París para adultescentes

París para adultescentes

Buscamos el París que gusta a esos seres que tienen entusiasmo adolescente y bolsillo de adulto: los adultescentes. Algunos trabajan con éxito, pero siguen mantenidos por la Fundación Mi Papi. Otros viven por su cuenta. Este es su París. En octubre nació aquí el mall más grande construido en una década, y cerca de Lyon, la insuperable Ciudad del Chocolate de Valrhona.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats 

Caminamos por la colina de Montmartre  con la mejor compañía posible para el París con que queremos tentar a todo buen viajero: se trata de un chileno adultescente. Ya sabemos que los adultescentes son esos envidiables adultos con gustos y entusiasmos todavía adolescentes, solteros, casados o rejuntados sin hijos, que tienen la curiosidad del niño y bolsillo de adulto. Algunos todavía viven en casas de sus padres, como incansables beneficiarios de la Fundación Mis Papis. Y otros que trabajan y perfecciona aquí sus conocimientos, como el arquitecto chileno Pedro Félix Campion . Con él  caminamos ahora. Lo mismo hace su esposa, Vivianne de Castro , también arquitecto. Con la ayuda de ellos y otros conocedores nos estamos asomando a otra manera de ver y paladear París.

Hoy día, cuando aún la solitaria noche de la ciudad empezaba a abrirse a los primeros rayos de sol, con nuestros amigos esperábamos el amanecer desde un restaurante de la colina de Montmartre, “el último pueblo de París”. Ver amanecer sobre los tejados de la ciudad fue una experiencia de placer que no podíamos comprar en ninguna tienda de souvenirs. Y antes de ir a fotografiar París desde la Sacré-Coeur, un café  de la Place des Abbesses daría paso a uno de los desayunos más memorables. Debíamos escoger con dudas si empezar por una omelette, un brioche, un croissant, varias magdalenas, alguna napolitana de chocolate o pan baguette tibio con mantequilla y mermelada de fresas. Probamos todo. Pagamos mucho. Buscaríamos más tarde los olores a acuarela, tinta y óleo en los cafés repletos de artistas en la Place du Tertre. ¡Oh, la, la, París!

El otoño del 2013 ha iniciado ya su propio festival, aunque con alguna preocupación: el 18 de octubre se abrió el mall más grande construido en toda Francia en los últimos 10 años: el Aéroville, a 3 minutos del aeropuerto Charles de Gauylle-Roissy y a sólo 30 minutos del centro de París. Más de 200 boutiques en 84 mil metros cuadrados. Muchos comerciantes del París tradicional nos hablan de él con temor. ¿Dónde comprarán mañana los turistas y los parisienses? ¿Dónde comerán?  Los árboles empiezan a desnudarse antes de dejar entrar al invierno, sus hojas pintan de rojo al Sena y la ciudad se hace cada día más melancólica, más impresionista. La caliente sopa de cebolla esparce su olor penetrante y París se pone goloso con los primeros fríos. También se hace hostil para algunos inmigrantes nuevos, porque sentir hambre es duro donde todos los barrios huelen a comida. No es fácil caminar oliendo esos auténticas provocaciones que son los mignon, los entrecot, los quesos gruyere, las salsas bechamel y soubise…

Esta vez no vamos a seguir la ruta de la nostalgia. Queremos mostrar mejor  el París que entusiasma a los adultescentes. Otro día pronunciaremos esas palabras que lo dicen todo: D´Orsay, Notre Dame –que está cumpliendo 850 años–, Conciergerie, Sainte-Chapelle, Palais Royal, y esas esculturas del alma nocturna de París que son la pirámide del Louvre y la Torre Eiffel.  Los dos jóvenes arquitectos que nos guían no dudan que también debemos descartar (al menos entre las primeras opciones), el bulevar Haussmann y sus grandes almacenes y galerías como Lafayette, Printemps, Samaritaine. Y dejaremos para más tarde el París ultramoderno y ultra mezclado de la Grande Bibliothèque y la dominante modernidad de La Défense.

VER Y SER VISTOS

El París 2013 invita empezar por el Marais, el antiguo barrio judío. Es el lugar donde nos dicen que todos van, y para allá vamos tomando la línea 1 del Metro.  www.parismarais.com Elegante y a la vez rupturista, con rincones casi campesinos en la orilla derecha del Sena, cerca de su preciosa Place des Vosges, un gran cuadrado de edificios antiguos, iguales, perfectos, descubrimos que el Marais se ha llenado de hoteles de diseño y sofisticados restaurantes. La más entretenida movida gay tiene en aquí su centro. Cada día crece más y ahora sobresale el Alto Marais, que tiene lo más chic en tiendas. Hay que recorrer las calles Charlot y Poitou. Caminamos por las calles más queridas del  Marais: Francs Bourgeois y Thorigny, rumbo al Museo Picasso. O por rue de Turenne, con sus tiendas de delicatesen. Terminamos almorzando en LÂrsenal, sabrosísimo bistrot “des annes 60”, en rue Saint Antoine, al lado de la plaza Des Vorges.

Nosotros nos vamos ahora tras la gran moda de París. Pero no a las boutiques del Distrito 1, el más elegante y excluyente, con el hotel desde donde la princesa Diana salió en su último viaje (el Ritz), ni donde están las mejores joyerías del mundo. Nos vamos a buscar la mejor ropa de alta costura sobreviviente de los años 60, de segunda mano y una sola postura, a precios imposibles (450 euros un par de zapatos Dior). Con la ayuda de Google seguiremos a otras tiendas de este circuito de enguantada segunda mano tras la pieza única: Odetta Vintage, Porte de Clignancourt y Dagommere. La mejor de todas, Didier Ludot, está detrás del Palais Royal, al lado del Louvre, en la decaída galería Montpensier. Parece un pequeño museo. Algunos de los modelos que exhibe no habrían desentonado entre los burgueses de la Revolución Francesa.

LAS NOCHES DE PARIS

Queremos ver la noche segura de estos viajeros desaprensivos y gozadores. Primero hay que decir que no la tienen tan fácil. París muere temprano. Se quejan los franceses que no hay tiempo para nada: Métro, boulot et dodo. O sea, tomar el Metro, trabajar y dormir. También la disciplina social es notoria, la crisis no cede, y es muy cara la mano de obra nocturna. Naufragan temprano los trasnochadores que toman recorridos en les bateaux parisiens del Sena que llevan por bares y clubes. También los entretenidos 8  buses-discotheques que recorren la ciudad con distintas músicas y bailes.  contact@busdiscotheque.com Para no repetir los lugares cada noche de salida, hay que recorrer bastante hasta encontrar las islas de alegría que sobreviven después de las 2 de la mañana.

Es de lo que se queja el chileno J. Manuel  Vial, estudiante de guitarra. Nos recomienda los bistrots y cafés de la rue Oberkampf, en el Distrito XI. Es la meca del underground, partiendo por el Café Charbon. Al observarlo desde afuera nos parece un panal humano, con parroquianos multiplicados por los grandes espejos de las paredes. En el sector se puede bailar con el sonido electro de algunos de los DJs más populares, y en lo alto de la misma calle, el café Place Verte nos permite comer bien por menos de diez euros.

Los del Marais subsisten por la eterna alegría gay cerca de la Place des Vorges. Algunos también traspasan la medianoche en Montmartre, y en el Barrio Latino se sigue hasta tarde gritando rock’n’roll en Le Piano Vache, cerca de donde se juntan los bulevares Saint-Michel y Saint-Germain. Naturalmente, están abiertos otros muy turísticos  locales de Champs-Élysées, pero se hacen pagar.  

En las antípodas de estos barrios, donde lo que brilla es el pasado, se encuentra el barrio La Défense. No terminaremos de conocer París ni la arquitectura francesa hasta que no lleguemos a su sector financiero más moderno, dominado por ese arco magnífico, gigantesco, obra maestra de un… danés. En la superficie sólo vemos gente caminando, edificios, algunas esculturas y jardines. Bajo tierra, servicios de comunicación, estacionamientos, áreas de servicios. Un bello París de última generación que se ha estado llenando de alardes técnicos, en un atractivo juego de volúmenes, curvas y espacios, de nuevas formas. 

PLACERES TERRENALES

Se nos reprochará que no hayamos empezado este relato contando cómo  dormir en París. Pero uno no viene a dormir, viene a soñar. Hay opciones diferentes. ¿Qué deberían escoger los genuinos adultescentes? Para dormir, aunque vengan forrados en euros, mejor desechar la categoría Palace: el George V,  Bristol, el Meurice, el Plaza Athénée, el Crillon, el Ritz de la princesa Diana y del Código Da Vinci (ahora considerado para nuevos ricos), y los más contemporáneos como el Mandarín Oriental, Shangri-La o el W, abierto hace poco al lado de la Opera Garnier.

El adultescente que se respete debería ir a una pensión en el corazón del viejo París. O a una casa de huéspedes eco-resposable, cerca del Metro, sin nada superfluo, para vivir la ciudad desde esa realidad que de otro modo no conocerá. Tomará desayuno en la intimidad de un hogar francés –como ocurre en Une Chambre en Ville, de 10 rue de Fagon– y no en la atmósfera cosmopolita de un gran hotel, cada vez más cargados al gusto de chinos o rusos ricos. Pero no se trata de renunciar a todos los placeres y curiosidades que suelen producir los hoteles de alta categoría. Un cóctel a media tarde, un café con torta de nuez o chocolate, serán suficientes para  meter la nariz en ese mundo ajeno. Y disfrutarlo.

Si hay paladar femenino de por medio, podemos gastar muy bien los euros en un recorrido por los más notables chocolatiers, probando trufas que se exhiben como si fueran anillos de diamantes. Si la idea tienta, hay que averiguar primero por la marca Valrhona, que en octubre inauguró su Ciudad del Chocolate a una hora de Lyon, pero cuyos productos están en Charles de Gaulle y en los lugares más elegantes de París. Son insuperables. Le siguen en calidad Michel Cluizel, Michel Chaudun y Pier Marcolini. Será la búsqueda más dulce, que nosotros esperamos hacer antes de tomar nuestro avión de regreso.

¿Y cuál puede ser la mejor búsqueda salada?

El arquitecto Pedro Felix Campion rechaza la carta de los restaurantes o bistrós. Prefiere el menú del día, siempre muy bueno, casi barato. Nos muestra el refinamiento de los restaurantes discretos de Chatelet, del Marais, de los clásicos Barrio Latino y Saint-Germain-des-Près, y los costosos sabores de Champs Elysées. Nos paseamos por la comida mínima y casera de los bistrots, por los mariscos, las carnes y salchichas de los brasseries, y los multiplicados cafés que disponen de sandwisches para matar el hambre sin que falte el placer. Igual hemos querido juntar sabor y tradición llegando hasta Le Procope, café del siglo XVII, cerca de Saint-Germain-des-Prés. Dicen que Diderot y D`Alambert discutían aquí sobre su Enciclopedia. Ahora nos tomamos a sorbitos uno de los cafés expreso más exquisitos, entre muros dorados y espejados, lámparas de lágrimas y mesitas de madera vestidas de blanco.

En la noche queremos regresar a los bistrots y cafés de la rue Oberkampf. Pisar otra  vez la meca del underground, partiendo por el panal del Café Charbon. Viviremos el vaporoso París de los adultescentes hasta que el avión nos lleve de vuelta a la realidad.     

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