Baja California, México | Los Cabos: Una farmagia para el mañana

Baja California, México
Los Cabos: Una farmagia para el mañana

En la última frontera ecológica de México descubrimos una de las naturalezas más impresionantes y hermosas de América. También participamos de la noche en Cabo San Lucas, donde hay derroche de todo. Esta península gigantesca espera a los descubridores del tercer milenio para ofrecerles aventuras y fiestas sin límites. O pubs con música quieta que deja el alma levitando. Mañana pude ser una monumental farmagia para el hombre abrumado.

Por Luis Alberto Ganderats

Steinbeck no me permite descansar. Envidio a los otros pasajeros del avión. Duermen como críos. Tranquilos. Intranquilos se ven otros: analizan minuciosamente los movimientos de una azafata. Varios comienzan a entusiasmarse con otra silueta: la de la Baja California, que ya asoma por las ventanillas. Parece una larguísima lengua de tierra colgando de la costa de México. Más larga que la bota italiana. Las más larga del mundo, confirma un mexicano, y hay un motivo más -como vemos- para que aumente el entusiasmo a bordo.

Y yo con Steinbeck al lado. Sonriendo siempre con su barbilla de chivo. Silencioso como el corcho. Hace tiempo que me tragué su novela Las uvas de la ira. Nunca más pude olvidarla. Y mis días adolescentes cambiaron cuando James Dean se puso las ropas del protagonista de otras de sus novelas: Al este del paraíso. A mi lado tengo el libro suyo que he venido leyendo, casi obsesivamente, sin poder descansar. Es su Diario de viaje por el Mar de Cortés. ¡¡Es que para allá vamos!! A navegar sus aguas, a probar sus playas tibias, con corales negros, vivos. A remontar sus cerros, que se esconden unos detrás de otros, hasta el infinito, como infinitos son sus cactos en el horizonte, según lo dice Steinbeck. Y lo dicen muchos otros gringos y europeos.

Es que no hay un lugar de México que haya interesado a más autores extranjeros que la Baja California y su Mar de Cortés.

Casi 30 años lleva Steinbeck en algún lugar en el este del Paraíso, hablando a lo mejor, como en otra de sus novelas, a un dios inesperado. Pero sus libros no han muerto. El relato que escribiera sobre su paso por esta región del mundo parece rejuvenecer cada noche. Está dejando de ser un sitio casi vacío de gente. Los Cabos, su área más famosa -la misma que un día recibió al corsario Drake-, es ahora uno de los lugares turísticos más activos de México.

Quienes llenan Los Cabos vienen principalmente de los Estados Unidos.

Por eso, alguien le ha llamado Los Cabos Unidos.

Los Cabos se encuentran exactamente al final (o exactamente al principio) de la península. Parece una pierna completa en punta de pies, como si bailara, y justamente en la punta del pie se hallan Los Cabos; bailando. Hasta el amanecer, por supuesto. Y con una música capaz de hacer vibrar los tímpanos. Y que no me hace fácil escuchar a alguien que ahora me habla en una discoteca de Cabo San Lucas, un pueblo porfiadamente trasnochador y desinhibido. He llegado hasta aquí después de dejar el avión y esconder a Steinbeck en la maleta.

Toda la discoteca parece moverse en forma convulsiva. Es que ésta es tierra para amantes de la aventura. Y tener aguante importa. Se aguanta de luz a luz. Y en la discoteca Cabo Wabo los jóvenes de pronto dejan de bailar y aprovechando el rock pesado se dan  caballazos en la pista, como potrillos. Un muchacho ha tomado unas copas para estabilizarse, pero se ha estabilizado tanto que no logra moverse. Sobre la barra -una provocación y un anuncio-, cuelgan cientos de sostenes que algún día usaron señoritas olvidadizas.

Pero al otro lado de la calle puede haber un contraste, un pub con música quieta, que deje el alma levitando.

Lo que ahora pasa aquí es algo más bien nuevo– me dice el empresario Francisco Rangel-. No había un solo hotel en la región hace 40 años. Como a las 8 y media de la noche teníamos toque de queda natural. Ahora ya vamos por las 4 mil piezas de hotel, hay una multitud de pubs y discotecas, ciento veinte vuelos internacionales a la semana. Para muchos, esta zona ha sido la escapada perfecta.

-Especialmente cuando viene el huracán… –bromeo, para saber cómo viene la mano.

Tranquilo, tranquilo… en octubre ya no hay huracanes -me palmotea-. Estamos en temporada alta, que es muy buena hasta mayo. Sólo agosto y septiembre suelen ser meses complicados. Se vuela todo. Pero el año pasado no hubo problemas. Además la hotelería está bien preparada para las emergencias.

Rangel no habla de cualquier hotelería. “Es de 54 estrellas“, dice.

-¿54 estrellas? A ver… a ver.

-Todas las estrellas de la bandera yanki- aclara.

Es que un 80 por ciento -seguramente me quedo corto- pertenece a cadenas norteamericanas. Y las grandes casas particulares, también. Incluso fuera de las ciudades he visto que las propiedades con orilla de playa se ofrecen a la venta en inglés. For sale in front of beach. En verdad, la California continental, estadounidense, se extiende día a día a la Baja California, peninsular y mexicana. “La Baja“, como ellos le llaman, está de alta en Estados Unidos y Canadá.

Es que nosotros queremos salir a navegar con la casa completa, los autos y hasta con la playa. Por eso nos vinimos a Baja– me dice, hablando en clave, una gringa muy linda que vende libros de perros en Cabo San Lucas. Después, claro, tiene que explicarme el chiste. Me muestra un estudio que inquieta a los californianos: la falla de San Andrés, productora de temblores y terremotos. De acuerdo con los geólogos, esta larga península terminará separándose de México continental. Transformada en isla saldrá en lento navegar por el Pacífico. Viene cortando amarras desde hace más de 4 millones de años, estremeciendo muy seguido a toda la región. Tiene una corteza delgada, frágil, que terminará por ceder justamente en la parte fronteriza.

Faltan muchos miles de años para que la península se convierta en isla, y sea, al fin, lo que por muchos años se juró que era, y técnicamente lo era: una isla. Hasta las primeras décadas de este siglo no había caminos, y los aventureros llegaban navegando. Como el propio Steinbeck. Como Gardner, el creador de Perry Mason, que escribiera una decena de libros enamorados sobre la región. Como el excéntrico Ray Cannon, que dejó fama, cámaras y libros para convertirse en vagabundo del Mar de Cortés.

En barco o en avionetas llegaban también otros que estaban en el secreto: unos cuantos millonarios, los artistas cansados del acoso, los pacientes pescadores deportivos.

La Baja era el Aisén de Chile en los años 30. Una tierra por conquistar, medio hostil, bella como pocas si quien mira ha aprendido a mirar.

Aún hoy no tiene ciudades. Sólo pueblos.

Pueblos de primera, hermano– me dice Hugo Bremer, gerente del Meliá Cabo Real, miembro del Comité Técnico de Los Cabos, un hombre que disfruta riéndose de todo.

-¿Pueblo de primera, dice? ¿Por qué?

Sí, pues. Cuando pones la segunda, hermanito, ya estás con el carro fuera del pueblo.

Ambos pueblos principales (Cabo San Lucas y San José del Cabo), andan por los 35 mil habitantes cada uno, y no tienen ninguna relación con la belleza de su entorno. En la vecindad misma de Cabo San Lucas se encuentra el lugar más extremo de la península, donde se abrazan el Mar de Cortés y el Pacífico. Ahí se levanta El Arco. En aguas color cobalto los vientos y las olas tallaron este agujero magnífico en la piedra blanda. Cuando la marea está baja y el sol, alto, las franjas de arena de su entorno dan forma a un escenario simplemente perfecto. Tal vez no hemos visto más admirables ni en los paraísos de coral.

Sin que los fotógrafos deban hacer esfuerzo, este finis terrae merece ser considerado una de las obras maestras de la naturaleza, del paisaje sin intervención humana.

Aunque la intervención humana también ha producido espacios admirables como el resort cinco estrellas Ventanas al Paraíso, y el mayor de todos, sobre el camino entre ambos pueblos, una borrachera de color y audacia, de cópula perfecta entre la naturaleza y la obra humana, el edificio del gigantesco West Regina Resort. Salió de la mano de un famoso arquitecto mexicano, Javier Sordo Magdaleno. El Regina recibe huéspedes delicados. Para “no importunar” a los pasajeros, la gente del servicio se desplaza por pasillos subterráneos.

Ambos resorts miran el Mar de Cortés, por donde se pasean silbando y cantando miles de ballenas que vienen del Ártico, y que parirán ballenatos de hasta 7 metros de largo, para seguir luego con llamativos juegos de conquista.

Dicen los que saben que este hotel asociado a la West Regina es propiedad -bajo cuerda- de un mexicano, cuyo nombre hemos olvidado, pero es un ex presidente.

Salinas. Playas blancas. Arrecifes coralinos. Más de 30 tipos de cactos. Variada pesca deportiva (marlín, pez espada, barracuda, dorado, pez gallo, pez vela…). Snorkel y buceo para admirar 800 especies de peces de coral. Una multitud de aves que habitan las playas, las rocas y los arrecifes.

Imposible un catastro completo.

Hemos abordado lanchas de alta mar para “ocho gentes”, como se dice, viendo cómo se practica la pesca con gran lujo. Nos metimos bajo el agua en Cabo Pulmo, no muy lejos de Cabo San Lucas, para nadar entre corales a la siga de cardúmenes que parecían un jardín de flores en medio de un silencio perfecto. Nada se parece tanto a Dios en la inmensidad del universo como el silencio. Eso está escrito, y bajo el agua en Cabo Pulmo lo he sentido más que nunca.

Pero hay más cosas que el agua nos oculta: dos fenómenos submarinos. Las cascadas de arena bajo la bahía, descubiertas por el viejo Cousteau, y una barranca donde cabría completo el Cañón del Colorado.

Si nos metemos en el desierto, a través de la ruta que lleva a la frontera con Estados Unidos, hallaremos pueblos dignos de entrar a curiosear. En alguno de ellos tiene su domicilio la nostalgia. Y la sed. Alguien nos advirtió: “A veces tus labios no conocerán más agua que la del rocío, donde por techo tendrás el cielo, y en el día tal vez no encuentres más sombra que la de tu propio sombrero”.

La gente de estos pueblos no tiene una farmacia. Ni parecen necesitarla. Acuden a la farmagia.

En la tierra desértica manda la soledad. Y la costa turística recibe cuatro extranjeros por un mexicano. Quizá por eso sobrevive bien y empieza a ser mirado como el lugar más virgen de México. Es un lugar que puede levantar la mano si quiere transformarse en refugio del hombre, como lo es ya de muchas otras especies afligidas.

La fama turística ganada en Estados Unidos y Canadá puede, sin embargo, transformarse en su enemigo. Aún quedan, eso sí, décadas para disfrutarla. Mejor: debería protegerse para ser tierra prometida para los descubridores que vengan de un mundo saturado y violento.

Una farmagia para mañana.

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