Samarcanda | En el corazón de  la ruta de la seda

Samarcanda
En el corazón de la ruta de la seda

Después de muchos años de idas y regresos por ciudades de la Ruta de la Seda, hemos llegado por fin a su corazón, a la legendaria Samarcanda. A pesar de los necios esfuerzos “modernizadores” de rusos y soviéticos, a sus 2.700 años parece la ciudad más seductora de lo que queda del mundo por descubrir. Durante varios días, la visión nocturna de su Plaza Registan nos hizo oscilar entre la reflexión y el desvarío.

TEXTO Y FOTOS. Luis Alberto Ganderats, DESDE UZBEKISTAN.

Si hubiese que preguntar en todos los continentes cuál es la ciudad más vieja de las grandes ciudades vivas,  Samarcanda tal vez levantaría el dedo. A lo mejor lo levantaría por si pasa, pero tiene razones para sentirse eterna. A lo menos figura entre las más antiguas del mundo. Siete siglos antes de Cristo ya existía como ciudad, pero se registra actividad humana en su territorio desde hace 40.000 años. Su mérito mayor está en las emociones que hoy produce, en especial su Plaza Registán – que no tiene iguales en el planeta–, y por las resonancias de su nombre –su bello nombre– que nos lleva a una de las etapas irrepetibles de la historia humana, pues en Samarcanda “convergen todas las hebras de la Ruta de la Seda”.

Fue ese camino terrestre el más largo e importante transitado por el hombre. Ya la recorrían caravanas cinco siglos antes de Cristo y estuvo activo hasta los días del descubrimiento de América. Gracias a la Ruta de la Seda se dispersaron por el mundo las grandes religiones monoteístas de hoy; Oriente y Occidente intercambiaron conocimientos, prácticas mercantiles y cultivos. Todo predicador, todo pensador, todo revolucionario o científico que quería viajar entre ciudades de Oriente y Occidente, estaba obligado a sumarse a las caravanas de camellos, carretas y caballos si no quería ser víctima de los asaltantes. Cada 30 kilómetros, las caravanas se refugiaban en recintos cerrados  –los caravasares-, y ahí pasaban las noches. Todavía hay caravasares en pie. Los hemos visitado en busca de artesanías o diversión, pues a eso se dedican ahora en Turquía y Asia Central. En dichas  caravanas llegaron a Samarcanda no sólo los creyentes y predicadores, también los descreídos como Omar Jayyám, que vivió y estudió aquí hace casi mil años, y aquí escribió su Ruba`iyyat. A lomo de camello debió asomarse Marco Polo, que vio en Samarcanda “una muy grande y espléndida ciudad”. Extranjeros llegaron a construir, pero otros a demoler.

Muchos viajes para un viaje

Samarcanda ha sobrevivido de milagro. ¡Y qué milagro! No se salvó de la reciente ocupación de los zares primero ni de la de los soviéticos después, y por eso en la ciudad –hoy de 400 mil habitantes– predomina el insípido urbanismo ruso, aunque sus mezquitas, mausoleos, escuelas coránicas, minaretes, cúpulas vidriadas y antiguos cementerios, nos permiten realizar una emocionante excursión de siglos y milenios en un pasado tan duro como admirable. Cada visita la hacemos entre mujeres con velos blancos o rojos, con hombres uzbekos tocados con sus sombreros negros con motivos blancos, los tubeteikas.

Poca cosa habría sido Samarcanda sin la Ruta de la Seda. Esos ocho mil kilómetros de hazañas modificaron no sólo al Asia Central, sino –como queda dicho—cambiaron al mundo entero. Junto a las hazañas existió el peor bandidaje en toda la ruta, y podemos creer que no ha muerto: fue traspasado de los asaltantes tribales de ayer a varios mandamases del Asia Central de nuestros días. Estos gobiernos hacen más complejo recorrerla, es verdad, pero superando las trabas burocráticas descubriremos que es una de las promesas más emocionantes que aún esperan al viajero del siglo XXI. 

Con el corazón en la boca he llegado, ¡por fin! a Samarcanda tras varias décadas de rodearla, de hacer viajes por distintos fragmentos de la Ruta de la Seda. Fui poniendo, pausadamente, los dos pies en las ciudades donde nació esa gran ruta, lugares que ella uniera durante siglos. Viajé por tierra y a veces por mar, porque no era este un camino, sino muchos caminos y una sola dirección no más, de Oriente a Occidente, y viceversa. Llegué primero a ambas puntas del camino: la turca Estambul, en Occidente, y la china Xi´an en el otro extremo, no muy lejos de Shanghai.  

La historia de mis zapatos en la Ruta de la Seda siguió por Petra, en el corazón arenoso del Medio Oriente, para continuar luego por ciudades y regiones ayer tranquilas, hoy no recomendables para los viajeros por guerras, invasiones e intolerancias religiosas: Alepo, Damasco, Palmira y parte de Capadocia. También recorrí la apasionante isla de Ceilán (ahora Sri Lanka) y ciudades de la semi oculta Asia Central, como Bujara y Jiva, antes reinos independientes, hoy parte de Uzbekistán. Divisé desde el aire un desierto aterrador de China que todo viajero evitó ayer y sigue evitando hoy: el Takla Makan. Para unir Samarcanda con Xi´an, muchas caravanas de la seda debían acercarse a sus arenas, pero las evitaban. Eran más peligrosas que los bandidos del desierto.  

Por su ubicación estratégica en Asia Central, a lo largo de dos mil años, Samarcanda fue siempre una estación donde se detenían los grandes conquistadores por más de dos mil años, como Alejandro Magno y Tamerlán… La saquearon los mongoles de Gengis Khan, la ocuparon árabes y algunos pueblos turcos, y por eso muchos uzbekos de hoy hablan una lengua turca, ya que tal es su origen geográfico remoto; o usan el tayiko, de origen persa. Samarcanda se enriqueció culturalmente como parte del Imperio Persa, el Irán de hoy, y por eso la arquitectura, la ciencia y el arte llegaron a niveles insuperables. Estuvo al borde de la muerte, pero siempre salieron al paso genios buenos que la protegieron. Hoy regala esplendor y  resplandor al gran turismo universal, al igual que Bujara, Jiva y otras ciudades, todas uzbekas, que parecen congeladas en otras edades del Hombre.

Desgraciadamente, sus terminales aéreos y las aduanas también viven en el pasado. Temeroso por el desorden burocrático, en el aeropuerto de Tashkent –la insulsa capital– llegué a dudar si valía la pena ingresar al país. Imaginé pesadillas. Pero el paso por los controles policiales se hizo entre sonrisas: todos los funcionarios llevaban en la punta de la lengua a Bam Bam Zamorano, Alexis Sánchez, Arturo Vidal…

–¡De Chile! Siga… 

Lo que queda de mundo

Puro placer han sido las semanas que llevo viajando por Uzbekistán. Como le ocurriera a Marco Polo, en este relato no podré contar “ni la mitad de lo que he visto”. Ni menos de lo que no pude ver. Patricia Almarcegui, española dedicada a la literatura de viajes, me sugirió insistentemente recorrer el valle de Fergana, a cuatro horas de la capital. Pero opté por saltármelo. Tenía decidido viajar más lejos y en dirección contraria, hasta Jiva. Además, existe en ese valle una fuerte intolerancia religiosa –rara en el descreído Uzbekistán pos soviético-, lo cual no lo hace recomendable. También el exorcismo florece allí más que en cualquier otro lugar del país, y Fergana hace de Uzbekistan el tercer productor de telas de seda en el mundo, heredera de una tradición muy antigua: en Samarcanda se aprovechó el “hilo” del gusano de seda por primera vez fuera de China. Hoy se produce seda en Fergana y se vende a los turistas en Samarcanda y a comerciantes de todo el planeta.

Almarcegui publicó hace pocos meses en España –Universitat de Barcelona– un libro de viajes por Asia Central que subtituló Lo que queda de mundo. De lo que queda del mundo por descubrir, diría que lo principal es Samarcanda. Rivaliza con Irán –la antigua Persia—en esa arquitectura que llena nuestro cerebro de éxtasis y viajes imaginarios. Que nos llevan a un pasado que creíamos no haber vivido, pero que desde ese momento pasa a ser posible de un modo tal que nadie podría explicarnos. Emoción pura, intensa, sospechosa de disfrazar algo.

Lo siento profundamente así en la Plaza Registán. No sólo por la perfecta armonía de las tres escuelas coránicas que dan forma a esta magnífica plaza abierta, sino por otras razones no muy claras. Lo que parece perturbar y encandilarme a la vez es el color mentiroso de sus cúpulas. Ni sólo verdes, ni solo azules. Me perturba de tal manera que llego a fantasear que ese color tal vez viene en algún gen mío con memoria incorporada (¿cómo negar hoy día tal posibilidad?). Ese color es el índigo. Antoine, bisabuelo de uno de mis abuelos aquitanios, que viviera media vida en Haití, produjo ese colorante en su indigoterie  de Artibonite. ¿Viaja tan lejos la memoria de mis genes o me he pasado de rosca y esta tuerca no encaja en el tornillo? ¿He perdido el tornillo? Cualquier cosa es posible en esta ciudad de leyendas afiebradas. Más aún por estos días, cuando una brillante medialuna se asoma entre minaretes y cúpulas cubiertas de índigo, un color estimulante de la imaginación y la intuición, que puede llevarnos a vivir –dicen– en un mundo de fantasía. 

Quizá por eso, del tiempo que he estado en Samarcanda, la mitad lo he pasado –volviendo una y otra vez—bajo las cúpulas índigo de esta plaza. Por las noches, el interior de una de las escuelas coránicas, la cambiante iluminación led repetía sin cansarse los matices de ese color, dejándome anclado en el lugar. Y con los ojos fijos en el infinito repetir de formas geométricas, vegetales, caligráficas en la piel de las madrazas.

Algo parecido ocurre en la vieja ciudad persa de Isfahan, ahora iraní, y otras de sus ciudades de porcelana. Sus colores “corporativos”  –índigo y verde–, y sus decoraciones con miedo al vacío han sido imitadas en el mundo islámico. 

Decepcionado descubro que la Plaza Registan es casi una isla dentro de la moderna Samarcanda. Ha desaparecido de sus alrededores casi toda huella de sus bulliciosos mercados, de sus callejones que llevaban a cualquier parte, y a ninguna. Los zares y los soviéticos hicieron necios esfuerzos para modernizar la Samarcanda medieval, obra de Tamerlán y de su nieto Ulug Beg. Aportaron, eso sí, su amor por el ballet, y hoy pude ver, deslumbrado una obra de teatro-danza con espigadas bailarinas de sangre rusa.

Genes del Taj Mahal 

Los soviéticos tampoco fueron capaces de organizar bien la sociedad. Partiendo por el tránsito. Hay taxis legales, pero ya me datearon que cualquiera puede abrir las puertas de su vehículo y llevar a una persona al lugar que necesite. Basta que alguien  se pare en la vereda y levante los brazos. Es lo que hice, y ahora voy pagando la mitad del precio (1.000 pesos chilenos) rumbo a un monumento arquitectónico de enorme importancia en la arquitectura musulmana y universal. Es el Gur-e Amir. Sirvió de inspiración de dos clásicos: la  tumba de Humayum, en Delhi, y el Taj Mahal, obra de los descendientes de Tamerlán, que dieron origen a la dinastía mogol de la India.

En este Gur-e Amir (“tumba del rey”), se conservan los restos del Tamerlán y de algunos de sus descendientes. No tiene grandes dimensiones, pero sus formas y el suntuoso interior producen un recogimiento que cuesta experimentar en el corazón del Taj Mahal, donde sólo podemos ver tumbas simbólicas, pues las auténticas se ocultan en un espacio subterráneo, clausurado.

Otro tesoro salvado de zares y soviéticos –que se visita una vez y nunca se olvida– se encuentra casi al lado de la Plaza Registán, y para algunos le supera en belleza. Es una serie de mausoleos dispuestos sobre una colina, casi todos construidos durante nueve siglos a lo largo de una estrecha calle sinuosa. Es el lugar más sagrado de Samarcanda, pues en esta necrópolis se conservarían los restos de un legendario primo de Mahoma, Qusam ibn Abbas. En torno a su mausoleo se levantaron panteones para emires y mentores del emperador, mezquitas y escuelas coránicas, con cúpulas y los clásicos iwanes persas, espacios como un portalón cerrado y decorado con lujo. Los mausoleos y templos están pegados unos a otros, y a menudo se enfrentan, desafiantes. Son cerca de 40, que tienen formas y tamaños distintos, recubiertos por cerámicas esmaltadas, lo cual las hace una fiesta para los visitantes y fotógrafos. Se le conoce como Shah-i-Zindeh. En el moderno cementerio aledaño –de estilo soviético– fue enterrado hace algunas semanas el dictador de Uzbekistán, Islam Karímov, que dirigió el país durante 27 años. Hoy gobierna el que fuera su primer ministro.

Estos gobernantes de hoy son genuinos herederos políticos del gran autócrata que fuera Tamerlán. Este no sabía escribir, y los gobernantes de ahora no saben leer…la historia. Quieren seguir gobernando sin escuchar a otros que a ellos mismos. Pero Tamerlán tuvo –al menos y sin duda-  el mérito de ser un constructor incansable. Ahora estamos –después de levantar los brazos en la calle–, junto a una obra asombrosa que salió de su desatada vanidad: la mezquita de Bibi Janum, situada entre la Plaza Registán y la vieja necrópolis. Iniciada en 1399, tiene dimensiones faraónicas. Su cúpula azul turquesa es quizá la más ancha del mundo islámico. Sólo que la construcción no fue, al parecer, muy prolija. Se fue desestabilizando de a poco, y un terremoto la dejó en ruinas a fines del siglo 19.

Ha sido reconstruida con lentitud. Su puerta principal, aun cerrada, tiene 35 metros de altura, el equivalente a un edificio moderno de 10 pisos. La belleza de su cúpula y la decoración exterior con caligrafía árabe –única permitida por la ortodoxia islámica–, la hacen una obra para no pestañear. Junto a su puerta gigante, las miniaturas mandan: vemos a un artista que vende delicadas imágenes de caravanas camelleras hechas a pincel, las mismas que aún  recorrían la Ruta de la Seda cuando esta mezquita estaba en sus días de gloria. 

Para encontrar una obra que desafíe la monumentalidad de Bibi Janum hay que viajar una hora desde Samarcanda hasta la cuna de Tamerlán, ciudad de 2700 años, llamada hoy Shakhr-i-Sabz. Admiramos los muros altos, imponentes, del palacio de Ak-Saray, mandado a construir por ese conquistador, cuya imagen vemos en un monumento de pie frente a las ruinas. Sobre el portal del palacio, se leen palabras destinadas a producir miedo al adversario: “Si piensas desafiar nuestro poder, mira nuestras construcciones”.

La quieta Samarcanda de hoy no es de temer. Es para soñar. Y regresar.

Plaza Registán

Las tres ex escuelas coránicas o madrazas que forman esta plaza de Samarcanda están en fila con los principales  monumentos de Egipto, Grecia, Roma y Persia. El conjunto tiene una armonía y monumentalidad que no se repite en plazas de muchos siglos de arquitectura universal. Sus grandes dimensiones son propias del carácter implantado por Tamerlán o Timur, llamado estilo timúrido. La madraza de la izquierda, en la foto,  terminada en 1420, fue la primera, concebida por su nieto Ulug-Beg, cuyo nombre identifica a esta escuela coránica. Tiene un centenar de celdas que ocuparon estudiantes de filosofía, teología y astronomía. La madraza del centro de la plaza, llamada Tilla Kari, con 120 metros de frente, fue construida dos siglos más tarde, en estilo uzbeco, casi igual al timúrido, y luego se le añadió un mercado bajo la cúpula verdi-azul. Más tarde también sirvió como mezquita. Hoy acoge a un mercado de artesanías y un recinto para orar. La madraza de la derecha, proyectada hace cuatro siglos imitando a la primera de todas y a la que hoy enfrenta, se llama Shir Dar. Es uno de los monumentos más intensamente decorados de Asia Central, con cúpulas nervadas, magníficas,  y en su frontis vemos leones y soles con rostro humano, desafiando las normas coránicas sobre ornamentación. Las tres madrazas lucen cúpulas, minaretes o torres, cubiertos de mayólica esmaltada. En sus frontis  muestran el clásico iwan persa, una alta sala con pórtico dotado de un arco semi ojival. En estos espacios, y en otros, llama la atención la belleza decorativa de las estalactitas o mocárabes –racimos de prismas dorados y sutiles–, que parecen colgar del cielo y descender por los muros como enredaderas de fantasía.

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