alguien ha llamado la santificación arquitectónica de la gloria de Buda. Los peregrinos que hoy la visitan deben orar al menos en ocho lugares sagrados. Casi todos son grandes y suntuosos. Especial importancia tiene para los creyentes, un árbol que provendría de un vástago del ficus religiosa, la higuera bajo el cual Buda alcanzó la Iluminación, que se le llama árbol Bodhi o Bo. Con sus 23 siglos de vida, podría ser el más viejo árbol documentado del planeta. Lo fotografiamos con sus ramas matusalénicas sujetas por horquillas. Su nombre es Jaya Sri Maha Bodhi. El templo adosado está repleto de mujeres y hombres silenciosos.

Recomiendan sus almas a los dioses”, susurra Isse. 

Esta ciudad resucitó en el siglo XX, pero su vuelta a la vida tuvo un antecedente importante ya en 1817, cuando un joven arqueólogo y explorador europeo descubrió lo que para los cingaleses era una capital muerta, si bien nunca olvidada, en medio de la vegetación invasiva. Isse advierte que nunca fue totalmente abandonada. En ella “siempre permanecieron al menos monjes budistas orando junto al árbol Bo”. Pero el entusiasmo de ese europeo permitió que casi un siglo más tarde se iniciaran las restauraciones.

Se trata de unos de los mayores yacimientos arqueológicos del mundo, con un área protegida de 4.000 hectáreas. Sólo sus monasterios y estupas cubren 40 kilómetros cuadrados.

Entre las dagobas “descubiertas” figuran algunas construcciones imponentes.

La mayor es Jetavana Ramaya, del siglo III, una de las tres estructuras más altas del mundo antiguo (122 metros), sólo superada por dos pirámides egipcias de Giza. Tiene un intenso color ocre. Durante las excavaciones en ella se encontraron textos en sánscrito de hace 12 siglos y algunos grabados en planchas de oro. Menor en tamaño, aunque más importante, es la blanquísima dagoba Ruwanvelisaya. Fue construida antes de Cristo por un rey-héroe, y por eso sigue siendo la más venerada de las estupas antiguas. En las paredes que encierran el amplio recinto sobresalen bajorrelieves de 1.900 elefantes de tamaño natural. Para mantener su color de aparente transparencia, la dagoba se pinta con cal viva mezclada con sal, blanco tradicional llamado sudu hunu.

A su alrededor vemos altas columnas de madera, sin orden aparente, inclinadas hacia todas las direcciones, como soldados en descanso, por razones que Isse –ni nadie- ha podido explicarme. Esas columnas rodean los edificios más antiguos. Simbolizan el antiguo Ceylán. De estos ouvulu –así las llaman– se cuelgan banderas amarillas durante las fiestas, y banderas blancas con ocasión de funerales, pues el blanco es aquí el color del luto. 

Estamos en otro mundo.  

Muerta-viva por 800 años

Poco más de 100 kilómetros y algunas horas viajaremos desde aquí, para unir Anuradhapura con Polonnaruva, la otra gran ciudad antigua de Sri Lanka. Desde el siglo XI al XIII fue la capital del reino y principal centro religioso.

Nuestro guía hace un alto en el camino, para visitar uno de los muchos y tradicionales “jardines de hierbas y especias”. Hay plantas de la pimienta; arbustos de cardamomo para aromatizar los tés y los cafés; plantas de jengibre, árboles de la nuez moscada y clavo de olor, algunas hierbas de nombre difícil y sabor desconocido. Abundan plantas de cúrcuma, que por miles de años se han usado en Ceylán, y que hoy en Occidente aparece como un alimento prodigioso para una vida larga y sana.

Isse nos aclara la historia de la ciudad que visitaremos. “Estuvo muerta por 800 años, y es la más admirable de nuestras capitales”. Conserva algunas de las obras más notables de la historia del arte. En sus dos siglos como cabeza de Ceylán, se hicieron en ella obras maestras del budismo. “Es ciudad bendita e inimitable”, sentencia el viejo Isse. Y no se trata de palabras dichas al pasar por un guía entusiasta. En el libro  Setenta Grandes Obras de la Historia, editada por  Blume, uno de sus siete capítulos es ilustrado y encabezado por una pieza gigante que se conserva intacta en Polonnaruwa, sector de Gal Vihara: el Buda recostado. “Algo prodigioso, una aparición entre lo real”, escribe el experto consultordel Museo Británico Antony Gormley.  

Le hemos pedido a Isse que al llegar a Polonnaruwa nos lleve directamente al lugar en que se encuentra ese Buda y otros dos igualmente famosos. Todos fueron esculpidos en un descomunal peñasco de granito. Han pasado cerca de mil años y pareciera que sólo ayer el Buda recostado terminó de aniquilar sus pasiones haciendo el contacto final con la Iluminación, y acceder al Nirvana. El hombre que usó el cincel para dar forma a la expresión iluminada de su rostro no era sólo un artista, era un hombre impregnado de fervor religioso, de cuya identidad no quedó  memoria. Es un Miguel Angel sin rostro ni nombre.

Al llegar, a Gal Vihara, muchos humos del incienso encendido por los fieles y monjes, se esparce por el aire, pues esta obra maestra se encuentra al aire libre, recientemente bajo un cobertizo metálico para fardos. Al lado del Buda recostado vemos un Buda, de pie, tal vez no un Buda sino unos de sus discípulos, Ananda, con los brazos en un gesto de brazos no conocido y mucho pesar en el rostro.  A pocos metros, otra obra impresionante: un Buda sentado en posición del loto, con la mano derecha sobre la izquierda, en el mudra dhyana,  y con actitud ausente, en meditación.

Estas imágenes han vivido casi nueve siglos imperturbables desde que la selva se cerró sobre Polonnaruwa. Aparecen milagrosamente salvadas de los fanatismos religiosos, de las  guerras nacionalistas y del fatídico ciclo de 500 años de colonizadores que traficaron con obras de arte nativas, llenando  museos y palacios europeos con piezas originales de todo el mundo.

La mezquindad del tiempo

En Polonnaruwa, palacios, baños reales, puentes y salas de reunión se han conservado o restaurado muy bien. También los monasterios ubicados alrededor de las inmensas estupas o dagobas. El más notable de sus templos es Lankatalika. Domina  un enorme Buda de pie, sin cabeza, hecho en ladrillos y otras  figuras cubiertas de estuco. A su lado reluce una dagoba recién pintada de blanco, llamada  Kiri Vihara. Y hay escritura cingalesa en un libro de piedra que pesa 25 toneladas y otro templo, el Hadatage, luce admirables frescos de 900 años.  

Pero no es el Hadatage, sino el Vadatage  el que supera a todos en gracia. Es un templo circular, de cuatro puertas. Frente a cada puerta se levanta una imagen de Buda, y al centro una estupa mínima. Conocido como “cámara de las reliquias”, ahora no cumple función de culto, pero se le sigue tratando como lugar sagrado. Tenemos que descalzarnos antes de entrar y los zapatos se acumulan junto a las figuras de espíritus guardianes situadas en pilares antes de las puertas. Los espíritus llevan sombreros de víboras, grandes vasos en las manos y alguno está acompañado por enanos que bailan a sus pies. El piso de la entrada luce admirables “piedras de medialuna” con tallados de aves y animales.

No lejos de aquí, en Kandy, se conserva un diente que –de acuerdo con la tradición—perteneció a Buda. Es otra ciudad extraordinaria. Estos traslados de reliquias son consecuencia de las ininterrumpidas luchas humanas por el poder y la riqueza. En este caso, la rivalidad entre extranjeros y cingaleses. Tales luchas terminaron por  vaciar de vida a  Polonnaruva. Luego vino una serie de capitales fugaces o falaces.

Hay en las grandes ciudades resucitadas hay elegancia y riqueza, y una inesperada modernidad por su compleja construcción y sus soluciones tecnológicas. Tanta, que el arqueólogo Athur Evans dijo que ellas “le quitan estatura al hombre común de hoy día, porque se enfrenta a la genialidad de sus antepasados”. 

Los europeos contribuyeron a su decadencia. En 1505 llegan los portugueses; en 1580, los holandeses, y en 1658 los infaltables  ingleses, de los cuales Ceylán consigue plena soberanía sólo ayer, en 1955. Por siglos, los funcionarios europeos intentaron ocultar el magnífico pasado de la isla. Inglaterra, cuyo territorio apenas dobla al de Ceylán, vivió en esta región dos etapas diferentes. Primero encabezaba “el imperio británico en la India y Ceylán”. Después pasó a ser parte “del Imperio Británico de la India y Ceylán”. Inglaterra, con arrogantes pretensiones de eternidad, se apoderó de toda riqueza posible. Pero vemos que nunca logró ahogar el alma de cingaleses y tamiles.

Iniciamos el viaje hasta aquí en busca de pueblos que no sabíamos que existían, y hemos tenido emociones nuevas en la gran roca de Sigiriya, en las cuevas sagradas de Dambulla, en muchos sitios, que otro día mostraremos.

Hay que partir. Hemos sabido de muchas despedidas que nos  han liberado del aburrimiento. Esta partida es distinta. Nos vamos porque no hay más remedio ni más tiempo. También la falta de tiempo hizo doler al autor de 2001: Odisea del Espacio, aunque que vivió aquí la mayor parte de sus 90 años. Arthur C. Clarke dijo: “Es muy pequeña, pero contiene tantas variaciones en cultura, paisaje y clima, que toda una vida no es suficiente para conocer Sri Lanka”. 

El Ceylán de Neruda

Sri Lanka se llamaba Ceylán durante el tiempo en que Pablo Neruda, juvenil y enamoradizo, era un desdichado cónsul de Chile en su capital, Colombo, a 200 kilómetros de aquí. Entre cingaleses y cingalesas, entre tamiles, se alimentó para escribir páginas de su Residencia en la Tierra. Por aquí pasaban las principales rutas de comercio de la antigüedad, y también las grandes religiones del mundo, muy presentes hasta hoy con mujeres vestidas como ayer.

Hasta hace cinco años, pocos aconsejaban visitar Sri Lanka. Era un lugar de riesgo por el levantamiento de los independentistas tamiles. Después de 17 años de lucha, de miles de muertos, y de un tsunami devastador, este país dijo adiós a las armas, y ha vuelto a instalarse entre las prioridades de los buenos viajeros.

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