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Tara | Las prodigiosas alturas de Atacama – Luis Alberto Ganderats
Tara | Las prodigiosas alturas de Atacama

Tara
Las prodigiosas alturas de Atacama

En la parte más ancha de Chile, no lejos de San Pedro, se mantiene semi oculto uno de los territorios más extraordinarios de América. Sus  monumentos naturales, salares y arenas, están habitados por dioses sedientos, que protegen este tesoro casi desconocido.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Se nos entra el habla durante la larga caminata por las profundidades del desierto de Atacama. Estamos en la desolada esquina de una meseta sobre los 4.000 metros, donde se juntan los territorios de Chile, Bolivia y Argentina. Aparecen colosos de piedra rojiza como la de Petra, en medio de soledades abrumadoras. Todo lo que vemos es tan bello como atemorizante por su sequedad, su viento polar, sus rayos de sol que penetran en la piel como espinas. Nuestros cerebros se niegan a entender. Parecemos confundidos por el cambio de escala de las cosas, por el tiempo no transcurrido en estas lejanías nunca habitadas. Por este Chile más ancho que cualquier otro. También nos desorienta el descubrimiento de amenazas nuevas, de bellezas diferentes, de caminos sin salida.

En nuestro grupo va la arquitecta chilena Paulina Sir, profesora de la Universidad de Chile, con estudios de Iluminación en Europa, y casi doctorada por cuenta propia en las relaciones del hombre con la Tierra y su energía. Ella se siente en el domicilio de seres invisibles, en un territorio muy vivo a pesar de su aspecto inerte, donde tierra y hombre son solo una sola vida. Dice: “Así puedo imaginar los primeros tiempos del planeta, cuando el agua y el fuego y los vientos fueron esculpiendo el rostro de la Tierra que hoy conocemos. El enorme escenario casi me parece el taller del anónimo artista creador. Incluso parece conservar todavía sus herramientas, sus cinceles, sus pinceles. De todo lo que he visto en el mundo, es lo más impresionante. El viajero que entra a Tara, al salir ya no será el mismo.”  

El mismo entusiasmo manifiesta el experimentado viajero canadiense Francis Fernandes, presidente de la Dolphin World Travel, de Vancouver. Salió muy temprano rumbo a Tara, desde su hotel, el Alto Atacama de San Pedro. Iba más escéptico que esperanzado, pero ahora camina en este solemne recinto monumental con los ojos moviéndose como radares, tomándole el pulso a la soledad. Sin conocer lo que ve, sin saber lo que pisa, sin detenerse mucho rato en lo que encuentra.  “Sólo en el Tibet he podido ver algo que se le parezca”, dice. “¡Este destino lo tengo vendido en menos de una semana!”

Es lo que le ocurre a casi todos los que sacan fuerzas para subir dos mil metros desde San Pedro, por la excelente ruta del Paso de Jama rumbo a Argentina, y que a mitad de camino se internan por un territorio sin señales. Sólo huellas multiplicadas por cien, que exigen conductor experto en caminos, trochas, atajos, arenas empinadas, y en un territorio donde hasta los dioses tienen sed, aunque la alegría se cuela por todas partes. 

Catedrales y Centinelas

Mientras camino, siento como un desatino que a un territorio majestuoso y tan fuerte como éste se le llame Los Flamencos, nombre de la reserva nacional de la que forma parte. Nombre dulzón, sirve mejor a un hotel para enamorados. Nada dice de su esencia, de sus catedrales, columnas, fortalezas y salares. Sólo alude a sus lagunas ligeramente pobladas por esas bellas aves zancudas. Pero cuando las bandadas alzan el vuelo dejando una huella escarlata en el cielo– una imagen imposible de olvidar, eso es verdad–, la belleza de Tara, sigue siendo la misma. Serena, como si tuviese el cuerpo impregnado en yoga. Si las bandadas se van, Tara queda intacta. Y siempre veremos vicuñas, ñandúes, zorros culpeos y perdices de la puna; gaviotas andinas, patos y aguiluchos que viven en vegas y espejos de agua, y revolotean entre los bofedales, coirones y arbustos de agua…

Es mucho más que Los Flamencos, nombre que, por lo demás, llevan otros seis territorios dispersos y distantes de la comuna de San Pedro de Atacama. Juntos forman una sola reserva que protege las valiosas poblaciones de estas aves. El territorio que ahora visitamos merece que se precise su categoría y se le de un nombre distinto. Cada uno llama como quiere a los sectores que forman este destino. Valle Encantado le dicen algunos al camino que lleva hasta las orillas del salar de Tara. Nombre usado cien veces en el planeta. A las columnas se les dice Testigos, Centinelas o Monjes de la Pacana, o de Aguas Calientes (un nuevo Aguas Calientes que hay en Chile, y cientos que hay en el mundo.) Indio Pícaro es la nueva y facilona forma de llamar a la más columna más alta, por tener un rostro vagamente sioux tallado por el viento en el extremo superior, y por su apariencia fálica.

Este conjunto, que se distingue como una luz dentro del mítico Atacama, figura entre  los sitios más notables de Chile junto con Rapa Nui y Torres del Paine. Tal vez el nombre de Tara –que es el de su laguna-salar más grande–tiene la nobleza, la rotundidad y la fuerza como para identificarlo. Sus Catedrales son una opción de goce infinito para los que en la primera quincena de enero se asomarán a la Región de Antofagasta para presenciar el rally Dakar Series. Pueden entrar por Chile y Argentina, el otro país por donde pasará el torbellino del Dakar. El Paso de Jama es puerta que une la comuna de San Pedro de Atacama con la provincia trasandina de Jujuy.

Con la boca abierta

Nuestra incursión por la Puna de Atacama se inició un paseo más, avanzando por la excelente carretera que lleva a Paso de Jama. Pero el paseo bruscamente se hizo aventura. En un momento cualquiera nuestro 4×4 dobló en ángulo recto para tomar una casi invisible huella de arena, a partir del kilómetro 100. En pocos minutos veríamos a lo lejos eso que hace tiempo acompañaba nuestros sueños de viaje. Un valle adornado apenas por esculturas naturales de piedra surgidas hace millones de años. Al parecer, una explosión subterránea ocurrida dentro de una falla geológica hizo grietas por las cuales surgió lava. Se formaron moles, que al perder las arenas superficiales por la acción del viento, han quedado como columnas duras. La mayor tiene unos 30 metros. Otras han ido adquiriendo formas distintas, casi esféricas, o enroscadas. Todas se asoman, aquí y allá, entre las arenas, como una exposición telúrica minimalista, obras de un artista sin fatigas, el viento, y de algunas aguas ocasionales.

Desde estas columnas hay que avanzar varios kilómetros hacia el Salar de Tara –sin olvidarse del teléfono satelital–, para descubrir el mayor espectáculo geológico de la Puna de Atacama. Nuestros 4×4 se detiene tras 20 minutos, y el conductor, Rolando  Coronel, y la guía Daniela Tiróni, ordenan desembarcar. Caminaremos por una ruta que jamás imaginamos, rumbo al salar que se asoma en el horizonte.

El Valle Encantado avanza con silenciosa majestad hasta perderse en el salar. Gigantescas murallas o farallones de piedra volcánica, de hasta 50 metros de altura, montadas sobre colinas arenosas, nos acompañan por más de una hora, a un lado y otro de la huella. Lo que hace millones de años fueron bloques compactos, impenetrables, ahora se hallan cortados con formas de catedrales o de fortalezas de las Cruzadas. En muchos sectores los bloques, hechos trozos, han rodado por las laderas. Como ningún artista es más metafísico que el viento, a ratos parecen pinturas de De Chirico. Un mundo de desintegración, sombras duras y sueños. La mayor semejanza puede encontrarse, sin embargo, con el Gaudí de Barcelona, por las graciosas columnas de sus Catedrales. También con su Parc Güell, por la presencia de piedras bajas de extrañas texturas, decoradas por el óxido, por minerales celestes y color yema de huevo. El conjunto va cambiando de color en el día, pasando por terracota, amarillo intenso, rosado, y alcanza su clímax apenas el Sol empieza a bostezar. Y cuando el Sol se duerme, todo parece muerte. “No olvidemos nunca la melancolía”, nos dijo Neruda.

La guerra avisada

Es un espectáculo que quita el aire. ¡Y ya es poco el aire que puedo tragar! Camino a más de 4.000 metros de altura mientras subo y bajo colinas en busca de otros ángulos de mirada. Lo visto y lo vivido me parecen irrepetibles. Nunca algo igual en casi 50 años como transeúnte. Alguien escribió: “Si el Valle de la Luna se llama así por sus formas, estar aquí es como estar en la Luna misma”.   

Junto al salar de Tara nos esperan sillas para descansar y un tentador almuerzo caliente preparado en las cocinas del Hotel Alto Atacama. Pero la excitación tira más que el cansancio y el hambre, y luego de un breve paréntesis seguimos buscando los pequeños habitantes de las costras de sal y fotografiando a los flamencos con sus cabezas enteramente sumergidas en el agua salobre. En el entorno hay nuevas catedrales gaudianas que ven pasar a sus pies rebaños de llamas lanudas, resistiendo el frío, en parsimoniosa fila india. Pertenecen a pastores atacameños semi nómades, que pasan meses del año aquí, hasta que el verano llega con tempestades eléctricas por las tardes,  infernales hijas del “invierno boliviano.”

Seguramente esos rayos, relámpagos y truenos producen las emociones más gloriosas de las tardes de Tara. Pero no estaremos ahí para contarlo. Guerra avisada no mata soldado.

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