Triángulo de Oro | En la ruta de las mujeres jirafas

Triángulo de Oro
En la ruta de las mujeres jirafas

Con toda inocencia hemos venido a saber más de las misteriosas birmanas exiliadas en el Norte de Tailandia que llevan sus cuellos aprisionados por espirales de cobre. En el camino nos encontramos con el supuesto cambio de piel del Triángulo de Oro, marcado a fuego hasta hoy por el opio, la heroína y los militares traficantes. ¿Hay cambios de fondo, como se dice? ¿O se trata sólo de un multimillonario festín oculto al cual pocos están invitados?

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats, desde Mae Sai, Tailandia.

Una frase desencantada de Mafalda sobrevuela mi cabeza en estos días. No es que esté ocurriendo nada lamentable. Es el temor de que algo pueda ocurrir. Y que entonces deba escribir en mis apuntes lo que ella, con gesto triste, dijo un día: “Y lo peor es que el empeoramiento empieza a empeorar”. No puedo descartarlo, porque avanzo en mi recorrido por el Triángulo de Oro, que es un escenario tradicional de intrigas y de ejércitos rebeldes financiados por la mafia del opio. En el Triángulo del Oro se juntan Laos, Birmania y Tailandia, y en la trastienda los hilos son movidos por Beijing y Washington, afectados tanto por las drogas como por las amenazas políticas. Las guerra de Vietnam y de Mao son neblinas que aquí no se disipan por completo.

¿Por qué diablos recorro esta compleja esquina del mundo en lugar de estar paseando por la primavera de París? Un viejo capricho: quiero encontrarme, por fin, con las mujeres de cuello largo, las  misteriosas  mujeres jirafa que han huido de Birmania y hoy viven medio ocultas entre las llamadas Tribus de las Colinas en el extremo norte de Tailandia, a casi 1000 kilómetros de Bangkok. Estas tribus han llegado en sucesivas oleadas desde China, Tibet y Birmania. Escogieron este lugar por ser una región casi deshabitada. Un Aysén de los años 40. Por más de un siglo los miembros de las tribus han cultivado amapolas, de las cuales se extraen el opio y la heroina. Empezaron fumando opio en forma controlada, al modo tradicional, sin las consecuencias desastrosas de la China del siglo XIX y sus guerras del opio. Pero terminaron contactadas por poderosos traficantes, y ese narcótico se hizo símbolo de maldición, se convirtió en el veneno negro, como le llaman los chinos. Hoy, de acuerdo a informes del gobierno, la producción de opio en Tailandia se ha reducido hasta casi desaparecer. Birmania, Afganistán y Pakistán serían hoy los grandes proveedores ilegales de Asia, y la India el mayor proveedor legal, para usos médicos. 

Frontera del asombro

Voy rumbo a Chiang Rai, una ciudad en el corazón del Triángulo de Oro, cuyos alrededores fueron el reino de la amapola, y al cual llegaron las mujeres de cuello largo. Por la droga, esta ciudad fue considerada insegura en tiempos tan recientes como el año  2010. Acompañado por un hombre tai que se hace llamar Dou-Gla, conductor experimentado, bien informado, de boca sin sonrisas y rostro sin edad, avanzo en un vehículo macizo por el territorio de Tailandia. Vamos bordeando la frontera con el estado birmano de Shan, donde el poder de los militares irregulares y de los traficantes de drogas se juntan en una sola cabeza, “para financiar la guerra patriótica”. La meta “patriótica”  que anuncian es independizarse de Birmania, pero nadie podría asegurar que detrás no esté sólo el millonario comercio de drogas y sus derivados. 

Se sabe que a través de la porosa frontera por la cual transitamos, pasan el opio, la heroína y la morfina, que llegan a Estados Unidos y a otras potencias. Hasta hace poco tiempo, la línea divisoria entre Tailandia y Birmania había sido borrada y un área de  cientos de kilómetros era territorio narco, liderado por militares del Partido Nacionalista de China (Kuomintang), que desde aquí hacían incursiones armadas para combatir al régimen de Mao. En 1962, el reino de Tailandia les había entregado tierras fronterizas con Birmania para fundar una ciudad, y les otorgó –nada menos—que el derecho a cobrar impuestos a los productores de opio y supervisar los cultivos de amapolas. A cambio, esos militares nacionalistas debían impedir el surgimiento en estas colinas de guerrillas al estilo chino, vietnamita o castrista. La ciudad creada por ellos se llama Mae Salong, que tiene casas de bambú al estilo chino, exquisito té, tribus Akha en el vecindario y hoteles sencillos muy bien atendidos.

Cuando ese ejército extranjero se convirtió en narco-mafia, Estados Unidos presionó a Tailandia para que lo expulsara del territorio. Ahora actúa en Birmania, justamente al otro lado de la frontera por la cual avanzamos. Dou-Gla no le quita el ojo a cualquier cosa que se mueva detrás de esos cerros y selvas, aunque el área ha estado tranquila en los últimos meses, me asegura. El fin de la larga dictadura birmana en 2011 hizo posible un acuerdo de alto al fuego entre el gobierno y los narcomilitares separatistas. Ese pacto, sin embargo, “lo respeta el Presidente,  pero no el ejército”. Por eso, en estos meses de 2012 se registran unos 60 incidentes con armas potentes. Estados Unidos está preocupado, me dice Dou-Gla, y por eso Barak Obama a mediados de septiembre recibió en la Casa Blanca a Suu Kyi, la líder de oposición birmana y Premio Nobel de la Paz, que ha pasado 15 de los últimos 21 años privada de libertad. “Será el próximo presidente de Myanmar”, se dijo en Washington.    

El caso birmano no sólo interesa a Estados Unidos. También a la gente de Tailandia, como al propio Dou-Gla, que hasta descuida el volante cuando habla del tema. Sus ojos se le hacen una línea al contarme de la película estadounidense American Gangster, uno de cuyosprotagonistas es famoso en estos países: Khun Sa, chino de madre birmana, señor de la guerra y, por mucho tiempo, rey del opio en el Triángulo de Oro. Empezó su historial de crimenes justamente en el territorio que Tailandia le cedió a los militares chinos enemigos de Mao. En la cinta lo interpreta Ric Young, uno de los actores que trabajó con Steven Spielberg y George Lucas en Indiana Jones.El temido Khun Sa aparece cual Rambo en Vietnam disparando con su Thompson. Mi acompañante alarga un brazo y me dice con un gesto ambiguo: “Estas eran sus tierras. Ya es una leyenda, aunque murió hace apenas cinco años”.

Naturalmente, al morir dejó herederos y no lucen menos bravos que él.

Mujeres jirafa

Las primeras casas de Chiang Rai aparecen detrás de una larga curva. Dou-Gla insiste en que debemos pernoctar en un hotel de las afueras, bastante mediocre, porque el Centro, según él, tiene mucha bulla y un tránsito caótico. Su argumento me parece poco creible, y de golpe se me hace sospechosa una ciudad que oficialmente fue considerada insegura sólo hasta el 2010.   

Empeora la cosa, pensaría Mafalda.

De madrugada, sin detenernos en el centro de Chiang Mai, salimos en busca de algunas Tribus de las Colinas. Es como recorrer la mitad de Asia campesina en pocas horas, pues esas tribus provienen de China, del Tibet, de Laos, de Birmania. En dos a tres días, subiendo y bajando cerros, a veces hasta los 2 mil metros, esperamos llegar a algunas comunidades que viven ocultas en las montañas. Muchas quedarán en el misterio, ya que para contactarlas se necesitan muchas horas de caminata o cabalgatas por caminos imposibles en el lomo de alguno de los 40 mil elefantes que quedan en Tailandia. 

Cada una de las tribus conserva muy puras sus costumbres ancestrales, sus vestimentas, sus ritos espiritistas, su música, su forma de vivir y morir. No se mezclan en matrimonio ni viven en los mismos lugares, salvo por razones de trabajo. Son tan distintos entre ellos como los araucanos de los aimaras, y los alacalufes de los rapa nui, pero es necesario avanzar muy poco desde Chiang Mai para ver a unos y otros, para asombrarse con la belleza y riqueza de sus trajes y adornos, de sus creencias y hábitos sexuales (tema que abordaremos en otra oportunidad, cuando hablaremos de los Akha y los Lisu, los Laos y los Yao, los Karen y los Hmong).

Ahora vamos por lo que nos trajo hasta aquí: las mujeres cuello de jirafa.  Suman apenas unos mil individuos, llegados hace pocos años desde Shan, Birmania, huyendo del gobierno y de los militares del opio. Se han convertido en una enorme atracción para los viajeros, que por décadas no pudieron visitarlas en Birmania, país inseguro, de  fronteras semi cerradas, guerras tribales y traficantes de todo.  

Las mujeres de cuello largo habitan hoy en colinas que, gracias al conocimiento de Dou-Gla, nos han resultado de acceso relativamente fácil. A media hora de Chiang Mai vive un grupo, en un área multitribal, donde los hombres cultivan la tierra con sus búfalos de agua en medio de bosques recién talados, y las mujeres hacen y venden artesanías. Sus primitivas casas de madera y bambú, sobre pilotes, y cubierta vegetal, se reparten por la aldea sin un orden que podamos entender. No existen calles. Alcanzamos a fotografiar el alboroto de una escuela. Las mujeres caminan erguidas, sonríen con naturalidad, no acosan al turista que quiere comprar y hasta las más lindas se dejan fotografiar sin estirar la mano.

Estas mujeres, llamadas padaung por los birmanos, pertenecen a las tribus Kayán o Karen. Su fama universal les llegó porque llevan muchas generaciones usando gruesas espirales de cobre alrededor del cuello, que pueden pesar cinco kilos. Sus cabezas parecen muy alejadas del resto del cuerpo. Como el peso de la espiral les hunde paulatinamente clavículas y costillas, el cuello parece haber crecido varios centímetros. Ellas consideran este adorno como algo propio, y dicen que terminan acostumbrándose a las molestias iniciales hasta llegar a no sentir incomodidad alguna. Saben que las espirales les dan una llamativa distinción social. Pero es todo lo que saben sobre las espirales. Como su pueblo no tiene historia escrita, verdaderamente ignoran cuál es el origen remoto de esta costumbre, que puede venir de la época en que sus antepasados chinos vivían en Mongolia y el desierto de Gobi. Pero la falta de información confiable no les impide desmentir cada una de las teorías que repite o inventa la prensa. La tejedora Zoya Kaun, una de las mayores de la aldea, llegada desde Birmania hace 12 años, dice lo más sensato: 

Usamos las espirales porque nos queremos ver bonitas como nuestras madres y nuestras abuelas. Eso es todo. También nos parecen elegantes y les gustan a casi todos los hombres. Muchas de nuestras hermanas pasan toda la vida sin usarlos. O deciden eliminarlos. La verdad es que nadie nos obliga a nada.

A veces deben sacarse la espiral para someterse a algún examen médico que no tolere el metal en el cuerpo, o cuando deben cambiarla por otra de más vueltas, lo que ocurre cada cuatro o cinco años.

–¿Es difícil ponerlas?

— No. Pero exige una hora de trabajo más o menos. Hay que estirar la espiral para enancharla y permitir que pase por la cabeza. Para volver a ponerla, debe ser enrollada nuevamente en el cuello, y ajustarla. Es más largo el trabajo de ponerlas. Cuando nos aliviamos del peso de la espiral, algunas sentimos mareo. Nos cuesta unos minutos equilibrarnos al caminar y, a veces, es difícil sujetar la cabeza. Debemos hacer ejercicio para fortalecer la musculatura del cuello. Eso lo sabemos desde niñas.

Zoya Kaun niega que mantengan esta costumbre sólo para atraer turistas. Admite que en algunas de sus aldeas piden una colaboración voluntaria al ingreso, dinero que les permite enfrentar mejor sus apreturas de refugiadas. Alejan así cualquier tentación de recurrir a las drogas para sobrevivir, como ha ocurrido por décadas con otras tribus.

Reyes están de vuelta

Las “colaboraciones” de los turistas a las tribus no son mal miradas por la familia real, me dice Dou-Gla, cuando vamos camino a Doi Tung, zona cerca del río Mekong, un hervidero de opio hasta hace pocos años. La propia abuela del actual monarca, se instaló en esta región a fines del siglo XX para encabezar una penetrante campaña contra la producción de drogas entre las tribus. Promovió el turismo a las comunidades, la introducción de otros cultivos rentables y replantación de bosques en tierras empobrecidas. La abuela real creó en Chiang Saen, cerca de Doi Tung, un interactivo o Museo del Opio en que invirtió 10 millones de dólares. En esta zona, la gente vivía de las drogas. Ahí instaló una sobria residencia real de verano, en medio de una ronda de jardines. Luego hizo desaparecer una vecina aldea de cultivadores clandestinos, habitada por una tribu Akha, y en su lugar creó un enorme parque público, con flores y arbustos europeos, que ahora lleva su nombre: Mae Fah Luang Garden.

Instalado en una extensa ladera, a 1.500 metros de altura, este jardín es realmente deslumbrante, con atmósfera de paisaje naïf. Pero Dou-Gla me advierte: algunos Akha trabajan en este lugar, pero no se sabe si todos los desplazados de Doi Tung abandonaron su costumbre de producir opio. “Imposible saberlo. Los hábitos de cultivo no se cambian de la noche a la mañana, y menos la costumbre de ganar plata fácil. Hay muchas colinas en estas provincias, hay muchos rincones…”.

Oscilando entre las ganas de creer y no creer, sigo hasta el pueblo donde termina Tailandia, Mae Sai, donde estoy ahora. Aquí basta atravesar un breve puente para entrar caminando a Birmania. Y un bote a motor puede llevarnos a Laos en unos minutos. Dejando el pasaporte en manos dela policía Birmana se recibe  rápidamente un salvoconducto, que permite penetrar unos 150 kilómetros en el territorio de Myanmar. La mayoría, sin embargo, sólo atraviesa el puente para visitar Tachiliek, en la otra orilla,  un pueblo-mercado igual al de Tailandia, con gente idéntica, porque los comerciantes de Mae Sai son casi todos birmanos…

A pocos minutos de esta triple frontera, siempre a orillas del río Mekong, existe un punto clave para poder abarcar con una sola mirada los tres países que forman el famoso Triángulo de Oro. Se llama Ban Sop Ruak. Todo lo que vemos tiene el color del oro. Varias figuras de serpientes, la cúpula de un edificio que se levanta al otro lado del río (territorio de Laos), dos elefantes robustos con incrustaciones doradas, y un Buda refulgente que parece tan grande como la Virgen del San Cristóbal. Sentado en posición de loto, medita, con las manos en su posición clásica: la derecha hacia el suelo y la izquierda con la palma abierta sobre sus piernas. La tradición dice que Buda enfrentó así a un ser maligno que, hace 2.500 años, le amenazaba con lo peor: negarle el derecho al pedazo de tierra sobre el que estaba sentado.  

Algo así le está ocurriendo a la gente de Laos en el 2012. Quizá deberían sentarse en la posición del Buda, antes que sea demasiado tarde, y enfrentar a ese ser maligno,  dios de la destrucción, señor de la ilusión, líder de los demonios. Es que el territorio de Laos empieza a ser entregado casi como ofrenda a la vecina China y sus poderosas empresas. El edificio con cúpula dorada que domina al otro lado del Mekong es parte de un territorio de 100 kilómetros cuadrados que Laos cedió en arriendo, hace poco, por 99 años. Nació así un país sin bandera llamado Zona Económica Especial del Triángulo de Oro, tal como se lee en letras rojas al pie del edificio de ingreso, sobre el puerto del río.  El beneficiado con el arriendo es un empresario chino, Zhao Wei, quien acaba de terminar allí un casino estilo Las Vegas y hoteles de super lujo, y tiene proyectado construir una ciudad para 200.000 personas. Aunque Laos es un país comunista que no hace mucho abolió la monarquía, ahora lo que sobresale es una corona real, una descomunal corona instalada sobre los techos de la sala de juegos.

El casino se llama Kings Romans. Tiene una hilera de emperadores romanos en su frontis, y muchos prostíbulos en la Calle del Comercio. Doug-Gla sonríe. “He escuchado que abre 25 horas al día los 366 días del año”.  Cuenta que ya tiene un campo de tiro para disparar con rifles rusos AK-47, al mejor estilo guerra fría. La misma guerra fría que se calentó con la guerra de Vietnam, período en que Laos sufrió más castigo aéreo que ningún país conocido: aviones de EE.UU llevaron a cabo más de 580 mil misiones y arrojaron más de 250 millones de bombas de racimo en un territorio que  tiene el tamaño de un tercio de Chile. ¡Media tonelada de explosivos por habitante!

Dou-Gla deja de sonreír. Habla del magnate chino de este país sin bandera: “Tiene conexiones con un casino de Birmania financiado por el opio, que se levanta en el ex caserío de Mong La, frente a China”. Tres horas demora el viaje desde aquí. Se sabe que está controlado por la única mujer del Sudeste Asiático que fue capo de la droga, Minxia Ling. Ahora parece que ella se esconde en la Zona Económica Especial del Triángulo de Oro.

A su casino llegan principalmente chinos comunistas y consumistas a disfrutar de la ruleta y las tragaperras. También les gusta el cabaret animado por travestis tailandeses, y participan del comercio sexual y del blanqueo de dinero. Muchos oficiales del Ejército Popular de Liberación perdieron fortunas en el juego, tanto que el gobierno de Beijing presionó para que el casino dejara de funcionar. Estuvo cerrado algunos meses, porque la luz con que funcionan las tragaperras se la vende China. Hoy el negocio florece otra vez. Y hay una novedad: se multiplica el tráfico ilegal de vida silvestre. Nada se salva. Y la droga, aunque goza de buena salud, se hace la muerta. Juega con cartas marcadas. Y lo peor: parece que el empeoramiento empieza a empeorar.

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