Sao Paulo | Del cielo a la tierra

Sao Paulo
Del cielo a la tierra

A bordo de un helicóptero identificamos sus barrios bohemios, sus parques, sus calles de fashion y fashionistas, y recorriéndola paso a paso vimos sus exhibiciones y restaurantes notables, que la tienen convertida en una de las ciudades más entretenidas del mundo. Por estos días comienza su siempre rupturista Semana de la Moda. Y el 1 de marzo inician su desfile las escolas de samba, en su propio sambódromo, dando partida al sensual Carnaval de Sao Paulo.

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE SAO PAULO

Cuando visité Sao Paulo por primera vez supe que sería justo quitarle la máscara. No es verdad que sea sólo un gigante obsesionado con el trabajo y los negocios, o un neurótico  insoportable y no siempre seguro. Se diría que el que piensa así nunca la ha terminado de conocer. Sao Paulo es ciudad divertida, buena para el samba y el carrete, que hasta de sus museos y parques hace una fiesta de placer y sorpresas, como muy pocas grandes ciudades del planeta.

Hay muchos que ven en la puerta de salida la pieza más esperada de los museos. Eso no ocurre, ni de lejos, en Sao Paulo. Tiene 90 museos, algunos realmente extraordinarios, donde dan pocas ganas de entrar y luego pocos deseos de salir. Son alegres, modernos, creativos. Algunos muy respetuosos de la arquitectura histórica que los acoge. Se nota que crece la conciencia histórica en la ciudad, la admiración por su propia cultura, y ese amor se puede advertir en el perfecto cuidado de cada detalle que caracteriza al paulistano (paulistano y no paulista, porque alguien nos ha precisado que son paulistas todos los habitantes del Estado de Sao Paulo, y paulistanos los que sólo  habitan la ciudad de Sao Paulo).

También es un poco de envidia la que produce el urbanismo de Sao Paulo, aunque el negocio inmobiliario suele no respetar las ordenanzas vigentes. Mientras lo recorremos nos vamos preguntando.  ¿Y si en Santiago se destinara más espacio a parques y museos en lugar de hacer esfuerzos por seguir siendo el campeón latinoamericano de los malls y supermercados? ¿Si el alcalde respetara, por ejemplo, el Parque Araucano –vecino del Parque Arauco– sin poner en él oficinas municipales, estacionamientos  ni subterráneos de comercio, que amenazan a los árboles y la paz? Cuando caminamos por Sao Paulo se produce algo que tiene mucho significado: no podemos evitar mirarnos a nosotros mismos, llenándonos de ideas nuevas, y también de preguntas incómodas. Eso significa que hemos llegado a una gran ciudad. Aunque sus largos tacos de vehículos son su problema mayor, se pueden eludir escogiendo bien las horas y las rutas y medios para desplazarse. Incluso un helicóptero, como hacen los ejecutivos.

No sólo ha creado museos admirables y parques ejemplares. Tiene las tiendas más elegantes y es capital del mejor vestir en Latinoamérica. Por eso celebra la fiesta mayor de la moda dos veces al año, la Sao Paulo Fashion Week, que los enterados llaman por sus siglas: SPFW. En enero 2019, durante la edición 47, se podrá ver lo que se usará el próximo invierno, en una de las Semanas de la Moda más importantes del planeta. La novedad de este año es que la SPFW se mudó de escenario, y después de varias décadas se ha instalado en el enorme galpón de una industria metalúrgica de Villa Leopoldina, en el Oeste. Este es un antiguo barrio industrial que se está llenando de condominios verticales, elegantes y herméticos.

ARCA es el nombre que le han puesto al nuevo espacio, nos dice Paulo Borges, fundador y “diretor criativo” de SPFW, evento que antes tuvo domicilio en el parque Ibirapuera. Ahora, desde Villa Leopoldina sus remezones en diseño multiplicarán las réplicas en el continente, empezando por Jardins. Jardins, el barrio de nariz más respingada de Sao Paulo, llega a su apogeo en sus diez calles de la arteria comercial Oscar Freire, donde lo fashion y lo fashionista lo son todo.

Mal haríamos al hablar de Sao Paulo sin explorar bien el barrio Jardins.

El barrio de las dondocas

“Recorrer las calles del barrio Jardins es fácil, pero vivir en él es casi imposible, salvo que usted sea rico, bello, elegante, sofisticado y tal vez culto”, me desalentó el piloto del helicóptero sobre el cual sobrevolamos los barrios centrales de la ciudad. Abordamos nuestro taxi aéreo en Campo de Marte, barrio de Santana, al lado del monumental Holiday Inn. Desde la altura, el barrio Jardins resulta inconfundible. Parece Ñuñoa, Providencia o El Golf cuando no habían sido tragados por los edificios de altura. Nacida en las primeras décadas del siglo XX como una británica ciudad-jardín, hoy parece una ciudad-pasarela, en que la gente se dedica a comprar y a lucir. A sólo 20 cuadras del Centro, algo venido a menos, Jardins representa todo lo opuesto. Tiene lo mejor en ropa, comida fusión, galerías de arte, anticuarios, shows de moda.

Si ubicáramos Jardins sobre el plano de Santiago, ocuparía menos espacio que el área que va desde Plaza Italia hasta la Norte-Sur, y del Mapocho a la Alameda. En él podemos bailar dentro de una tienda de ropa o ir de compras de lujo en lo que desde fuera parece un restaurante. Por eso, las 60 manzanas de los Jardins no son una simple anécdota en una ciudad  con casi 13 millones de habitantes. El refinamiento alcanza la máxima expresión, como si camináramos por la Quinta Avenida o los Campos Elíseos al recorrer la rua Oscar Freire. Al bahiano Oscar Freire seguramente le incomoda, en su tumba, esta vocación elitista  de la calle con que se le quiso homenajear. No fue un diseñador de tejidos fluidos ni de camiseros cubiertos de gasa. Sólo sabía de gasas ocupadas en la medicina legal. Se le respetó como catedrático.

Dondocas o patricinhas, ricas, elegantes y sin ocupación conocida, la tribu urbana más selecta, recorre Oscar Freire, entre las calles Reboucas y Nove de Julho. “Amables aves, de precioso plumaje”, es una definición envenenada que quizá les resbale.  Pasan castigando el empedrado con sus taconazos, luciendo sus cinturas diminutas. Algunas van con sus mascotas. Otras se dejan acompañar por varones que por alguna razón se ven muy anchos y tiesos de cogote (tal vez la abundancia de testosterona los hace sentirse mejor de lo que son). Desde la distancia se parecen a aquellos caballeros elegantes con infinito tiempo libre que los europeos de entreguerras llamaban “café society”, y que terminarían llamados jet set.

Toda dondoca suele entrar a al shopping center Cidade Jardim, el mejor de todos –dicen–, pero evitará acercarse a la vecina Avenida Paulista, una colmena humana con muchos edificios que han envejecido mal. Uno de sus críticos dice que  “ella amenaza hasta a los que viven en los Jardins. Cuando necesitan venir al Centro tienen que pasar por ella. Y ¿qué hacer? ¿Cerrar los ojos?”. Los pesimistas de primera selección piensan que por su declinante calidad de vida la Avenida Paulista parece estar entregado el trono de arteria financiera a la Avenida Berrini, del céntrico barrio Brooklin. Desde el helicóptero vemos a Brooklin como un erizo high-tech de concreto y cristal.

Pero la Paulista no se rinde. Hoy en su sector del distrito de Consolação luce una de sus grandes novedades en arquitectura y arte. Se trata de un edificio transparente que parece levitar, como aparición luminosa, a 15 metros de altura, junto a edificios rotundos, pegados al suelo. Es la sede del Instituto Moreira Salles, IMS, en el número 2424, que ya tiene acostumbrados a los paulitanos y turistas  a visitar sus presentaciones de música, teatro,  fotografía, cine  y otras artes visuales trasgresoras. Este año fue acogida la obra Desobediencia, sobre lesbianismo en una atmósfera marcada por una sinagoga ortodoxa, cinta dirigida por el chileno Sebastián Lelio, el mismo de Una mujer fantástica. Por las salas de instituto también andan los remotos herederos de la irreverencia dadaísta, del ímpetu futurista y la fantasía surrealista. Gracias a ellos, la Av. Paulista logra desvanecer ciertas arrugas transversales de vejez que le ha estado provocando la miopía del negocio inmobiliario.

Para animarla, ahora los domingos la Paulista pertenece sólo a ciclistas y caminantes. Ellos  pueden disfrutar del museo de arte MASP; del Parque Siqueira Ramos; del Cinema de Reserva Cultural, de muchos cafés y restaurantes, y de la gran Livraria Cultural, que los recibe con un letrero desafiante: “Se você acha que a leitura é cara, faça a prova com a ignorancia”…Si usted cree que la lectura es cara, haga la prueba con la ignorancia.

Japón sin geishas

Sao Paulo suele decepcionar a viajeros apresurados que tienen poco que ver con el lujo y el negocio. A otros puede inhibirlos el gentío. Pero es tarea de cada viajero arreglárselas para disfrutar cualquier ciudad que acoja multitudes. Aquí, por ejemplo, pocos se resisten a las alegrías y lujos de Vila Olímpia, donde los DJ`s clausuran la noche y suelen amanecerse con música suave para bajar las revoluciones de los trasnochadores. Es el mismo barrio de Daslu, una de las tiendas más elegantes del mundo, con helipuerto para la clientela, donde aterrizamos suavemente con nuestro taxi aéreo.

Si anda de fiesta, el ser humano común sigue siendo el rey en grandes sectores de Sao Paulo. Especialmente en Vila Madalena. Esta es una especie de barrio Bellavista, que desde el helicóptero se reconoce por estar montada sobre colinas, y al caminarla, por estar siempre celebrando la vida. Nos detenemos, como otras veces, a saborear una bacalhoada o un rodizio en el bar São Cristóvão, que atrae como moscas a los futboleros y futbolistas (con sus novias, las María Botines). Tiene sus muros y columnas tapizados de imágenes deportivas. Entre ellas vemos una frase retorcida del Che Guevara. “¡Hasta la Victoria siempre! …Pero de visita, un empate no estaría mal…”.

Desde su interior vemos la calle Aspicuelta como un risueño hormiguero. En las esquinas de rua Mourato Coelho se hallan los bares más concurridos de Vila Madalena. Quienes desean fumar, y todavía  no han pagado el consumo, deben hacerlo en un umbral con malla metálica, pensado para defenderse de los olvidadizos. Uno es el Posto6, tal vez el más popular. Exhibe camisetas autografiadas de ases del fútbol y tienta con su Picanha na Chapa, muy jugosa. Al caminar por el barrio –alternativo y elegante a la vez– vamos descubriendo boutiques y tiendas de diseño, junto a los bares de sushi y a los puestos sobre la vereda que venden tallarines fritos con pollo, los populares yakisoba.

Pero, atención: no es a esta Vila Madalena a donde deben correr los viajeros de paladar exquisito. Un par de restaurantes de la ciudad  ya tienen dos estrellas de la Guía Michelin. Uno es el ya consolidado D.O.M.(Dominus,Optimus,Maximus),  de Alex Atala, un chef paulista cincuentón. (Rua Barão de Capanema, 549, barrio Jardins). Le acaba de empatar  un chef paulitano de apenas 32 años: Ivan Ralston, propietario del Tuju, que se halla en el vecino y elegante barrio de Pinheiros, habitado por alemanes, italianos, judíos, portugueses y asiáticos. (R. Fradique Coutinho, 1248). A ambos hay que llegar con el ánimo de poner a prueba el paladar, y, ¡ah!,  reservar mesa con semanas de anticipación.

Otro fenómeno es el barrio japonés Liberdade. Un mar de ojos estirados nos hace sentirnos en un Tokio sin geishas. Y con una cosa rara: Vemos japoneses que hablan portugués, cocinan  feijoada y bailan el samba. Es que Brasil tiene la mayor colonia nipona del mundo. Hicimos la prueba de almorzar en el Sushi Lika (Rua dos Estudantes, 152), propiedad del bahiano Josino de Souza. Cocina de delicias niponas. Si el presupuesto no está para probar delicias, en Liberdade  también  se puede pagar muy poco para que un monje shintoista escriba nuestro nombre en un grano de arroz. (No quita el hambre, pero distrae).

Trabalhe como mula

Sao Paulo es noticia cotidiana para los jóvenes, crece su dinámico y popular Museo do Futebol y aumentan sus conciertos de rock & pop. Pero tiene algo poco común en el mundo: un shopping center conocido como Galería do Rock, con ocho pisos que ofrece música y mil cosas distintas. En ella descubrimos lo más notable que hemos visto en materia de música grabada, de todas las épocas y en todos los soportes. Unos 400 locales venden millones de dólares al año. Tiene sus puertas por 24 de Maio y Sao Joao, cerca del distrito de Ipiranga, en el sudeste, donde se levanta Heliópolis, la mayor favela de Sao Paulo. Galeria do Rock es para los jóvenes tan atractivo como para para los tentados con el alto consumo puede ser el centro comercial JK Iguatemi Shopping. Es el reino de Louis Vuitton, Dolce & Gabbana, Bulgari y otros, que en este mes de Navidad vemos lleno de luces.

Toneladas vende otro centro comercial deslumbrante, el Mercado Municipal Paulistano, de rua Cantareira. Es toda una exaltación de sabores y colores. Las mejores frutas del mundo y todas las metamorfosis del fiambre, en un alto edificio decorado con vitrales del mismo artista judío que admiramos en la deslumbrante Catedral de Sé, uno de los cinco templos góticos más grandes del mundo. Muchos lugares así nos permiten pasar una temporada larga en las calles de Sao Paulo sin repetirnos. Ni nunca arrepentirnos. ¿Cómo explicarnos su atractivo excepcional? La clave parece estar –como Londres, como Sidney– en la mezcla.  El habitante de Sao Paulo se ha revuelto hasta el infinito.

Cada día es más difícil precisar su origen geográfico. Tiene abuelos portugueses, nipones, africanos, chinos, italianos, judíos, alemanes, italianos (como el presidente Jair Bolsonaro, de abuelos italianos y alemanes, cuyo rostro indescifrable aparece hoy en todo lugar). Esa mezcla puede ser la bendición y a veces la maldición de Sao Paulo. Le han nacido hijos distintos, y tal vez por eso son más rupturistas, creativos, capaces de sorprendernos en el arte, la música, la arquitectura, la gastronomía y la moda. Y no (como muchos creen) sólo porque los paulistanos trabajen como uma mula. Esta ciudad-laboratorio, esta licuadora descomunal que mezcla todas las culturas, podría terminar calmando la sed y el hambre del país entero. O –¿por qué no?—, colmando su paciencia algún día.

Museos sin torturas

Puede ayudarnos a entender el fenómeno de sus museos el multiplicado mestizaje de Sao Paulo. Como quedó dicho en el texto principal, los museos de aquí no son una tortura como tantos en el mundo. Están llenos de vida. Tan llenos de vida como algunos de sus parques, con los cuales ellos conviven gozosamente. El parque Ibirapuera, por ejemplo, enorme, lleno de deportistas y familias, es el escenario mayor del arte, por acoger la Bienal de Arte de Sao Paulo, y hasta ayer el de la moda, cuando se convertía dos veces al año en la gran pasarela de la Sao Paulo Fashion Week. Es un parque primorosamente mantenido, y con grandes obras de la arquitectura contemporánea como el Auditorio Ibirapuera, de 2005, en la cual un ya casi centenario Oscar Niemeyer le sacó la lengua a la tradición. Es el auditorio más revolucionario desde la creación de la Ópera de París en el siglo 19. Dentro del parque se hallan también el Pabellón Ciccillo Matarazzo, sede la Bienal de Arte de Sao Paulo; el Museo de Arte Moderno, MAM; el Museo de Arte Contemporáneo, MAC, y el Museo Afrobrasil, un reconocimiento del negro, sin el cual Brasil no sería el Brasil que tanto se ha hecho amar.

Niemeyer y una de sus obras –el Pabellón Ciccillo Matarazzo–son protagonistas de la Bienal de Arte de Sao Paulo, la más importante bienal de arte después de la de Venecia, que se despliega cada dos años. En él se suelen presentar crudas obras de arte. En algunas salas, para evitar el escándalo, los menores de 18 tienen vedado el ingreso…

Otro espacio cultural de Sao Paulo jamás produjo escándalo, salvo cuando un incendio lo consumió. Es el Museo de la Lengua Portuguesa, primero en el mundo, que aprovechó instalaciones antiguas de la terminal de trenes Estación de Luz, el principal y más noble de la ciudad. Es un ejemplo extraordinario del buen uso de la tecnología moderna y la creatividad. Convirtió en atracción el tema de un idioma, que a primera vista podía parecer desechable incluso para quienes lo hablan. Pero al recorrerlo provocaba placer. Será  reinaugurado antes de un año. Casi al frente, vemos un admirable ejemplo vivo, la Pinacoteca del Estado de Sao Paulo. El antiguo edificio neoclásico de una gran escuela estatal fue restaurado con la máxima delicadeza por Paulo Mendes da Rocha, creando  innovaciones museográficas de clase mundial. Sobresalen en su interior una bella pirámide de cristal invertida, y una de sus salas, que tiene un descomunal espejo en su cielo, que oscila, dejando al visitante, literalmene, con la boca abierta.

Dicho espejo, en movimiento perpetuo, podría ser símbolo de un país tan inquieto como Brasil, que reclama un lugar entre los primeros grandes destinos de viaje.