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Petra | Expedición a ultratumba – Luis Alberto Ganderats
Petra | Expedición a ultratumba

Petra
Expedición a ultratumba

Inesperado encuentro con Ibrahím (y Moisés) en la ciudad que ya era milenaria cuando Cristo nació. Cincelada en la roca viva, tuvo su edad de oro cuando en ella los nabateos invirtieron millonarios botines de sus asaltos a caravanas. Fue descubierta en el siglo XIX,  después de estar perdida durante 800 años.

Bamboleándose, el camello avanza por el desierto de Edom. Sobre su lomo, hago mal disimulados esfuerzos para equilibrarme. (“Si me caigo se va a reír hasta el camello”). Tengo un poco de temor, pero pienso que mi experiencia chilena es impagable: No puedo caerme del camello después de haber atravesado tantas veces, colgando de un bus, la montañosa geografía del Metro en Santiago.

Por eso, más que este riesgo, es otro el fenómeno que me preocupa. Comienzo a sufrir una extraña transformación. ¿Ha sentido usted alguna vez que Lawrence de Arabia se le mete dentro, que el trapo árabe sobre su cabeza -el chafille- le parece tan familiar como los pañales en otro sitio?

Yo lo siento ahora.

Cuando se recorre el desierto de Edom a lomo de camello, la verdad es que resulta difícil evitar que las ya esfumadas emociones infantiles leyendo novelas de Arabia regresen a nuestro cerebro, alborotándolo. Pero el encanto desaparece pronto. Ya junto al desfiladero que lleva a Petra, debo cambiar cabalgadura. En pocos segundos estoy sentado sobre un caballo flacuchento. El muchacho que me guiará hasta la salida del desfiladero trata de conformarme:

Good horse, good horse-, dice en un inglés peor que el mío, alabando a una pobre bestia dispuesta a desmayarse ante la menor provocación. Lawrence de Arabia queda así convertido en Quijote. A los pocos minutos diviso a Sancho, un francés grueso y paticorto, montado en un burro.

COMO LECHUZA A CABALLO

Por fin está culminando un viaje de nueve horas iniciado por tren en Ammán, la capital de Jordania. De Ammán a Ma’an y de Ma’an a Al-Ji, por carretera, siempre atravesando el desierto de Edom. Hasta llegar cerca de la frontera con Arabia Saudita. Muchas carpas grises de beduinos -¡algunos con Volkswagen junto a la entrada!’- y caravanas de camellos, habían salido al encuentro, excitando mi imaginación.

Nos vamos acercando -mi caballo, aún sobreviviente, y yo, casi eufórico-, a una ciudad muerta, considerada maravilla del mundo antiguo la misteriosa Sela –piedra- que menciona el Antiguo Testamento, o la vieja Petra -piedra- de los nabateos. Era ya milenaria cuando Cristo no nacía.

Me resulta fácil imaginar la emoción del joven suizo que sólo en el siglo XIX logró encontrar esta ciudad, perdida para el mundo durante 800 años. Mientras recorro los 5 kilómetros del estrecho desfiladero, único camino de acceso, jamás transitado por un vehículo a motor, quisiera poder expresar a alguien mi emoción. No puedo. Únicamente acompañado por Harroj, el muchacho beduino que sólo repite “good horse, good horse”, voy con los ojos muy abiertos y el pico cerrado, como la lechuza del cuento.

RODEADO DE TUMBAS

Estrecho y agreste, el desfiladero ya se me hace insoportable. Han pasado 45 minutos. De pronto, como al salir de un túnel del tiempo, se me viene encima la historia en una avalancha roja. Ahí, soberbia como hace veinte siglos, está la construcción más célebre de Petra: El-Jazné, con sus columnas imponentes, su color rosa viejo y algo casi mágico que sale de la montaña convertido en historia.

Innecesario resulta describir la sensación que nos remece cuando por primera vez se llega a Petra. Más de 700 templos y tumbas hacen que uno sienta como mazazo la mezquina brevedad de la vida humana. Algunas tumbas están ahí –talladas en la roca- desde antes de que en Grecia se construyera el Partenón.

A los pocos minutos de mi llegada, estoy caminando -sin guía y sin caballo- por el extenso cajón rocoso, acompañado sólo por el silencio y la emoción. También, a veces,

el asombro, como al enfrentarme con el Ed-Deir, El Convento. Cuesta creer que haya sido esculpido en la roca con cincel y martillo. ¡Tiene 42 metros de altura y 45 de frente! Palpo la piedra suavemente. Un polvillo rosado me ensucia las manos. ¡Es una roca blanda! Eso hace que gran parte de los edificios y monumentos de Petra -sus columnas, sus imágenes- se encuentren desfiguradas por completo. A veces es necesario adivinar en la hinchazón de una roca pulida la forma de una columna corintia.

CON IBRAHIM Y MOISES

Me doy cuenta que mientras mis ojos miran, mi cerebro divaga. Pareciera escuchar a los romanos construyendo un teatro, que aún se conserva; pareciera ver a los nabateos escondiendo en una cúpula sus tesoros robados; pareciera ensordecerme con el tronar de las huestes de Aladino, y las cabalgaduras multicolores de los Cruzados.

Trepando por las rocas, logro divisar, por fin, los lugares lejanos que recorrieran Moisés conduciendo al pueblo elegido al país de Canaán. Cerca, a tiro de honda, veo el Mar Rojo, que Moisés atravesó. Más cerca el lugar donde el mismo Moisés, ante un pueblo sediento, hizo surgir la célebre fuente. De pronto -cuando imaginaba la bíblica escena de esos hombres extraños bebiendo ansiosos el agua cristalina, a mis espaldas escucho decir:

-Do you want a Coca-Cola?

No es Moisés. Es Ibrahim. Como un fantasma ha salido del interior de una de las tumbas. Ibrahim es vendedor de coca-colas. Cuando los turistas llegan hasta la cumbre donde él se encuentra, sudorosos, sedientos como beduinos, Ibrahim se convierte en un fantasma refrescante, pero decepcionante.

Ibrahim da de beber al sediento y reposo al extenuado. De llapa me ofrece tomarme una fotografía, sentado en su propia banqueta y con mi turbante de dos dólares, comprado para evitar la insolación cuando llegué al desierto de Edom. Pero ¿cómo perdonarle a Ibrahim lo que me ha hecho mientras mi cerebro imaginaba a Moisés y su fuente de agua cristalina?

DURMIENDO CON LOS MUERTOS

¡Cómo perdonar a otros que en Petra me traen de vuelta al siglo veinte? Al propietario del rest-house Nazzal’s Camp, por ejemplo. Ofrece a los turistas alojamientos en milenarias tumbas nabateas, “cinco estrellas”, “de lujo”. ¡Hasta con refrigerador! No hay otro hotel en la Tierra que haga dormir a sus clientes con los muertos. Para los clientes menos necrófilos, Nazzal’s Camp tiene cuartos construidos de ladrillo, como manda la costumbre. Otro empresario ofrece alojamiento en un hotel de campo, hecho en enormes carpas. Sus huéspedes son rubios beduinos de una noche. Very tipical

Verdaderos árabes también habitan en algunas tumbas. Al caer la tarde, junto con el color escarlata que comienza a teñir Petra, puedo ver fogatas en medio de las montañas con formas borrascosas. Son leños quemados por pastores de cabras que pasan la noche en el interior de templos y tumbas. Los cantos que brotan extraños de sus gargantas encuentran en la garganta rocosa y silenciosa de Petra una espléndida caja de resonancia. Son apenas unas cuantas docenas de hombres. Los únicos leales a la derribada gloria de la ciudad, que hace mil 500 años llegó a tener unos cien mil habitantes.

Los nabateos, náufragos del desierto, solo tienen esos pobres descendientes espirituales. Sus verdaderos descendientes no se conocen. Están confundidos, diluidos en el inmenso mundo árabe. Por extraña paradoja, los únicos náufragos que flotan aún en el mar rocoso de Petra escogieron como refugio el barrio cristiano. Su origen se remonta a hace 16 siglos, cuando brevemente los cristianos llegaron a la región. Muchas cruces quedan todavía en el barrio llamado Haret el Nasara, donde esos pastores de cabras han encontrado la compañía del Gran Pastor.

Trepando por largas escaleras que llevaban antiguamente a los lugares altos -lugares de sacrificios en homenaje a los dioses-, logro llegar hasta el resplandor de las fogatas. En una cueva encuentro tres hombres que sancochan la pierna de una cabra tomándola de un hueso aún sanguinolento. Levantan los ojos unos instantes. Sonríen. Vuelven a bajarlos. Observo la escena durante unos quince minutos, esperando cualquier gesto para intentar un diálogo. Inútil. No vuelven a mirarme.

ENCANDILADO PARA SIEMPRE

Abandono la ciudad, casi en completa penumbra. Ha desaparecido el color infierno de las rocas. Petra ahora es una ciudad negra. Sobre mi cabeza ya no se equilibra el trapo que antes me protegía del sol. Ibrahim ya no vende coca-colas. Hay que olvidarse de Lawrence de Arabia y del suizo de 28 años que descubrió Petra y murió muy pronto, misteriosamente. Hay que regresar al día de hoy. Irse de la más viva de las ciudades muertas de Oriente y poner fin a un paseo que se ha convertido en una excursión a ultratumba.

Así lo hago.

Desde esa extraña excursión han pasado otras ciudades por mis ojos. También mucho tiempo. Pero el rojo encendido de Petra me dejó encandilado para siempre.

3.000 años de Petra

¿Por qué los nabateos, hombres nómadas, construyeron templos y tumbas dignos de Grecia y Roma?

Pocas ciudades del antiguo Oriente fueron más estratégicas que Petra. Por ella o por su vecindad, debían pasar las caravanas que cubríian la Ruta de la Seda, que  enfilaban hacia Damasco y Gaza viniendo de Arabia, el Mar Rojo y Egipto. Gran parte de la riqueza de los nabateos, principales forjadores de Petra, surgió de los asaltos a estas caravanas. Más tarde -¡hombres prácticos!- institucionalizaron los asaltos cobrando peaje. (¿Le suena?)

La historia de Petra, sin embargo, comienza miles de años antes. Existe casi certeza de que la ciudad Sela mencionada en el Antiguo Testamento, estaba emplazada en el mismo sitio. Hace unos tres mil años fue conquistada por Amazias, un rey de Judá, quien la rebautizó con el nombre de Jozquil. Antes de los nabateos dominó la región el pueblo edomita, constituido por los descendientes de Edom (Esaú), hermano de Jacob. Este pueblo es el mismo que combatiera siempre a los hebreos, a quienes negaron el paso a la tierra de Canaán.

NABATEOS

Más tarde los nabateos se apoderaron de la región. Estos parecen de origen árabe, tal vez de la tribu de Nabayot, nombre del primogénito de Ismael. Son mencionados en la historia por primera vez unos 310 años antes de Cristo. Llegaron a dominar lo que se conoce como la Arabia Pétrea, entre el Mar Rojo y el Eufrates, cuya capital fue Petra.


Pueblo nómada en su origen, terminó sedentario y pastor con sed de dominio su principal monarca, Aretas III, su principal monarca, devastó Siria y Egipto. Además dio a conocer a los vecinos el nombre y poderío de los árabes. Se supone que inicialmente Petra les sirvió como sitio de almacenaje para sus botines. En ella existían construcciones antiguas, de las cuales hoy apenas quedan vestigios.


¿Cómo llegó a convertirse en la ciudad cuyas ruinas asombran hoy al mundo?

GRIEGOS

Los nabateos junto con cobrar peaje a las caravanas que hacían la ruta Mesopotamia- Mediterráneo, les garantizaban un convoy seguro. El contacto mostró la gloria de la cultura griega. Para adoptarla, principalmente en la construcción de Petra, derrocharon sus tesoros.

Surgió, entonces, una mezcla original, con líneas griegas y sirias. El rasgo más característico de las construcciones es un pináculo escalonado que se puede observar en algunas fotos de estas páginas.

La influencia griega en Petra existió hasta en los nombres de sus jefes. El de Aretas, por ejemplo, utilizado por varios reyes nabateos, es una forma helenizada de Harith,

nombre tan árabe como Mohamed. Gracias a dicha influencia, los nabateos pudieron

también desarrollar mejor sus sistemas monetario y de regadío, e incluso su vocación alfarera.

Cuando el imperio griego comenzó a desmembrarse, los nabateos siguieron mucho

tiempo fieles a esa tradición, Mientras los pueblos vecinos fueron sumidos en la inquietud, ellos continuaron tranquilos en su ciudad escondida y secreta. Quien se atrevía a penetrar por el desfiladero que lleva a Petra hasta hoy -el Siq- era rechazado sin mucho esfuerzo. Incluso aprovecharon la inestabilidad de otros reinos para extender sus dominios hasta Damasco, capital de Siria.

ROMANOS

Armados de entusiasmo y agresividad, los romanos comenzaron pronto a extender su imperio hasta la vecindad de los nabateos. Poco tiempo más tarde los habitantes de Petra habían absorbido con avidez la influencia romana, como les ocurrió antes con la griega.

Entonces sus construcciones se hicieron más grandes e imponentes.  Aparecieron, también, hileras de columnas y la característica figura triangular que adorna la parte superior de ventanas y puertas en algunos edificios que aún se conservan.

Siglos más tarde, después de heroicas resistencias, Petra debió abrir sus puertas al poderío de los emperadores de Roma. Toda la Arabia Pétrea se convirtió en una provincia del gran imperio. La riqueza  -origen de su poder- fue causante de su derrota, ya que
los romanos cedieron a la codicia.

Todo esto ocurrió el segundo siglo después de Cristo, iniciándose el periodo esplendor de mayor de Petra. Muchos artesanos extranjeros contribuyeron a transformarla en una de las maravillas del mundo.

DECADENCIA

Poco duró el esplendor. Dos siglos más tarde se iniciaba inexorablemente la decadencia. Muchas caravanas tomaron otros caminos -el Mar Rojo- y en el norte surgió la ciudad de Palmyra, su rival. El cristianismo llegó a sus puertas en los siglos quinto o sexto. Más tarde los caballeros cruzados lograron un pequeño renacimiento. El último y definitivo.

Durante los ocho siglos siguientes Petra no sólo fue olvidada. Su ubicación se perdió por completo. Quedaron flotando el misterio y la leyenda. Centenares de años después de su definitivo abandono, algunos europeos intentaron encontrarla. Pero los

feroces habitantes vecinos y la completa inaccesibilidad de la rocosa fortaleza, le protegieron durante siglos. En 1812 –cuando en Chile se vivía la inestable Patria Vieja- un joven suizo se convirtió en el primer occidental cuyos ojos maravillados se enfrentaron a la ciudad de piedra, habitada sólo por aves de presa.

¿MALDICION?

Digno de su misterio, ese explorador suizo, Johan Ludwig Burckhardt, se hizo famoso en Oriente con el nombre de Sheik Ibrahim, con sus túnicas, turbantes y barbas de profeta. Tenía sólo 28 años al descubrir Petra. Murió a la edad de Cristo.


¿Por qué tan joven?

Algunos vinculan su muerte  con el descubrimiento de las tumbas nabateas, que pretendieron ser tan monumentales como las egipcias, y que, como ellas, habrían castigado con la muerte a quien las profanara.

Otros, simplemente, atribuyen la desaparición de Burckhardt a las pestes que asolaban dichos lugares. ¿Cuál es la verdad?

Tal vez, siempre quedará este misterio esculpido en las rocas calcáreas de Petra.

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