Viaje dentro de mi habitación

Viaje dentro de mi habitación

Inquieto por las alzas de los combustibles, un lector nos pide una fórmula más económica para viajar. Y en un instante de profundo desaliento deja caer la peor pregunta: ¿Cómo vivir sin viajar? No cabe aquí nuestra respuesta completa ni menos nuestro optimismo invencible. Pero en cualquier circunstancia, ¡hay que seguir viajando! A veces, el mejor viaje de descubrimiento auténtico “no consiste en ir a nuevos lugares, si no tener otros ojos”, nos dijo un poeta universal que sólo conoció rincones de su patria y no se alejó más de 400 km de la frontera. Podemos recorrer nuestra aldea mirando la plaza, rejas y cornisas, los canarios asomados a la ventana, las puertas con los rasguños del tiempo, los hombres cargando sus penas o gozando sus fiestas interiores, y ya estaremos viviendo como viajeros. Hace más de dos siglos, un noble saboyano que recorriera medio mundo, tuvo que ocultarse 42 días en un par de piezas y ahí escribió Viaje alrededor de mi habitación. Joseph de Maistre defendió así el mérito de su marcha mínima:

“Podría comenzar el elogio de mi viaje diciendo que no me ha costado nada; este artículo merece atención. Helo aquí primero alabado, festejado por gente de mediocre fortuna; existe otra clase de hombres con quien tiene asegurado un feliz éxito, dado que no ha costado nada. Por otra parte, ¿no es de provecho para los enfermos esta manera de viajar? Ya no tendrán que temer las inclemencias del aire y de las estaciones. Para los cobardes, estarán al abrigo de los ladrones; no encontrarán precipicios ni barrancos. Miles de personas que no habían osado antes de mí, otras que no habían podido, y otras que no habían soñado con viajar, van a animarse a seguir mi ejemplo. ¿El ser más indolente dudaría en ponerse en camino conmigo para procurarse un placer que no le costará ni esfuerzo ni dinero? Valor, pues; partamos”.

Y el viaje de Maistre es, en verdad, delicioso, como si quisiera recordarnos que los paraísos perdidos sólo están en nosotros mismos. Hay que saber descubrirlos dentro de la memoria, de nuestra imaginación, en nuestra aldea, en nuestras uñas. Aprendiendo a hacer este viaje mayor, podremos enfrentar correrías olímpicas en Beijing, regatas por el Amazonas, un maratón en Atacama, una persecución por equipos en Masai Mara o entre los bikinis dorados de Bora Bora.

Aznavour lo llora en Venecia Sin Ti. El viaje necesita del viajero entero. Hay que decirlo, aunque parezca una inocentada. A Paine tanto como a Torres del Paine, lo que importa es nuestro ánimo, la curiosidad, las ganas de sentir, de entender, y a veces, sólo de recordar. “El verdadero viaje se hace en la memoria”, se atrevió a decir Proust, que estuvo años solitario en una habitación forrada en corcho para escribir y escribir una de las obras fundamentales del último siglo: En busca del tiempo perdido.

¡Vamos!, no pierda un minuto y siga viajando: mire por la ventana.