Placeres culpables en Singapur

Placeres culpables en Singapur

Singapur es uno de los destinos más llamativos del Sudeste asiático: sorprendente y polémico casi en partes iguales, es un hito del desarrollo económico acelerado y la seguridad en las calles bajo una “democracia” que a ratos casi parece monarquía. Un cronista pasa una semana en el lugar y aquí prueba una defensa del destino.

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE SINGAPUR.

Llevo varios días caminando plácidamente por sus barrios y ha llegado el momento de pedir permiso a los lectores para defender a Singapur. Se equivoca quien crea que es solo “la ciudad de las prohibiciones y las multas”. O un lugar sin gracia, para visitar en un día y sobra tiempo. Nada de eso. Es una isla llena de seducciones, donde se tiene la sensación grata de vivir sin sobresaltos.

He callejeado sin rumbo, mirando caras, deslumbrantes edificios nacidos ayer, parques enormes sobre tierra ganada al mar. Me sumergí en mercados llenos de colores y con ese runrún oriental que hace recordar los relatos infantiles. He recorrido acogedores barrios de chinos, hindúes y malayos, entre pagodas, mezquitas, sinagogas, stupas y hasta una iglesia de Lourdes. “Singapur es la mejor Asia para turistas debutantes”, dice un viajero que conoce medio mundo.

Mi placer culpable empezó en el aeropuerto. Lleva varios años reconocido como el mejor del planeta. Es el más refinado y sobrio.Tiene las mejores tiendas. No he visto en el mundo otro más eficiente y, aunque está dotado de alta tecnología, resulta amigable. Es la magnífica cara con que Singapur recibe al visitante.

En mis recorridos por la ciudad no me he tropezado con niños–mendigos ni rostros amenazantes. He visitado casi todos los barrios y nadie me ha dicho: “¡No entre ahí!”. Nadie de aspecto inocente me ofreció drogas ni he visto conductores ignorando los semáforos o peatones trotando sobre los pasos de cebra. Tampoco he visto policías (“Hay miles por ahí, sin uniforme”, previene un garzón). He visto a cada paso cámaras de vigilancia. “Si usted no hace nada, no tiene nada que temer”, dice Denisse de la Rosa, guía dominicana casada con un hindú.

Es cierto que leyes muy severas castigan con fuertes multas a los que ensucian las calles o cometen otras faltas más o menos inocentes, como mascar chicles (sin orden médica). Se sanciona además al que exhiba su homosexualidad o coma algo en el metro, siempre limpio como un altar. Pero tanta multa desproporcionada y fuera del tiempo empieza a ser blanco de ironías. En los quioscos he comprado postales que hacen un recuento gráfico de 12 de los comportamientos castigados. Los visitantes llevan esas postales como rarezas de colección.

El Singapur de Neruda

Muchas de esas multas exageradas parecen ya letra muerta, como voy comprobando al caminar por sus calles. Al alejarme de los barrios turísticos y acercarme a los más comunes puedo ver y fotografiar colillas de cigarrillos acumuladas en cualquier rincón, calles angostas con cosas inservibles dejadas en las veredas.También puedo ver un activo comercio sexual de mujeres y hombres en bares y supuestas casas de masajes del Geylang Rd., un sector de Chinatown, aunque la homosexualidad masculina sigue fuera de la ley. Es más obvia la presencia gay en Tanjong Pagar, otro sector chino. El bar más popular se llama Does Your Mother Know? (“¿Lo sabe tu mamá?”) y está en Neil Rd., como la mayoría de los centros gay. También se pasean chicas y chicos bien vestidos y ceñidos buscando clientes en cuatro de los dieciocho pisos de la Orchard Tower.

Frente a esta torre de contactos apresurados, en el mall Forum, me asaltan los contrastes: ofrecen la delicadísima ropa para niños de la Ferrari Junior Collection 2015.

En la misma avenida Orchard Rd. recorro el mall Ngee Ann City, donde sus vitrinas de lujo comprueban que esta es una de las diez ciudades súper caras del mundo. Casi todas las marcas apreciadas tienen en esta avenida sus tiendas más grandes en el mundo (ver recuadro).

He descubierto otros lugares donde se practican “hábitos comerciales poco delicados”, como dice una guía oficial. Me han hecho guiños muy discretos, pero obvios, incluso al salir del Raffles, cette grande dame de l’Extrême–Orient, el hotel más tradicional de la ciudad, con una deliciosa arcada comercial para los más exigentes.

El Raffles tiene una suite llamada Pablo Neruda, quien –durante su paso por Singapur– era un joven soltero y solitario, extremadamente sensible a ese tipo de guiños femeninos. Su suite se halla junto a las del gran viajero W. Somerset Maugham (autor de Servidumbre humana), Rudyard Kipling (El libro de la selva), Charles Chaplin y otros siete famosos de la literatura y el arte. Recorro la suite: cuelga un gran cuadro con su Oda a la madera junto a un gran ropero de madera y él, meditabundo, en una foto.

El poeta–cónsul fue huésped en 1931 y describió al Raffles como “un hotel muy Somerset Maugham”, aludiendo –parece– a los rasgos decadentes de alguna de sus obras y a sus gustos de refinado hombre bisexual. En esos años, Maugham –que luego inspiraría al creador de James Bond–, que era el escritor más popular y mejor pagado del mundo, también fue espía y autor de libros de espionaje.

Singapur, al cumplir este año medio siglo de independencia, es todavía un país imperfecto, aunque nada me ha horrorizado tanto como a Neruda, que la conoció en la época de entre- guerras. Su Memorial de Isla Negra recoge huellas de su breve paso por aquí. Habla de multitudes de hombres en fumaderos de opio, droga comercializada en Oriente por Inglaterra, de la cual Singapur era colonia. Así describe a esos hombres:

“…perros de calle/pobres maltratados./Aquí, después de heridos,/después de no ser sino pies,/después de no ser hombres sino brutos de carga,/después de andar y andar y sudar y sudar/y sudar sangre y ya no tener alma,/aquí estaban ahora,/solitarios,/tendidos,/los yacentes por fin, los pata dura:/cada uno con hambre había comprado/un oscuro derecho a la delicia,/y bajo la corola del letargo,/sueño o mentira, dicha o muerte, estaban/por fin en el reposo que busca toda vida,/respetados, por fin, en una estrella”.

No volver a esos días tristes es una determinación de hierro en el Singapur de hoy. A cualquiera que sea sorprendido con medio kilo de cocaína u otra droga dura, un tribunal lo mandará a la horca si es reincidente.

El negro futuro

El 9 de agosto se cumplirán 50 años de un forzado anuncio de independencia que parecía pronosticar un negro futuro para todos. Se independizaban sin desearlo, con mucho dolor.

Singapur formaba parte hasta entonces de la Unión Malaya, con la actual Malasia. Pero el parlamento de Kuala Lumpur la expulsó de la comunidad luego de incidentes raciales. El líder Lee Kuan Yew comunicó a su pueblo que desde ese día deberían vivir separados. Lo hizo entre lágrimas. No sería fácil, por su insignificancia en kilómetros cuadrados

Tiene un territorio milveces más pequeño que el de Chile (apenas 699 kilómetros cuadrados) y carecía de riquezas naturales, salvo la buena ubicación de sus puertos. No había clases medias bien formadas como para acceder al desarrollo. Más de la mitad de la población era analfabeta. Abundaban los roces violentos entre hindúes, musulmanes y budistas. El horizonte era oscuro.

Hoy es uno de los países más ricos del planeta. Tiene el tercer PIB más alto del mundo, solo aventajado por Qatar y Luxemburgo, ese gran refugio de dineros dudosos. Supera a Japón y a Hong Kong en desarrollo humano. Ya figura como cuarto centro financiero del planeta y el país tecnológicamente mejor preparado después de Finlandia, según el Foro Económico Mundial, gracias a una sostenida política de creación de universidades tecnológicas con soporte extranjero.

La meritocracia supera en importancia a la aristocracia y el pragmatismo ha vencido al dogmatismo en materia religiosa y económica. Ha educado a sus niños y jóvenes sabiendo que debe enfrentar la falta de riquezas naturales (su educación figura hoy con uno de los más altos índices de eficacia en matemáticas y ciencia). No hay conflictos entre los grupos religiosos. Una ley, junto con proteger a las iglesias (prohíbe, eso sí, a los Testigos de Jehová y a la Secta Moon), limita drásticamente el proselitismo y descarta la enseñanza de religión en escuelas estatales. Se aplican con rigor la ley para el Mantenimiento de la Armonía Religiosa y otras normas que castigan con cárcel la “intención deliberada de herir los sentimientos religiosos o raciales de cualquier persona”.

En lo urbanístico se le reconoce como ciudad–jardín, pero quiere más: ser una ciudad dentro de un gran jardín. Sus calles son de las más seguras y limpias. Las viviendas ofrecidas por el Estado se financian con crédito a 30 años y el Fisco descuenta de la deuda todos los impuestos pagados por el contribuyente. Pero los departamentos pertenecen a la familia solo por 99 años. Deben ser devueltos al Estado cuando se supone que los nietos del comprador ya están en condiciones de contratar su propio crédito.

Su economía no deja de crecer. ¿Qué ha hecho? El primer gobierno independiente fomentó el desarrollo de pequeñas industrias especializadas en productos de pequeño volumen y alto valor añadido. Hace cinco años, ya era el mayor exportador de chips. La revista Bloomberg dice que Singapur ocupa el cuarto lugar en innovación en manufacturas y el octavo considerando todas las áreas. Una advertencia: es mala la distribución de la riqueza pero –¡ay!– mejor que en Chile.

Los singapurenses que manejan el país son de etnia china. Lo hacen con sabiduría, aunque en una extraña democracia. Hay elecciones regulares, pero si el partido del gobierno, el PAP, como ocurriera el 2011, obtiene un 60 por ciento de los votos, controla el 93 por ciento de los asientos en el Parlamento, que elige al jefe de Gobierno. Durante medio siglo ha ganado las elecciones, soste- niendo en el poder a la familia Lee, la del patriarca Lee Kuan Yew, el “inventor” del Singapur moderno. Por décadas gobernó él y luego dejó en el poder por ocho años a su hombre de con- fianza, Goh Chok Tong. Ahora, y hasta 2017, gobierna su hijo, Lee Hsien Loong.

Es, de hecho, una semi monarquía absoluta con gestualidad democrática, pero de mano tan firme como eficaz. Extranjeros que viven en la isla me dicen que se trata de un “autoritarismo benigno” o “una dictadura de rostro amable”; en ningún caso una buena expresión de la democracia como la entendemos en Occidente. El más ácido de sus críticos lo llamó “un Disneylandia con pena de muerte”.

Este sistema no gusta mucho en el exterior. Pero la gente de Singapur parece dispuesta tolerar un mal modelo político mientras pueda disfrutar de una economía que crece y se mantengan el orden y la seguridad.

Muchos de sus habitantes, claro, tal vez no saben bien en qué clase de país viven. Lo que ellos pueden ver en la TV y en los diarios se los ofrece una sola gran empresa de comunicaciones y una sola de prensa escrita.Ambas dóciles al gobierno. Por eso –todo sea dicho– Singapur figura casi a la cola del mundo en materia de libertad de prensa.

Puede explicarse lo que ocurre. El país no ha vivido jamás la democracia y su líder, Lee Kuan Yew –muerto hace pocos meses, a los 91 años–, era un entusiasta partidario del sistema de partido único. Le parecía más eficiente que la democracia occidental y más compatible con las los valores de las sociedades del Sudeste Asiático. Por eso, su ejemplo entusiasma a China y a buena parte de la región. Pese a todo, Singapur se ha legitimado en Occidente porque es buen socio comercial, combate la corrupción y tiene elecciones periódicas, aunque sean lo que son.

En los años de Neruda y los siguientes, Singapur resultaba una ciudad extremadamente insegura para las mujeres.También abundaba la corrupción. Para combatir esos males se implantaron penas del infierno, que lo han hecho un país severo o represivo. Según Amnistía Internacional, llegó a tener uno de los índices de ejecución más altos del mundo en relación a su población, lo que en los últimos años tiende a suavizarse (dos eje- cutados hubo el 2014). Con estos y otros métodos ha conseguido que la gente común viva más tranquila que en cualquier nación de Asia. En lo que se refiere a la “percepción de la corrupción en el sector público”, Singapur ocupa hoy el lugar 7 entre 177 países calificados por Transparencia Internacional. Solo lo aventajan las cuatro naciones nórdicas, más Nueva Zelandia y Suiza. Incluso llegó a ocupar el primer lugar en el mundo hace unos años.

Le quedan, sin embargo, graves problemas por despejar. Es verdad que la mitad de la población, formada por extranjeros, se encuentra asimilada al país, y vive moderada- mente bien a pesar del alto costo de vida. Pero subsisten empresas constructoras y otras que importan trabajadores de Bangladesh y de otros países pobres para trabajos temporales, a quienes suelen darles muy mal trato. Los hacen dormir en barracones, sin privacidad ni comodidad alguna. He visto cómo los transportan en forma indigna, apiñados en buses que –en este estado controlador– nadie controla. Por eso se levantan con frecuencia voces de protesta fuera de Singapur.

Existe otro problema social, tal vez peor. Una ecuatoriana casada con hindú, que habla maravillas de su vida aquí, no logra contener su dolor por un tema sobre el cual se dice poco:

–Como se necesita estar casado para postular a una vivienda del Estado, muchos solteros consiguen mujeres campesinas en el extranjero. Pagan a grupos mafiosos chinos residentes en Singapur, quienes se las traen clandestinamente. Una vez adjudicada la vivienda, es muy común que esos maridos legales –algunos son homosexuales no declarados– simplemente devuelvan sus mujeres al grupo mafioso. Las campesinas chinas son obligadas a regresar a sus aldeas.

Se van con dolor. Singapur, a pesar de los pesares, es para ellas la antesala del paraíso.

Pero lo sabemos: el Hombre no llegó a la Tierra para construir paraísos.

Para sacarle el jugo

Barrios de otro mundo. Se siente intensamente el Oriente en los barrios Chinatown, Little India, Malay Village,  y en el más clásico,  Kampong Glam, con su mezquita Masjid Sultán. El Centro Comercial Mustafá, de Little India, no cierra de noche.   

Nirvana con sabor. Casi 50 mil puestos de comida callejeros hay en la ciudad, agrupados en hawkers centers, bajo techo y severo control sanitario. Es la capital gourmet del Sudeste Asiático, con todas las cocinas nacionales y regionales.

Malls en Orchard Rd. En sus 20 cuadras hay que ver The Paragon. Para hombres pitucos con lucas. Tanglin Shopping. Lujo en sedas, perlas, alfombras, mapas. Delfi Orchard. Porcelanas, estaño, cristal, boutiques. Suntec City. El más grande, con marcas en su sector Galleria. Ngee Ann City. Gran centro comercial del Sudeste asiático. Excelentes los seis niveles de su multitienda Takashimaya. Orchard Plaza. Fotografía y electrónica. Forum. Juguetes, tiendas para niños, antigüedades. Far East Plaza. Para los que buscan y no saben qué.

Mandamás del ocio. Clarke Quay, barrio a orillas del río Singapur, rescató varias manzanas del puerto para ofrecer noches entretenidas, con lujosos bares, discotecas, pus y clubs al estilo británico, y música chill out para los trasnochadores. Sultan Road es la alternativa popular.

El día y la noche. El área de Marina Bayconcentra el interés de la gente por su llamativa línea de rascacielos en las orillas de la bahía y las 100 hectáreas de tres grandes jardines o parques (“Gardens by the Bay”) en terrenos ganados al mar. Incluye fascinantes árboles gigantescos de acero recubiertos por plantas, iluminados y unidos por pasarelas en altura. También  parques de vegetación natural, invernaderos y exhibiciones. Cada noche se ofrecen gratuitamente espectáculo de luz y sonido, de agua y fuego, en  Marina Bay. Sobre la desembocadura del río echa agua por la boca el monumento símbolo de la ciudad, el Merlion. Mitad pez, mitad león, ha sido definido con sarcasmo como “el producto de una desafortunada aventura de una noche de Leo y Piscis”. Feíto, pero útil para selfies.  

Delirio del ArtDeco. Todo amante del art deco debe visitar– y tal vez  almorzar– en el Parkview Square, edificio de la calle North Bridge, inspirado en el Chanin de Manhattan, recubierto de granito, bronce, laca y cristal, y lleno de grandes esculturas de bronce en su plaza de ingreso. Tres pisos tiene la vitrina de vinos de su impresionante restaurante. Las botellas son bajadas a la vista de todos por una chica atlética que revolotea colgada de un cable. 

Barco en el cielo. Un arquitecto estadounidense-judío levantó el llamativo Hotel Marina Bay Sands en el corazón financiero del nuevo Singapur. A  200 metros de altura tiene piscina de 150 metros, con jardines,  que une tres torres. Parece barco varado. Se advierte aquí mucha  preocupación por su casino, que utiliza el 3% del edificio y aporta el 80% de las utilidades. Y poca atención a los 2.500 huéspedes. 

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