Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746

Warning: count(): Parameter must be an array or an object that implements Countable in /home/gand37/public_html/wp-content/plugins/modeltheme-framework/init.php on line 746
San Petersburgo | Entre el cielo y el infierno – Luis Alberto Ganderats
San Petersburgo | Entre el cielo y el infierno

San Petersburgo
Entre el cielo y el infierno

Museo abierto de palacios y puentes magníficos, la última capital de los zares, es la obra maestra de un rey llamado Pedro, tan implacable como visionario, y que por eso se ha llamado hoy Ciudad de Pedro. La transformó, tal vez sin proponérselo, en la capital de la gran literatura rusa, del más admirable ballet universal y cabeza de un imperio que se hizo desmesurado.

Por Luis Alberto Ganderats

No hay espacio para malos pensamientos. Sólo se siente placer ir caminando en el palacio de los zares, viendo como bailan las aguas de sus fuentes torrenciales. Estoy en el palacio donde viviera la última familia imperial, al lado de San Petersburgo. Después de Versalles cuesta encontrar jardines tan llamativos como estos de Peterhof (la Corte de Pedro). Hipnotiza su cascada de la Montaña de Oro, con esculturas y bajorrelieves dorados. Deja escurrir las aguas sobre escalones de mármol blanco y metales que brillan como oro.

Siento el ánimo como de fiesta, y livianos los pies.

Tomo un camino dentro del Parque Inferior, y descubro que si lo paradisíaco tiene algún sentido en la Tierra, aquí lo veo cerca. Pero muy pronto compruebo que el paraíso y el infierno parecen irremediablemente vecinos. Miraba con placer un enorme abedul cuando una lluvia fina me cayó encima, como si un enorme perro mojado se hubiese sacudido sobre mí.

Soy el único visitante mojado, y algunos me miran con media sonrisa, porque brilla el sol y no llueve.

Sospechosa la cuestión.

Para secarme, me detengo en un pabellón con rosales cargados de flores, cerca del palacete Marly. Y entonces me cae… una ducha.

Las sonrisas se convierten en carcajadas.

“Son las Fuentes de las Bromas”, me explica una inglesa compasiva. Forman parte de la entretención que ofrecían los zares y sus familias a las visitas con sentido del humor. La gente del siglo XVIII no era muy distinta a la del siglo XXI. Entre guerras y conspiraciones siempre había espacio para divertirse, y ahora lo he comprobado en carne propia, mojado como laucha de acequia.

Y sonriendo, claro.

Aporte al hombre

Estilando descubro que una característica de San Petersburgo puede ser la íntima convivencia del paraíso y el infierno. Encanta por sus palacios, sus colecciones de arte, sus monumentos que escapan de la escala humana. Ciudad de muchas islas, es un museo de puentes extraordinarios. Pero no sólo encanta. También sobrecoge. (El infierno otra vez.) Miles dejaron sus huesos aquí para levantar la ciudad imperial sobre pantanos y arenales, obligados por un hombre tan visionario como autoritario. Y en uno de esos palacios moriría también la monarquía rusa. En él vivieron, arrestados, Nicolás II, la zarina Alejandra, la princesa Anastasia y sus hermanos, hasta poco antes del fusilamiento. Sus restos descansan ahora en la iglesia fundadora de la ciudad, la catedral de San Pedro y San Pablo, cuya larga aguja parece indicar el camino al cielo. Es la misma isla donde Dostoievski viviera un largo cautiverio.

Entre ambos, entre el cielo y el infierno, parece haber un estado intermedio. Gracias a la fundación de San Petersburgo tuvieron una inesperada cuna no asiática las creaciones rusas más universales. En medio del totalitarismo político estalló la libertad del espíritu. Ahí florece la literatura rus, de Dostoievski y Gógol; la poesía de Pushkin; el ballet de la Pavlova; el Museo del Ermitage. Nadie pudo imaginar que los escritores y artistas, al abandonar Moscú y radicarse aquí, tomarían suficiente distancia como para ver con ojos sabios, penetrantes, la Rusia campesina. De esa distancia nace la gran literatura rusa, tejida de cielo y de infierno. También toma forma el incomparable ballet ruso, que dio sus primeros pasos tomado de la mano de creadores europeos y llegó a su apogeo en el teatro Marinskii, con la casi levitante Anna Pavlova.

Por eso, en puntillas, ya hemos visitado algunas casas que habitara ese genio de la literatura universal que fue Dostoievski; la casa de Pushkin, que fundó la ciudad para la poesía; la de Nabokov, el creador de la inquietante Lolita, la niña-mujer de 12 años, hace ya medio siglo; la del antiguo artillero Solzhenitsin, y del Nobel Brodsky, que con sus textos nos ayudó a explicarnos esta ciudad entrañable. 

Brodsky en su Guía para una ciudad rebautizada (1979) nos recuerda que Nicolái Gógol llamó a San Petersburgo “extranjera en su patria”, y que por eso en ella “se inició la existencia de la literatura rusa.”  Dijo: “No hay ningún otro lugar en Rusia donde los pensamientos se alejen tan libremente de la realidad.”

Ojos que miran lejos

Lo mismo nos ocurre a todos los extranjeros que estamos en la ciudad. Hasta en la textura del pavimento de granito parece haber algo que invita a los zapatos a moverse. También tiene magia el agua del gran río Neva y sus canales abiertos como en enorme telaraña. Por ser la más grande ciudad próxima al Círculo Polar, de sus chimeneas sale humo blanco, y de lejos, los edificios parecen formar una multitud de locomotoras detenidas en su tránsito a la eternidad. Además, tiene cinco estaciones, para trenes que llegan roncando desde la rosa de los vientos.

Estamos en una ciudad de viajeros. De viajeros que llegan. O que vienen huyendo.  ¿Cómo saberlo?

Si al joven monarca Pedro I no se le hubiera puesto entre ceja y ceja fundar esta ciudad sobre los pantanos, Rusia tal vez habría seguido siendo una nación de campesinos, medio oculta en las tinieblas. No se habría transformado en el imperio ruso, ni Pedro sería recordado como Pedro el Grande, ni el más grande de los totalitarios. El de los ojos que miraron lejos.

Convertida en la nueva capital, los europeos más soberbios se deslumbraron con sus palacios, sus iglesias y puentes. Ahora deslumbra al mundo entero. Podemos ver en ella lo mejor de las grandes capitales del Viejo Mundo, pero distribuidas en enormes espacios. Es como mirar Europa con lentes de aumento.

Pisamos San Petersburgo por primera vez cuando terminaba junio, con las noches blancas del solsticio de verano. Eran noches diurnas. Podíamos leer a las 2 de la mañana sin luz artificial, y los edificios barrocos y estilo imperio, que no echaban sombras, parecían miniaturas de porcelana. Egipto, Grecia, Roma, tan presentes aquí, lucían más bellas que nunca. También eran mágicas las fiestas, con gran música y grandes músicos. Costaba  dormir por el exceso de luz y tal vez porque cualquier sueño sería menos bello que la realidad. Durante diciembre, en cambio, la noche nunca acaba, el ancho río Neva parece  una fábrica de hielo y el silencio se apodera de la ciudad.

Por eso, la decisión de Pedro el Grande de construir una gran ciudad en estas pampas barrosas y heladas, necesitaba ojos visionarios y una determinación invencible. Y especialmente de una gran causa. Conocedor de la próspera Europa, no quiso imitarla, sino demostrarle -en sus narices- que Rusia era capaz de lo más. Hasta entonces, el país era  básicamente asiático de cultura y costumbres. Entonces hizo cambios en la administración, puso al Estado por sobre las iglesias, favoreció la industria privada y el comercio. Imaginó esta San Petersburgo, la nueva capital, mirando hacia el Viejo Mundo.

Para tocarle la oreja. Desafiante.

Lo consiguió en pocos años. Un noble francés, después de participar en una recepción en el Palacio de Invierno, acusó el golpe, y dijo algo que la historia registra con una sonrisa:

“Estos monos rusos. Con qué rapidez se han adaptado. ¡Están superando a nuestra corte.”

Lamentablemente, después de Pedro el Grande y de la emperatriz Catalina, otros monarcas se limitaron simplemente a imitar. Imitando llegaron hasta el siglo XIX, cuando Europa “ya no merecía ser imitada.” (dice Brodsky.) Y el resultado es, según muchos, un cierto deterioro artístico de la ciudad. Los chilenos no podemos apreciar bien ese supuesto deterioro. Nacimos en un país que en el siglo XIX se dedicó más que nunca a imitar a esa misma Europa, para seguir luego con Norteamérica. Teniendo nosotros un Machu Picchu, teniendo un Tikal, ¿merecían ser imitadas? Ahora somos para ellos los monos latinoamericanos. Somos sudacas.

Ultima tumba del zar

San Petersburgo es un conjunto admirable. Ahora que la caminamos pausadamente junto al principal de sus canales, el Fontanka, lo que vemos resulta absolutamente seductor. Son tres siglos de palacios, mansiones, columnatas, pórticos, cúpulas, pilastras. Edificios barrocos y estilo imperio, que se alinean a lo largo de ambas orillas. No falta, lamentablemente, algún edificio de la era soviética, en estilo constructivista o imperio stalinista. Sin embargo, quienes desean admirar  el barroco tardío, no tienen más remedio que mirar sus orillas: verán la bellísima iglesia de San Nicolás de los Marinos, construida en el XVIII, metáfora de la abolición del tiempo, pues parece sacada de la Roma barroca. Forma parte del sector más romántico de la ciudad. También veremos junto al canal Fontanka el Teatro de la Ópera Imperial, el Mariinski, del legendario ballet Kirov, de los primeros ballets rusos y donde Tchaikovsky estrenó su Cascanueces.

Tarde llegó el barroco a San Petersburgo, pero con una gran fuerza creadora. Especialmente en las iglesias pequeñas repartidas aquí y allá, convirtiendo cualquier visita en un safari de descubrimientos.

¡Esta ciudad sorprende en cada esquina!”, me dice entusiasmado un arquitecto valenciano que trabaja con su maestro Santiago Calatrava. Acaba de visitar el Museo de L´Ermitage, que ocupa uno de los palacios reales, el Palacio de Invierno, pero después de unas horas de recorrido salió huyendo.

Es impresionante, inagotable. Era tanta mi excitación que apenas pude ver un diez por ciento de las 420 salas.”

Lo que tal vez muchos no sepan es que fuera de las miles de obras en exhibición, que ocupan 24 kilómetros de galerías, hay un par de millones guardadas en las bodegas. Es la más grande colección artística del planeta. El tiempo no alcanza. Hay que dejar horas para sumergirse en la gran calle de la ciudad, Perspectiva Nevski. A ella se llega sin dificultades siguiendo la aguja dorada del Almirantazgo, que tiene 72 metros, y marca el inicio de esa vía extraordinaria en el corazón de San Petersburgo.

También es de requisito visitar la isla de San Pedro y San Pablo, donde naciera la ciudad en el siglo XVIIII, en cuya catedral se depositaron no hace mucho los maltratados restos de la última familia imperial. Necesitamos tiempo para admirar el monumento a Pedro el Grande, con el jinete de bronce sobre una rotunda base de granito, pisando una serpiente que representa el pasado de Rusia. Y ocuparemos largos minutos, asombrados y pensativos, frente a la columna de Alejandro, junto al Ermitage. Es una sola robusta pieza de granito de 400 metros de altura, levantada para la eternidad con un ingenioso sistema de plano inclinado.

Y más días necesitará el viajero si quiere disfrutar de los palacios imperiales que en el sur de San Petersburgo forman un collar admirable, con nombres han cambiado con el tiempo, desde la época soviética. Ahí se hallan Peterhof o Petrodvorets, es decir, la Corte de Pedro; la Aldea de los Zares o Tsarskoie Seló; Oranienbaum o Lomosov;  el museo de Pavlovsk, antigua residencia de Pablo I, y Gatchina, antigua casona de descanso de zares remotos.  

Nadie se puede saltar Tsarkoie Seló, donde el último zar, Nicolás II, y su familia, vivió arrestado hasta poco antes de su ejecución. Entre los palacios de todo Europa, es, sin ninguna duda el mayor exponente del estilo barroco. En mayo del 2003 se acabó la reconstrucción de la famosa Cámara de Ámbar, “octava maravilla del mundo” (una más…), cuyos paneles originales fueron regalados a Rusia por un rey prusiano, y más tarde desaparecidos por las tropas alemanas de Hitler, al final de la segunda guerra.

La Florencia del Artico

Aunque tratando de no caer en la trampa de las aguas bromistas, otra visita obligada es al palacio de Peterhof. Aquí se recomienda subir por su deslumbrante escalera barroca. Peterhof es el monumento por excelencia a la voluntad del zar, creador de proyectos colosales. Las obras tuvieron gran impulso luego que Pedro el Grande visitara Versalles. El corazón del palacio fue concluido antes que la propia San Petersburgo, en 1721.

No menos admirable es la iglesia de San Isaac, sólo superada en tamaño por la basílica vaticana de San Pedro, la iglesia de San Pablo en Londres y Santa Maria di Fiori, en Venecia. En su segunda reconstrucción fue concebida por el francés Montferrand. Trabajó cuarenta y dos años en ella. Dieciséis sólo en la decoración interior, con grandes artistas. Levantada sobre 11 mil pilotes en terreno pantanoso, es de aspecto leve, a pesar de su gran tamaño. Un auténtico prodigio. La primera misa en el período postsoviético se  celebró en 1990.           

Quienes sueñan ir un día a Moscú para fotografiarse frente a la colorida capilla de San Basilio hallarán en San Petersburgo un buen sustituto. Las mismas cebollas de oro, soñadoras; los mismos arcos en forma de diadema. Aquí se llama Iglesia de la Resurrección. Es monumental, profundamente ruso-asiática en esta ciudad con vocación europea. Una verdadera aparición sobrenatural en medio de la arquitectura constructivista soviética, tan floja de alma.

Si queremos prolongar los sueños románticos, hay que alcanzar al canal Kriukov, junto a la iglesia barroca de San Nicolás de los Marineros. Es el barrio donde Dostoievski hizo transcurrir la historia de su novela Las noches blancas.

Las noches negras de su historia aún no las olvida San Petersburgo. Toda la ciudad fue escenario de su martirio durante la segunda guerra. Casi mil días de asedio de las tropas de Hitler, que provocaron la muerte de cientos de miles de peterburgueses.

No me he acomodado a la estética, pero no comprendo por qué es más glorioso bombardear una ciudad sitiada que asesinar a alguien de un hachazo”, escribió Dostoievski en Crimen y castigo.

Una heroica resistencia. Cambió para siempre la imagen de la ciudad. Se hizo  leyenda. Por eso, para muchos, sigue siendo la capital de Rusia, aunque Lenin devolvió ese carácter a Moscú. Mentalmente, San Petersburgo es a Moscú lo que Barcelona es a Madrid, Florencia a Roma.

Es la Florencia del Ártico.

La Rusia enorme. Con dulzuras y excesos. Oscilando siempre entre el cielo y el infierno.

San Petersburgo | Entre el cielo y el infierno San-Petersburgo-Entre-el-cielo-y-el-infierno