Viaje Increíble  | al mundo de los iglúes

Viaje Increíble
al mundo de los iglúes

Dos periodistas amenazados por el congelamiento de su cuerpo, por heridas supurantes, por muerte de varios perros de su trineo -¡en tres días inacabables!-, y por la sensual oferta de una hospitalaria anciana esquimal, son una historia para contar y para no creer.

Hemos llegado al mite de la desesperación. El trineo avanza trabajosamente sobre el hielo —dos perros han muerto en tres días de jornada sin descanso—, y el propósito hecho en Santiago de conocer a los esquimales en sus iglúes de Groenlandia nos parece una estúpida pretensión.

Mientras los perros ladran lastimera- mente, Jorge Ianiszewski se queja por el dolor que le produce el congelamiento de uno de sus talones y de tres dedos de la mano derecha. Su máquina fotográfica tiene la tibieza de un témpano.

Pero ya no hay posibilidad de regreso. Hemos quemado las naves y la tempestad de nieve arrecia. Varias llagas que cruzan mi rostro han comenzado a supurar.

Resolvemos detenernos mientras dure la tempestad. Los perros esquimales parecen enceguecidos; se agreden, mordiéndose las orejas, las patas. Algunos sangran profusamente. Para evitar que se lancen contra nosotros les tiramos los últimos trozos de Carne.

Si en 12 horas no hemos llegado a Isumaminnik Panerput, los perros habrán desfallecido y será el momento de rendir el último examen: el de conciencia.

TRINEO A LA VISTA

Milagrosamente la tormenta comienza a ceder y con los gritos “¡taarsilaarpoq, taarsilaamukt”, los perros ponen en marcha nuevamente al trineo. Jorge laniszewski ha dejado de tomar fotografías. Cuenta sólo con los dos dedos no congelados de su mano derecha, y ahora toma las correas que permiten conducir las bulliciosas traíllas que tiran el vehículo.

Aprovecho para curarme las llagas y mascar sin mucho entusiasmo un filete crudo de pescado que nos obsequiaron en la aldea esquimal de Qasugatta Nerivarput. Con limón podría parecer una ostra. Sin aliño ninguno, el pescado crudo llama al vómito.

El cielo aclara un poco más, minuto a minuto. Se disipa algo de temor a enfriarnos aquí, para siempre. Y más esperanza surge al divisar figuras a lo lejos. Después de detener a los perros, corremos gozosos al encuentro de un trineo que se acerca en sentido contrario.

¡El primero en tres días! Echamos a andar nuestra grabadora. Se trata de una familia esquimal formada por tres personas.

Necesitamos que nos ayuden a orientamos. Estamos perdidos. ¿Vamos bien hacia Isumaminnik Panerput? —preguntamos, ansiosos.

“MUJERCITA” ARTICA

El hombre, inexplicablemente, sonríe. Detrás de sus bigotes cubiertos de hielo aparecen algunos dientes amarillos. Nos dice:

-Acamma eqaluit panertut sivisuumik toqqortarineqarsinnoapput.
– Yo no entiendo – responde Ianiszerwski en ingles.
– Maannaliuna eqalunniamitsinnik oqaluttunniarikkitt.

Es inútil. Nada se entiende de ese idioma esquimal en que una sola larga palabra sirve para contar una historia completa. Optamos por repetir el nombre de la aldea que buscamos, girando la cabeza para los cuatro puntos cardinales.

Finalmente la mujer (la “mujercita” del Ártico), se incorpora en el trineo y señalando con un brazo la: misma ruta invisible que nosotros ya hemos hecho, dice: “Igumaminnik Panerput”.

Escuchar el nombre de la aldea que buscamos nos hace respirar. Por lo menos nuestra pronunciación del esquimal parece correcta.


Seis horas más tarde divisamos muchas huellas de trineos, todas convergentes a un promontorio nevado en medio del desierto de hielo. De pronto comienza a llegar hasta nuestros oídos el inconfundible aullido de los perros esquimales. “Debe ser Isumaminnik Panerput”, dice laniszewski mientras despoja de sus correas a otro de los perros del trineo, ya agonizante. Todavía nos quedan nueve de los doce con que iniciamos el viaje.

¡IGLUES, AL FIN!

Por fin, detrás del promontorio nevado, aparece Isumaminnik Panerput, con media docena de iglúes pequeños como los que antes vimos en Pilerqaluta Ikiorpar.

Al detener el trineo se nos acerca un hombre pequeño y fornido. Cubre su cuerpo con cueros de reno cocidos con los pelos hacia dentro y un voluminoso gorro adornado en sus orillas con cuero de perro. Mordisquea un pescado (crudo, por supuesto).

—Qaleriiaat ilaat sulloqalersimapput.
Yo abro los ojos para escuchar mejor.
—¿Qué me dice? —pregunta azorado laniszewski, en inglés.


Al escuchar nuestro extraño idioma,  prorrumpe en gritos y de otro iglú aparece un muchacho. El muchacho entiende un poco de inglés. Explicamos que hemos llegado: a Isumaminnik Panerput con el propósito de hacer un reportaje para una revista de Latinoamérica. Responde que no sabe dónde está Latinoamérica. Tampoco sabe qué es Isumaminnik Panerput.

—Más al sur había una aldea llamada Isumaminnik Paalulk, pero nos raptaron a una de nuestras mujeres y ya la hicimos desaparecer—explica.


Nos ofrece pasar la noche allí. El lugar se llama Pihngorqquttaria y está cerca del mar. Varios niños encierran a nuestros perros, les dan comida y algunas caricias. A nosotros nos llevan al iglú del hombre más anciano. Vive sólo con su. esposa. Es una mujer dueña de un millón de arrugas, cuyo rostro apenas asoma desde abajo de las pieles donde está dormitando. El jefe se sienta en la cama hecha sobre el hielo, mostrando su desnudez hasta la cintura. (Los esquimales duermen sin ropa bajo las pieles de su cama).

El hombre me da la bienvenida, pero no le entiendo. El muchacho que sabe algo de ingles traduce:

Por ser usted el jefe —me dice— le pide que pase la noche en su iglú, y con su esposa, que él le ruega aceptar como una delicadeza…

La mujer, arrugada, fofa, cubierta de grasa de foca, dormitaba aún cuando yo desperté́ a la mañana siguiente.

¡¡UN CHILENO!

Junto con despertar desapareció́ la vieja llena de grasa; desapareció́ el iglú; se hicieron humo los perros; sanaron mis heridas como por encanto, y en vez de la vieja con grasa, en una mullida cama de la pieza vecina encontré a Jorge laniszewski durmiendo como un oso. Tomé el citófono y llamé al operador del moderno hotel de la villa esquimal de Sisimiut (a la cual llegamos anoche) después de un tranquilo viaje en helicóptero desde Sondre Stromfjord.

Alguien me lo había advertido: “Las pesadillas en Groenlandia son para no olvidarlas”.

Claro que para que el sueño hubiese resultado completo (satisfaciendo así a los lectores amantes de las aventuras peligrosas por cuenta ajena), el jefe esquimal debió llamarse finalmente Rudecindo Flores, ser nativo de Panguilemu y haber legado a Pinngorqquttaria “de puro patiperro que somos los chilenos”.

Debo señalar ahorá que los esquimales protagonistas de mi pesadilla sólo existen en los sueños.

El mundo de los “comedores de pescado crudo” —eso dicen algunos que significa esquimal— incluye hoy cocinas eléctricas, televisión, casas de madera, trineos a motor, escuelas y guarderías infantiles, almacenes, tiendas, radios y paz.


No se construyen iglúes en Groenlandia, salvo cuando alguien, perdido o de caza, debe pasar la noche lejos de su aldea. Ellos viven en viviendas prefabricadas y, en
el peor de los casos, bajo gruesas y coloridas carpas fabricadas por industrias danesas o británicas.

Históricamente sólo usaron iglues ciertos esquimales del Ártico oriental y central del Canadá. Y esa imagen —que hace un siglo popularizaron los relatos de exploradores británicos— no se ha borrado.
El iglú es una cosa del pasado, como las rucas de los patagones, aunque subsistan aún por ahí esquimales que usan iglú y nativos chilenos que viven en rucas.

DIALECTO INFERNAL.

Su lengua, en cambio, es la misma que hemos reproducido en los diálogos y lugares imaginarios del relato anterior. Su dialecto —el centrogroenlándico— es de carácter in- tegrador, y si alguien quiere preguntar “¿crees que él realmente piensa preocuparse por esa cuestión?”, lo dice de este modo:

—¿Takusariartorumagaluamerpa?

Y al buque sanitario (“el lugar donde se desviste”), ellos le llaman Mattarvik.

Uno de los más populares cuentos infantiles de Groenlandia se titula: Eqalunniarfimmi,

En su primer párrafo se relata de este modo“:

Aasat tamaasa inuit amerlasuut eqalunik ukiumut toqgortassaminnik pili- niartartut nalunngilat. Eqaluit ilaat nap- partanut immiullugit tarajornegartarput ukiornissaanut peqqumaasiaralugit”.

Considerando estas dificultades idiomáticas (aquí los bilingües hablan esquimal y danés…), no resulta fácil hacer encuestas callejeras. Y aunque pase una linda esquimal, el más piropero chileno queda convertido en mudo sin  remedio. Si a uno le parece dijecita, ¿cómo decirle de corrido “sivisuumik toggortarinegarsinraapput?”

Cualquier intento serio por conseguir pronunciar eso puede terminar en muerte por asfixia. Se acaba el aire.

No sólo su lengua resulta difícil de entender. También su estructura mental. Incluso su historia de la cual apenas conocemos fragmentos.

HISTORIA BAJO CERO  

Se supone que son los últimos asiáticos que llegaron a la región a través del estrecho de Bering. Por eso en Sisimiut veo rostros que he visto en China, que he visto en la Araucanía. Rudecindo Flores podría pasar por esquimal si deja Panguilemu, se asila en el frío y viste parcas de caribú. Rudecindo Flores tal vez no existe, pero el esquimal que ilustra nuestra portada podría llamarse así y pasar por Rudecindo si se pone chupalla, poncho y ojotas. Es la mejor prueba de lo que se señaló en nuestra serie Raíces de Chile sobre la similitud racial entre los esquimales y los primitivos habitantes de Chile. (Por eso lo hemos graficado con humor).

Esquimales viven hoy en sectores de Alaska; en el Ártico Este del Canadá (isla Baffin, bahía Hudson); en Groenlandia, donde llegaron en su última expansión. Pero apenas quedan vestigios de aquel hombre primitivo, del comedor de pescado crudo, del legendario habitante del país de las sombras largas.

Incluso los que inspiraron al autor de esa célebre novela, viven en casas o carpas multicolores, con cocinillas a petróleo, con alimentos envasados, con parcas made in Taiwan. Habitan Thule-Qanaq, extremo norte de Groenlandia, lugar al cual los daneses y norteamericanos no dejan acercarse a la prensa. (¡Existen instalaciones de cohetes junto a estas aldeas recién salidas de la Edad de Piedra!).

¿Cuántos son los esquimales de hoy?

Nadie lo sabe con certeza. Tal vez unos 100 mil. De esos, el 1 por ciento sigue viviendo como gitanos del Ártico. El resto habita casas como cualquiera de las nuestras, manda a sus hijos al colegio, trabaja en la pesca, la caza, el comercio, el turismo o la administración pública.


Muchos todavía deben conformarse con vivir en aldeas remotas, aisladas, pero las condiciones no son más precarias que las de muchas aldeas australes de Chile. Si no fuera por el clima y los centenares de perros más o menos amenazantes que reciben al extraño, muchas caletas esquimales que visitamos podrían confundirse con algunos balnearios sencillos de nuestro litoral.

En vez de caminos, para visitar las caletas hay que usar transporte marítimo (regular aunque escaso) y una extensa red de macizos helicópteros de pasajeros que unen casi todos los puntos de Groenlandia.

Cada día abundan más los trineos a motor, pero aún se usan con perros para los viajes entre lugares relativamente cercanos. O para salir de caza.

APELLIDOS OCULTOS

Como es común en los pueblos asimilados a otras culturas que sienten desamor por las cosas propias, el esquimal de Groenlandia ha adoptado apellidos extranjeros, apellidos de quienes lo colonizaron y lo tienen bajo condición colonial hasta hoy: los daneses.

Por eso, esquimales sin rastro alguno de mestizaje se llaman siempre Larsen, Lennert, Nielsen, Olsen, Andersen, Berthelsen, Johansen, Jeremiassen, Christensen, Hansen, Jensen, Petersen… Ellos se llaman Jakob, Karl, Kristian, Horjulf… Ellas, Karoline, Greten…

Distinto es aún en algunas zonas del Ártico Este del Canadá, donde los hombres no han renunciado aún a sus nombres aborígenes y se llaman Iktukusuk, Ataguttaaluk, Qimmerjuaq, Abaguttaalug, Qipinga- joq, Utukutsuk, Erngaut, Qumangapik…

Qumangapik se llama el esquimal que en la isla Baffin fusila, por cuenta del gobierno canadiense, a los perros que andan sueltos, causantes, incluso, de la muerte de niños. Así lo ha contado el sacerdote católico Guy Mary-Rousseliére, que ha vivido por décadas catequizando y curando a los esquimales.

FATALISMO

¿Qué conservan entonces de sus costumbres ancestrales traídas de la Siberia o quizás de qué helado lugar del Oriente?

Muy pocas cosas. Entre ellas, su resistencia al frío, su amor por la caza de foca, la morsa, el caribú (reno con otro nombre), del oso blanco. Pero han cambiado la flecha por el rifle. Sólo los más pobres comen carne descompuesta de foca o de morsa. El resto ya tiene su provisión de conservas, que las mujeres cocinan con destreza (mujeres, dicho sea de paso, que ya no son ofrecidas por el marido a los varones visitantes; la costumbre ya se fue y, ¡Dios mediante!, no volverá mientras dure nuestra visita).

Existen otros peligros eso sí: los osos. Si alguien cae distraídamente dentro de sus madrigueras o los encuentra hambrientos en su camino, es del todo recomendable rezar las últimas oraciones. Las oraciones más cortas del repertorio. Y si se salva (gracias a que huyó a tiempo, y no a las oraciones) debe enfrentar canciones burlescas de sus iguales, pues entre los esquimales las mayores agresiones y válvulas de escape toman forma de canciones o payas denigratorias.

Aunque son emocionales como cualquier otro hombre, “su ira es fría e introvertida; consideran infantil al hombre blanco por sus arranques emocionales”, nos dice el citado misionero católico. Toda una filosofía de vida cabe dentro de una palabra: ayimamat, “¡qué le vamos a hacer!”.

Fatalismo de cepa milenaria.

Pero no funciona el fatalismo en las cosas simples. Para ellos esas cosas tienen arreglo y por eso son fenomenales maestros chasquillas. Un alambre viejo, una correa hecha con cuero de foca, una pieza mecánica de hueso, los sacan de apuros. Incluso fabrican balas con moldes tallados en piedra.

Tampoco el fatalismo suele funcionar cuando se trata de salvar la vida. Luchan para sobrevivir de la manera heroica que ya la historia conoce. Pero también se defienden de una manera que no conocíamos hasta llegar a Sisimiut: cuando a alguno lo agarra un espíritu maligno o se siente perseguido por “males de ojo”, opta por… cambiarse de nombre, y así despista al espíritu o al mortal que le ha hecho el maleficio.

PESADILLA DE VERDAD

Todos los esfuerzos de Dinamarca, Canadá y Estados Unidos por “civilizar” a los esquimales, están dando un fruto agridulce.

Mueren menos que antes, pero los que viven, presumiblemente son menos felices que sus abuelos. No se ha encontrado para ellos el justo término medio. Ese término que les impida morir en las garras de un oso, de hambre, de frío; pero que tampoco les permita morir de tedio, de auto menosprecio o de enfermedades “civilizadas” que conocieron sólo con el blanco.

Como tantas minorías raciales, este pueblo ha sido llevado lentamente a una brillante y traicionera roca sobre el precipicio.

Los niños esquimales sacan los ojos de los pescados y se los comen crudos, con deleite (como nosotros comemos las ostras o los erizos). Son sus caramelos desde hace milenios.

Como esos peces sin ojos están hoy los esquimales, encandilados con las cosas engañosas del hombre blanco. Enceguecidos, no verán cuando los empujen finalmente al precipicio.


Visitar después de eso el mundo esquimal será una auténtica pesadilla. Sobre todo para quienes aprecian la belleza del género humano en la diversidad, y ven una pesadilla en la uniformidad.

Dejamos Sisimiut para recorrer otras aldeas de Groenlandia y así poder contar —en otra edición—qué fue, qué es y qué será esta “provincia” de Dinamarca, 50 veces más grande que Dinamarca…

Ver texto publicado en revista en formato PDF VIAJE-INCREIBLE