Espiando en Japón

Espiando en Japón

No hemos inventado todavía en Occidente la palabra que defina el carácter japonés “Si tiene dudas haga una reverencia; siempre sirve”, me han recomendado. Pero no me sirvió cuando termine transformado en corriente de aire. Lo que ocurría con araucanos petroleros talvez pueda saberse aquí en Tokio, aunque no se produce petróleo. Los japoneses son pesados como los alemanes, pero…

No pude dejar el prejuicio fuera de la maleta. Nacido en plena Segunda Guerra, pasé demasiadas matinées infantiles viendo a los “japoneses sanguinarios”, lo que me impidió llegar a esta colmena de Tokyo desprovisto de suspicacias. ¡Hasta esos ojos estirados parecen hechos para espiar; no para mirar! En pocas horas, naturalmente, esa imagen se había esfumado. Pero surgió otra, tan inevitable como las reverencias en una casa de té. Fue un chileno con el cual me encontré en el corazón del barrio Ginza, quien me llevó bruscamente de nuevo al sótano de Japón.

A Chile.

Después de pasar ambos un par de horas observando el hormigueo humano en el Hotel Akasaka-Tokyo, ese chileno se rascó la cabeza. Me hizo que observara a la gente. Todos vestidos a la última moda europea. Los jóvenes, muchos sobre el metro 70, luciendo trajes cruzados y oscuros, corbatas anchas, ¡zuecos! Las muchachas de 20… como en los años 20. Pocos adultos. Siempre más bajos. Las mujeres con quimono o traje largo; los hombres, terno de alpaca, camisa blanca. Todos, sin excepción -¡no hay un solo japonés rubio-, pelo rebelde y negro; los rostros…

-Los rostros… ¡ya sé! me interrumpió ese chileno terminando de rascarse la cabeza. Esto es… como si hubiesen descubierto petróleo en una reducción mapuche. Que luego la Hilton instalara un hotel de 30 pisos y los habitantes se vistieran con Christian Dior…

Con el perdón de los etnólogos. También de los japoneses que no gusten de los mapuches, y de los mapuches que no gusten de los japoneses. Pero hasta las ancianas tokyotas, con sus cuerpos menudos, sus piernas breves ocultas bajo el quimono, recuerdan a nuestra mujer mapuche cuando viste su traje tradicional.

No hay petróleo, sin embargo, en las reducciones mapuches. Y casi nada en las islas del Japón. Por eso este parangón “impresionista” termina ahí.

Los nipones están ya encaramados en la tapia del año 2.000. Los mapuches de las reducciones ni saben quién es Christian Dior.

MIL PROVIDENCIAS

“Nos falta un siglo para llegar a esto”. La reflexión surge sola cuando se observa, sin provincianismo ni patrioterismo, las grandes ciudades japonesas. No sólo por la majestuosidad de aluminio que recubre las construcciones. Tampoco por la avalancha de vehículos- Es posible observar -¡con los ojos así de grandes!-  miles y miles sin que ninguno parezca salido de la fábrica más de dos semanas. Autos modernos, sin un rasguño en la pintura, los parabrisas como cristales de joyería. Tampoco el asombro surge por las enormes industrias -¡ciudades con chimeneas!-, ya que en las reducciones puede desconocerse a Dior, pero no las radios japonesas a transistores.


Surge el asombro, en verdad, por otras cosas.

No hace 48 horas vi a un limpiador de vidrios colgado a unos 30 metros de altura. ¡Leía absorto! Es el vicio por la letra impresa.

Aquí no sólo desapareció por completo el analfabetismo, sino que existe el más alto porcentaje de bachilleres de todo el mundo. He recorrido gran parte de Tokyo a través de la telaraña subterránea del Metro sin encontrar un solo hombre que siquiera se acerque a la pobreza de otros países de este Extremo Oriente. La mayoría de los barrios parecen la comuna de Providencia en versión japonesa: casas de madera, cercos de bambú, jardines con árboles enanos y linternas de piedra. ¿El comercio? Todo lo limpio que puede esperarse. ¡Primoroso!

Flotillas de camiones celestes recorren las calles retirando la basura de tarros siempre… celestes. A alguien le oí decir -sin embargo- que, salvo Kyoto y Nara, las ciudades japonesas son “aparatosamente horribles”.

Otra visión impresionista.

Lo cierto es que la mayoría tiene una cáscara occidental moderna, no siempre armoniosa. Algo de la delicadeza, del refinamiento oriental, otorga, sin embargo, a estas ciudades un encanto que no se puede dejar de advertir. Cada pequeño negocio luce toldo original, cortinas y flores. Las calles -a menudo estrechas- son alegres o silenciosas, pero siempre con algo sugerente. No hay un solo villorrio que carezca de luz eléctrica.

FALTA UNA PALABRA

Hijos de samurais, tos japoneses han ganado batallas al progreso.

Han perdido otras.

Grandes carteles cinematográficos con escenas crudas, a veces francamente pornográficas, gritan su impudicia desde altos edificios. Los niños acompañados por sus padres pasean abajo casi desaprensivamente. En ese mismo momento algunos centenares de niños mueren antes de nacer, tronchados por una práctica que bate récord mundial: el aborto.

Pero el niño que vive se transforma en un privilegiado.

Con razón alguien dijo que en Occidente no tenemos una palabra que pueda definir certeramente el carácter japonés.

Pueblo de vocación mística, ¡y a la vez agnóstico! Sintoistas y budistas en sus templos llegan casi al paroxismo, pero todos los días viven amarrados a un fatalismo muy distante de la concepción religiosa occidental. “No hay remedio”, sikata ga nai.

No tiene su lengua, en cambio, palabras para insultar. Pero su historia tiene enseñanzas para matar: durante siglos las niñas recién nacidas eran a menudo asfixiadas introduciéndoles hojas de bambú untadas de miel en las narices. Así “separaban las espigas”, dejando vivos sólo a los varones.

Aún hoy subsisten excusados mixtos… en algunos lugares, y los baños mixtos tampoco constituyen rareza. Un japonés delicado, sin embargo, no concibe que el W.C. esté junto a la tina de baño. Y la familia se baña en tina con la misma agua, para beneficiarse de la grasa de todos los cuerpos.  

Tampoco he logrado yo -por cierto- encontrar la palabra para definir el carácter japonés.

CORDIALIDAD EN AYUNAS

Luciendo quimono, abanico y chinelas de madera, sólo una de cada diez mujeres recorre las ciudades durante el día. Al desaparecer el sol, y sobre todo pasada la medianoche, los vestidos occidentales también desaparecen. La mayoría, al menos. Entonces la mujer japonesa sugiere algo del encanto que desde lejos, en Chile, nos acostumbramos a imaginar. Desaparecen los talles cortos, las piernas asimétricas; florecen los “altos peinados de torres”, las peinetas y el candor.

Se transforman en seres de apariencia impenetrable.

A ellas se refirió quien dijo (¿Buda?) que la mujer “es más secreta que el rumbo que sigue el pez en el agua”. El rostro casi inexpresivo de los hombres también los hace parecer cerrados, pero también saben ser cordiales.

Incluso con los inoportunos.

Apenas llegué a Tokyo tuve oportunidad de comprobarlo ignorando que existen muchos restaurantes que sólo atienden a su clientela habitual, entré a uno de ellos y me senté, esperando ser recibido con una reverencia, como corresponde. Fui recibido como se recibe una corriente de aire. Un garzón cerró la puerta… Sin mirarme siquiera. Siguió atendiendo a los clientes. Para él, este extraño no era siquiera una sombra en el muro, como esas que quedaron en los Hiroshima luego de la explosión, como únicos recuerdos de la presencia de seres humanos… No, no era ni siquiera eso. Quince minutos de espera. Nada. Ni comida ni una invitación a dejar el local.

Un lustrabotas -mujer, como la mayoría de su gremio en Japón- me explicó más tarde que muchos de los ¡11 mil! restaurantes y bares de la ciudad están reservados a los clientes habituales. Lo cordial, sin embargo, es… no echar al intruso, sino que esperar una retirada estratégica.

¿LOS MAS INTELIGENTES?

Tal vez sea cierto, entonces, eso de que entre los japoneses no florece tan bien la lógica como el kimochi, la emoción. Muchos de ellos admiten que los mil vericuetos de la geografía nipona son para ellos un rompecabezas infantil comparado con las filosofías occidentales. Años atrás, sin embargo, una encuesta de Unesco destinada a medir la calidad de los conocimientos matemáticos adquiridos por alumnos de doce países industriales, reveló que los japoneses eran, ¡lejos!, los más aventajados. Demostraron notable capacidad para razonar, analizar problemas, poner una idea en ecuación y descubrir soluciones originales.

Entonces muchos se preguntaron si este pueblo es el más inteligente del mundo.

Ellos no parecen dudarlo.

Aunque todavía no se reponen de la crisis que terminó con la salida del Primer Ministro Kakuai Tanaka, ni parecen tranquilos por la crisis mundial (por primera vez en décadas su economía aparece estancada). Los japoneses tienen mucho éxito acumulado como para decir sikata ga na ¡No hay remedio! Ellos inventaron remedios hasta para superar su única derrota militar en muchos siglos, que culminó con Hiroshima y Nagasaki.

Tres décadas se cumplen el próximo 6 de agosto. Hiroshima y Nagasaki forman ya en los batallones olvidados para los que nacieron después de esos días de pesadilla. Los jóvenes miran hacia adelante. Hacia atrás sólo para medir lo que han avanzado, En 30 años-¡parece majadería repetirlo!- el milagro japonés es una multiplicación de panes y máquinas. Los japoneses –agnósticos- rechazan la idea de milagro. Prefieren la idea de esfuerzo.

Pero hay más.

Un ejemplo gráfico, aunque parezca largo. Alguien dijo que los japoneses tienen la pesadez de los alemanes, la fatuidad de los franceses, el snobismo de los británicos, la retórica de los italianos, el orgullo de los españoles, y el materialismo de los norteamericanos. Pero también advirtió que tienen la seriedad y energía de los alemanes, la sensibilidad artística de los franceses, el amor por la evolución y el escepticismo por las revoluciones de los ingleses, la tibieza humana de los italianos, la valentía de los españoles y la capacidad para entusiasmarse de los norteamericanos.

ASOMBRO Y REVERENCIAS

Esta mezcla ha sido el mejor combustible del progreso. ¡Una cámara japonesa fue utilizada por John Glenn, el primer astronauta, en su viaje histórico! Años antes, sin embargo, Japón parecía condenado a seguir en órbita de la pacotilla. Los mejores buques que surcan los mares: salieron de astilleros japoneses; la electrónica mundial recoge hoy día las enseñanzas salidas de estas islas, que suman menos de la mitad del territorio chileno.

¡No hace mucho se calificaba a este pueblo de “mimético”, sin imaginación!

Hoy han aumentado los que se preguntan si es el más inteligente.

Por tres siglos los nipones vivieron absolutamente solos, en total aislamiento, hasta romper la barrera sólo en el siglo XIX. Actualmente los grupos de hombres con “ojos que espían y no miran” repletan sonrientes los aeropuertos de todo el mundo, formando grupos compactos, como aves gregarias. No hay otro pueblo que viaje proporcionalmente más! Tampoco que haga… más reverencias antes de cada partida. (Un español conocedor de la mentalidad japonesa me recomienda: “Cuando esté en alguna dificultad, haga reverencias. Siempre sirven”).

DARUMA-SAN SIGUE CIEGO

En estos días he podido ver en muchos lugares de Japón la imagen de Daruma-san, patriarca-budista de hace 13 siglos, de quien se dice que meditó durante ochos años seguidos, sin moverse. Se le representa como un gordito en forma de huevo. Lo venden sin los ojos pintados. ¡Ciego! Cuando los negocios marchan bien, su dueño le dibuja las pupilas con tinta china. En caso contrario, permanece ciego. Los Daruma-san que he visto siguen con sus ojos hueros. Antes de pintarlos, sus dueños esperan que baje el precio del petróleo, la savia que alimenta una industria cuyas cifras de producción empujan al vértigo.

Perdimos la guerra, pero no queremos perder la paz-, me dijo un adolescente que parecía preocupado de otras cosas. Pero la verdad es que su caso es el de millones de jóvenes que tienen como preocupación-obsesión el progreso de su patria. El 70 por ciento de los universitarios trabaja para financiar sus estudios y no marginarse de las actividades productivas. A Takeo Miki, sucesor del Ministro del Interior Tanaka, caído en desgracia, ya se le llama “el limpio”. Miki es un hombre austero.

Otros países, en cambio, parece que se dedican a consumirse internamente. A vivir sobre la bomba de tiempo de la subversión impune y la politiquería estéril. Mientras los demás disputan hacia adentro o hacia afuera, Japón observa el espectáculo. Ellos saben muy bien a qué comparar el espectáculo que dan ciertos países: los soldados japoneses, en otras épocas, solían amarrar al prisionero enemigo junto con un cadáver, y dejarlos abandonados en los bosques. ¡Vivo y muerto se devoraban mutuamente!


Geishas ayer y hoy

Miki el Limpio incluso ha terminado con la contratación de geishas para reuniones oficiales con empresarios, como lo hacía Tanaka, su antecesor. Pierde así unos 20 mil votos. Da otro golpe a una tradición de ocho siglos que languidece irremediablemente. Comer en un restaurante de geishas y recibir una dulce japonesita de vuelto suele ser la esperanza de algunos que llegan a Kioto.
Cada día son menos.
He llegado a pensar que la costumbre de atender solamente a clientes descalzos algo tiene que ver con el argumento más contundente de las geishas para poner a los entusiastas en su lugar: aplastarle con sus altas sandalias -¡15 centímetros de madera dura!- los cinco dedos de un pie (y el metatarso si las circunstancias lo hacen aconsejable).

Estos argumentos y otros más sutiles ya han recorrido el mundo y son pocos los que aún confunden a una geisha (“persona culta”) con una yamina onna (“ángel de las tinieblas”).

A las geishas las entrena y dirige una mamasan, que es mama, pero no es tía. Los “ángeles de las tinieblas”, en cambio, tienen una tía, la misma tía cuya acepción conocemos en Chile y que recoge el Diccionario de la Academia. La llamada Asociación de Geishas tiene su propio tribunal de penas -incluso las del infierno- para sancionar a las asociadas que dispensen a sus clientes atenciones fuera de programa. Una encuesta efectuada en enero pasado cuyos resultados dio a conocer la edición en inglés del diario Mainichi, ha revelado que el 50 por ciento de las geishas de Kioto mueren solteras (y vírgenes, para más señas).

¡SE RIEN EN EL METRO!

Por la severidad de su disciplina; por la modernización de las esposas (dejaron de ser la “mujer del fondo”, que salía de la casa sólo en caso de incendio), y por el alto

costo del servicio en un restaurante de geishas, estas mujeres que convirtieron a Japón en el paraíso de los hombres, comienzan a irse. No en vano llevan ya 800 años destinando su propia vida a complacer maridos ajenos. Ahora muchas trabajan como cantantes, bailarinas o relacionadoras públicas de grandes empresas. Algunas -es cierto- también escogen el camino de las tinieblas. Sólo los iniciados, sin embargo, pueden probar suerte en estos casos sin riesgo de que un error les deje el metatarso hecho una calamidad.

Muchas simplemente han tomado el camino de la shokug- jo fupini (“mujer que trabaja”). Ese camino, hasta hace algunas décadas, producía casi la misma repulsión como el que lleva hoy al Barrio de las Farolas Rojas, donde cuesta tanto encontrar una japonesa virgen como una Hermanita de los Pobres en una partida de póker.

El terremoto de 1923 y los bombardeos de la Segunda Guerra hicieron que la mujer japonesa saliera del fondo de su casa. No volvió a entrar. Ahora sólo en Osaka hay 40 que presiden sociedades anónimas, y en Japón 170 mil son barberos, 8 millones trabajan en industrias y 10 en el campo. Existen ¡35.000! organizaciones femeninas y feministas.

Pero aún muchos japoneses se resisten a la emancipación femenina. Un despistado escribió a la sección Cartas de un periódico de Tokio protestando porque las mujeres se ríen en el Metro y si ven a un hombre de pie ni siquiera se levantan para darle el asiento…

¿Será?

Será, quizá, el mismo japonés atrasado de noticias que hasta hace sólo dos años vivió escondido por ahí, sin saber que había terminado la segunda guerra mundial.

El Kabuki

Un teatro milenario que traslada al extranjero a un mundo impensado. ¿Por qué la amante de Tijuro abandonó el teatro para hacerse el hara-kiri?

Claro. Lo primero que asombra y transporta al espectador a un mundo irreal son los trajes extravagantes, el maquillaje insólito… Pero de pronto uno repara en ciertos encapuchados de riguroso luto, que recuerdan al Ku-Kux-Klan. Situados detrás de la línea de actores, de repente corren al centro del escenario, mueven un objeto, y regresan como exhalación a su lugar.

Son los kurogos”- advierte el japonés que me acompaña–. Están ahí para mover cosas  del escenario. No son personajes. Sirven también de apuntadores. ¿Ustedes no los conocen en Occidente?

En Occidente no los conocemos a ellos ni a ninguno de los personajes que durante casi cuatro siglos han animado el kabuki. Muchos de sus actores principales vienen de 17 generaciones en el escenario. Hace poco más de un año se celebró el 250 aniversario de la muerte de Chikamatsu Monzaemon, el gran dramaturgo del kabuki. Le llaman el “Shakespeare japonés”, y no es raro. En este país se esponja el orgullo cuando se habla de kabuki, como ocurre entre los ingleses con sus ciclos shakespearianos, entre los parisienses con su Comedia Francesa, entre los italianos con su ópera y los españoles con su Siglo de Oro…

Por eso concurrir a una representación del kabuki debería ser obligatorio para todo el que llegue a estas islas del Extremo Oriente. Aunque -si somos honestos- resulta imposible para un no iniciado seguir los pasos a sus tramas. No importa. El despliegue sobre el escenario atrapa de inmediato el interés de cualquier espectador. Hombres vestidos de mujeres, los onnagatas; guerreros blandiendo espadas largas como lanzas; cortesanas multicolores equilibrándose sobre sandalias semejantes a zuecos, y esos hombres con capuchas que recorren el escenario cual fantasmas enlutados.

TIJURO ERA PROFESIONAL

Instado por mi acompañante, intento seguir la trama leyendo un texto multilingüe que nos entregaron a la entrada. Así lo hace la mayor parte del público, ¡incluso los japoneses! Imposible.

Ka-bu-ki significa canto-danza-destreza, y en todo esto prefiero fijarme. El argumento (cuando lo tiene) nada puede envidiarle al del cine anudado y críptico que solemos sufrir en Occidente. Un mismo personaje usa varios nombres; se viste de mujer, de anciano o coolie; aparece y desaparece… Pero hay una historia del kabuki que invita a observarlo sin pestañear, aun cuando el espectáculo resultara deslucido. Lo que no ocurre, por cierto, ni en los kabuki… raskas.

Creado en 1586, cuando Shakespeare tenía 22 años y aún no tomaba la pluma, el teatro kabuki tuvo como iniciadora a una prostituta. O-kuni, cantaba ¡en un templo! y danzaba con más inspiración erótica que religiosa. Un siglo más tarde, el género había alcanzado su cenit, gracias al aporte de uno de los gremios menos valorados entonces: los comerciantes. Ellos le dieron la forma que -con algunas variaciones- sigue entusiasmando al japonés de hoy.

Toda la mentalidad de este pueblo moderno y feudal surge recreada en el kabuki. Su historia humana también. Tijuro, célebre actor del género, protagonizó junto a su amada un hecho que bien podría llevarse al escenario. Tijuro era onnagata, una mujer en el escenario. Un día le advirtieron que debería encarnar a una casada adúltera. Para hacerlo con propiedad, sedujo a la esposa de un magistrado. El día del estreno, Tijuro supo lo que era un éxito absoluto. También supo después que su amante dejó la sala del estreno para hacerse el hara-kiri.

RATON ESTILO PANTERA

Más de 300 obras forman el repertorio convencional del kabuki. La mitad de ellas proviene del teatro de títeres, bunraku, para el cual también escribió el “Shakespeare japonés”. Otras obras han rescatado elementos valiosos del teatro noh, propio de los guerreros nobles y de la clase culta del pasado, género más antiguo que el kabuki. El teatro noh, menos popular hoy día, tuvo en el pasado tal éxito que el kabuki debió adoptar muchas de sus técnicas.

Imposible resulta sintetizar apretadamente cualquiera de esos 300 argumentos. Uno relata el caso de una mujer (hombre) ciega que se convierte en cantante callejera y se acompaña con un samisén, especie de balalaika. Otro cuenta de las doncellas imperiales transformadas en leones y que bailan con hermosas peonías…

Algunas obras están compuestas por 11 actos que duran hasta dos horas ¡cada uno! ¿Cómo reducirlas a pocas líneas?

No falta el argumento que recurre a la pura fantasía. Uno de ellos parece pintado para La Pantera Rosa. Cierta princesa amarrada a un cerezo traza la forma de un ratón, con la punta del pie, sobre una alfombra de pétalos. El animalito cobra vida, trepa por el cerezo y roe las cuerdas que atan a la cautiva…

También hay dramas llamados “toscos”, los aragotos. Imposible entender el argumento… No lo tiene. Se trata de hacer sentir y no pensar. Los actores gritan, aúllan (yaa- aaga!, tottchka!...). Sonido y movimiento. Como en todas las del género, la orquesta juega un rol fundamental, en la cual destacan las tablillas en un staccato característico.

ORGULLO DEL MIÉ

Formados en las tablas desde los cinco años -a los tres se inició el ídolo moderno del kabuki, Somegoro-, los actores aspiran sobre todo a ser maestros del mié. Este elemento representa la culminación del drama kabukiano. Consiste en una “pose pictórica”. Inmóvil en el escenario, el actor muestra dolor, indignación fiereza. A veces la mezcla de todo eso. Para expresarse, a menudo pone los ojos bizcos (ver portada). Esta imagen es la que han recogido muchos antiguos grabadores de temas del kabuki. Tanto es el entusiasmo por representar el momento del mié, que la queja entre los directores de hoy y de siempre ha sido la misma: –Todos quieren hacer el mié y nadie las patas de los caballos.

Tras dos o más horas de observar el espectáculo, el espectador termina por familiarizarse con algunos recursos expresivos. El abanico aparece muy pronto como la herramienta sálvalo todo. Puede ser cualquier cosa: las ruedas del rickshaw en movimiento, la luna creciente, una carta… Cuando una mujer de alcurnia observa a una plebeya lo hace a través de las varillas del abanico, y si decapita a su rival constata su muerte mirando su cabeza también por entremedio delas varillas, guardando las distancias…

Otro instrumento expresivo es más convencional: las manos. Cuando un aristócrata quiere calificar de mosquito a un plebeyo, simplemente golpea las palmas en el aire, para aplastarlo; si intenta expresar nerviosismo, se las frota; si de pronto comprende algo, se golpea un muslo; si se indigna, descubre el brazo derecho; si quiere dar a entender que está pronto a combatir, se repliega el quimono sobre las piernas; si quiere marcar más aún está actitud, amarra sobre su frente una toalla… ¡Sálvese quien pueda!

Al concluir el espectáculo, el actor pone el punto final con un mié estático, lleno de dramatismo. El telón… Bueno, no cae el telón. Con sus bandas rojas, negras y verdes, el telón no cae, sino se corre como una cortina interminable, hasta que los actores y el escenario desaparecen. Uno abandona el teatro con la curiosidad satisfecha. Pero no puede evitar la tremenda duda. Esa dulce creatura que deslumbró también al samurai en el escenario, ¿le habrá confiado a su dulce amante que es un onnagata? ¿Cómo poder rastrear al día siguiente un caso de harakiri en periódicos escritos en signos que parecen garrapatos, trazos ilegibles?

Onnagatas y garrapatos están ahí -a propósito- para que el extraño se sienta en corral ajeno.

Eso ajeno que intriga y deslumbra.

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