Ubud | Entre la sacristía y el paraíso

Ubud
Entre la sacristía y el paraíso

En latín sacristía significa “objetos sagrados”, y en eso se han transformado las viviendas de Ubud. Los hombres habitan en medio de templos. Hinduismo y animismo se les han metido hasta los huesos. Quienes sueñan con hacer excursiones al arte y al espíritu hallarán auténticamente un territorio de maravillas. Hemos concluido aquí la visita a ciudades orientales que Neruda habitó en sus años juveniles y que dieron aliento poético a su obra mayor: “Residencia en la Tierra”.

Por Luis Alberto Ganderats, desde Indonesia.

Bali es hoy el lugar que me acerca a Neruda. Conoció aquí placeres culpables: “He fumado muchas pipas de opio. No sé si me gusta eso, pero es diferente de todos modos anyhow”, le dice en carta privada a su amigo argentino Héctor Eandi el 11 de marzo de 1930, hablando de Bali y Singapur. Elogia al archipiélago malayo, enorme territorio insular del sudeste asiático al que pertenece Bali. Habla de sus “bellas mujeres, bellos ritos”. Estuvo en esta isla mínima sólo como anó- nimo viajero, aunque más tarde Bali formaría parte de su territorio consular, área que sirvió durante su misión en Oriente (1927-1932).

Durante el período en que tuvo a cargo esta zona como cónsul de elección, no regresaría a Bali. Al menos eso parece. Pero no se puede descartar. Se encuentra casi pegada a Java, donde el impetuoso poeta de Residencia en la Tierra vivió 20 meses como cónsul con asiento en Jakarta, la capital. Apenas media hora de navegación separan la capital administrativa javanesa de la ciudad balinesa de Gilimanuk. Una tentación a la mano. Sin embargo, Neruda jamás menciona a Bali en su torrencial poesía, en sus memorias ni en otros textos en prosa, salvo en una carta privada.

¿Formó parte de sus olvidos significativos? Parece extrañísimo que pudiera pasar distraído por uno de los lugares más deliciosos del mundo y donde los dioses soplan fuerte.

Comer, rezar, amar.

Todo sugiere que Bali es la isla del placer, la puerta del paraíso para el hombre. Pero si pasamos del poeta chileno a la estadounidense Elizabeth Gilbert, autora del relato autobiográfico Comer, rezar, amar, llevado al cine por Julia Roberts y Javier Bardem, veremos que en vez de ser un lugar para sibaritas, aparece en el siglo XXI como escenario preferido por mujeres separadas en busca de hallazgos románticos y de gozo espiritual. Especialmente Ubud, la ciudad de Bali donde se hizo la filmación, junto con la deliciosa playita de Padam Padam.

La autora del relato, sin embargo, acaba de dar una vuelta de tuerca, que ha dejado perplejos a muchos en Bali, y que Javier Bardem (ahora hombre símbolo de Chivas Regal) no se habría imaginado ni en su peor borrachera. Ella rompió su matrimonio tras su paso por Ubud, y en septiembre último, a través de Facebook, a los 47 años, reveló que está enamorada de su mejor amiga.

Se acerca el Galungan.

Bali ha gozado de suficiente fuerza espiritual como para no traicionarse a sí misma, lo cual la hace distinta: figura como la única hinduista entre miles de islas de Indonesia, el estado islámico más grande del planeta. Y es hinduista a su modo. No es un hinduismo a secas, sino el hinduismo más remoto injertado de pegajosas creencias animistas y algunos principios budistas. Es lo que le hace diferente y tan difícil de olvidar y entender.

Ya estoy intrigado con lo que descubro al amanecer del primer día cerca del resort Ubud Village, que me cobijará por casi una semana. Creo ver templos y más templos por todos lados. ¡No son templos! Son casas particulares que en lugar de tener grandes jardines llenan su entorno con un bosque de bellas construcciones que rinden culto a los antepasados de la familia, a santos y demonios. Todos esos seres, luego de la cremación iniciaron un proceso que –con algunas excepciones– los convirtió en entidades sagradas. Sus deudos los veneran sin descanso, y los apaciguan por temor. Dicen que son miles y miles los espíritus que una vez al año regresan a los pueblos, durante 10 días, y son homenajeados de distintas formas por sus deudos y deudores.

Por todas partes escucho hablar de ese retorno anual. Se iniciará por estos días, el 5 de abril, cuando todos los balineses empiecen a celebrar la fiesta mayor, el Galungan 2017, y la isla adquiera fragancia de paraíso. Cientos de miles de ofrendas hechas con flores, frutas e incienso sobre hojas de plátano, serán depositadas en todo lugar. No sólo los antepasados recibirán estas donaciones mínimas y perfumadas llamadas canang sari. Algunas familias saldrán a la calle para dejar trocitos de comida a bichos grandes y pequeños, a perros y hormigas, a pájaros que cantan y también a los que hablan.

Alcanzará para todos: hasta para el furgón de la familia, la cocina, el pozo, el barril del arroz, los patios. Y todos los moradores. Los que se ven a simple vista y los sólo visibles desde la fe.

Se llenarán de estas ofrendas la zona comercial y los parques. Todo lugar. En la altura o a ras de suelo. No importa que muchos las pisen, y que algún ignorante les dé un puntapié. “No importa, apenas uno deposita la ofrenda, los dioses ya lo saben”, explica un muchacho que de día trabaja en un arrozal y por las tardes ayuda a su novia a hacer estas ofrendas fugaces.

Producirlas y repartirlas demanda casi todo el tiempo de las mujeres balinesas. Así esperan encumbrarse en la cadena de reencarnaciones, hasta llegar a unirse con un ser supremo. En el camino se habrán vencido a ellas mismas y a todo enemigo.

Enemigo invisible puede ser incluso un familiar cuyo cuerpo se desintegra en el cementerio esperando la cremación liberadora. “Hay que cuidarse de él. Sabe demasiado”, me previenen, bajando la voz. Temerosos, algún día, los familiares terminarán cremando el cuerpo de ese pariente, a pesar de su alto costo. Luego echarán sus cenizas mar adentro, partiendo de la playa negra de Sanur, a media hora de aquí. Ni una pizca de ceniza debe volver a la playa. De otro modo, ni vivos ni finados descansarán en paz.

Aquí no ha pasado nada.

Existen sacrificios que el hombre debe hacer para tranquilizar a los demonios. Y no hay sacrificio que sea sin sangre, tal como ocurría en el ayer de los tiempos. Por eso las peleas de gallos no desaparecen, aunque la ley las prohíba. En un templo de la calle principal de Ubud vi cómo un gallo con navaja amarrada a una de sus patas daba cuenta de su rival en un solo brinco. Poco les gusta a los turistas el sacrificio con sangre. También viví una experiencia nueva: como toda obra de teatro debe ser precedida por la degollina de un pollo, en el momento del sacrificio la luz del escenario se apagó y por unos segundos sólo pude ver tinieblas. Al volver la claridad, había sólo gestos de “aquí no ha pasado nada”.

Bali en general, y particularmente Ubud, viven cotidianamente con cara de “aquí no ha pasado nada”. La gente es religiosa y dulce, pero… ¡hay vendedores! Ojalá paguemos la mitad de las mitades de esa ganga que nos ofrecen. Abundan personajes peores en el vecindario. Cobran (para beneficio propio) a cualquiera que quiera subir al sagrado volcán Batur y al templo mayor, el de la madre Besakih, al cual llegan cientos de fieles vestidos de blanco con sus ofrendas florales y frutales en cestas sobre sus cabezas, y que el turista siempre quiere ver.

Los 10 mil templos de Bali miran al mon- te Agung. Y eso no es cosa rara en el mundo, me dice Jaluma Izeban, una profesora balinesa nacida en familia musulmana.

– Nuestros padres, como todos los seguidores de Mahoma, oran en dirección a La Meca. Los hinduistas de Bali oran en dirección al Agung. Eso es todo. Lo distinto de Ubud es que hasta construyen la casa en relación al monte Agung, y duermen con la cabeza en dirección al monte Agung.

–¿Tanto?

–Sus habitantes viven su fe en todo lo que hacen. Y por eso, han conquistado a miles de occidentales que se quedaron a vivir para siempre.

Explica el arquitecto-viajero Domínguez Uceta. “El balinés piensa que la vida es sólo un ciclo por el que se debe pasar con suavidad, sin aspavientos, intentando rodearse de belleza. Por eso, lo mejor de la isla son sus gentes, y lo mejor de sus gentes, la sonrisa”, dice. En Ubud no ha muerto la eterna calma de ayer, pero sí, ¡puchacay!, en algunas zonas de la costa. Han sido degradadas por el turismo más invasivo, como las zonas playeras de Kuta y Sanur; pero la magia permanece en casi todo el resto. Y es más notorio en Ubud, donde llegaron hace mucho tiempo hinduistas muy devotos, aristocráticos y cultos huyendo de la vecina isla de Java, donde vivían hostilizados por los musulmanes. Por ellos, Ubud dispuso de sangre nueva y el hinduismo se hizo del poder. Hoy es la ciudad-imán de Bali, aunque su población estable es de apenas 30 mil habitantes.

Sol, sexo, sed y surf.

Ubud tiene, eso sí, una desordenada configuración de aldea grande, y rara vez el visitante se entera de que las viviendas de la gente están mayoritariamente en la mitad del pueblo, sector de mediana pureza. En la parte baja –menos pura– veremos las construcciones consideradas más indignas y los lugares ingratos, como el rústico cementerio de tránsito. Es considerado territorio impuro por estar más cerca del mar –lo más impuro– y más alejado del monte Agung, el más puro.

Con la ayuda del guía Nyoman Numan he conversado con personas que saben bien cómo se vive puertas adentro en esta ciudad, y he aprendido sobre las claves para organizar el hogar.

En poco o nada se parecen a nuestras casas. No tienen un techo común. Cada habitación es un pabellón separado de los otros, con su propio techo, y todos ocupan un lugar rigurosamente señalado por la tradición, dentro de un terreno amurallado “para que no entren los malos espíritus”. Sus distintas partes se organizan de acuerdo al grado de pureza que hay en el terreno. El sector más puro, natural- mente, es el que está mirando en la dirección del monte Agung. Lo ocupa el templo familiar. El menos puro, en la parte opuesta, lo ocupan los baños y retretes –por derecho propio–, y al lado de ellos la puerta de ingreso, la cocina y la habitación de huéspedes (que hoy muchos arriendan a turistas). Junto al templo de la casa –es decir, en la parte pura– se hallan la habitación del jefe de hogar, y un pabellón que se usa en ocasiones solemnes y también para el descanso diario y la vida social. Cerca de él se encuentra la despensa. Al centro del sitio se levantan los dormitorios del resto de la familia, que puede acoger hasta a tres generaciones.

Este ordenamiento responde a la norma urbanística Tri Angga, que se aplica en todo el territorio y reproduce costumbres milenarias. Antes de la puerta de ingreso siempre destaca la imagen de algún ser protector que se ocupa de impedir el paso de los espíritus malignos. Pero la mayor amenaza se encuentra en otra parte. Por siglos, los balineses han preferido vivir lejos del océano, que ellos imaginan lleno de amenazas por culpa de una corte de temibles seres acuáticos. Hasta hoy, la mayoría de los balineses optan por no acercarse al mar, y son muy pocos los que se bañan en sus aguas o salen a pescar. El miedo sigue vivo, y siguen vivos también sus temores de tierra adentro. Por eso pasan ocupados de los dioses cada día, en cada acto. Y en eso están desde antes de que llegara el hinduismo, cuando las creencias animistas tenían el mando. Creían y creen que muchas almas –almas-fantasmas– abandonan los cuerpos de los que fallecen y por un tiempo habitan en otros seres vivos o aparentemente inanimados, buenos y malos.

En el fondo de sus corazones, sin embargo, pareciera que siguen creyendo en el triunfo final de la primavera sobre el invierno. Y se esfuerzan para que así sea.

Existen normas rígidas para crear un hogar. Con ayuda del calendario lunar escogen el mejor día para comprar el terreno, para iniciar los trabajos o construir el muro perimetral. La obra no se puede comenzar sin un permiso oficial que exige someterse a la forma de arquitectura tradicional, y asegurarse de que todos los vecinos saben en detalle qué casa se va a levantar.

En un lugar de las afueras presenciamos el inicio de los trabajos de construcción. Un grupo de mujeres envuelve ladrillos en tela blanca. El jefe de obra, Wayan, me explica que después los ladrillos son rociados con agua bendita, y entonces las mujeres se reparten por el terreno para ponerlos bajo tierra en los lugares donde se construirán cada una de las dependencias del nuevo hogar. Los cimientos son normalmente de materiales sólidos, pero en el resto, a menudo, se usan postes de bambú, madera de coco y teca, techos de paja y tejas de madera dispuestas como azulejos.

Muchos no respetan la tradición. Es lo que ocurre en muchas edificaciones de Kuta y de otras áreas de la costa contaminadas por “el turismo de sol, sexo, sed y surf”, el territorio preferido de los jóvenes australianos, vecinos muy próximos. Los buenos viajeros se van a otras playas o al interior de la isla. Casi todos se detienen aquí en Ubud. En esta ciudad tropezaron ayer hasta los duros colonialistas holandeses, los inventores del apartheid de Sudáfrica. Con ellos, el balinés lo pasó muy mal, pero hoy se consuela: “Es bueno haber conocido el frío para apreciar el calor”.

Cuando las estatuas cantan.

Música y danza son las artes nativas de Ubud y de otras zonas. Las practicaban sólo por razones religiosas. No con fines de creación o venta. Los campesinos eran eximios talladores y buenos pintores. Ellos recibieron a artistas extranjeros que preferían el cincel y el pincel para ganarse la vida. Juntaron fuerzas y, unidos, lanzaron al mundo la buena nueva de que en Indonesia había una isla enteramente obra de arte. A los balineses no les basta levantar sus casas y templos. Los convierten en verdaderas esculturas, aprovechando su talento y la docilidad de la roca volcánica y de otras piedras blandas. Y cuando las tienen terminadas, todos los días decoran cada rincón con pétalos y ofrendas multicolores

Lo anterior no es necesariamente raro. Algo parecido podemos ver en varias otras ciudades del mundo. Lo admirable es que al hombre de aquí no le basta tallar con arte sus casas: han esculpido el territorio completo con mil terrazas de arrozales hechas en la tierra volcánica ayudados por el clima templado. Son estas ornamentadas siembras las que han convertido a Bali en una desmesurada escultura color esmeralda, quizá única en el mundo. Si pusieran una terraza de arroz sobre otra, ellos podrían alcanzar el encumbrado lugar donde habita la diosa del arroz, Dewi Sri.

Ninguna forma de honrar a la divinidad es más antigua que el danzado. Siguen practicándolo en las ceremonias religiosas y rituales. Pero desde la llegada de turistas, a partir de los años 30 del siglo pasado, muchos hombres y mujeres bailan para subsistir. Ubud no es la excepción. Todos los días se realizan ceremonias de baile tradicional, donde un lugar principal ocupa la orquesta de música gamelán, compuesta por 30 músicos que empuñan metalófonos, resonadores de bambú, tambores, flautas, címbalos y algunos gongs. Los escuchamos durante el espectáculo que todas las tardes ofrece el Palacio Real, en el centro de Ubud, habitado todavía, en parte, por miembros de la antigua familia reinante, ahora sin poder, siempre con brillo. La ceremonia se acompaña con esa música áspera, que no parece hecha para halagar el oído sino para despertarlo.

Hay varios espacios de Ubud –incluyen- do los grandes hoteles– donde renace diariamente el danzado de raíces hindúes. Y varias veces al día, podemos ver ceremonias tradicionales en las calles. Los habitantes de Ubud acompañan festivamente a sus muer- tos a la ceremonia de cremación, a los novios en su enlace o al nacimiento de la luna llena.

Pero a los viajeros les interesan mil cosas distintas. Por eso los hemos visto casi en procesión yendo a buscar tallas de madera en la villa de Mas, pinturas en el centro de Ubud, buenas joyas en su barrio de Celuk, esculturas del panteón de diosas balinesas en Batubulan, buena gastronomía y gran hotelería en Ubud y su entorno.

Con media sonrisa, la profesora Jaluma Izeban me habla de un riesgo que tienen para el viajero la intensa religiosidad y el protagonismo de los espíritus en la cultura local. Unos pocos visitantes terminan viendo estatuas de piedra que flotan en el aire, invitadas a la Tierra para complacerlas con música. Hasta ahí, la cosa puede estar bien. O regular. Pero cuando empiezan a ver estatuas cantando en sánscrito, acompañadas de vibraciones cósmicas, es el momento –advierte– de que ese viajero abandone Ubud. Si no hace caso a tiempo, las lluvias borrarán para siempre sus pisadas y el camino de salida.

Muchos se han perdido aquí sin dejar rastro. O andan con sus ojos fuera de órbita. Otros se siguen perdiendo. Nadie diga mañana que no se lo advertimos.

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