Pompeya, reestreno en sociedad

Pompeya, reestreno en sociedad

Leonard Bernstein dirigirá los conciertos con los que se solemnizará la reapertura de la ciudad del Vesubio y del Imperio Romano, que tuvo por cinco años sus puertas entreabiertas. El futuro de sus casas, sin embargo, sigue siendo incierto. Faltan millones de dólares para hacer todas las restauraciones.

Primero viene algo parecido al arrepentimiento. Por huir del enjambre de turistas, uno termina con el pecho un poco apretado, sintiendo en la soledad absoluta de las calles de Pompeya que las casas vacías se han poblado de fantasmas. Cualquier ruido (pasan pájaros bulliciosos emplumados de negro), cualquier pequeño accidente (un gato mueve la tabla suelta de un andamio), basta para que los fantasmas se desaten. Miles de hombres del Imperio Romano que murieron aquí trágicamente, se apoderan de nuestro espíritu, hasta incomodar un poco.

Este es un estremecimiento que en Pompeya no se puede sofocar.

Pero hay otro más fuerte. Cuando se comprueba que en este lugar de la Campania, hace 19 siglos el hombre vivía mejor que la inmensa mayoría de los hombres del mundo moderno.

Para comprobarlo basta pisar sus calles. Aparece como un documental de piedra y barro la vida cotidiana de Pompeya. Caso no existen en el planeta otros lugares donde el mundo clásico muestre su vida doméstica en forma tan completa y admirable. Los almacenes, los bares, las panaderías; es decir, lo que había para satisfacer el hambre de comida. Los templos, las bibliotecas, las obras de arte; es decir, lo que había para satisfacer el hambre de dioses y de belleza. Los prostíbulos, las inscripciones vulgares, la más completa colección de figuras de signo erótico; es decir, lo que había para satisfacer otros apetitos.

El hombre completo.

O más bien, el hombre incompleto, como el de hoy.

Por eso no existe otro lugar de Italia -salvo la florentina Galería de los Oficios- que atraiga más visitantes cada año. Pompeya reúne lo dramático y lo divertido, lo grandioso (el Foro, el Anfiteatro) y lo íntimo de las viviendas privadas (algunas de hace 23 siglos).

CERRADA POR TERREMOTO

Doloroso ha sido, en consecuencia, para el turismo italiano, que gran parte de sus ruinas tuvieran que permanecer cerradas al público desde “i giorni del terremoto”, el 23 de noviembre de 1980.

Otra tragedia para Pompeya, que durante la Segunda Guerra recibió más de cien bombas. Pero como es una ciudad con vocación de sobreviviente, en estos días el sur turístico italiano tiene todos sus músculos extensión: se prepara la reapertura amplia de Pompeya.

Una apertura a toda orquesta. En agosto próximo (fue también en agosto cuando el Vesubio la cubrió́ de lava), los directores Leonard Bernstein y Lorin Maazel despertarán con su música los dos teatros clásicos de Pompeya y su Anfiteatro, el más antiguo en su tipo existente en la Tierra. Lucía Valentini Terrani con Ruggero Raimondi estremecerán las piedras interpretando Ifigenia en Aulide, y luego los bailarines del American Ballet Theater tendrán la experiencia irrepetible de danzar en un anfiteatro de 2 mil años, restaurado cuidadosamente para la gran reapertura oficial.

Este notable festival de nombre complicado: Panatenee Pompeiane, dará́ resonancia extra y solemnidad a un suceso-cultural de primera magnitud. Claro que nadie lo celebrará más que los empresarios de turismo. Una revista italiana les tomó el pelo hace poco en una nota periodística titulada Salve lucrum.

Salve lucrum, o sea, “viva el lucro”, “vivan las ganancias”, es una expresión  ya célebre que los arqueólogos descubrieron en la casa pompeyana de Sirico, situada en el callejón del Lupanar. En esa casa vivían los hermanos Sirico y Numiano, que no se andaban con hipocresías. Hicieron grabar dicha frase en una de las habitaciones que hemos visitado.

Los Siricos y Numianos de hoy ya se soban las manos. Siguen, por lo demás, en la tradición. Pompeya es la más monumental demostración de que no sólo la alegría generosa resulta beneficiosa. También las tragedias pueden transformarse en bendiciones.

¿COMO ERAN LOS POMPEYANOS?

Gracias al Vesubio (¿se me permitirá decirlo así?) el mundo dispone hoy de una ciudad que es más bella, más humana y conmovedora -como alguien lo ha expresado- porque se muestra ante nosotros tal como murió, detenida de improviso en un instante cualquiera de su jornada. No por decadencia.

Pompeya, cuna de la moderna arqueología, fue una de las ciudades de mayor esplendor que se conociera en el sur italiano. Trazada al modo griego, los estilos dórico, jónico y corintio marcan sus rasgos clásicos, y gracias a su muerte singular y a su resurrección luego de 17 siglos, el hombre sabe mucho más sobre la República y el Imperio Romano.

Hemos transitado por sus calles tomados del brazo de la emoción, y conducidos por Stefano de Caro, jefe de Restauraciones. Tuvimos también la ayuda distante de Alberto Carpiceci, autor de la obra Pompeya, hace 2 mil años.

¿Qué piensa el experto sobre la gente que habitaba la ciudad? ¿Era más corrupta y menos sensible que la de hoy?

Fue gente sustancialmente con los mismos problemas de nuestro tiempo. Tenía iguales defectos y virtudes más o menos desarrolladas, pero con una mayor comprensión, un mayor contacto con la vida y la naturaleza. Por lo tanto, estaban dotados de una más profunda sensibilidad para traducir los últimos valores de la existencia humana.

UN ENEMIGO LLAMADO TIEMPO

Ese es el mensaje viviente que nos viene de Pompeya.

Para conservarlo, dice Stefano de Caro, se encuentra en marcha el más ambicioso proyecto de restauraciones que se conoce desde que la ciudad fue descubierta hace tres siglos. Unos 17 millones de dólares están invirtiendo entidades oficiales y filantrópicas.

Luego de muchas décadas de abandono, los lugares arqueológicos italianos -así como sus palacios, iglesias y museos- “no son considerados como costosos apéndices de la identidad de la nación; ahora se han convertido en recursos capaces de producir grandes utilidades”.


¡Salve lucrum!

Siendo importantes los millones de dólares que costará el proyecto en marcha, es enorme la distancia que hay entre los fondos y las necesidades totales para restaurar Pompeya. Se necesitan 470 millones de dólares y sólo de 17 se dispone por ahora.

Con ellos, al menos se está efectuando el trabajo de reparar ciertos daños del terremoto de 1980 y otras obras indispensables para que vuelva el millón y medio de personas que anualmente visitaba las ruinas.

Están conscientes los expertos de que el futuro de Pompeya es, en buena parte, muy incierto, No hay problemas graves con sus grandes edificios -pocos, por lo demás-, construidos en piedra, capaces de resistir terremotos, erupciones e invasiones turísticas. Pero no se puede decir lo mismo de las construcciones más importantes de la ciudad, que le dan su carácter único: su denso conjunto de casas, hosterías, bodegas, tabernas, almacenes y villas. Son estructuras ligeras, diseñadas para durar no más de dos a tres generaciones.

“Sólo el capricho de la naturaleza”, la lava y la piedra pómez del volcán, “las ha conservado para nosotros como testimonio de cómo se vivía en esa época”.

Están construidas sus murallas con cemento y piedra volcánica –tufa-, y han sufrido siglos de destrucción a la intemperie, por culpa del tiempo y el mal tiempo. Lluvias y vientos erosionan los muros de casas desprovistas de techos; los hierros se encuentran carcomidos por el moho, el cemento se desprende por la humedad, el yeso se está desintegrando, y los frescos, arruinando.

Como si fuera poco, las raíces de los árboles rompen los admirables mosaicos de muchos suelos.

Es el balance severo que hizo recientemente la revista Italia-Italia, independiente, editada con la colaboración de una línea aérea y la Oficina de Turismo de Pompeya. Por todas las razones señaladas, el Gobierno italiano no sólo se ha comprometido en el plan de restauración de los 700 mil metros cuadrados ya a la vista. Para más adelante queda el proyecto de desenterrar la tercera parte de la ciudad aún oculta.

PAÑOS MENORES DEL IMPERIO

Dos años de trabajo intenso culminarán en los próximos días con la apertura de todas las puertas. Es una invitación a descubrir la intimidad del Imperio.

El Imperio Romano sin paños menores -desnudo, crudo y a ratos brutalmente sexualizado- ya se encuentra lejos de aquí -bajo llave- en el Museo de Nápoles. Hasta allá fueron llevadas las piezas más inconvenientes, que se hallaban repartidas por calles, plazas y palacios de Pompeya.

Eso ocurrió a principios del siglo XIX.

Ahora los adultos pueden pedir autorización para visitar las salas en que se exhiben. Son esculturas, frescos, braseros, copas, relieves, vasos y ánforas; casi todas con el acto sexual explícitamente representado, o con ilustraciones agresivamente fálicas.

Tales manifestaciones obedecían, por lo demás, a la moral dominante en casi todo el resto del mundo antiguo. Las religiones principales no consideraban tabú los temas sexuales ni menos la desnudez original del ser humano.

Pompeya, arropada 19 siglos después de muerta, nos mostrará otra vez su cara.

Sólo su cara.

Es suficiente. Al recorrerla, los ojos se niegan a pestañear.

Aquí tiene su morada la historia.

Tutti cuanti de Pompei

Condenada a desaparecer estaba Pompeya desde su nacimiento. Fue construida en una pestaña de tierra existente entre el mar y el Vesubio, sobre una filtración de lava de cuarenta metros de al tura. El día que entrara en actividad intensa el volcán, lo probable es que ella desapareciera bajo una nueva capa de lava, piedra pómez y cenizas. Así ocurrió el 24 de agosto del año 79 después de Cristo (24 de noviembre a juicio de los naturalistas). Después de tres días de erupción, una corteza de cinco a seis metros de espesor cubría el área entre Herculano y Stabia.

Murio el diez por ciento de la población, de acuerdo a estimaciones confiables. Vivían en Pompeya alrededor de 30 mil personas. La mayoría huyó, pero otros se quedaron -confiando en que el desastre sería menor- o fueron atrapados por los vapores sulfurosos del Vesubio, que sofocaron a muchos. Unos 2 mil individuos murieron en la ciudad y otros en los caminos vecinos, mientras huían.

Oculta por 1.600 años permaneció Pompeya, luego que los antiguos habitantes regresaron a ella para rescatar algunas pertenencias. Muchos lo consiguieron, pero la capa de detritos fue creciendo hasta cubrir la ciudad por completo. Generaciones posteriores ya ignoraban dónde había estado emplazada exactamente  La construcción de un acueducto subterráneo permitió el descubrimiento casual de algunas de sus ruinas en el siglo 16, pero se le dio poca importancia. Unos 150 años más tarde —en 1748— el español Carlos de Borbón, rey de Nápoles, se interesó en las antigüedades clásicas de la región, y se realizaron en Pompeya las primeras excavaciones de importancia.

A cargo de los trabajos estuvo el ingeniero español Joaquín de Alcubierre, y en ese mismo 1748 se descubrió el famoso teatro de Herculano. Hubo más saqueos que trabajos responsables por largo tiempo, hasta que, a partir de 1861, Giuseppe Fiorelli comenzó a realizarlos con respeto y procedimientos científicos. A él se deben las figuras que muestran cómo estaban los cadáveres de las víctimas. Las obtuvo llenando con yeso líquido los huecos que dejaron los restos ya desintegrados.

No eran artistas los pompeyanos, sino principalmente comerciantes, tejedores, tintoreros, lavanderos, agricultores. Pero como alcanzaron un nivel de riqueza considerable, y la exhibición de obras de arte en las casas era algo socialmente importante, trajeron piezas nobles desde Grecia, Roma o la vecina Pozzuoli, donde sí había talleres. Gracias a “esa manía coleccionista”, podemos conocer hoy el arte antiguo en obras magníficamente conservadas.

Los notables frescos que caracterizan a las casas y otras construcciones pompeyanas estaban destinados a dar profundidad y perspectiva a las habitaciones, normalmente cerradas sobre sí mismas. Más tarde ellos renunciaron la ilusión tridimensional y se pintó de manera más decorativa. Resultan a menudo chocantes los excesos de color de los frescos, pero los hay también muy delicados y originales dentro del patrón griego. Casi todas las casas de alguna nobleza se alhajaban también con esculturas griegas, y romanas, en que la efigie del dueño de casa no estaba ausente.

Armaduras para gladiadores, mosaicos admirables por su expresividad y movimiento, tabernas con mesones de ladrillo provistos de huecos para colocar ánforas con bebidas alcohólicas, hornos de panadería, baños públicos con calefacción bajo el piso, mansiones que ocupaban una manzana completa, bibliotecas y templos, foros y teatros, constituyen la herencia invaluable que nos dejaron los pompeyanos. Aunque lo principal fue la ciudad en su conjunto.

Los oscos fueron los primeros pobladores de la zona donde se encuentra Pompeya. Pero unos 1.100 años antes de Cristo fueron absorbidos por griegos y jónicos, que huían de las invasiones de los dorios. Pompeya nace varios siglos antes de Cristo, y de las invasiones que debió soportar a lo largo de su historia, los romanos dejaron la huella más profunda en la arquitectura y las costumbres. Unos 160 años antes de su desaparición, Roma se impuso por completo, y Pompeya quedó ligada a ella como colonia. Antes había sido sometida por el pueblo griego de Cuma, por los etruscos y samnios. Estos últimos también dejaron una huella indeleble.

Completa oscuridad existe sobre largos períodos de la historia de Pompeya. Incluso por siglos. Pero se sabe que fue primero eminentemente agrícola y ganadera; mucho más tarde, una ciudad de veraneo para los ricos romanos, que construyeron lujosas villas de descanso. Tuvo colonias militares y dispuso de un puerto comercial de relativa importancia para el Tirreno.

Cuando estuvo bajo la dominación romana toma el nombre de Colonia Veneria Cornelia Pompeii, en el cual se incluye el nombre del dictador que la doblegó y la divinidad que él adoraba.

El buen Vesubio, el volcán que nos ha dejado la herencia de Pompeya, Herculano y otras ciudades antiguas, ofrece hoy su mejor rostro. Se puede llegar cómodamente hasta su cráter en un funicular, y las fumarolas ponen la nota de emoción que los visitantes buscan. Se eleva 2.216 metros sobre la bahía de Nápoles. Único volcán europeo en actividad, se inició bajo el mar, hasta aflorar como consecuencia de erupciones y cataclismos. La primera de sus furias registrada por la historia es la que costó la vida a Pompeya en el año 79 después de Cristo, y ha tenido muchas otras. Una muy importante ocurrió durante la segunda guerra mundial. Muchos pueblos y decenas de miles de víctimas han quedado bajo sus ríos de lava y su lluvia de cenizas a lo largo de los siglos. Cuando llegamos a su cumbre, el guía nos calmó:

-Oggi il vulcano é in un periodo di riposo.