Uzbekistan | Todos miran al Cielo… El Cielo mira a Bujará

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Todos miran al Cielo… El Cielo mira a Bujará

…Es lo que se dice en el Islam, pues ha sido la  principal ciudad sagrada después de La Meca y gran estación de la Ruta de la Seda. Su trazado de la Edad Media es el que mejor se conserva en toda Asia Central. Recorremos su madeja de calles fuera del tiempo  sintiéndonos a ratos en realidad virtual. De sus 2.500 años -muchos de historia borrosa-,  sobreviven obras que todo el mundo debiera conocer, y excelentes talleres de artesanos, como para llenar maletas.     

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE UZBEKISTAN

Un raro sueño parece esto de caminar por la antigua Bujará. Su madeja de calles se retuerce hasta marear. Por instantes nos sentimos como conectados a la imaginación torturante de una realidad virtual, con una irreal sucesión de  callejones, de interminables hileras de casas color desierto que giran sin parar, como derviches. En algún momento la realidad virtual se hace irreal y tenemos la sensación que de pronto, al dar una vuelta cerrada, quizá podríamos estar a un centímetro de ver…nuestra propia espalda. En esos momentos de confusión, se nos reaparece la costumbre de dar voz a los pensamientos; o sea, de hablar solos. “¡Chuta la custión jodía!”.

Y miramos al cielo, como los musulmanes, porque para ellos el Cielo es el árbitro final. Pero nuestro acompañante atina y nos recuerda que estamos justo en el Día Mundial de la Felicidad y que mañana se inicia el Navruz, el Año Nuevo persa. Entonces hay que salir. Para celebrar.

Ignoro si hubo intervención de Alá, pero mirando el minarete más alto fue como encontramos el camino de salida, y celebrar.  Quienes antes debieron celebrar quizá fueron los expertos de la UNESCO. Ellos  declararon Patrimonio de la Humanidad a esta vieja Bujara o Bujará. Y lo hicieron justamente por la razón que ahora nos ha hecho hablar solos: no hay otra ciudad en Asia Central que conserve tan intacto su diseño urbano medieval de callejones, pasadizos, callejas, angostillos y pasajes. Todos ellos acompañados de un conjunto fascinante de construcciones de la Edad Media, incluyendo  hoteles fortificados y una fortaleza más antigua y alta que la Muralla China.

Bujara es una fiestón de formas, colores, creencias. Y de olores que, imaginamos, traen la memoria de otros siglos. De sus callejones salen neblinas de humo con aromas dulces.

Sólo al llegar nos dimos cuenta que se halla enteramente rodeada por el desierto de Kysyl Kum, una tierra casi siempre desolada que triplica en tamaño a nuestro Atacama. Aunque en este desierto dominan las dunas de arena, la vida en Bujara y en Samarcanda ha logrado mantenerse por más de 2.500 años, desde antes que se construyera la Acrópolis de Atenas, aunque existen muchos períodos borrosos en su historia. Durante el siglo XIX Uzbekistán fue hecho protectorado por los zares y en  el XX, aplastado por Stalin. No ha sido el desierto su enemigo principal. Tampoco el ser el único país del planeta que tiene doble mediterraneidad, es decir, que para llegar al océano hay que  cruzar dos fronteras. Sus grandes enemigos han sido los sucesivos imperios invasores. Ninguno fue más importante que Gengis Kan. La quemó para que se rindiera. 

Un Babel de idiomas dejaron en la región los distintos amos. Por eso, los pueblos se entienden en ruso, hablan inglés con los turistas, y lengua uzbeka, tayika, kirguisa y otras, con sus familias. Al disolverse la URSS en 1991 estalló la independencia en países que no la habían pedido. Y han estado lejos de la democracia y de la libertad interna. Las elecciones limpias no se conocen. O son la excepción. A lo más vemos estados predemocráticos. Karimov, el primer presidente de Uzbekistán, se apoderó  del poder en 1991, y mostraría poco interés por devolverlo. Lo hizo 25 años más tarde, en su lecho de muerte, a su delfín, el conservador Mirziyoyev.

Karimov hostilizó a los seguidores del Islam, religión que de un modo muy relajado practica la mayoría de la población. Ciertos jóvenes integristas reaccionaron con violencia en otros países, o en su  propio territorio, lejos de aquí, empeñados en crear un estado islámico. Actúan con constancia y sin éxito en Ferghana, un hermoso valle que se extiende a dos países vecinos.  

De agujas y maletas

Hay algo que leo en una mezquita que tal vez identifique  bien el lugar al que hemos llegado.   

“Todas las ciudades miran al cielo, sólo el cielo mira a Bujará”.

No es una expresión de hoy. La vienen repitiendo en el Islam desde hace siglos. Y ha tomado un nuevo protagonismo ahora que muchos aspiran a restaurar la importancia que tuvo ayer, y que hoy habitan sólo 330 mil personas. Bujara, Bujará o Bukhara, fue por siglos el centro mundial de peregrinación islámica más importante después de La Meca. Tenía cientos de mezquitas y escuelas donde se enseñaba el Corán.

Bujará no se dejó vencer por la historia, y, después de superar muchas trancas y barrancas, vive para sorprendernos en el siglo XXI. Después que la URSS la bombardeó y aplastó tuvo que esconderse tras un espeso velo. Samarcanda también. Ambas ciudades habían escrito los capítulos más ricos de la Ruta de la Seda. Después de China, fueron los primeros en producir seda y papel, ¡tres siglos antes que en Europa!

Bujara, que lleva miles de años resucitando entre lutos y desiertos, empieza a ser descubierta por los viajeros del siglo XXI. En su tumultuoso aeropuerto, un italiano nos dijo que quería “gozarla antes de que las muchedumbres con sus palos de selfies la hagan insoportable

Falta muchísimo para que eso ocurra. Los únicos lugares que hemos visto llenos de gente son los mercados. Y los mausoleos-cementerios, a los que devotas musulmanas con sus ropas coloridas y rostros descubiertos les agregan emoción y belleza. Pero casi no vemos turistas en el antiguo Palacio de Verano del emir, ni tampoco en el entorno de la muralla monumental que rodea el alcázar desde el cual se gobernaba Bujara, la Ciudadela Ark. Es más antigua que la Gran Muralla China, la triplica en altura y en gracia. En su interior  abundan livianas y altísimas columnas talladas, que soportan techos cuyos cielos son auténticas obras de arte. Los viajeros abandonan Bujara con esas largas agujas de madera clavadas en el recuerdo. Hay muchas en la ciudad. Forman un gran contraste con la mayoría de los edificios que vemos, hechos de adobe y ladrillo, con las cúpulas rotundas de sus mercados, con los arcos y cúpulas celestes y verdes de las mezquitas y escuelas coránicas. Aun mayor es contraste con los caravasares que han sobrevivido desde la época de la Ruta de la Seda, de la cual Bujara era ciudad principal. Los edificios en que durante la noche se guarecían las caravanas de hombres, camellos y caballos, tienen  normalmente poca altura y líneas pesadas. Hoy se usan para la venta de alfombras y otras artesanías, y también como modernizados hospedajes para los aventureros 4×4 de la Ruta de la Seda.

A cada paso encontramos ventas de artesanías, a veces con  ancianos cubiertos de túnicas y turbantes. Son esas manufacturas las que mejor hablan hoy de la esplendorosa Bujara de ayer. No pareciera haber olvidado nada de lo que aprendió con la Ruta de la Seda y durante la Edad Media, de la antigua Persia y de las ciudades túrquicas de las que también se alimentó. Al pasar por los mercados, hasta los malos compradores pueden reventar sus maletas con emociones desconocidas. Alfombras, tejidos de seda, bordados suzani; una tentadora y extraña variedad de instrumentos musicales, de artesanías de bronce y hierro, de lacas, de vidrio, bordados de oro y plata, magníficas telas ikat, urdidas con hilos que se anudan y cubren antes de teñir. Pinturas hechas con bigotes de ratón y pelos de las orejas del camello. Vemos títeres con tradición de siglos y ropa antigua puesta a la venta. No hay ciudad uzbeca que supere en tentaciones a Bujara (todo un suplicio tantálico si la tarjeta de crédito ha empezado a rendirse).

Mejor ocio que prisión

Como todo oasis de buena cuna, Bujará tiene en su corazón una refrescante laguna. Basta detenerse en su orilla, bajo un sauce, para sentir que el placer del viaje llega a la cima. El viajero piensa, como nunca, que un día sin trabajo ni horarios es un día más fuera de la cárcel. Se rinde a una sola tentación: ser feliz, aunque sea para dar el ejemplo (como ha dicho el poeta), pasando sus días con chofer experto y horario de marqués.

Tres de los cuatro lados de la laguna acogen monumentales construcciones de rasgos islámicos, que cumplen distintas funciones. Uno fue caravasar con  forma de mezquita, y hoy es escenario de representaciones folklóricas y ventas artesanales. El otro, universidad islámica, y en el tercero comercian artesanos. En el cuarto lado de la laguna funcionan restaurantes que tienen como único techo el cielo. Ellos permiten disfrutar de este singular paisaje acuático, llamado Lyabi-Hauz, de cinco siglos, y al mismo tiempo sentarse a la mesa. Podemos probar el plov –el plato más popular de Asia Central, “bien inmaterial de la Humanidad”–, y si la fortuna lo acompaña, dar cuenta de un jugoso estofado de un animal de caza de los tayicos, como el carnero Marco Polo –el más grande que se conoce–, acompañado de arroz pilaf, laurel, tomillo y perejil.

Pero ese no es todo el menú. Sin moverse de su mesa, el viajero puede tener su primer cara a cara con cinco de los edificios monumentales clásicos de Bujará. Dentro del iluminado estanque se han instalado representaciones de cada uno de ellos. Tres de los monumentos forman el conjunto más noble de la arquitectura histórica de la ciudad. Sobresale el minarete Kalyan, decorado al infinito, con casi 50 metros de altura. Permanece en pie desde el año 1114. No fue tocado por Gengis Kan, aunque sí bombardeado por los soviéticos. Sirvió de faro a las caravanas que cruzaban el desierto de Kysyl Kum. 

Junto al minarete se levanta Po-i Kalyan, la gran mezquita-catedral de la ciudad, con una enorme cúpula turquesa del siglo XV. Al otro lado se levanta la darvaza Mir-i-Arab, del siglo XVI. Luce dos cúpulas bulbosas celestes y tres puertas alhajadas con impresionantes portales. Es el mayor centro de enseñanza del Corán y de los más bellos del mundo. Su interior y sus alumnos se observan a través de puertas enrejadas.

Joya mayor de la arquitectura de Bujara y más antiguo monumento islámico de Asia Central es el otro edificio en maqueta que ocupa el centro de la laguna. Se trata de un mausoleo en forma de cubo que ha vivido 11 siglos, aunque buena parte de ellos cubierto por arenas del desierto, tal vez por el paso de un “huracán negro”, capaz de levantar dunas enteras. Se le conoce como Mausoleo Samánida, familia que reinó en la región cuando Bujara era la capital de un emirato del  imperio persa. Está hecho y a la vez decorado con ladrillos. Su encaje de barro cocido resulta verdaderamente hipnótico. Más hipnótico aún se nos hizo cuando al  contemplarlo lo envolvió la melodía nostálgica de Ya no viniste (Sen gelmez oldun), de Taghiyev, interpretada en dudúk. Ambos son sobrevivientes de mil años. Por eso los protege la UNESCO. El primero fue incluido en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y la tumba sasánida ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad. Un vendedor de CDs nos tienta con esa música interpretada por el azerbaiyano Alihan Samedov, maestro del dudúk. Lo metemos a la maleta por ser la “música incidental” de la conmoción que nos produjo el mausoleo.

No produce emoción parecida, ni tiene tanta importancia, el quinto monumento que adorna la laguna. Se encuentra aquí por ser uno de los más populares y llamativos de Bujara. Se trata de un edificio del siglo XVII, capricho de un rico califa turco. Ha servido para mirarlo, fotografiarlo y vender artesanías baratas. Casi nada se sabe de su uso religioso. Habría sido puerta de ingreso a una escuela coránica, que si de verdad existió permanece sumergida en el misterio. Se llama Chor Minor. Su inspiradora sería Char Minar, mezquita india de Hyderabad, que en estilo es de otro planeta. Sólo coinciden en el uso de cuatro minaretes agrupados en un espacio pequeño, aunque bien mirados los de Bujara no son siquiera minaretes. Son torres. Los sabios le juzgan con indiferencia. Nosotros, sin embargo, hemos caminado kilómetros por los laberintos de Bujara para fotografiar a este potente imán de la farándula turística local.

Vivos y olvidados

Pero en Bujara hay mucho más que turismo de sensaciones. Nuestros días aquí se llenado de sorpresas. Poco nos ocupamos en serio de las creencias del Hombre. Pero aquí no hay escapatoria. Casi todas las grandes religiones han tenido domicilio en este oasis, incluso los cristianos bautistas, que persiguiera el dictador Karimov. Aquí se hizo posible lo que pareciera imposible. Acabamos de visitar un monumento en que judíos y mahometanos usaron el mismo altar. Es la mezquita Magoki-Attori. Durante largo tiempo, en ella oraban los musulmanes por la mañana, y por la tarde, los hebreos, ya que no se les permitía construir sinagogas. Los hebreos -hubo hasta 3 mil en el siglo XX- tienen ahora su propio templo en la calleja de la Sinagoga.

Hace más de mil años, en el lugar donde ahora se levanta el templo otros hombres adoraban el fuego, inventado por el homo erectus hace dos millones de años. Así lo contó en el año 943 un cronista de Bujara. Esos adoradores del fuego se hallan relacionados con el origen del zoroastrismo, una de las religiones más remotas de las que hay memoria. Sus 100 mil seguidores de hoy siguen atizando el fuego desde Irán a Norteamérica. En el sitio de los adoradores de la llama también existió un templo budista, según una arqueóloga rusa que en los años 30 excavó el sitio de la mezquita.

Mezquita le siguen diciendo, aunque ya no invoca a Alá ni a Yavé. Fueron reemplazados en 1991 por una colección de alfombras de Asia Central. Vemos moquetas y valijas que han cruzados desiertos desde Turkmenistán hasta Armenia, donde los mapas se hacen jeroglíficos. Son muchas las mezquitas como ésta, y muchas las escuelas coránicas de Uzbekistán, que hoy sólo sirven como lugares de recreo o comercio. Consecuencia de la invasión de los zares ortodoxos y luego de los soviéticos. Por eso no hay mucho espacio para el optimismo de quienes buscan respuestas a sus preguntas trascendentales, y que necesitan templos.

Poco se ha avanzado en materia de tolerancia, cuando no se ha retrocedido. Eso pareciera demostrar la historia. Existen en Bujara, eso sí, lugares donde la religiosidad se sigue expresando con recogimiento y masivo fervor. Son aquellos que recuerdan y rinden homenaje a los Siete Santos del oasis. Alrededor de sus admirables mausoleos existen cientos de tumbas de caudillos, autócratas, grandes negociantes y otros “padres de la patria…”. Estos mausoleos tienen cúpulas turquesa, telas bordadas, imágenes de La Meca y pequeños minaretes.

Hay dos que no debieran olvidarse en cualquier visita a Bujara. La necrópolis de Chor Bakr guarda restos de un descendiente de Mahoma. Tiene un conjunto de mezquita, madraza y un alojamiento para sufíes y derviches. En la mayor parte del cementerio no se ve vida alguna. Sobrecogen sus tumbas de muertos olvidados que juntan polvo. Las puertas chirrían como lamentando el abandono. Al silencio del cementerio se suma el silencio del desierto.

La razón del abandono quizá es la misma que nos dio nuestro guía cuando se negó a acompañarnos al interior. “Le tengo miedo a las culebras”, dijo.

Caminamos solos, con los ojos en alerta, porque esta es  una valiosa herencia de las costumbres funerarias de la Persia mítica.

No vemos culebras, sino muchedumbres humanas en la necrópolis Madre de Naqshbandi. Mujeres apiñadas parecen pinturas por sus vestimentas. Existe aquí la creencia de que si un peregrino visita la necrópolis y en el mismo día ora en la tumba de cuatro santos, le será concedido cualquier deseo. La necrópolis fue dedicada a la madre del último santo musulmán del oasis, Baha Ad Din Naqshbandi, muerto en 1389, cuyo nombre lleva la calle central de Bujará, donde vemos muchos autos coreanos, y algunos obstinados Ladas y Moskvichs, pacientes terminales de la época soviética.

Esa madre que se ganó la gratitud de hijo recibe al visitante en su mezquita magnífica, con un estanque rodeado de techos montados (otra vez) sobre las largas columnas en fuga. Hay troncos sin vida, extraños símbolos de los derviches.

Debemos abandonar Bujará, y viajar largas horas por el desierto rumbo a Jiva. No sabemos qué nos espera en ese lejano ramal de la Ruta de la Seda. Por las noches (eso dice la gente) se escucha el runrún de las caravanas que llegan arrastrando pezuñas.

¿Qué diablos es Asia Central?

Es la zona interior de Asia. La definición más restringida incluye ahora sólo a cinco países independientes cuyos nombres significan “tierra de” los uzbekos (Uzbekistan); tierra de los kirguises (Kirguistan); de los tayicos (Tayikistan); de los turkmenos (Turkmenistán), y de los kasajos (Kasajistán). Pero el área tiene límites imprecisos. Por sus vínculos geográficos, la forman también partes de China (Mongolia Interior) y de Rusia (Altái, República de Saja…). En los textos de historia, se le agregan trozos de Irán, Afganistán, Pakistán, Siberia, Tibet, y las repúblicas de Georgia, Armenia y Azerbaiyán. Nombres que inquietan y  seducen.

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