Las entrañas de la China imperial

Las entrañas de la China imperial

Seis mil soldados y 600 caballos hechos de terracota -a tamaño natural- por el primer emperador de la China, se han convertido en uno de los hitos del turismo en el Lejano Oriente. Están saliendo todavía de las entrañas de la historia. Aquí contamos lo que vimos, sobrecogidos, en nuestra visita al Ejército de Terracota cuando había sido descubierto pocos años antes, y permanecía medio oculto por las resistencias políticas y restos vivos de la Revolución Cultural.

Por Luis Alberto Ganderats

Se están convirtiendo en soldados que todo el mundo quiere visitar. Arqueólogos y turistas se disputan el espacio en los aviones que viajan hasta Xi’an. En los tiempos de Cristo era la ciudad más populosa del planeta y el comienzo chino de la Ruta de la Seda. Desde esta ciudad toman un bus o un auto que los lleve hasta las excavaciones desde donde han salido, desde el barro seco, estos hombres uniformados.

Hicimos el viaje en días en que las dificultades eran mayores, por la escasez de vuelos. Pero la curiosidad que crecía año a año nos hizo crecer también la paciencia, y -con la emoción contenida- logramos embarcarnos. Por primera vez creímos experimentar algo semejante a lo que dicen sentir los viajeros que emprenden camino a lugares remotos, sin saber si habrá motivos para celebrar. Una mezcla de ansiedad y alegría. Nunca falta la amenaza de un imprevisto que eche todo por tierra. Es lo que sintieron Cook y Tasman, Burton y Malaspina.

En el aeropuerto de Shangai sentimos caer un rayo sobre nuestras cabezas:

-¿Por qué no sale el vuelo?-, preguntamos a un empleado.

-Hay diferencias entre los miembros de la tripulación.

-¿Y?

-No se sabe qué decidirán. Si el viaje sigue o no.

Ya estamos en la loza, pero sin poder embarcar. En la puerta del horno… Un grupo de pilotos, sobrecargos y auxiliares discute a 20 metros de nosotros, bajo la sombra refrescante de un ala del avión. El aire es otro horno.

Vivimos uno de esos momentos en que nos gustaría saber rezar y rezar con fervor. Y no venir de un Chile en dictadura cívico-militar de derecha…

Hacemos fuerza mental, con la ayuda de otros pasajeros.

-Por favor, pasen a embarcarse- dice por fin una dulce mujer china, sonriendo con naturalidad.

Han pasado varias horas desde esa sonrisa, y ahora escuchamos la voz monótona de un guía que repite mecánicamente.

-Estas cifras hay que escucharlas con cuidado.

Paramos la oreja mientras los ojos no pueden perder de vista el asombroso espectáculo.

-Son seis mil soldados a tamaño natural- añade somnoliento- Y los 600 caballos también. Todos de terracota, de arcilla endurecida.

-¿Seis mil soldados dijo?

-Sí, y 600 caballos. Estuvieron ocultos por más de 22 siglos bajo una capa de barro seco.

-¿Antes que Pompeya?

-Unos 300 años antes.

-¿Y por qué los cubrió el barro?

-Estaban en pasillos subterráneos. Se destruyó el edificio exterior, vinieron las crecidas del río Amarillo y los pasillos se convirtieron en verdaderas piscinas de barro.

Así, sumergido, sin luchar, se hizo humo todo este Ejército de Terracota.

Desapareció incluso en el recuerdo de la gente.

Su casual descubrimiento, hace dos décadas, dejó perplejos y maravillados a los arqueólogos. Lo mismo ocurre desde hace tiempo a los pocos turistas que pueden internarse hasta el corazón de China.

Fascinación horrorizada

Nos encontramos en el edificio más deprimente que es posible imaginar para un tesoro como éste. Un bodegón de concreto construido sobre las excavaciones -para protegerlas-, parecido a una barraca cualquiera. Tan prodigioso es lo que contiene, sin embargo, que pronto el visitante se repone y es capaz de ignorar el envoltorio, y hace de esa contemplación uno de los momentos más intensos que es posible imaginar. Aturde y sobrecoge. Pensar en el dolor humano que puede ocultar la realización de esta obra colosal produce una suerte de fascinación horrorizada. Imposible no fascinarse, inevitable el gesto de reproche en alguna esquina de la conciencia.

“De pie, bajo la lluvia, nos emocionamos hasta las lágrimas”, confesó la escritora Audrey Topping, una de las primeras occidentales que pudieron llegar a este lugar cuando concluía la sangrienta Revolución Cultural, que también provocó horror en la gente junto con la fascinación de vivir un proceso enteramente absurdo.

Ahora no hay lluvia, pero no faltan las lágrimas. Este ejército debe colocarse entre las obras más admirables y más incomprensibles de la historia humana. Varias cuadrillas de hombres y mujeres excavan frente a nuestros ojos con la lentitud que exige su tarea. En cualquier momento podrían escucharse exclamaciones de regocijo, o se podría ver a un arqueólogo levantar por los aires una lanza. Una flecha recién recuperada.

No asistimos, desafortunadamente, a un instante así.

En un área de más de dos cuadras de largo y sesenta metros de ancho, observamos once corredores repletos de soldados y caballos. Todos los hombres parecen en actitud de esperar la voz de mando, pero son diferentes la expresión de los ojos, el largo de los bigotes, el rictus de los labios, el corte de los trajes. Los hay fieros, y también algunos que parecieran disimular con dificultad su carácter alegre.

Seguramente -por lo que se sabe- los propios soldados del emperador que mandó a hacer estas figuras, Qinshihuang Ti, sirvieron de modelos. La otra posibilidad era la de ser enterrados vivos para acompañar a su emperador al otro mundo. (Por ahí se cuela el horror).

¿Habrá existido jamás modelos más entusiastas y pacientes?

No se sabe, claro, de otro monarca que haya rendido un homenaje tan extraordinario a los hombres que conquistaron para él un imperio (por ahí aparece la fascinación). Arqueros, lanceros, jinetes, alabarderos, ballesteros y caballos de cerámica (o terracota), tenían otra característica en común: llevaban armas o arrastraban carros de guerra auténticos.

Por esa razón ya no hay aquí armas ni carros de guerra.

Fueron saqueados -tres o cuatro años después de la muerte del emperador- por los fundadores de la siguiente dinastía. Muchas terracotas sufrieron graves daños y el trabajo de restauración ha sido lento. Difícil.

Con paciencia, claro, pero eso es algo que abunda en estas lejanías asiáticas.

Para verlos, ahora es necesario recorrer larguísimos pasillos laterales, situados a un nivel más alto. Se logra una soberbia visión de conjunto, aunque hace imposible la observación de los detalles a simple vista. Un permiso especial abre las puertas a los periodistas y fotógrafos. El turista debe conformarse con la visión distante y le está prohibido fotografiar, incluso sin luces. El monopolio fotográfico es del museo.

El Ejército se impone con normas de hierro.

Muchos guardias vigilan a los turistas para que tales normas se respeten. Pero la curiosidad se va por otros caminos. Descubrimos que algunos guerreros se encuentran descabezados. Así resulta fácil comprobar que los cuerpos son huecos y están rellenos de arena; las cabezas, en cambio, fueron hechas en forma compacta, y van encajadas, sin pegamento. Por lo tanto, pueden ser cambiadas de posición.

Todas las figuras llevan sus manos vacías, aunque conservan los huecos o posiciones que demuestran que originalmente ocuparon lanzas o arcos, alabardas o ballestas.

Al centro de este escenario, el trabajo de excavación continúa pausadamente. Aún quedan miles de soldados y caballos esperando ser rescatados del barro seco, para volver a formar en este ejército dispuesto en formación de combate, para combatir el olvido.

Por 2.000 años seguramente se creyeron derrotados.

Nadie sabía de ellos.

Cuando apareció en China este ejército de arcilla, en la primavera de 1974, un ejército chileno de carne y hueso tenía capturado el interés internacional. Pero Xian hizo sonar los teletipos más que Pinochet. El hallazgo fue hecho por obreros de una comuna popular de la provincia de Shen. Cavaban un pozo artesiano para el riego y bajo la tierra roja se encontraron con el rostro adusto de un general, con restos de color en su raro uniforme.

Ese general dio la voz de mando a los arqueólogos.

Desde entonces, trabajan sin pausa y sin irresponsables apuros. Ahora ya se sabe que lo encontrado, el mayor descubrimiento arqueológico de la segunda mitad del siglo XX, podría ser apenas una parte mínima del mayor tesoro histórico de la China milenaria.

Tumba-cerro a la espera

En esta región estuvo el corazón político del imperio por más de mil años, y la provincia de Shen-si es uno de los lugares de la Tierra donde la palabra tesoro debe pronunciarse con una entonación distinta. Existen no una, sino cientos de tumbas imperiales, muchas aún no abiertas y bajo tierra. La mayor de todas es la de este emperador que hizo cocer un ejército de cerámica para acompañar sus restos.

¿Dónde se encuentran éstos?

A 1.200 metros de aquí. Lo que se observa sólo es un cerro en medio de la planicie.

No es un cerro.

Es un túmulo, una tumba cubierta de tierra, que tiene el alto de un edificio de doce pisos. Cientos de árboles han sido plantados hace una década en él, y un templete de arquitectura tradicional china destaca sobre la cumbre.

Bajo este cerro artificial fue enterrado el emperador, en un palacio subterráneo.

El panteón tiene 250 metros de largo (20 más que la pirámide de Keops), y 80 metros de altura. Muchos expertos suponen que los restos de este primer emperador de China deben estar rodeados de un tesoro cultural incalculable, salvo que haya sido saqueado y destruido,

Nadie lo sabe aún.

Sepulcro que mata

Sólo se conoce el relato de un hombre que vivió un siglo antes de Cristo, gran historiador de la antigüedad china, Ssu-ma Chén:

“…trabajaron más de 600.000 conscriptos de todas partes del país; cavaron, atravesaron tres ríos subterráneos y vaciaron cobre fundido para la parte exterior del nicho y llenaron la tumba con modelos de palacios, pabellones y oficinas, con vasijas finas, piedras preciosas y curiosidades. Se ordenó a los artesanos disponer flechas de una manera tal que cualquier intruso que entrara fuera muerto de inmediato. Es una sepultura que mata. Se hizo una réplica en miniatura del territorio chino, en la cual los ríos principales fueron reproducidos en mercurio, que corrían hasta un océano en miniatura por medio de dispositivos mecánicos…”.

Aún no se sabe cuánto queda de eso.

Falta realizar una excavación sistemática, y los arqueólogos no parecen tener prisa. Sólo unos pocos chinos han visto el Ejército de Terracota, y quizá recién cuando haya disminuido la curiosidad y el asombro universal, sacarán de la manga otra carta asombrosa para tentar al turismo.

¿Habrá algo más, aparte de la tumba?

Considerando las concepciones chinas sobre simetría, expertos suponen que hay muchísimo más. Si en uno de los costados de la tumba se instaló el Ejército, en los otros pudieran estar la corte, con sus hermosos vestidos, peinados y joyas; los altos funcionarios, los sacerdotes y los demás individuos importantes de la nación.

Una estimación reciente dice que la tumba de Qinshihuang Ti y sus monumentos complementarios -tales como este ejército-, abarcarían un área de 56 kilómetros cuadrados. Más que la comuna de Santiago.

Carros de la emperatriz

Aquí, tierra sembrada de maravillas arqueológicas y artísticas, los chinos desenterraron en 1980 dos carros de bronce poco más pequeños que el natural, con cocheros y cuatro caballos. Es un soberbio trabajo de arte y fundición.

Los hemos visto en un edificio vecino al del Ejército de Terracota. No son carros de guerra, pues llevan techo y un cierro exterior. Seguramente pertenecieron a la emperatriz o a las concubinas de Qinshihuang Ti. Nada queda liberado a la imaginación. Todo está ahí: el cochero sentado sobre sus talones, con su amplio ropaje; los arneses y las bridas -algunas de oro y plata-; el tallado del techo interior, las ruedas, primorosamente reproducidas.

Es historia fundida en metal. No se trata de testimonios confusos o dichos de oídas. En esos carros que vemos -pero en tamaño natural- viajaban algunos chinos nobles 300 años antes de Cristo.

Y no se trata de cualquier época ni de cualquier conductor de hombres. Si la comparación no le quedara pequeña, podría decirse que Qimshihuang Ti -cuyo nombre se traduce como “soberano emperador de la Casa de Ti”- es el Napoleón de la antigüedad china. Conquistó todos los reinos vecinos, hizo suyos hasta Corea y parte de Vietnam, unificó por primera vez (y hasta hoy) a la China, y se ungió como su primer emperador.

Cuando en Occidente el Imperio Romano estaba gestándose, el Imperio Chino constituía ya una sólida realidad. Y esta ciudad de Xi’an era el centro del centro.

Descansamos por unas horas en el flamante Sheraton Gran Muralla de Pekín. Un hotel con su fachada tapizada de espejos. Cuando fue inaugurado, afuera, detrás de una larga reja, una hilera de campesinos -chupalla en la mano, pegada al muslo- observaban los espejos y los turistas, con la boca en gesto atontado.

Luego vendrían muchos hoteles y edificios modernos y el hombre chino se ha familiarizado con lo nuevo, pero lo miran sin tomar plena conciencia que sus tierras ocultan muchos de los mayores tesoros artísticos y arqueológicos de la Humanidad.

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