El Vudú en nuestras narices

El Vudú en nuestras narices

A una hora del Palacio de Duvalier, en las afueras de Puerto Príncipe asistimos a ceremonia vudú en la cual nos estremecimos sin entender

Empezó bailando con lentitud. La música de los tres tambores y las calabazas saturaba el ambiente con su ritmo monótono, y todo parecía irremediablemente condenado al bostezo. En forma gradual, sin embargo, la pesadez de la mambó se ha hecho ritmo desesperado, ya sus ojos parecen fuera de órbita, y una decena de mujeres jóvenes danzan cerca suyo.

A la distancia, el brujo, el hugán, observa los movimientos sin que su rostro negro delate emoción alguna.

Nosotros, en cambio, experimentamos un estremecimiento nuevo.

Somos siete las personas extrañas que hemos tenido acceso a la ceremonia. Seguramente, todos hemos pasado más de una hora temiendo que los haitianos se estuviesen divirtiendo a costilla nuestra. Sabemos que los practicantes del vudú prefieren no entregarse en presencia de extraños.

Pero tras ese largo rato de bailes monótonos y de incertidumbre, algo está ocurriendo a estos hombres y mujeres negros. Se olvidaron de nosotros (estamos sentados en silencio muy cerca de ellos, en sus propias narices). Todos sus sentidos parecen ahora sintonizar intensamente con los espíritus que ellos convocan con sus cánticos, con sus extrañas danzas y figuras que dibujan sobre el piso.

Sin pestañear, respirando apenas, incrédulos todavía, nosotros observamos a la mambó, que ha comenzado a rodear con sus grandes dientes el cuello de un pequeño gallo blanco. Manatiado, apenas mueve algo las alas. Un grito ronco del hugán retumba en el recinto y la mujer arranca de cuajo la cabeza del animal, de un mordisco…

-¡Ah!

Nadie logra sofocar una expresión de asombro. Dos extranjeros se cubren los rostros con las manos, mientras seis palmas siguen tocando los tambores en un ritmo cada vez más propio de una pesadilla.

El hugán, impenetrable, sigue quieto. Pero sus ojos brincan… ¡Señoras y señores, el vudú ya está aquí!

PESADILLA DEL CANIBALISMO

Un arquitecto chileno con larga residencia en Haití me ha acompañado de noche hasta este lugar, situado a una hora de la casa de Duvalier. Es un porteño que sabe de Haití como muy pocos extranjeros, que conoce bien los sitios donde el vudú se manifiesta en forma más pura y me ha traído al mejor lugar donde se permite el acceso de personas ajenas a esta religión.

Nuestro ángel de la guarda, Raimundo Guarda, 34, fue uno de los directores del Ministerio de la Vivienda en tiempos de Frei Montalva, y ahora asesora al Gobierno haitiano en la búsqueda de soluciones habitacionales para el sector más pobre.

Nos dice que este lugar es llamado Le Peristile; que el mago o hugán, de nombre Mariani, es uno de los más conocidos en las Antillas, y que la estremecedora manifestación del vudú que comenzamos a presenciar tiene a lo menos 200 años de raíces en Haití, y en África, no se sabe cuántos siglos.

Hoy, el cuerpo sanguinoliento es el de un pequeño gallo. Otras veces, son de gatos blancos, de cabritos. Ocasionalmente, en tiempos ya más lejanos que un siglo, hubo cuerpos humanos sanguinolientos en las ceremonias del vudú.

La familia Pellé, descendiente de africanos caníbales del clan de los mondongos, fue condenada por asesinato entonces, por haber sacrificado a una niña y luego comerse parte de sus carnes.

Horror produjo esa muerte en la inmensa mayoría de los practicantes del vudú, pero un acto de campesinos primitivos ha servido desde entonces para alimentar la mala literatura y el periodismo sensacionalista sobre esta religión y el país entero.

Desde entonces, nadie puede enfrentar una ceremonia vudú libre de un cierto recelo. Por eso la decapitación del gallo ha producido en todos un sentimiento especial. A mi lado, un joven británico se estruja las manos, y a la esposa de nuestro ángel de la guarda, Sonia Morales Barreto, normalmente alegre y divertida, se le ha metido bajo la piel la atmósfera tensa del lugar. Hasta las jóvenes que acompañan a la mambó parecen danzar con una furia melancólica, moviendo sus hermosas grupas con menos ritmo. El rojo y blanco de las ropas parece el rojo y blanco del gallo muerto ensangrentado.

Hago esfuerzos para desprenderme de los prejuicios que muchas lecturas sobre el vudú han dejado. No quiero agregar fantasía a lo que veo, quiero entender y no suponer.

Pero no es fácil entender.

HARINA PARA LLAMAR

De noche se desarrolla la ceremonia, como siempre, en un recinto cerrado y en torno a un gran tronco. Del tronco, ennegrecido por el humo y las tinieblas, cuelgan calaveras de animales. A su alrededor bailan los oficiantes. Todas las mujeres completan su tenida blanquirroja con pañuelos en las cabezas, a la usanza campesina. Algunas lucen argollas de madera en los tobillos, y todas saltan y bailan descalzas sobre tierra apisonada cubierta de piedrecilla suelta.

Asistimos a la parte dancística del vudú. Otras ceremonias importantes, como las del bautizo, son rigurosamente privadas. Durante horas, el hugán y su co-celebrante, la mambó, llaman a los espíritus para que se apoderen de ellos, para que los “monten”.

La mambó ha hecho unos trazos extraños sobre el piso, usando harina de maíz. Son los veves. Mientras dibujaba, dos chonchones tendían su luz amarillenta sobre el piso, y el ritmo de los tres tambores cónicos se puso furioso. La joven sacerdotisa dejó luego la harina de maíz y se puso a bailar descontroladamente, haciendo sonar una calabaza llena de semillas, cubierta por collares de colores.

Esos dibujos sobre el suelo son para llamar al más exigente de los espíritus: el Loko Atisu, favorito de huganes y mambós, Hay otros espíritus extraños. Si uno de ellos monta a la sacerdotisa, ésta se convierte en hombre y adquiere un apelativo masculino, por espacio de algunos minutos.

Bochornosa fue la situación vivida por la esposa del embajador de Colombia en Puerto Principe, hace poco tiempo. Asistía a una ceremonia vudú y la sacerdotisa transformada en varón se acercó a ella y le dio un beso en la boca con inusitada vehemencia, antes que atinara a reaccionar.

Algunos escépticos sobre la verdad de la posesión de los espíritus creen -según Raimundo Guarda Elgart- que la mambó estaba alterada por la presencia de extraños en una ceremonia privada, y lo hizo para desalentar a otros.

Seguramente lo ha conseguido.

Hoy estamos en presencia de una sacerdotisa y de un hugán que aceptan la participación respetuosa de extraños.

POSESION Y SUPERCHERIA

Después del sacrificio del pequeño gallo blanco, han seguido las invocaciones, cantos y danzas, en un ritmo cada vez más frenético. La oficiante cambia de lugar de tanto en tanto una botella de greda, que de acuerdo a la creencia vudú, “contiene almas humanas en diferentes períodos de evolución”. Los músicos producen ritmos gratos para esas almas, combinando sonidos abiertos o sordos, colocando o sacando una mano del centro de sus tambores. Obtienen de ese modo un ritmo tónico de rara sugestión, cada vez menos monótono.

Con una larga daga o machete ceremonial, la mambó comienza a bailar haciendo que el metal silbe por sobre las cabezas de los danzantes. Jadeando, por el esfuerzo del baile y la concentración, termina sentada sobre el suelo. Algunos ayudantes, los hounsis, suspenden su danza y preparan una fogata con troncos, usando un combustible que la mambó guarda dentro de una botella colorida y brillante.

Observamos inquietos el desarrollo de la ceremonia del fuego. Nada sabemos sobre su propósito. Los cánticos en lengua africana hacen aún más difícil la comprensión de lo que vemos, y ningún investigador ha podido explicar bien de qué se trata cada acto y cada gesto del vudú, por la desconfianza de sus actores hacia la divulgación que hacen los extraños.

Súbitamente, uno de los bailarines cae al suelo. El hugán desde su asiento hace un pequeño gesto, y tres de ellos cogen al caído y lo llevan a un rincón.

Su rostro parece el de un epiléptico.

Fue montado por un espíritu– dice alguien.

De la posesión a la superchería no hay aquí más distancia que la fe. Algunos reclaman una explicación patológica: “Siconeurosis racial de tipo religioso, rayana en paranoia

¿Llegaremos un día a saber de estas cosas con certeza?

UN BOCADO DE INFIERNO

Cuando aún miramos desconfiados al poseso, la mambó se arrastra por el suelo como una gran boa, saca un tizón ardiendo de la fogata y, como antes hizo con el gallo blanco, lo muerde.

Tssss…

Las brasas dentro de su boca le iluminan los dientes y la lengua, sin que el dolor le llegue al rostro. Mantiene ese pedazo de infierno dentro de la boca por un largo rato y luego empieza a escupir trozos de madera ardiente. Mientras le tomo fotografías, escucho el retumbar de los tambores. Ya no me queda duda de que esta cosa viene de lejos, del África de los brujos.

Cuando termina de arrojar luces ardientes de su boca, la mujer baila lentamente durante unos minutos, Maracas y tambores se ponen lánguidos, como si después de esa muestra dramática del trastorno de la sensibilidad, la ceremonia fuera a extinguirse. Las voces parecen de letanía. Sin embargo, el ritmo recobra fuerza rápidamente, y quince minutos después su rostro súbitamente adquiere expresión de animal asustado, se lanza sobre la fogata -sus pies siguen descalzos-, saltando encima de las brasas, de los troncos rojos, pisando con toda la planta, como sobre arena tibia.

Otros la imitan, y la ceremonia vudú alcanza el climax, hasta hacerse incomprensible. Dos muchachos siguen a la mambó sin perder uno solo de sus gestos, hasta que la reciben en sus brazos, extenuada, herida o simplemente poseída por quizás qué.

Raimundo Guarda me hace un gesto.


-Vamos. Ya sabe usted algo del vudú.

¿Sé algo?

Me temo que no. Regreso a Puerto Príncipe -la noche parece más negra
que nunca- y siento que poseo más información pero no más conocimiento sobre esta religión.

La piel del blanco no deja pasar fácilmente los secretos del vudú.

Estuvimos frente a una dimensión del ser humano que no se contenta con la explicación simplista de lo exótico o pintoresco.

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