Tara | Un lugar llamado nada

Tara
Un lugar llamado nada

Dentro de la comuna de San Pedro de Atacama, en medio de unode los parajes más soberbios del planeta, se juega por estos días un veraniego ¿Dónde está Wally?
Podemos pasar horas desorientados tratando de ubicar las perforadoras de una geotérmica que obtuvo casi mil kilómetros cuadrados como concesión. Le pena, claro, el daño que otra empresa le hizo al Tatio. En medio de este puzzle geográfico, a 4 mil metros de altura, podemos tener una insuperable experiencia de viaje.

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE SAN PEDRO DE ATACAMA.

Daniela Tironi, la guía que me ayudó a descubrir este impresionante mundo rojo de Tara, no lejos de San Pedro de Atacama, entre esculturas y catedrales de lava talladas por el viento, no imaginaba siquiera lo que ahora podemos ver.

En busca de energía geotérmica, hace pocas semanas se ha empezado a perforar por primera vez el suelo de este paraje único. Por primera vez en millones de años. El 6 de enero se hizo cargo de una de las gerencias de la concesionaria holandesa Transmark-Renewables el experto James O’Connor, que tiene larga experiencia como perforador en campos petroleros, Pero él no está vinculado a los trabajos en Atacama, se apresura en aclarar la country manager, abogada Macarena Pérez Panadés. Dice que las perforaciones se hacen fuera de los límites del sector de Tara, los cuales, por ser terrenos fiscales, “no tienen protección ambiental de ningún tipo” Lo que no dice es que dentro de la concesión se encuentra ubicado el Salar de Tara, parte de la Reserva Nacional Los Flamencos. Aunque ella considera que no precisa de evaluación ambiental “por no ser un proyecto minero ni de hidrocarburos”, agrega que: “de igual forma se pidieron y nos otorgaron todos los permisos sectoriales que corresponden” Asegura que al iniciarse una fase de explotación geotérmica no van a verse afectados el sector, el ecosistema ni el turismo. Y para no dejar dudas de sus ideas, agrega: “En muchos lugares del mundo la geotermia es centro de atracción turística”. Tiene razón. El encanto de los baños termales de la Selva Negra es comparable al de decenas de perforadoras ruidosas montadas sobre camiones cerca de una laguna con flamencos. ¡Y a Sernatur no se le ha ocurrido!

El bello espectáculo ya lo podemos ver. Entre varias carpas de tipo industrial y pesadas máquinas, el equipo de Transmark se mueve en un área de casi 1.000 kilómetros cuadrados, que el gobierno le concesionó para realizar exploraciones geotérmicas en la comuna de San Pedro de Atacama. Á esta zona, concesionada el 2012,se le inventó un nombre: Sitio San Alberto, el mismo que tienen pozos petroleros de Brasil y Bolivia. Concesiones geotérmicas hechas últimamente en la zona atacameña han sido rebautizadas en lengua… mapuche, advirtió sorprendido Nicolás Melo, Gerente de Proyectos de Fundación Explora, lo cual hace muy difícil la transparencia y el control por los habitantes. Al informarse de la concesión, el mismo Melo denunció en carta pública que ella se hizo sin consulta a CONAR responsable de la Reserva Nacional Los Flamencos, sector Tara, que se halla íntegramente dentro del área afectada. La concesión se hizo con la firma del ministro subrogante de Energía, ingeniero comercial Sergio del Campo, ex gerente general de una termoeléctrica en cuya propiedad participan AES Gener, Copec y Grupo Von Appen.

Tierra de pícaros

En 2009,cerca de aquí, en los géiseres del Tatio, un emprendimiento chileno-italiano que hacía exploraciones como las que ahora comienzan en la vecindad del salar de Tara, provocó una estruendosa erupción de vapor incontrolada de 60 metros de altura durante días y noches interminables. La reacción de las comunidades indígenas y del sector turismo obligó a suspender las obras. Fue el segundo fracaso geotérmico en el mismo lugar. Ahora, los pocos que están enterados de las perforaciones cerca del salar de Tara no les quitan los ojos de encima. Parece prudente que nadie se distraiga. Hace poco comenzó a aplicarse el nuevo reglamento del Sistema de Evaluación Ambiental (SEA), muy criticado por los pueblos indígenas.

La vigilancia de los atacameños y conservacionistas se explica porque Tara es un lugar excepcional en el mundo. El día que me encontré con el prestigioso viajero canadiense Francis Fernandes, presidente de la Dolphin World Travel, de Vancouver, él había salido muy temprano rumbo a Tara desde el Hotel Alto Atacama. Iba más escéptico que esperanzado. Pero al saludarnos en este solemne recinto monumental sus ojos se movían como los de una iguana, tomando el pulso de la soledad impresionante y la dramática belleza del lugar. “Sólo en el Tíbet he podido ver algo que se parezca” dijo. “¡Este des- tino lo tengo vendido en menos de una semana!”, me anunció entusiasmado.

Es la emoción que se apodera de casi todos los que sacan fuerzas para subir dos mil metros más arriba de San Pedro, por la ruta del Paso Jama rumbo a Argentina, al lado de la frontera con Bolivia. Sobre los 4 mil metros de altura, a mitad de camino, los viajeros deben internarse por un territorio sin señales. Sólo encuentran mil huellas de vehículos, que hacen exigible un teléfono satelital, o un conductor experto en estos atajos y arenas empinadas, porque entran en una tierra donde hasta los dioses tienen sed, y el frío de la noche se acerca al de Siberia. Sin embargo, a todo buen viajero la alegría del descubrimiento se le cuela por todas partes.

Al acercarse a Tara, desde la altura y a lo lejos, sobre una planicie se divisan unos montículos que parecen pequeños termiteros del Serengueti. Al bajar se descubre que esos aparentes termiteros tienen la altura de edificios de muchos pisos. Son restos de lava tallados por vientos de larga paciencia. La gente los llama de distintas maneras: moáis, centinelas, monjes de la Pacana. Los trabajadores nativos de la empresa Transmark seguramente prefieren el nombre más popular: Indios Pícaros. Alguno hasta tiene el perfil de un sioux y forma fálica.

Paseo sobre el polvorín

Al poco rato se llega al salar de Aguas Calientes y después de un largo camino, al salar de Tara. Entre ambos se levanta el campamento de las perforaciones, que pueden llegar hasta los 1.800 metros. Por ahora no resulta notorio. Pero ya lo será. Este tipo de exploraciones debe multiplicar los agujeros y nadie puede decir hoy lo que ocurra mañana cuando el negocio geotérmico esté en su apogeo. En junio termina la concesión de dos años, y el nuevo gobierno deberá renovarla si acepta faenas industriales en Tara.


Para saber de resultados y procedimientos es muy temprano todavía. Pero ésta es una región ciertamente rica en energía geotérmica por estar en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Avanzamos por una ruta de tierra rumbo al salar de Tara. La gente le llama a este lugar “el Valle Encantado” No saben que es la colosal caldera de uno de los súper volcanes míticos del planeta, cuyas erupciones entregaron el material que hoy decora el paisaje. Son enormes formaciones que la gente llama catedrales y fortalezas, donde hay figuras minerales de muchos colores que surgieron de las tripas del súper volcán Vilama. Según el geólogo salteño Miguel M. Soler, la caldera sobre la cual caminamos se formó con una sola gran erupción que inundó el área con 2.000 kilómetros cúbicos de materiales sólidos calientes, gases volcánicos y aire atrapado, y sobre ellos se extendió un techo espeso de cenizas que debió oscurecer por mucho tiempo la luz del Sol. Algunos comparan esta caldera con la descomunal área volcánica del parque californiano de Yellowstone, que parece estar viva, a la espera del paso de siglos o milenios para conmocionar otra vez al planeta.

El magma producido por el súper volcán surgió, al parecer, cuando chocaron las placas de Nazca y Sudamericana. Quizá ahora estamos caminando sobre un polvorín de dimensiones colosales, como en Yellowstone. Todo lo que vemos en estas soledades es hermoso o impresionante, sin dejar de ser hostil por su sequedad y sus atemorizantes fenómenos meteorológicos.

Hay lagunas junto los salares, una multitud de volcanes y el arroyo andino Zapaleri que baja desde Argentina y desemboca en Tara. A mediodía, los rayos de sol penetran la piel como espinas. Nuestros cerebros se niegan a entender. Los visitantes nuevos parecen confundidos por el cambio de escala de las cosas, por el calendario inmóvil en estas lejanías nunca habitadas.

Refugio en peligro

En un viaje anterior nos encontramos con Paulino Flores, heredero de pastores trashumantes atacameños que han vivido en la región desde que hay memoria. Paulino alimenta algunos cientos de llamas con los pastos que crecen cerca del salar de Tara, y tal vez ahora le costará entender que el sector no permanezca libre de campamentos industriales, camiones y perforadoras, ya que forma parte del pequeño dos por ciento de áreas protegidas en la Segunda Región.

Tara está en la parte más ancha del flaco territorio continental de Chile. En él todo hombre descubre amenazas y placeres nuevos, bellezas diferentes, caminos sin salida. Hay lugares donde las huellas de vehículos se disparan en todas direcciones, y si miramos en todas esas direcciones el paisaje parece idéntico y tampoco adivinamos sus límites. Nadie podría salir de aquí si no lleva brújula, salvo que sea el pastor Paulino Flores o tenga larga experiencia o disponga de teléfono satelital. Los demás teléfonos sufren una muerte irremediable. Frente a esas huellas inútiles y desorientadoras, nos sentimos vagando por**un lugar llamado nada”, como en la novela de Amy Tan.

Por este carácter excepcional, el salar de Tara es sitio Ramsar, valorado por la convención internacional para la conservación de humedales que protege fauna y flora. Hasta hoy, el salar ha servido de refugio seguro para especies que tienen un hábitat restringido y escaso, como la vicuña austral. Su ave más significativa es el flamenco andino, de muy difícil reproducción. Hay sólo 36 mil individuos en toda América, y los principales sitios de nidificación están en este vecindario: el Salar de Tara y el Salar de Atacama. No hay lugares mejores sobre la Tierra para su reproducción. Cuatro mil polluelos de la especie nacieron en Tara en 2011-2012, cuando se concesionaron los mil kilómetros cuadrados de este territorio.

El paisaje en torno a ambos sala- res se encuentra lleno de bofedales, paja amarilla, coirón y tolas. Vemos guallatas, patos jergones, gaviotas andinas, y zorros culpeos que, al fotografiarlos, nos amenazan con sus dientes carnívoros. En medio de este paisaje de muerte, la vida se mantiene con terquedad.

Neruda ausente

La brújula nos ha devuelto al Valle Encantado, que se estira con silenciosa majestad hasta perderse en el salar. Gigantescas murallas o farallones de piedra volcánica, de hasta 50 metros de altura, montadas sobre colinas de arena, nos acompañan por más de una hora a un lado y otro de la ruta. Lo que hace millones de años fueron bloques compactos, impenetrables, ahora se hallan tijereteados por el viento con formas de catedrales, de fortalezas, de imágenes que parecen guerreros. En muchos sectores los bloques colosales han rodado por las laderas y los vemos hechos infinitas migas… del porte de un camión. Como ningún artista es más metafísico que el viento, a ratos los paisajes parecen pinturas de Chirico, Un mundo de desintegración, de sombras duras y de sueños. Presencia de piedras bajas de extrañas texturas, decoradas por el óxido, por minerales celestes y de color yema de huevo. El conjunto cambia de matices en el día, pasando por terracota, intensos amarillos, rosados suaves, y alcanza su clímax de intensidad apenas el Sol empieza a bostezar. Y cuando el Sol se duerme, todo parece muerte. La tarde nos sobresalta con tormentas eléctricas. “No olvidemos nunca la melancolía”, nos aconsejó Neruda, aunque nunca llegó a pisar Tara, donde todo se hace melancolía al caer el Sol. Para el poeta, este fue un lugar llamado nada. Si lo hubiese conocido y cantado, lo sabrían hasta las piedra.

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