Robinson Crusoe, lo superfluo y algo menos

Robinson Crusoe, lo superfluo y algo menos

Viajero solitario como he sido casi siempre, no parece enteramente casual que mi primera escapada juvenil fuera a la isla de Robinson Crusoe. Sigue siendo el escenario universal del gran mito de vivir sin más soporte que el propio sacrificio, lo cual no excluye el disfrute. El verano pasado se cumplieron tres siglos desde que el marinero escocés Alexander Selkirk fue rescatado de una de las islas del archipiélago de Juan Fernández. Llevaba más de 4 años sin más compañía que gatos silvestres, tortugas, cabras, ratas y otros seres, que le bastaron para pasar el resto de su vida añorando esa existencia esencial, y que inspiraron a Defoe para escribir Robinson Crusoe, una de las grandes novelas inglesas.   

A pesar de los siglos, este relato no ha envejecido. Al contrario, parece que le crecen brotes nuevos. El maremoto de febrero que barrió gran parte de su hermoso pueblo turístico, ha conmocionado no sólo a los chilenos. Ha vuelto a poner al pequeño archipiélago en el centro de la imaginación universal. Y la crisis económica, que  desespera a tantos, parece una oportunidad para examinar con lucidez el tipo de vida que hemos aprendido, donde domina el consumo sin fin, alejado de las necesidades naturales, y sin la ventaja de acceder a mayor felicidad. 

El escocés que dio origen a la famosa historia volvió a la civilización a bordo de un buque corsario. Con la parte que le tocó recibir de muchos asaltos y botines se hizo rico, pero pronto se lamentaba: “Ahora valgo 800 libras, pero nunca seré tan feliz como cuando no valía ni un centavo.” James Joyce lo miró de mal modo, diciendo que era “el verdadero prototipo del colono británico: cruel, persistente, inteligente y sexualmente vago”, como lo dijera con humor inglés el diario The Times. Sin embargo, a Selkirk se le debe considerar un portento de fortaleza mental y física. Y si bien la vida solitaria no parece  buena para nadie, su capacidad para disfrutar de la existencia afirmado en lo esencial seguirá siendo tema central en la larga historia del hombre en busca de la felicidad. Vivimos a medio camino entre la realidad y el sueño, entre el vacío de la vanidad y el goce construido sobre cosas que no sobresalen del común.

Difícil resulta fácil renunciar a la compañía, eso es verdad. El propio Selkirk, al quedar solo, tuvo al inicio el impulso de suicidarse. Tenía 29 años y necesitaba a alguien, aunque fuese ese literario amigo Viernes, que nunca existiera. Paulatinamente, sin embargo, fue acomodándose. Aprendió a tener diálogos (sin fácil respuesta) con sus gatos y cabras, espontáneas mascotas sumadas a su existencia. Así, este anacoreta involuntario endulzó su carácter, que hasta entonces había sido bastante áspero, tanto que le había costado el abandono en esa isla sin más ayuda que un arma y un hacha. También le dejaron varios instrumentos de navegación, incluyendo el que para muchos es el mayor de todos, una Biblia, la cual le enseño a navegar por otra dimensión. Tal vez por eso, y otras razones, se hizo mejor en su solitaria vida en la isla chilena del Pacífico.

Este hombre nacido en una isla, inmortalizado en otra, fue sepultado en el mar, donde   su cuerpo se hizo isla fugaz. Una metáfora de las soledades que vivimos en el nacimiento y en el viaje final. Los viajes que hacemos entre ambos sucesos extremos de nuestra vida pueden ser intensos y hermosos aunque nadie nos acompañe. Y a menudo suelen ser viajes más libres, intensos, nunca olvidados. Y, de paso, hasta pueden hacernos mejores. (Qué lo diga Selkirk.)