Nunca vuelva a Santorín

Nunca vuelva a Santorín

Regresar a Santorín es un acto de imprudencia. Sólo puede explicarlo un estado de enamoramiento febril. Cuando un lugar nos llena de placer con su atmósfera de sueño, volver no es aconsejable: podemos borrar en un minuto lo que hemos guardado por años como un momento de gloria. Es mejor buscar en la Tierra otros lugares que nos dejen sin respiración. Nacida de un cataclismo volcánico en el Egeo, es un enorme peñasco de lava vestido de pueblos blancos. Un desatino bello y milagroso, entre neblinas. El más perfecto escenario para la magia.

© Viajes National Geographic

Cometí la imprudencia de volver. Mejor no lo hubiera hecho. Mi avión llegó a  Atenas al final de la tarde, y la primera combinación posible era en la madrugada siguiente. Decidí dejar mi maleta en custodia y pasar la noche caminando por Plaka, a los pies del Partenón. Bebí entera la risueña noche de Atenas. Y a primera hora del día siguiente estaba en el aeropuerto, puntual como siempre. Hice mi registro para mi vuelo a Santorín, entregué la maleta y me puse a caminar por el moderno aeropuerto, despreocupado. Al presentarme en la puerta de embarque, me recibió la cara agria del personal de la línea aérea. Me habían llamado por los parlantes durante casi una hora. Al no tener respuesta, el avión seguía esperando, esperando…lleno de pasajeros sofocados. Después del drama de las Torres Gemelas, nadie se atrevía a dar la orden de iniciar el vuelo con una maleta abordo cuyo dueño estaba desaparecido. ¿Qué había ocurrido? Algo muy simple: este pasajero nunca averiguó sobre la  diferencia horaria entre su ciudad de partida, en el centro de Europa, y la capital del Partenón. Había una hora de diferencia, y al no ajustar su reloj…Trotando me hicieron embarcar junto a otros dos pasajeros atrasados. Al entrar a esa cabina agobiante por el calor, repleta de gente, ocurrió lo impensable: una rechifla resonó como circo romano. Caminé, encogido, sin poder explicarles que este detestable pasajero impuntual era un volado como pocos, pero maniático de la puntualidad (“la virtud de los pesados“, la llamó el gracioso viajero Evelyn Waugh.)

Mi segunda visita a Santorín resultó aún más dulce que la primera. Supe, sin embargo, que el camino de regreso pasaba a través de un pasillo de avión que explotaba en indignación. Parecía el precio de desafiar a los dioses tronantes del inmenso cráter, donde algunos investigadores quieren ver los vestigios de la Atlántida. Quizá qué ocurrirá la próxima vez. He decido no ir a Santorín nunca más. O volver sólo para quedarme dormido junto a la hermosa fosa volcánica. En mi testamento incluiría, sin falta, un pedido: “Pongan en mi tumba un bote-salvavidas.”

Nunca se sabe.