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Nepal | Las cumbres del misterio – Luis Alberto Ganderats
Nepal |  Las cumbres del misterio

Nepal
Las cumbres del misterio

Protegido por 33 millones de dioses, pero encalillado con “las 11 mil vírgenes”, Nepal es a la vez capital del vértigo y reino de la alegría. Al llegar al país -cuna de Buda- no se siente tanto asombro como un lúcido aturdimiento, una embriaguez inmaterial. Durante un siglo, hasta 1951, el país permaneció cerrado para el hombre occidental. Hoy es el paraíso de los hippies y de todos los que temen la llegada del año 2000.

El idioma castellano se siente raro. Resulta casi como escalar el Everest vistiendo un terno de corte inglés, con corbata y mocasines. No sirve. En vez de castellano habría que hablar algunas de las lenguas nepalesas o algún otro idioma del Oriente. ¿Cómo describir en español lo que siente un occidental que llega a Katmandú, la capital del reino del vértigo, del techo del mundo, del reino de las cimas?
Podría decirse, desde luego que el extranjero no se sorprende. No es eso. No es sorpresa. Es una especie de iluminación, de paz sobrenatural que se le lanza encima como una ola gigantesca y lo arrolla, y lo remece. Siente un lúcido aturdimiento, una embriaguez inmaterial, una exaltación.
Es que en Nepal hay 33 millones de dioses para sólo 11 millones de habitantes.

Hacen más pequeño al hombre. Más pequeño aún de lo que parece, ya que este país -como Chile- es tierra de montañas grandes y hombres más bien pequeños. Convertida en La Meca de los hippies -seres que temen al año 2000- los extranjeros cautivados nunca dan respuestas convencionales. Diálogo común:

-¿Por qué vive aquí desde hace diez años?


-Porque aquí comprendí lo que es el amanecer, el rocío que cae al alba, el aroma de las flores del manzano. Aquí yo sé que la nieve es azul o rosada; aquí los manzanos florecen como yo los vi florecer cuando tenía ocho años.

De este encantamiento no se libra nadie. No se libra, por cierto, el agrónomo chileno Jaime Espinosa Quiroga, que tras cuatro años de residencia en Katmandú se queda con la arrogante alegría de este pueblo pobre. Pueblo que, por fortuna, no ha llegado a la situación de algunas naciones de Occidente que saben elevar su nivel de vida pero no saben por qué viven, por qué los ojos redondos de sus hombres parecen tener cansancio de siglos.

TAXIS-TIGRES EN KATMANDU

Cuando se desciende de la escalerilla del avión para comenzarla aventura en el país escalera que lleva al tejado del mundo, no sólo se siente esa indescriptible iluminación. También el pequeño asombro. Los taxis que llevan a la capital están pintados a rayas. Parecen camuflados panzer del Áfrika Korps. (“Tienen que parecerse a nuestros tigres, ser diferentes a los del resto del mundo”, ordenó el rey Birendra  con una lógica irrefutable).

Mientras el taxi-tigre trepa por las colinas van surgiendo centenares de pagodas, mil figuras de elefantes, leones, Budas, Budas, Budas. ¡Aquí nació Buda! Decenas de vendedores ofrecen antigüedades en piedra y madera, antigüedades que de vida no tienen a veces más de 2.000 segundos. ¡Segundos! Ni uno más, pero el turista se lleva esas figuras misteriosas como si fueran un cofre que contuviera las cenizas de su madre.

La cuidada fabricación de antigüedades, pecado venial, pues hace feliz al turista que recorre sus pueblos sin poder cerrar la boca. Tal vez esto es lo único en lo cual Nepal se parece al resto del mundo.

En lo demás, Nepal reclama, con justicia, su derecho a ser uno de los lugares más singulares del globo. Casi en todo. Partiendo de su territorio, cuyas jorobas -varias sobre los 8 mil metros de altura- dan corcovos de vértigo cuando los hombres tratan de montarse sobre ellas. Si sus 33 millones de dioses se dieran la tarea de estirar, de desplegar este territorio, que parece encogido por el frío, sería más extenso que el de Estados Unidos. ¡Y tiene menos de la quinta parte de Chile! (Sus 141 km2 se distribuyen en un rectángulo paralelo a los Himalaya de 800 km de largo y sólo 160 de ancho).

LA HIENA NO ES UN CHISTE

Viven en este territorio un poco más de personas que en Chile, pero con una renta per capita diez veces menor. Resulta grotesco comparar esta renta con la de Abu Dhabi, el emirato petrolero que bate todos los récords del mundo: lo de Nepales casi 350 veces más baja: 80 dólares contra ¡27.000!

Pero si pudiera medirse la alegría per capita, los nepaleses podrían competir por el récord mundial con los chinos de Taiwán que hemos conocido,  y también los maoríes de Tahiti.

Extraña felicidad la de Nepal; extraña paz sin necesidad de esperanza, fuera de la historia. Una barrera metafísica desafía el razonamiento del mundo industrial. Por eso cuesta entender. Cuesta, sobre todo, no quedarse perplejo ante seres humanos amontonados, hacinados, en las casas de dos y tres pisos -milagrosamente en pie- que se ven en el valle de Katmandú y en otras áreas nepalesas. Cuesta quedarse indiferente a las estadísticas: sólo uno de cada veinte habitantes puede recibir atención médica. Las expectativas de vida oscilan (varían según las fuentes consultadas), entre 26 y 40 años. ¡Este hormiguero de dioses tiene prisa por llevarse a los hombres! Casi el 90 por ciento de los adultos jamás aprendió a leer. Cuando en Chile gobernaba González Videla, en Nepal un gobierno totalitario prohibía escuchar radio.

Aún hoy, pese a los admirables avances en educación básica y media, los nepaleses de la ciudad viven -sobreviven- en condiciones y hábitos de higiene talvez muy raras en otras ciudades de la Tierra. Sin agua potable ni alcantarillado, muchos pueblos han llegado a 1976 desconociendo lo que es un W.C. Hombres y mujeres citadinos se turnan para “aliviar el cuerpo” en acequias a tajo abierto, aglomerados como aves guaneras. Como todos nuestros remotos abuelos –claro- en gran parte de su historia.

Falta valor para describir el espectáculo. Se recuerda, sin embargo, al hombre que explica:

Aquí comprendí lo que es el amanecer, el rocío del alba, el aroma de las flores del manzano…


En este pueblo alegre, en este país transitado por hienas de pelaje áspero y manchado, nadie entendería talvez el chiste de la hiena que se ríe… La hiena no está tatuada hasta el alma por las religiones orientales; la hiena no cree en el Nirvana, en la reencarnación. No cree en las otras hienas. El nepalés, en cambio, cree en todo eso. Sobre todo cree en los otros hombres. Y sonríe.

DEUDAS CON 11 MIL VIRGENES

No todos los nepaleses viven en tales condiciones higiénicas, por cierto. Desde luego, se libran muchos millones que habitan en las montañas, desconociendo el hacinamiento. También los hombres de buena situación económica, los pocos extranjeros que llegan a sus ciudades a trabajar y los muchos turistas que aterrizan aquí atraídos por el misterio, y que después no se quieren ir porque aprendieron a sonreír.

Para satisfacer al turista convencional  -“quiero pieza con baño y agua caliente”-  ya comienzan a profanarse las ciudades con deliciosos hoteles modernos; con restaurantes que ofrecen comida china, india, tibetana; con cocacolas y agua mineral para mantener las amebas a la distancia; con aviones y helicópteros, moscardones que llegan hasta el pre Himalaya llevando su carga de alemanes desteñidos y japoneses con moneda dura.

Gracias a su estratégica situación geográfica -un tapón entre China y la India-, Nepal, país de 33 millones de dioses, es capaz de tener deudas con 11 mil vírgenes. Los grandes países se disputan por construirle carreteras, otorgarle préstamos, donarle millones de dólares que a veces necesitan para ellos mismos (como es el caso de la vecina India). Por eso, con algo de crudeza, el francés Roger Chateauneuf pudo decir que el país de Buda -el asceta- vivía  de la alta mendicidad internacional.

¿Quién tiene la culpa?

La pregunta resulta más válida aun cuando se observan sus fabulosas construcciones del pasado, sus templos que alguien talló con sus manos guiadas por dioses, sus trabajos de bronce cubiertos por láminas de oro. ¿Por qué, si era un pueblo tan atrasado, pudo hacer todo eso?

RANAS EN ROLLS ROYCE

Respuesta con un hecho que constituye un símbolo: hasta poca más de 20 años, los gobernantes del país traían sus Rolls Royce desde Inglaterra, a través de India. Como no construían caminos (para mantener aislado a Nepal del resto del mundo, y así mantener sus privilegios), sus vehículos debían ser transportados al hombro por esclavos. Varias semanas de marcha, trepando y bajando montañas, transformaban el sufrimiento de muchos en Rolls Royce cero kilómetro para unos pocos.

En Rolls Royce para los Rana. Los hombres y mujeres de esta familia nepalesa gobernaron el país más de un siglo: desde 1849 a 1951. En torno a su territorio cayó en 1846 una cortina de misterio. Sólo podían ingresar los extranjeros invitados por los Rana. Estos cogieron el poder al relegar al rey a una función decorativa, mientras ellos gobernaban desde el cargo de Primer Ministro… hereditario. Una fórmula para no ser molestados: “Nómbrese siempre un rey de 10 a 12 años, rodéesele de mujeres, de alcohol, de drogas, y obtendrá así un rey tonto y manejable”.

Por eso la ranocracia nepalesa dio sus amargos frutos. Nada de gastos superfluos. Bastaban 30 escuelas primarias para un país de casi 10 millones de habitantes en 1951. No es necesario tener un sistema fiscal: los Ranas cobraban los tributos. De esta forma, un millón y medio de libras esterlinas salía anualmente de Nepal a engrosar las cuentas bancarias de esa familia en la India o en la imperial Gran Bretaña.

¡Fue el siglo de la ranocracia afirmada en milicias y en una tupida red de informantes.

Por fin, hace 25 años, los Rana dejaron de chapotear en la vergüenza de Nepal. Fueron expulsados con ayuda de la India. Poco después volvió la antigua familia real. Un nieto del maharajadhiraja (rey) que recuperó la corona es el actual soberano. Honesto, formado en las excelentes universidades japonesas, quiere levantar a su pueblo. Pero los Rana no han desaparecido. Para no perder influencia habían empleado la vieja fórmula de aliar el dinero con el poder. La esposa del joven monarca actual es Aishwarya Rajya Laxmi Devi… Rana.

COLONIALISMO: ¿QUÉ ES ESO?

Antes de los Rana -hace unos tres siglos- floreció el siglo de oro de Nepal, con la dinastía de los Mahla. Aquí, casi todo lo bueno es Mahla. Casi todo lo hermoso, viene de entonces. Más atrás en la historia, retrocediendo miles de años, el territorio fue conquistado y dominado por una retahila de pueblos. De uno de ellos surgió la familia de Buda. Entre los más antiguos todavía identificables destacan los mongoles, de cuya raza desciende buena parte de la población actual. Los sherpas, guías y cargadores de los que hoy escalan sus montañas, son mongoles casi en estado puro.

También el territorio ha sido invadido por chinos, hindúes y gurkas. Éstos, grandes combatientes por el Ejército inglés hasta hace poco, llegaron a Nepal pacíficamente en el siglo XII. En 1769 controlaron el poder.

Por todo esto Nepal constituye un rompecabezas no sólo en lo religioso y en materia de castas, sino también en materia de etnias  y lenguas. Pero ellos advierten con dudosa  arrogancia:


-Nepal nunca ha sido colonia de los europeos.

Tal vez este hecho permite que no exista animosidad contra el extranjero blanco, y que contrariamente a lo que ocurre en la mayor parte de los países subdesarrollados, el comercio y la industria no estén en poder de occidentales. En Nepal este poder económico se halla en manos de la casta de los Newar. Todos los reyes y reyezuelos que controlaban gran parte del país antes de su unificación en el siglo XVIII, eran Newar. Ahora dominan entre los industriales y comerciantes.

PROHIBIDAS LAS MANOS, SALVO PARA COMER

Al igual que en la India, si se recorren las calles y lugares públicos de Katmandú, de Patan, de Bhadgaon, jamás se verá una pareja de jóvenes tomados de la mano. Cualquier manifestación amorosa está proscrita por las costumbres. Los matrimonios se hacen por acuerdos familiares y siempre dentro de una casta. Un joven de casta inferior puede recibirse de doctor en Astronomía y casi tocar las estrellas con la mano, pero no podrá tocar una mujer de casta superior. Esto ocurre hasta hoy, invariablemente.

Se sigue aceptando el sistema de castas casi sin protestar. El barredor de calles sabe que si lo hace bien podrá en la otra reencarnación transformarse en un maharajá. O al menos en otro Newar, con tienda, con industria. Por eso, tal vez, las sonrisas que se ven cerca de los Himalayas tienen algo enigmático.

Por eso, también, cuando se entra en una casa modesta o de clase media nepalesa, se descubre que los hombres comen con la mano mientras sonríen. Por eso en vez de platos usan grandes hojas con forma de vasijas, se sientan en el suelo, y sonríen. Sólo algunos muy ricos o muy occidentalizados usan cubiertos, alfombras en el suelo y, sobre ellas, ricos manteles o pequeñas mesas. Por eso a la mayoría no le importa ir al templo de Sawayambhu, que tiene 400 peldaños, 2000 años de antigüedad y 2.000.000 de moscas. Por eso no les irrita que los Rana tengan o hayan tenido excusados enchapados en oro y ellos deban acercarse a una acequia.

Todo en Nepal está metido en el molde de acero de la tradición y las religiones. Así como el mundo occidental aparece impregnado por las leyes de Moisés, las parábolas de Jesús y la enseñanza socrática, toda el Asia -el continente que dominará la Tierra en el siglo XXI- está impregnado de la doctrina del mahayana a través del budismo del Gran Vehículo.

DROGAS: ABRIR UN OJO Y MEDIO

A cada paso el extranjero se encuentra, sin embargo, con muestras de otras religiones, como el hinduismo; el lamaísmo, venido de Tibet; el tantrismo, inspirado por el animismo, que viene caminando de la prehistoria. Apenas un millar de católicos existe entre los nepaleses. Están prohibidas las actividades misioneras. También existe un 1% de musulmanes. También a cada paso el visitante se encuentra con seres humanos que han optado por el paraíso artificial de las drogas. El cáñamo crece espontáneamente y los hippies viven en el paraíso del llegar y pitar. Acostumbrados por milenios a tolerar el uso de hashich y marihuana, los gobernantes oficialmente prohibieron ahora su consumo y comercio por imposición de las grandes potencias, pero vigilan abriendo sólo un ojo y medio.

No existen muchas otras distracciones para el extranjero que llega a Nepal en plan de trabajo y no de turismo. El poco cine que se exhibe viene de la India o de otros países orientales, sin traducciones al inglés. No hay ópera ni teatro. Para matar el tiempo, se hace mucha vida social -30 o 40 invitados a comer-, aprovechando la servidumbre conseguida casi sin costo. También se forman pequeños clubes literarios, musicales y deportivos.

Sólo excepcionalmente los nepaleses participan de estos clubes, pero sí concurren, en cambio, a las reuniones sociales. Las mujeres llevan siempre su sari indio, y los hombres visten a la usanza del país: pantalones blancos, bolsudos en la parte trasera, apretados y arrugados en las piernas; chaquetas oscuras con faldón redondo y camisa semejante a la occidental.

Visten muy distinto, eso sí, los nepaleses que viven alejados de las ciudades. Y es natural. En sólo tres grados de latitud hay cien climas distintos: desde el clima de los plataneros en la zona central, hasta el rigor de la cresta blanca de las montañas, donde un habitante de Punta Arenas aprendería a saber lo que es dar diente con diente.

Sus cultivos y la base de sus comidas no son muy distintos a los chilenos: arroz, trigo, papas, maíz. Los nepaleses más ricos consumen pescado, pollo, coco, muchas clases de dulces, legumbres, dahl (especie de sopa espesa de lentejas), y una serie de platos, que llegan a 150. Los comensales pican a la usanza china.

¿AÑO 2.000 SIN SONRISAS?

Políticamente el país ha escogido su propio sistema, basándose en cuatro consejos o panchayats, extraños al sistema parlamentario clásico. El partido político no sólo está fuera de onda, sino que casi es una palabra obscena… Birendra Bir Bikram -el monarca de las tres “B”- es considerado por sus súbditos más críticos como un buen rey, pero un mal gobernante. La mayor parte de los nepaleses, en cambio, considera que, por fin, el país comienza una etapa moderna y de progreso. Una minoría define a Birendra como mezcla de Stalin y Luis XIV, el Rey Sol, en cuya época las artes y la literatura alcanzaron su edad de oro.

Difícil tarea tiene este Luis XIV de Oriente. El próximo miércoles cumple sólo cuatro años en el poder. Recibió un país con una cama de hospital para 10 mil personas; sin grandes riquezas conocidas -salvo el turismo-; con un pueblo sumido en la ignorancia, y con atraso abismante respecto a la mayor parte de las naciones, graficado en un hecho: el primer avión llegó al Nepal sólo en 1955.

Pero, ¿quieren los nepaleses un progreso a la manera occidental? Talvez como los hippies, tienen temor al año 2.000. El año 2.000, dicen sus astrólogos viene sin sonrisas.

El Rey sabe trabajar

Birendra, el maharajadhiraja de Nepal es experto en educación, estudió en Londres y Tokio, pero se pasea en elefante sobre un trono de oro y plata.

Muchos extranjeros lo observan asombrados. No recuerda al sencillo nepalés que estudiaba en el colegio británico de Etony. Luego en la Universidad de Tokio, luciendo terno y corbata. Esplendoroso va ahora sentado sobre un trono de oro y plata, sobre el lomo de un elefante magnífico, luciendo sobre su traje blanco un collar de esmeraldas. El príncipe Birendra Bir Bikram Shah Deva se casa con la princesa Aishwarya Rajya Laxmi Devi Rana. El elefante engalanado recorre la ciudad entre los gritos de júbilo del pueblo.

Pero la realidad es que Birendra no ha cambiado. Lo que ocurre es que Birendra está en su país, y en su país él es la reencarnación de Visnú, componente de la tríada brahmánica, y debe someterse a los rigores de su dignidad.

Desde ese día debieron transcurrir algunos años, hasta que, a la muerte de su padre, Birendra se convirtió, ¡otra ceremonia magnífica!, en el rey o maharajadhiraja de Nepal. Esto ocurrió hace cuatro años exactamente. Hoy el rey tiene 33 años y su aspecto en nada recuerda a los feroces gurkas –etnia de sus antepasados-, que hicieron de la guerra su timbre de orgullo. (Gurkha significa “tigre” en lengua patán. Por eso los taxis de Katmandú lucen rayas, como los tigres).

Antes de coronarse, Birendra trabajó como un funcionario de alto rango, sometido a horario, en el Departamento de Educación de Nepal. No quiso dedicarse, como muchos de sus parientes, a la actividad económica. La familia real es propietaria de los dos grandes hoteles de Katmandú; el hermano del rey, del hotel y casino de Soalte, y la cuñada, del hotel de Annapurna.

Estos parientes del rey y todos los nepaleses de estirpe fina, tienen normalmente nombres que no resulta fáciles de leer ni menos recordar. Es así como en el país de Nirvana, el anestésico Nirvanita, constituye todo un símbolo. Aleja el dolor -principio del Nirvana- y luce un nombre químico digno de la más rancia genealogía brahamánica: clorhidrato del éter metílico del ácido dietilgliocolilaminoortexibenzoico…

¡Ya está!

Un chileno en el techo del mundo

Jaime Espinoza Quiroga, nacido en Los Andes, se enamoró de los Himalaya de Nepal. A pie ha recorrido buena parte del país, en excursiones de hasta tres meses, haciendo inventario de suelos.

No podría fallar en Nepal. Chilenos que agarran viento de cola y parten a trabajar en las lejanías se encuentran en todas partes. Ahora se trata de un funcionario de FAO, el organismo de la ONU que se preocupa de multiplicar los panes para el hombre. Jaime Espinosa Quiroga, nacido en Los Andes, terminó enamorado de los Himalaya, “porque, entre otras cosas, me recuerda los paisajes montañosos de Chile”.

Antes estuvo seis largos años en Bangladesh, y en el momento de escribirse estas líneas vuela a Tanzania, donde fue destinado por FAO. De sus cuatro años en el Nepal se lleva un recuerdo en el que resulta fácil adivinar la emoción:

No he conocido otro país con gente tan alegre, tan fácil para convivir. Clima agradable, hombres hospitalarios, amistosos, extrañamente místicos.

Hijo de un agricultor de San Esteban, este agrónomo chileno se dedica principalmente a realizar inventario de suelos en función de la planificación agrícola. Debe recorrer los países palmo a palmo realizando sus pesquisas.

Hace poco caminé tres meses seguidos junto a un grupo de sherpas. Llegamos hasta 4.800 metros de altura, sin usar jamás vehículo o animal de silla. Siempre a pie. Uno no sólo se acostumbra, se siente fantástico. Para el cuerpo resulta un verdadero tratamiento de salud. Y es fácil comprobarlo con los sherpas, que llegan a los 8.800 metros del Everest. Cerca de los cinco mil metros corretean los rebaños de cabras como si estuvieran en el plano.

Este exprofesor universitario de Concepción cree en el futuro del Nepal. Considera que el rey Birendra ha continuado con éxito la política progresista de su padre, con la ventaja de su juventud y entusiasmo. Últimamente se hacen prospecciones geológicas para determinar el potencial minero del territorio, y una empresa británica pone manos a la obra en materia de alcantarillado y agua potable, el peor problema social de Nepal.

Lo más interesante, a su juicio, puede venir del turismo. Y en especial del turismo de países budistas. Está en marcha un proyecto para transformar el lugar de nacimiento de Buda en un centro de importancia asiática. El Parque de Lumbini, donde nació Sidharta Gautama hace 25 siglos, está situado casi en la frontera con India, bastante cerca de Katmandú. En el siglo VII de nuestra era fueron descubiertos los cimientos del palacio donde habría nacido el reformador religioso de la India. Un grupo de países que siguen sus enseñanzas se han unido para hacer de Lumbini un lugar de encuentro hermoso y digno. Puede suponerse que si las peregrinaciones incrementan las arcas fiscales, no habrá en toda Asia un país más budista que Nepal. Y entre los que irán a Lumbini sin duda estará el chileno Jaime Espinosa, que del país de Buda se ha llevado algo más que un buen recuerdo.

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