Carta Abierta a Carolina de Mónaco

Carta Abierta a Carolina de Mónaco

El periodista Luis Alberto Ganderats fue recientemente declarado persona non grata en el Principado de Mónaco y, puesto por la policía en la frontera. Antes -hace ocho años- había sufrido una sanción similar por parte de la policía de Idi Amin, en Uganda. Para protestar por esta situación, escribió una carta abierta a la princesa Carolina de Mónaco, que en mérito de su altísimo interés internacional publicamos en toda su extensión.

Esta es la Carta Abierta

Querida Carolina:

He cometido un grave error. Me avergüenza confesarlo: te tomé una fotografía completamente vestida.
Al verme, un policía se lanzó sobre mi garganta como gato al bofe, con la intención de arrebatarme mi pequeña cámara. Claro, tú no estabas esplendorosamente desnuda en alguna playa, ni si quiera llevabas un bikini descuidadamente convertido en monokini. Tampoco ibas del brazo con Stefano luciendo esos escotes panorámicos que tanto inflaman al público masculino.
Ese joven policía, Carolina, se incendió de furia, como era de esperar. A él no le gusta que fotografíen a su princesa en tenida de trabajo, con su traje sastre de diario, sus zapatos con la tapilla gastada y el moño armado a la carrera.
“¡A la princesa no se le puede tomar fotografías!”, me dijo, y yo no supe qué pensar. Es decir yo pensé: “¿Y cómo salen fotografías de Carolina todos los días en la prensa?”, y fue entonces cuando no supe qué pensar.
Ahora tengo mis dudas. Cuando ese teniente se colgó del cuello de mi camisa y me dijo “a la princesa no se le toman fotografías”, creí advertir una entonación en la pronunciación que él hizo de la palabra “princesa”. Parecía cargada de sentimientos.
(¿Te has fijado en ese teniente, Carolina? Es alto, pelo negro, cutis mate, ojos claros, manos fuertes. ¡Cómo te defiende, con qué ardor! Debes observarlo. Cuando Stéfano se encuentre lejos probando sus coches de carrera, míralo por la ventana. Se llama Leclerc).
Bueno, Carola, lo cierto es que me negué a entregar el rollo fotográfico. El teniente llamó a un capitán, y el capitán al comandante. ¡Un rollo! Y todo había comenzado de la manera más inocente, es verdad. Tú me conoces, flaquita. Llegué a Mónaco en busca de algunos antecedentes que existen en el Museo del Palacio sobre un tema que ando investigando hace tiempo. Y al salir -era la tarde de un asoleado domingo en la Costa Azul- resolví suspender toda investigación y dedicarme la fotografía, por simple jobi.
En eso andaba cuando pasé junto al monumento del príncipe Alberto, luego por los jardines que hay a sus pies, y al llegar a un antiguo edificio observé una plancha de mármol con una leyenda: “Fundación Princesa Grace”. En ese preciso instante, un auto blanco se estacionó a un costado de la entrada, y una mujer alta y joven se bajó con tranquilidad. “Puede salir una foto interesante”, pensé, y disparé mi cámara.
Eras tú.
Sólo en el momento de disparar vine a descubrir que esa mujer era parecida a ti, y que podías ser tú, Y en ese mismo instante tronó el vozarrón del teniente Leclerc: “¡¡No!!”
Ya era tarde
Y ese grito hizo de estimulante. Tomé otra foto, maquinalmente. (¡Me encanta lo prohibido!). Pero como estaba como a quince metros de tu auto, yo no podía saber que ibas con tu trajecito de todos los días y esos zapatos apantuflados que usas para ir a la oficina.
Cuando Leclerc se me colgó del cuello de la camisa, me sentí algo incómodo, y le dije algunas cosas en italiano y otras en francés, para asegurarme que entendería.
Me entendió, clarito.
Y como además me negué a entregarle el rollo fotográfico y exigí la presencia de un oficial superior, la historia se fue animando.
Al oficial superior le dije que no existía un solo letrero que publicitara la supuesta prohibición de fotografiar a los miembros de la Casa Grimaldi. Por lo tanto, no sentía haber cometido delito alguno. Y como al principado se ingresa sin pasar por controles policiales ni aduaneros, no hay manera de enterarse de las normas vigentes, ni menos de los caprichos policiales.
Y como sí fuera poco, tú entraste a esa casona sin mirarme siquiera cuando ese tonton-macute se aferraba de mi camisa musitando la palabra “princesa”.
Herido por tu indiferencia, me hice arrastrar a la comisaría de Mónaco.
Fue fácil.
Bastó que no quisiera entregar el rollo y que exigiera hablar con el comandante. A los veinte minutos ya estaba en el puesto policial. Llegamos caminando, pues tú sabes que allá todo está cerquita. Mónaco tiene un tamaño comparable al de un parque santiaguino llamado Quinta Normal, pero sin princesa ni casino. Tú me entiendes.
-Tome asiento- me dijo el comandante.
No, gracias-respondí.
Se puso a buscar unos papeles, y al terminar repitió la invitación:
-Tome asiento.
No, gracias– dije, y me pasé la mano por la parte donde la espalda cambia de nombre, como si estuviera maltratada.
Hizo como si no viera ni escuchara. Pero otro oficial creyó necesario intervenir:
-¡!Tome asiento!!, señor.
Lo observé de arriba a abajo, y luego me di vuelta:
-¿En esta silla? ¿O en esa otra?
Me miró con una expresión enteramente policial, Carolina, y entonces preferí tragarme la sonrisa que me acompañaba hacía rato. Y me senté. ¿Sabes por qué lo hice? Tus matones podrían haber pensado que les estaba arrastrando el poncho. En especial Leclerc, a quien yo había acusado al comandante de apretarme el pescuezo.
Tras examinar mi pasaporte, el comandante empezó a interrogarme sobre mi familia y mi nacimiento, tiempo que yo aprovechaba para mirar el cuartel y tomar notas en mi libreta, En especial me resultó curiosa una calcomanía sobre un armario: “FASP. Federación de Sindicatos de Policías” (son todos marxistas, seguramente). Otro oficial se acercó a mi silla y de reojo observaba qué notas estaba tomando.
-¿Dónde nació?
En Leufu– respondí, dando el nombre de Lebu en mapudungún.
Debió parecerle extraño, pues me pidió que yo mismo lo escribiera.
Lo quiere en español o en mapadungún? – pregunté.
-¡En Francés!- gritó.
Lo escribí en francés: “Lebú”, acentuado, para que se pareciera a Chantilly, Saint-Malo o a Anjou.
Cuando me preguntó el nombre de mi madre y supo que su segundo apellido es Pinochet, se produjo un silencio espeso.
-… ¿Igual?
Mmmm.
-¿Es de su familia?
Ha dicho él que no tiene parientes.
-Pero, ¿usted es pariente?
No, ¿y usted?
Miró con la certeza de que le estaba tomando el pelo.
Fue divertido. En un momento, seis oficiales se habían congregado en el puesto policial de ese domingo soñoliento.
Y todo para decidir qué hacer con ese chileno terco que se negaba a entregar su rollo de película. Y lo que parecía sacarles de quicio es que cada cinco minutos yo repetía:
Mire, comandante. Yo ando en otra cosa. Su princesa Carolina me importa un pucho… (Excúsame, guachita es una manera de decir, y es que estaba muy molesto. Tú bien sabes cuánto me importas. Te lo he expresado de tantas maneras, Caroline, Karla, Carlita, Carlota, Carito, Charlotte. ¿Cómo decirte?)
Quizá por eso del pucho y porque yo no dejaba de sonreír en forma beatífica (debió ser culpa de los nervios), cuando concluyó el interrogatorio me invitaron a salir del cuartel. El propio comandante abrió una de las puestas de una patrullera, y en completo silencio me metí en ella.
El aburrido principado de Mónaco se había puesto entretenido.
Pensé que me llevarían al lugar donde fui detenido, pero no ocurrió así. Mientras avanzábamos por las desérticas calles de la ciudad -con Montecarlo a los pies- el joven Leclerc me miraba de manera inamistosa. Estoy por pensar que algo de mí le era completamente desagradable.
De pronto, la patrullera se detuvo al costado de la carretera, se bajó el comandante, abrió la puerta de mi lado y dijo:
-Bájese, señor. Aquí pasan los buses que lo pueden llevar a Niza.
-¿¡A Niza!? Yo no quiero ir a Niza, comandante. Ya he pasado un día allí. Ahora quiero tomar fotos en Mónaco.
Dijo que no, que si no les entregaba mi rollo era una persona non grata para el principado y debía abandonarlo para siempre.
Un obelisco diminuto con la leyenda “Principauté de Monaco” confirmó que estaban poniéndome en la frontera.
Me bajé del radiopatrulla, y de puro sentimental tomé una fotografía del oficial y su vehículo.
-¡Salga de Mónaco!, señor-gritó, indicándome la línea fronteriza, que estaba aún a cinco pasos.
Caminé esos cinco pasos, y desde Francia volví a fotografiar al comandante y su patrullera. El vehículo dio vuelta en U y se perdió en dirección a la comisaría. Entonces una risa convulsiva se apoderó de mí. Me sentía protagonista de esa divertida película llamada Rugido de ratón, que relataba la historia de un minúsculo país en guerra. Todo un paso de comedia.
Pasaban los automovilistas y veían a un señor de anteojos vestido en forma desaliñada, riendo solo, sentado en la vereda, con los pies en la cuneta.
Ese era yo, Carola.
Decidí ingresar nuevamente a Mónaco en forma clandestina. No tenía otra solución. En la estación ferroviaria había dejado mi maleta, y era preciso recuperarla, costase lo que costase,
Comencé a caminar. Los pocos transeúntes que había a esa hora, me miraban (es que me seguía riendo solo, Carolina). A los cinco minutos de caminata, la brusca frenada de un bus de turismo me hizo dar vuelta la cabeza. Delante del bus estaba -¿adivinas?- la patrullera con los tres oficiales y el chofer.
El comandante se bajó apresuradamente, abrió la puerta trasera e hizo un gesto que no se prestaba para dudas.
Me invitaba a subir.
¡Para qué te digo la cara que tenía Leclerc!
Antes que se pusieran a hablar y a amenazarme, les mostré la llave de la custodia donde guardaba mi maleta. Sólo atinaron a quejarse.
-¿Y por qué no lo dijo?
-¿Y por qué no me lo preguntaron? Ustedes me echaron sin un anuncio siquiera.
Cómodamente sentado en la patrullera llegué en forma gratuita a la Estación de Mónaco. El comandante y mi amigo Leclerc creyeron necesario acompañarme hasta la custodia de equipajes, provocando la curiosidad de los turistas. Seguramente verían en mí a un traficante de heroína.
Los policías revisaron mi maleta en forma prolija.
Tanta revisión me dolió. Y como si fuera poco, el comandante me anunció luego que debía quedarme en la estación hasta que un tren me llevara lejos de Mónaco.
Le dije al comandante:
Hace poco rato ustedes me expulsaron para Niza. Yo les agradecería que esta vez tuviera la gentileza de despacharme para el lado italiano. Voy a San Remo, ¿sabe?
-Como usted guste
Y así fue, amiga mía, cómo me convertí, presumiblemente, en el primer individuo que ha sido expulsado de Mónaco en dos direcciones distintas, en menos de media hora.
Aunque usted no lo crea.
Las dificultades continuaron, eso sí. Le dije al comandante que era arbitrario dejarme las cinco de la tarde en la Estación (¡y qué porquería de estación!, mijita), considerando que yo tomaría un tren que pasaría a medianoche.
-¿A medianoche?
Si, tomaré el rápido que va a Milán, comandante. He decidido no quedarme en San Remo.
El comandante me miró con cara de este-me-está-agarrando-para el-fideo. Junto con Leclerc me llevó hasta el lugar donde se consulta el itinerario de trenes, y comenzó a ofrecerme otras posibilidades anteriores a la medianoche. A cada una de ellas yo ponía alguna objeción: “Ese tren es muy lento”. No, con ese debo hacer transbordo”. De ninguna manera, ese no lleva coche-comedor…”
Hasta que el policía bramó:
-Se va en éste!!
Era el primero que llegaba a la frontera franco-italiana. El tren a Ventimiglia. Saqué el boleto en forma obediente, y obedecí también al comandante que me ordenó meterlo de inmediato en la máquina de control. Pero antes le pregunté:
-¿Se mete de este lado, o de este otro?
El hombre ya no estaba con ánimo para nuevas preguntas, Carolina, y tuve que meterlo rápidamente, como cayera.
-¡Y ahora ingrese al andén!- ordenó de manera rústica.
Carolina, deja decirte algo: la gente del Principado está perdiendo sus buenas maneras. Debes ocuparte de este problema. Fíjate que cuando estuve en el andén, le hice una seña amistosa de despedida al comandante y a Leclerc. Incluso enarbolé mi pañuelo en un gesto extraordinario de delicadeza. Y ellos respondieron con la más brutal indiferencia. Tampoco les gustó que les tomara una nueva foto, desde lejos.
Carolina, te juro que no estaba acongojado cuando tomé el tren que me llevó a Ventimiglia. La descortesía de esos oficiales era lo de menos, Pero ahora estoy afligido. Mi aflicción no está relacionada directamente contigo. Nunca he dudado de tu cariño, negrita. El origen de mi pena está en esas fotos malditas que defendí hasta que me declararon persona non grata.
¡Salieron negras!
Completamente negras, Carolina, como el alquitrán.
Parece que Leclerc alcanzó a abrir mi máquina y a velar parte de la película, y por ese forcejeo, seis fotos tienen el color de mi tristeza.
Quiero hacerte un ruego. Si aún me quieres como antes, debes aceptar que te tome una fotografía como Dios manda.
¿Podrías ponerte un monokini para mí? Tostadita, risueña, con todos tus poros a la intemperie. De este modo, el teniente Leclerc quedaría satisfecho y la imagen internacional de la princesa Carolina se mantendrá inalterable.
Y lo que es más importante: podré ingresar a Mónaco sin temor a ser expulsado. Si no lo hacemos así, el tiempo y la distancia, Carolina, terminarán por apagar nuestra pasión, y desde lejos deberé escuchar caer las gotas de tu melancolía.

Todo tuyo,

Louis-Albert

P. D.: Un beso para Estefanía. Dile que la vi en su última foto. Está regia. Pero si no se pone un poco de ropa se va a constipar. Chau.

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