Praga | El alma en la piedra

Praga
El alma en la piedra

Durante febrero y parte de enero, los enormes salones de Praga se llenan de turistas, que bailan hasta el amanecer como príncipes celebrando el primer manto de nieve. O se van a recorrer sus calles de adoquines, que en estos días lucen húmedos como cuerpos de amantes después de la dulce entrega. Caminando en esta atmósfera comprueban que no hay en Europa una ciudad más bella de alma. 

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

El puente sobre el cual camino no parece tener claro qué cosa es. La primera vez que lo recorrí, hace años, diría que puso cara de bulevar, o de plaza larga, como otras que hay en Praga. Pero al mirarlo bien ahora creo que se siente una escultura monumental. Es verdad que sirve para que le gente pase de un lado a otro del río Moldava, pero casi todos vienen a quedarse, no a atravesar el torrente. Quieren detenerse a sentir la poesía de Praga, a besar a la novia, a eternizar todo en una fotografía. Quieren que el tiempo se detenga, que la bella Praga se les meta en el alma, para siempre. Me gusta pensar que su fuerza emocional, su romanticismo, tienen que ver con la edad de quienes la crearon: un arquitecto alemán de 27 años, llamado Peter Parler, y un emperador de 30, llamado Carlos IV, que amó aquí sin pausa y tuvo una docena de hijos, de cuatro esposas. Tal vez por eso, las parejas adolescentes se detienen en el puente Carlos, en medio de la multitud, como si estuvieran solos y no escuchan más voces que las propias.

Este puente-escultura, hecho de piedra hace siete siglos, tiene medio kilómetro de largo. No hay puente de piedra más extenso en Europa, y luce casi tantas esculturas como el romano Sant Angelo. Son figuras en mármol, en bronce o en materiales sencillos, la mayoría copias de las originales, hechas en arenisca, que después de tantos siglos han debido buscar refugio en un museo para no despedazarse. Al detenerse en medio del puente, los ojos del viajero se clavan en ambos extremos. A un lado, la gran torre gótica del siglo 14, diseñada por ese arquitecto de 27 años. En la otra punta, dos torres, que parecen emerger de algún relato de magos.

CEMENTERIO-MADRIGUERA

Al seguir nuestro camino, Praga nos hace pasar de los suspiros del puente Carlos al estremecimiento mayor de su Viejo Cementerio Judío, donde parecen habitar todos los misterios. Vemos sobre la tierra, unas 10 mil lápidas y estelas funerarias dispuestas en un orden que no logramos entender. Bajo la tierra, los restos de unas 100 mil personas enterradas una sobre otra, por falta de espacio, pues no se autorizaba otro lugar para dejar los restos de los judíos. Tiene hasta 8 o 10 niveles de profundidad, con recovecos y senderos mínimos. El judío más famoso nacido y enterrado en esta ciudad, Franz Kafka, podría dar un nombre a esta confusión. Le bastaría el título de unas de sus obras: La Madriguera. Es imposible seguir sus derroteros. No recibe nuevos cuerpos desde hace algo más de dos siglos, pero una multitud de turistas paga por entrar todos los días. Hay pocos cementerios en el mundo que hablen tan dramáticamente de la ausencia de humanidad.

El contraste resulta más brutal por el entorno, pues Praga me ha parecido la ciudad más admirable de Europa. Como París, recibe muchedumbres que llegan en busca de la belleza y de la huella de siglos. No siempre resulta fácil avanzar entre tanta gente, pero no he pensado un minuto en abandonarla sin más. Nadie puede irse de Praga sin dolor. Tal vez por eso, la capital checa es la única ciudad del mundo cuya imagen enmarcada conservo en mi casa de Santiago. La pequeña fotografía amarillenta está ahí desde que la visité por primera vez. 

LOS HILOS INVISIBLES

A pesar de su inquietante Viejo Cementerio Judío, es de las ciudades que hacen crecer la fe en la capacidad creadora y la sensibilidad del hombre. Y no esconde nada. “Con la misma indiferencia, se muestra el diamante como la baratija, el palacio y el fierro oxidado, la grandeza y la decadencia”. Su historia reciente, sus construcciones tan asombrosamente armónicas a pesar de las diferencias de estilo y de época, dan cuenta de un verdadero prodigio hecho por quienes han construido y protegido Praga por siglos. La invadieron nazis y soviéticos, ¡muchos otros!, pero no lograron borrar su solemnidad imperial.

En mi anterior columna de viajes, hablando de Budapest, recordé el paso por esta región de un  juvenil escritor llamado García Márquez, que en su libro De viaje por los países socialistas(1957) se refirió con respeto a la ex Checoslovaquia. Dijo: “Es el único país socialista donde la gente no parece sufrir de tensión nerviosa y donde uno no tiene la impresión –falsa o cierta—de estar controlado por la policía secreta”. Vio una Praga antigua, pero moderna, de un buen gusto y un orden que tiene la gracia adicional de que no se le ven los hilos.

Praga es el resultado de la convivencia de los checos con muchos inmigrantes venidos de la vecina Alemania, de los piamonteses, de miles de judíos. ¡Aquí vivió Einstein! Los alemanes dejaron huellas al fundar en la Ciudad Vieja una de las iglesias de San Nicolás, y no estuvieron ausentes en la iglesia jesuita de Malá Strana, con barroco magnífico, que se expandió por la ciudad hasta llegar a la calle de Jan Neruda, el poeta praguense del cual nuestro Nobel parralino –nuestra poesía anda entre parras y parralinos– tomó prestado su apellido.

Praga llenó el escenario medieval al convertirse brevemente en la capital del Sacro Imperio Romano Germánico, que por casi mil  años uniera a buena parte de Europa bajo el mando alemán. Cuando García Márquez la descubrió aún le quedaban por vivir  dolores. En algunos períodos, el gobierno pro soviético encarceló a los líderes de la oposición y cuando sobrevino la Primavera de Praga, hace 45 años. Aún en la época más dura de la intervención soviética, Praga dejó expresarse lo más noble de su alma. En medio de las agudas estrecheces económicas, los músicos iban vestidos por la calle cargando en una mano su instrumento, y en la otra, un bolso sencillo. Llegaban  a una esquina cualquiera, y en pocos instantes vestían un elegante traje negro con solapa de brillos. Entonces tocaban a Smetana, a Dvořák, y a Mozart, por supuesto, que vivió en Praga, ya que en estos lugares se filmó casi entera la película Amadeus.

ENFERMA DE ESTETICA

La música culta nunca pudo ser silenciada. Y me ha acompañado en todas mis visitas.  Sale de mínimos parlantes de las galerías comerciales, en casi todas las esquinas. Los jóvenes que entregan volantes no invitan al último espectáculo de sexo en vivo como en buena parte de Europa. Invitan a conciertos de cámara, a escuchar una filarmónica, a disfrutar una danza eslava. En las disquerías, violines y flautas se apoderan de nuestra voluntad y de nuestra billetera. 

Antes de nuestra anterior visita, Ignacio Vidal-Folch nos confesó su amor por el modernismo de Praga y por Praga entera. Dijo algo así: “Tomar un café turco en el Hotel Europa de Praga en una taza de diseño modernista, mientras al piano alguien interpreta una pieza de Smetana, es uno de los grandes lujos que nos quedan”. Todo en el modernismo de Praga parece hacerle el quite a la melancolía, y busca el optimismo, el placer, los juegos, que trajo la mayor abundancia del 1900. Antes de que el siglo pasado se vistiera de tragedia, con el modernismo la ciudad “se enfermó de estética”.  Hoy el modernismo es uno de los elementos que le dan carácter y se encuentra muy presente en mil letreros que identifican los negocios. En aquellos años, nadie daba valor a los barrios de la Edad Media, a las pompas del barroco, que hoy son parte del alma praguense.

El modernismo se apoderó de la arquitectura, la gráfica, la música. Se imitó a Francia, tal vez para expresar su desprecio a Viena, la eterna capital imperial. Miran a París para no ver a Viena. Por eso, la parte más viva y sofisticada de Praga se llama hoy calle París, que reúne buena parte del mejor comercio, donde el cristal de Bohemia toma su mejor expresión en las marcas Preciosa y Moser. Calle París tiene muchas cuadras modernistas con edificios de altura levantados donde antes estuvo el gueto judío. Vemos todas las expresiones del llamado art nouveau. El modernismo también se asoma en su plaza de la Ciudad Vieja; en la catedral de San Vito, que luce vitrales de Mucha, y en el Hotel Europa y su porcelana diseñada hace un siglo.

FEBRERO PARA BAILAR

El secreto de su sensualidad no tiene que ver únicamente con su belleza. Es como ese ser amado que siempre nos sorprende. El espectáculo de la ciudad cambia si nos movemos un par de metros, por su danza de torres y agujas. Nunca bombardeada, escenario de titubeos y atrevimientos en su construcción, al caminarla recorremos mil años en una hora. Se pasa de las construcciones del románico primitivo hasta las extrañas fachadas cubistas. En grandes y bellas casas lo románico se halla apenas maquillado con lo gótico, y vemos cervecerías góticas barroquizadas que conservan sus…bases románicas. Aquí podemos aprender mucho de estilos (o confundirnos para siempre).

Durante las noches de invierno puede lucir calma o amenazante. Nos dice un colega checo: “A veces siento que Praga grita mientras permanece en silencio y permanece en silencio gritando, y dando la bienvenida. Con una mano podría estrangular a sus víctimas y con las otra, acariciarlas”.

Además, esta es una ciudad que hace trampas. Ningún guía se va a saltar el llamado Callejón de Oro, del Castillo Real. Casas muy pegadas, llenas de color, estrechas y  apenas del alto de un hombre. Se les atribuyen historias de alquimistas, de moradores  enanos. Muchos se lo creen. Pero en verdad sólo se trata de casas de sirvientes del castillo y de orfebres. Estaban casi en ruinas, y no hace mucho fueron  maquilladas por un pintor y dibujante de cómics, Jiri Trnka. Desde el punto de vista de la conservación, son un chiste malo.

Tal vez el engaño es parte de la diversión, porque Praga tiene siglos de saber vivir. Este 2 al 12 de febrero se celebra en grande, una vez más, el alucinante Bohemian Carnevale, inspirado en el Renacimiento italiano. Los enormes salones baile se llenarán de turistas en febrero y parte de enero. Danzarán hasta el amanecer como príncipes celebrando la llegada de la nieve. O recorrerán  sus calles entre suspiros, pisando sus adoquines húmedos como cuerpos de amantes después de la dulce entrega. 

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