Sumergidos en el mundo masai

Sumergidos en el mundo masai

Equipo de Revista del Domingo sufrió en carne propia la agresividad célebre de este pueblo vencido por la paz, pero pudo conocer también sus valores singulares que lo convirtieron en los espartanos negros. Viven vagando en el África Oriental y añorando la época en que nadie osaba cruzar sus fronteras.

En fracción de segundo -como ataca la cobra amenazada- la mujer mete una mano bajo sus ropas y saca un cuchillo descomunal. Mira a mi acompañante, que intenta fotografiarla desde lejos, lanza unos gritos ancestrales y embiste. Choca contra la gente, tropieza en unos canastos, cae al suelo, se incorpora como si las piedras del suelo ardieran y llevando el cuchillo en alto sigue su búsqueda, enceguecida.

Jorge Iniszewski, el fotógrafo, la ve venir, arrea con sus cámaras, y trata de ocultarse entre la gente. La mujer lo persigue sin dejar de proferir palabras extrañas (ciertamente tienen que ver con algún pariente cercano) y finalmente lo enfrenta. Blandiendo el cuchillo gesticula, sin control. Providencialmente, aparece un guardia -¡el primero que vemos en varios días!- y se interpone entre ella y el fotógrafo.

Carcajadas y gritos de censura se mezclan con el bullicio del mercado. Para la mayoría de los hombres que venden y compran en este suburbio de Dar Es Salaam, el incidente resulta de lo más gracioso.

¿Nadie les ha dicho que las mujeres masáis son más feroces que los hombres? ¿Nadie les dijo nada? -me pregunta con tono de advertencia un comerciante hindú.

-Nadie…

Esa agresiva mujer que vendía hierbas medicinales (los masáis llegan a viejos y se han ganado fama de buenos curanderos) no había logrado darle su medicina fatal al fotógrafo, pero al menos nos recetó una buena dosis de prudencia.

Y de curiosidad.

GUERREROS EN MI CEREBRO

Ese día, de sopetón, descubrimos al pueblo masai. Desde entonces he hecho dos viajes por sus dominios. Dos viajes que me dejaron inquieto. Inquieto porque  estos africanos que dieron al europeo la imagen ideal del “noble salvaje” se han quedado desde entonces a habitar en mi cerebro, recorriéndolo con sus trancos flexibles, su altiva mirada negra, sus olores extraños y sus voces tan oscuras como su piel. Me dejaron inquieto, también, porque al hablar con ellos se me hizo más fuerte la impresión de que si bien los hombres somos todos del mismo barro, no todos hemos sido hechos con el mismo molde.

El hombre masai, aunque se parece a otros pueblos que tienen sus raíces remotas en el Nilo, ha logrado ser distinto por muchos siglos. Aún hoy mantiene cerrada la puerta de sus chozas rústicas para no dejar pasar el tiempo y los hijos siguen las costumbres de los padres como el hilo sigue a la aguja.

No hubo guerreros más temidos en el África Oriental durante varios cientos de años. Ni hubo pastores más tenaces. Al visitarlos hoy día -en Tanzania, en Kenia- apenas logran ocultar un hecho: de esa ferocidad, de ese amor por la libertad de los pastizales, sólo quedan escombros. La civilización los tiene condenados a muerte y ellos… lo intuyen.

Una lanza no yerra cuando el hombre está condenado a morir- me dice sin inmutarse el jefe de una comunidad tanzania, fatalista como casi todo ser tribal.

En los siguientes contactos con ellos no me ha vuelto a remecer su adormecida agresividad, aunque a veces tras la cortesía se hayan adivinado nubarrones. Lo que me ha estremecido es ese fatalismo que los devora. Y sus costumbres, casi intactas, que parecen siempre una provocación a las costumbres nuestras.  

De tales cosas he querido hablar desde que los conocí. Por eso digo que los masáis se han quedado a habitar en mi cerebro aguardando el día en que pudiesen invadir

estas páginas con sus lanzas, sus mantos color ocre, sus collares de arco iris, sus rebaños y esas moscas que recorren siempre sus cuerpos provocando escalofríos a quienes se les acercan.

PUEBLO ELEGIDO

Por primera vez estoy cara a cara con un jefe masai. En un inglés titubeante conversamos bajo su choza, que parece un horno de barro de nuestra zona central, pero más alargado y alto. Pieles de vaca en el suelo nos sirven de asiento. La penumbra casi completa (¡no conocen las ventanas!) apenas deja ver más allá de la nariz. Un olor a guano seco domina todo, pues la choza ha sido construida con unas varillas flexibles recubiertas con excrementos de vaca y barro.

-¿Por qué no cultivan el maíz o el trigo, como otros masáis?—le pregunto al jefe de la comunidad.

Me mira de modo extraño. Parece decir: “Los peludos (así llaman a los blancos) siempre preguntan lo mismo. Siempre lo mismo”.

-¿Por qué?, señor ¿Por qué no tienen cultivos?
Ningún masai, señor, cultiva la tierra. Nosotros somos los dueños de los rebaños que hay en la Tierra y debemos cuidar de ellos. Conservarlos, aumentarlos.
-Pero otros masáis cultivan la tierra, señor.
No los verdaderos masáis, señor. Eso es indigno. El masai no cultiva. El masai no caza para comer. Nuestro dios nos dio los rebaños.
-Pero otros hombres también tiene rebaños, señor.
-Esos rebaños son nuestros. Pueden tenerlos mientras nosotros no les exijamos que los devuelvan.
-¿Todos son de ustedes?
¡Todos!

BEBER EN MASA!

Así ocurre aquí, en las laderas del Kilimanjaro, en Kenia, donde Atole Kintawa, este jefe de uno de los 25 clanes que habitan los 100 kilómetros cuadrados que aún le quedan al pueblo masai, responde sin titubeos. Y así ocurre también cerca de Ngorongoro, en suelo de Tanzania. Entramos a otra comunidad de este “pueblo elegido”. Una veintena de chozas, llamadas bomas, rodeadas de un cerco hecho con plantas espinosas para protegerse de las fieras, se me abren después que el jefe recibe varias monedas sin gran valor para nosotros, pero que ellos codician para coleccionarlas.

Varios muchachos esbeltos y semidesnudos tienen amarrado un novillo al tronco de un árbol. Con un cuchillo ya han perforado la yugular del animal y reciben la sangre en una vasija. Lo vienen haciendo así desde hace siglos. Sacan lo suficiente como para no debilitar al animal y en seguida cubren el agujero con guano.

-¿Quiere beber?
-…Gracias… Este…, mi religión me lo prohíbe.
-¿Se lo prohíbe?
-Me lo prohíbe.
– ¿Leche? ¿Puede beber leche?
No hay escapatoria.
-Sí, sí, gracias.

¡Varios tiritones! Después me entero por qué esa leche parece cortada y tiene sabor extraño. Lo cuenta Ole Sankan, un culto masai keniano que vive en Nairobi:

-Los pastores siempre mezclan la leche con la orina del animal…: Uno se acostumbra.

Desde entonces “mi religión” me prohíbe beber cualquier líquido en territorio masai. El agua, casi siempre putrefacta, escasea como el oro. Por eso el pastor rara vez toma un baño. Siempre se “limpia” el cuerpo y la cara con grasa animal ¡y se engomina con guano! Niños y adultos -¡tantas mujeres de sonrisa fresca y ojos incisivos!- conviven naturalmente con las moscas que llegan a sus cuerpos atraídas por la grasa. Sobre la cabeza, en la comisura de los labios, en el extremo de los ojos, junto a la nariz, las moscas sé detienen como si hubiesen hecho un apasionante descubrimiento. Nadie las espanta. ¡Pican las manos! Hasta los rostros infantiles más hermosos invitan al darles con el matamoscas.

IMPERIO VENCIDO

Pero estos hombres no sólo por fuera son tan violentamente distintos a otros. Por dentro -y aquí en el sentido positivo- amasan por siglos una dignidad ejemplar. De ellos parece ser cierta frase tremenda: “Un campesino de pie es más grande que un noble arrodillado”.

Entre ellos no hay lugar para el rastrero; tampoco para el extraño que intenta engañarlos:

La confianza es buena, señor, pero la desconfianza es más segura —me dice un profesor de Arusha, nacido masai y pobre, pero más tieso que pan añejo, en cuya casa paterna es evidente que el hambre atravesó las paredes.

Y es que todos los individuos de este pueblo -incluso los que ya optaron por convertirse en agricultores, en pescadores, en comerciantes- conocen de sobra la historia que los llevó a dominar grandes territorios del África Oriental. En su apogeo el país masai equivalía en tamaño al trozo de Chile que va desde Santiago a Copiapó. Cuando fueron dominados por los ingleses en 1895, ellos mismos se habían suicidado en largas guerras civiles; y el cólera, y la viruela y algunos males que atacaron al rebaño, disminuyeron sus fuerzas hasta dejarlos casi indefensos.

De otro modo el pequeño imperio masai tal vez habría extendido sus fronteras hasta los dos extremos del arco iris. El morán -guerrero de esta raza- hizo temblar  a grandes combatientes árabes y occidentales, y a los africanos kikuyus, organizadores de los temidos mau-mau. Nadie se atrevió, por siglos, a incursionar por territorio masai.

A la llegada del europeo estaban castrados psicológicamente.

-¿Por qué no ofrecieron mayor resistencia?

Nuestros sabios videntes nos habían anunciado la llegada del blanco. Y tenían razón. Llegaron. También dijeron que el blanco vendría por un tiempo y luego se iría. Y tenían razón. Se han ido. Pero tardaron mucho más de lo esperado. Y todavía quedan algunos. Por eso los masáis en su mayoría no combatieron. Estaba escrito que vendría el blanco y como había disputa entre hermanos, algunos se aliaron con los británicos y dios nos castigó.

Este profesor de Arusha -“tieso como pan añejo”- recibió un nombre inglés, James, que suena extraño con su apellido aborigen, Kingi, pero a su hijo lo ha bautizado Likambu.


Likambu Kingi es un niño que tal vez no alcanzará a conocer los escudos hechos con piel de búfalo que aún guardan algunos viejos guerreros.

Los tenemos escondidos, señor. El gobierno prohíbe usar escudos a los masáis. Sólo una lanza para defenderse de los animales salvajes. Dicen: “Hay que civilizar a los masais”. Y siempre los masáis tuvieron su cultura, protegieron la tierra, mataron sólo por necesidad. Ahora los llevan a la guerra con la Uganda de Idi Amín, sin necesidad. A matar sin necesidad. Y los políticos están agrupando a los masáis, destruyendo la tierra, protegiendo a los elefantes, cuyas manadas aumentan cada día y rompen el equilibrio de la naturaleza. El masai es más civilizado, ¿no le parece?

-Me parece.

EL AMOR Y LA MUJER

Extraña resulta para nosotros la civilización masai en lo que respecta a las costumbres sociales y hábitos sexuales.No es extraña por la poligamia, desde luego, que existe en todo el mundo, en forma abierta o encubierta. Tampoco por la práctica de la circuncisión, tan vieja como nuestra cultura.

Es extraña porque este pueblo jamás practicó la esclavitud. Es extraña porque cualquier hombre masai que resulte incapaz de engendrar un hijo acepta que otros engendren “sus” hijos en las esposas que ha escogido y nadie sino él reclama paternidad de tales criaturas. Es extraña porque (como ocurre también entre los esquimales), el varón comparte a sus esposas con visitantes y hermanos de tribu, siempre que ellas acepten libremente dicha relación…

Hay, en suma, una sorprendente libertad sexual, que nada tiene que ver con la prostitución. Sin embargo, el matrimonio efectuado formalmente es indisoluble; sólo ciertas uniones informales pueden romperse previa devolución de la dote recibida.

Contrariamente a lo que muchos civilizados suponen de los pueblos en otro estado de desarrollo, los masáis respetan a la mujer más que muchos blancos.

Ole Sankan explica:

Es tan raro que un varón mate a una mujer que nuestros códigos ni siquiera contemplan penas. En caso de muerte accidental, para evitar que una maldición caiga sobre el hombre y su familia, éste debe pagar 48 o 28 ovejas, que se encargan de cobrar el padre, los hermanos u otros parientes de la víctima. Si un hombre golpea a su esposa, las otras mujeres llegan en su ayuda con garrotes y otras armas, y siempre el varón opta por ocultarse. Entonces las mujeres golpearán su ganado y matarán algunos animales para comerlos. Pero si la mujer que se ha casado formalmente decide abandonar el hogar, la tribu le prohíbe contraer matrimonio por segunda vez.

Con orgullo, un viejo masai de Kenia relata la muerte de unos 700 árabes y kikuyus que intentaron violentar a dos mujeres masáis a fines del siglo pasado. Esos hombres formaban parte de una caravana y habían sido atendidos con cordialidad por los varones y mujeres de una tribu.

Siempre acogíamos a las caravanas, pero ellos debían respetarnos. Aquella vez, según contaba mi madre, algunos jefes de los visitantes trataron de forzar la entrega de las jóvenes más hermosas, ¡para divertirse! Como no entendieran de razones, y comenzaran a disparar, la mitad de los 1.400 miembros de la caravana fueron aniquilados en algunas horas. Otros quedaron muy heridos…

PUEBLO DESGRANADO

Han pasado más de 80 años desde entonces y las diferencias entre masáis y kikuyus se hacen cada vez menos perceptibles. Unidos ante el adversario común, el blanco, se han ido fundiendo. Gran parte de lo que hoy es el pueblo de Kenia proviene de esos dos troncos altivos y guerreros. Y muchos masáis que vivían en Tanzania han emigrado a Kenia para impedir que el gobierno socialista de Tanzania los obligue a “civilizarse”.

¿Cuántos son los masáis?

Nadie lo sabe con certeza. Varios cientos de miles llevan la sangre, pero los que conservan sus tradiciones apenas alcanzan a unas decenas de miles. Y se encuentran fuertemente mezclados por la notable tendencia que tienen a aceptar -dentro de sus normas- a cualquier no masai que desee incorporarse a las tribus. Antiguamente eran en su mayor parte prisioneros de guerra y mujeres capturadas. Todos ellos se convertían en hermanos y no en esclavos. Las mujeres kikuyus son cada día más cotizadas por el masai, que prefiere a la mujer hacendosa que a la hacendada.

Hasta hace 25 años existía solo una escuela de enseñanza media en todo el territorio masai. Muy pocos pudieron entonces acceder a la cultura blanca y al gobierno. Hoy en ambos países existen algunos ministros de esta etnia y cada día aumentan los jóvenes que cambiaron la larga vara del pastor por un título universitario o la pluma del burócrata. La mayoría, sin embargo, se ha quedado en la agricultura o en la crianza dé vacunos, en forma sedentaria.

ESPERANDO AL VIENTO

Quienes aún viven como hace siglos, errantes con sus ganados, son los menos y los más tenaces. Les duele la traición de sus otros hermanos. Y como “las penas no matan, pero rematan”, ven el futuro con preocupación. Los más recalcitrantes piensan, sin embargo, que quienes abandonaron la vida pastoril lo han hecho temporalmente y volverán a arrear sus vacas gibosas.

Algún día cambiará el viento– me dice un antiguo guerrero en lenguaje casi poético-. Nadie es tan inteligente como para no ser engañado alguna vez. Muchos han sido engañados. Pero mientras uno está vivo, el hogar nunca está demasiado lejos, y algún día los que se han ido volverán. El Dios del cielo nos encargó cuidar los rebaños de la Tierra y Él reunirá al pueblo masai que está disperso. Será nuestro pastor.

Y el viejo se despide y cierra la puerta de espino de su boma para no dejar pasar el tiempo.

Abandono el pueblo keniano de Narok y en el camino paso junto a la Estación Rastreadora de Satélites, situada en el corazón del país masai. Cerca de allí -su rebaño inquieto- un pastor mira al ciclo… Algún día cambiará el viento.

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