Pesadilla en Groenlandia

Pesadilla en Groenlandia

Mochileando entre esquimales

Por Luis Alberto Ganderats

Muchos se estremecen todos cuando escuchan nuestro relato, repetido más de una vez, con pelos y señales. Hemos llegado al límite de la desesperación. El trineo avanza apenas sobre el hielo, luchando contra la tempestad. Dos perros han muerto en nuestra búsqueda de los últimos esquimales al Norte de Groenlandia. A ratos, nos parece una estúpida pretensión el propósito de avanzar lo más posible hacia el Polo Norte. Esa meta la pusimos (alegremente) en Santiago después de volver de una navegación muy cómoda por la Antártica. Dos semanas tipo crucero, sin sobresaltos, que nos llevaron hasta el Círculo Polar Antártico.

Ahora es otra cosa. Vamos de mochileros y sin una planificación suficiente. Los diez   perros del trineo ladran lastimeramente, y el fotógrafo de origen polaco con quien viajo tiene congelados uno de sus talones y tres dedos de la mano derecha. Pero ya no hay más remedio que avanzar. Hemos quemado las naves. Resolvemos detenernos mientras dure la tempestad. Los perros husky, que son los mejores para correr cuando los demás corren, parecen enceguecidos- Se agreden, mordiéndose las orejas, las patas. Algunos sangran. Para evitar que se lancen contra nosotros, les tiramos los últimos trozos de carne de los perros husky  muertos ayer.

Si en 12 horas no hemos llegado a la aldea esquimal de Isumaminnik Panerput, los husky habrán desfallecido y será el momento de rendir el peor examen de todos: el de conciencia.

La tormenta comienza a ceder y con los gritos de rigor, “¡taarsilaarpoq, taarsilaarmuk!”, los perros ponen en marcha nuevamente el trineo. Entonces aprovecho para limpiarme unas llagas que asoman en mi cara y mascar un filete de pescado crudo, que sin aliño, llama al vómito.

El cielo aclara. Se asoma la esperanza. Vemos figuras humanas a lo lejos, sobre un trineo.

¡El primero en dos días! Echamos a andar nuestra grabadora. Se trata de una familia esquimal formada por tres personas.

-Estamos perdidos. ¿Vamos bien para llegar a Isumaminnik Panerput?—decimos en inglés.

El hombre, inexplicablemente, parece sonreír. Detrás de sus bigotes cubiertos de hielo aparecen algunos dientes amarillos. Y queda grabada su respuesta en nuestra grabadora. Algo así:

-Maanaliuna eqaluniarnitsinik oqalutuniarikit.

Inútil. Nada se entiende en ese idioma esquimal, en que una sola larga palabra parece suficiente para una historia completa. Optamos por repetir el nombre de la aldea que buscamos, girando la cabeza para los cuatro puntos cardinales.

Su mujer levanta un brazo y señala la huella por la cual veníamos y dice: “Isumaminnik Panerput”.

Tenemos que devolvernos.

Una mujer acogedora  

Escuchar el nombre de la aldea que buscamos nos tranquiliza. Al poco rato  divisamos muchas huellas convergentes a un promontorio nevado en medio del hielo. La tempestad de nieve las ocultó cuando antes pasamos sobre ellas. Escuchamos el inconfundible aullido de otros perros esquimales. “Aquí debe ser”, se alienta el polaco mientras despoja de sus correas a otro de los perros del trineo, ya casi sin vida. Todavía nos quedan nueve de los doce con que iniciamos el viaje.

Por fin, detrás del promontorio nevado, aparece Isumaminnik Panerput, con media docena de iglúes en cúpula. Al detener el trineo se nos acerca un hombre mordisqueando una especie de charqui. Es pequeño, fornido, como todos los inuit. Cuerpos hechos para retener el calor. Se cubre con cueros de reno cocidos con los pelos hacia adentro y lleva un voluminoso gorro con orillas hechas de cuero de perro.

-Qaleriiaat ilaat sulloqalersimapput.

Yo abro los ojos para escuchar mejor.

-¿Qué dice? -pregunta el polaco en inglés.

Al escucharle da unos grititos y del interior del iglú aparece un muchacho, que algo entiende de inglés. Explicamos que somos de una revista de Latinoamérica. ¿América, América…? Repite. No sabe dónde donde está Latinoamérica y ni siquiera que Groenlandia es, geográficamente,  parte de Norteamérica, aunque depende de un país europeo. Y lo más angustiante: no conoce la aldea que andamos buscando.

-Más al norte había otra, pero nos raptaron a una de nuestras mujeres, y ya la hicimos desaparecer –explica.

Nos ofrece pasar la noche allí. El lugar se llama Pingorqutaria. Nos guía hasta el iglú del más anciano de la aldea, que vive sólo con su esposa. Ella apenas asoma desde abajo de las mantas. Parece dormir y cubre su rostro con algo parecido a grasa de foca.   

El anciano se sienta en la cama de pieles hecha sobre el hielo, mostrando su desnudez hasta la cintura. Sólo habla inuit y danés. Nuestro improvisado intérprete le explica nuestra situación. El hombre deja ver su semblante más amable, y sin titubear se cubre con pieles y dice que se irá a pasar la noche a otro dormitorio del iglú.

El intérprete me anuncia:

-Por ser usted el jefe de la expedición, le ruega que pase la noche en su cuarto, y comparta  el lecho con su esposa.

-Se lo agradezco, dígale. Pero no creo necesario- respondo rápidamente.

-Acéptelo, por favor. Es una cortesía que todo buen hombre inuit tiene con el forastero. Y la esposa lo hace gustosa.

Fue una noche que nadie podría creer. Me habían enseñado una palabra esquimal de resignación:  Ayirnamat. “¡Que le vamos a hacer”. Ayirnamat…ayirnamat.

La mujer, arrugada, fofa, cubierta de grasa de foca, dormitaba aun cuando yo desperté a la mañana siguiente…

Alguien me lo había advertido: “Las pesadillas en Groenlandia son de no olvidarlas nunca”.

Junto con despertar desapareció la mujer esquimal llena de grasa, desapareció el iglú, se hicieron humo los perros, sanaron mis heridas como por encanto, y en vez de la vieja señora vi que estaba ¡solo! en una mullida cama de hotel en la villa groenlandesa de Sisimiut (a la cual llegamos anoche) después de un tranquilo viaje en helicóptero.

Los últimos hombres

Antes de soñar esa pesadilla, otra cosa había desaparecido ya casi por completo de mi cabeza: la imagen que traía del mundo esquimal. Los autores italianos de relatos sobre este mundo se han quedado atrasados en un siglo. Sólo unos pocos inuit de Groenlandia siguen siendo nómades, pero ninguno vive en iglú (quedan unos pocos en Canadá). El iglú es una solución de emergencia cuando salen a cazar focas. Viven normalmente en casas tan sólidas como las nuestras (de colores más alegres), incluso habitan en edificios de departamentos. Se encandilan con las novelas de la TV, juegan al fútbol, estudian como todos y votan por sus parlamentarios. Ellos mismos decidieron democráticamente, no hace mucho, que Groenlandia dejara de pertenecer a la Unión Europea, único miembro, por lo demás, que ha tomado esa determinación. Siguen siendo, eso sí, técnicamente, miembros de una colonia, pues su isla, la más grande del planeta después de Australia, depende de Dinamarca, de la cual es “región autónoma”, aunque la supera 45 veces en tamaño. Los daneses no soltarán la presa. Ya encontraron  petróleo en sus costas, equivalente a la mitad del que existe en el Mar del Norte. Y es posible imaginar las riquezas que oculta la tierra bajo el hielo (aparte del agua) que cubre casi el 90 por ciento del territorio.

Unos 30 mil esquimales y nórdicos viven en pequeñas, coloridas y confortables ciudades sobre la costa –de 5 mil habitantes en promedio–, y la capital sólo tiene 15 mil. El extremo norte de la isla se encuentra bajo mandato de los Estados Unidos. No nos permiten ingresar.

¡Cambiamos de plan!

Para acercarnos más a la aventura y al extremo norte del globo, decidimos seguir viaje hasta el último lugar habitado por el hombre en el Hemisferio Norte: Svalbard, donde ahora  nos encontramos. Este grupo de islas no son danesas como Groenlandia. Son vagamente noruegas, pues también las pueden explotar todos los países firmantes del Tratado de Svalbard, la propia Rusia, entre otros. (Se hallan más cerca del Polo Norte que la base antártica con que Chile pretende acercarse al Polo Sur, anunciada hace pocos días por el presidente Piñera).

Svalbard, a sólo 1.000 kilómetros del Polo Norte, fue y es el lugar preferido por los más grandes exploradores polares para iniciar sus aventuras. Roald Amundsen, el primer hombre que llegó por aire al Polo Norte y caminando al Polo Sur, inició muchos de sus viajes desde el lugar donde ahora acampamos. Se trata de la aldea de Lonyearbyen, de la isla Spitsbergen, la única habitada del archipiélago de las Svalbard. Amundsen partió en dirigible desde aquí, desde su base científica Ny-Alesund, para descubrir el Polo Norte desde el aire. Hizo el más trágico viaje de su vida en 1928, volando desde la vecina Tromso, ciudad noruega donde el viajero habitualmente toma el avión que lo trae a Longyerabyen. Su cuerpo desapareció para siempre en aguas del mar ártico de Barents, que se escucha rugir en las costas de Svalbard. Entre febrero y abril las mil luces de la aurora boreal suelen iluminar como nunca estas aguas. Parecen un homenaje a Amundsen  que desde ellas partió a descubrir otras dimensiones.

Mochileros sin mancha

Con una cierta sonrisa nos recibieron cuando llegamos a Svalbard. (Eso dicen nuestros apuntes de un viaje que va alejándose en el tiempo). Comparados con los exploradores polares de tomo y lomo, nosotros seguramente parecíamos excursionistas de boutique. Nuestras mochilas de 75 litros lucían limpias como traje de novia; la carpa reforzada nunca había sido montada; los sacos de dormir seguían en paquete, las zapatillas con cadenas relucían y los equipos de supervivencia estaban intactos. Asesorados por nuestro amigo Gastón Oyarzún, que ha subido 24 veces al Aconcagua, habíamos comprado esos equipos en una casa de Londres especializada en hielo y montañismo, y nos fuimos casi de inmediato al aeropuerto de Heathrow, llenos de bultos…, en Metro.  ¡Queríamos hacer un esforzado viaje de mochileros!

Al llegar al control en Svalbard, no supimos qué responder cuando la policía nos preguntó qué tipo de armas usaríamos durante la excursión. “Aquí se lleva normalmente rifles; están permitidos y recomendados”, nos dijo el oficial. “Ha habido varias muertes por ataques de osos blancos. No queremos que se repitan”.

¡Muy tarde como para devolverse! Y mientras tratábamos de llenar el formulario Ekspedisjoner til Svalbard, en que se nos pedía identificar al “leder”, también al médico de la expedición, a la compañía aseguradora, la licencia del radiotransmisor…, empezamos a sospechar que nuestra presencia estaba provocando más regocijo entre los policías que cualquier otra del último siglo. No sirvió mucho informarles que en la capital noruega habíamos tenido una reunión con el director del Norsk Polar Institutt, una de las eminencias en el tema polar, el Dr. Tore Gjelsvik.  Él nos confirmó que era de requisito llevar nuestra carpa y sacos de dormir, porque en la isla no existía ni una sola pieza para viajeros. Por ser periodistas, creyó necesario informarnos que estaban en marcha proyectos para instalar hoteles, organizar excursiones en trineos con perros, hacer sobrevuelos en helicóptero… actividades recreativas  que cuando él murió, hace seis años, ya era realidad.

Los policías nos autorizaron a entrar, pero advirtiéndonos que debíamos levantar campamento cerca de la aldea y de alguna carpa con excursionistas armados. También con ellos podíamos hacer caminatas. Luego de ver grandes letreros en el puesto de control que prevenían sobre la amenaza de los osos blancos, obedecimos todas las instrucciones sin chistar. “El oso blanco pesa hasta 400 kilos; nunca huye del hombre, lo busca”. Instrucciones: Si se encuentra con uno de ellos, jamás corra. Camine pausadamente, sin perderlo de vista. Si advierte que lo empieza a seguir, deje cosas en el camino para entretenerlo, pues es animal curioso. Calcetines, gorros, parkas… Cualquier cosas llamativa puede darle tiempo para esconderse o llegar a lugar seguro.

Si nada resulta, será del todo recomendable rezar las últimas oraciones (las más cortas del repertorio).

Dejé dicho en mis apuntes de viaje que los osos eran los primeros sospechosos de haber escrito tales instrucciones. Así conseguían que el excursionista se desnudara de a poco. ¿No será que nos quieran comer sin cáscara, sobándose las manos antes de empezar la merienda?  (En el 2013 los osos se han alejado más del pueblo y hay una red de cámaras ubicadas en las afueras para detectar su presencia).

Armar la carpa se transforma en un curso breve de paracaidismo, pues vuela, inflada, casi sin control. Un resbalón en el hielo puede dejarnos adoloridos hasta las pestañas, o internados en una clínica con el cuerpo hecho un puzzle de huesos. Finalmente, instalamos la carpa protegida del viento junto a un glaciar alto como edificio de 10 pisos. ¡Fresquito!

¡Pero sin quejas! A eso vinimos. 

En nuestras excursiones –la mayor de unos 20 kilómetros—vemos osos rebotando, jugueteando, sobre los hielos, pero cientos de metros más abajo de nuestra posición y, claro, también evitamos que nos descubran, porque la confianza es buena, pero la desconfianza es más segura. Fotografiamos lugares hermosos, interesantes, ninguno mejor, eso sí, que los de la Antártica. Y como las soberbias auroras boreales se producen bien avanzado el invierno, no las podremos ver. Es verano en el Hemisferio Norte, y la noche se encuentra clausurada. Existe menos riesgo de imprevistos con los osos y el tiempo, y por la falta de noche se producen situaciones no vividas antes. Ayer, de la carpa vecina alguien nos despierta con sus gritos.  

–¿Qué hora es, please?—nos grita desde la distancia.

–Las doce y media.

–¿De la mañana?

–Nooo, de la nooooche…