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Nueva Orleans no está muerta. Anda de parranda – Luis Alberto Ganderats
Nueva Orleans no está muerta. Anda de parranda

Nueva Orleans no está muerta. Anda de parranda

Este año se cumple una década del paso del huracán Katrina, que casi despobló a Nueva Orleans. Pero no está muerta: anda de parranda. De rumba y de parranda; como siempre. Alojamos al lado de la pecaminosa calle Bourbon, para tomarle la temperatura. Casi nos incendiamos. Aquí siguen vivos los fantasmas, los hombres-vampiros, el vudú, las antiguas plantaciones con esclavos, las sabrosas cocinas de los cajunes y los creoles. Su famoso carnaval Mardi Gras se repite a partir del 13 de febrero, prometiendo escandalizar y rumbear a todos. ¿Quién se anota? 

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Estamos iniciando el descenso al aeropuerto Louis Armstrong de Nueva Orleans”, se anuncia por los parlantes del avión. Un sacudón de emociones sentimos los que amamos la música que el afroamericano hiciera arte mayor.

Escuchar el nombre de Louis Armstrong como el de un auténtico patrono de una ciudad de los Estados Unidos, resulta impresionante para quien –como este reportero—viene de visitar Atlanta, donde por estos días se celebran los 75 años de la película más taquillera en la historia del cine: Lo que el viento se llevó. Ellarelata sucesos trágicos de la época en que los Estados blancos –Atlanta entre ellos– se levantaron en contra del gobierno central, que defendía el fin de la esclavitud, la llamada Guerra de Secesión. Al lado de nuestro hotel permanece la casa rojiblanca y museo de la autora de Lo que el viento se llevó, Margaret Mitchell. Y a 32 kilómetros, en la localidad de Marietta, un museo exhibe la historia de esa cinta con que Clark Gable, Vivien Leigh y Olivia de Havilland hicieron llorar a media humanidad.

Atlanta, que ha creado muchos de los símbolos del mundo actual –Coca Cola, CNN y Delta, hoy la primera línea aérea del mundo en transporte de pasajeros regulares y que tiene aquí el aeropuerto más activo del planeta–, sigue siendo una ciudad mayoritariamente blanca. Basta echar una mirada rápida en las grandes oficinas, en los barrios llenos de jardines, para comprobar que normalmente la gente de sangre africana sigue teniendo a su cargo las tareas menos importantes. El viento se llevó muchas cosas. No todas.

He caminado durante horas un anillo urbano que está renovando los barrios históricos, el Belt Line. Estos barrios envejecieron cuando los habitantes acomodados empezaron a emigrar a zonas suburbanas y pueblitos vecinos, alejándose de la ciudad. Ahora muchos están volviendo para radicarse en el Belt Line, cerca del Centro, ocupando edificios de última generación entre jardines, edificios nobles cuidadosamente remozados y antiguas instalaciones industriales convertidas en sedes de arte y de comercio.

Aquí es posible recordar a Martin Luther King, el luchador por los derechos civiles, cuya casa natal forma parte del Sitio Histórico Nacional que lleva su nombre. Este pacifista y protestante por los derechos civiles de los negros y la guerra de Vietnam, fue apresado 20 veces, especialmente por el famoso sheriff  y ex militar Prittchet. Recibió el Nobel de la Paz a los 35 años, y fue asesinado a los 39. Hoy, Estados Unidos lo recuerda con un feriado nacional.

No es el drama lo que manda en Atlanta. Tiene muchos éxitos y presencia universal. En una visita al Centennial Olympic Park se puede recorrer el extraordinario Acuario de la ciudad, el Mundo de la Coca-Cola  y hacer la visita Inside CNN. Seguir luego al Museo High, el más grande del sur de los Estados Unidos. Es interesante un recorrido por el Museo de la Herencia Judía, con un siglo y media de historia, y dedicar un día a recorrer algunos de los enormes centros de compras repartidos por la ciudad, partiendo por Lenox Square  y Phipps Plaza.

Bourbon Street: ayayay

Llegué a Atlanta en un viaje especial organizado por Delta para dar a conocer los servicios de su clase ejecutiva, Business Elite, que incluye espacio para dormir. Al despertar, la auxiliar me dijo que ojalá hubiese descansado tan bien como en mi cama. “¡Mejor!”, tuve que responder, porque así fue.

Ahora me acerco a Nueva Orleans, junto al Mississippi, para saber qué ha pasado al cumplirse una década del mayor desastre natural en la historia de los Estados Unidos. El paso del huracán Katrina provocó la salida del lago Pontchartrain. El 80 por ciento de Nueva Orleans quedó bajo el agua. Muchos murieron y casi la mitad de la población tuvo que vivir largo tiempo en otras ciudades. 

El Barrio Francés, donde alojamos, nos hizo saber de inmediato que el drama ha terminado. Esta ciudad alegre y un poco bribona, cambió ya su agonía por la algarabía. Dejé la maleta en el hotel Bourbon Orleans y a los pocos minutos, tuve una experiencia poco común en los Estados Unidos: caminar por puro placer. Caminar entre históricos edificios de estética francesa, tiendas muy entretenidas; sobre calles peatonales o de poco tránsito, gozando con vitrinas divertidas o sorprendentes. Viendo por fuera casonas de famosos, como la de Angelina Jolie y Brad Pitt, construida en 1830, que la compraron después de filmar aquí El curioso caso de Benjamin Button. Está en pleno Barrio Francés, o French Quarter, lejos de Canal St., donde corre el carnaval una vez al año, pero al lado de Bourbon St., donde la fiesta nunca acaba. Pagaron 3,5 millones de dólares en 2007. Luce renovada y casi enteramente blanca en Gov.Nicholls 521.

Admirable por su arquitectura, este French Quarter en realidad sorprende más por otra cosa: por su gente suelta de cuerpo, a ratos desenfadada, y cuyas calles no se hacen aptas para niños (ni abuelitas) durante el carnaval de Mardi Gras. Durante esta celebración (13 al 17 de febrero) toda trasgresión es permitida, y a veces recomendada. Canal St. y la calle Bourbon se incendian a lo largo de todas sus cuadras, contagiando su alta temperatura a todo el vecindario. Dicen que para recuperarse del Carnaval después hace falta una reflexión, y por eso siempre se celebra antes de la Cuaresma.

No sólo durante el Mardi Gras, sino cada día del año, la ciudad echa fama por su alegría y mil actividades ligadas a la magia, al vudú, al vampirismo, los zombis. También por el turismo necrológico con visitas a cementerios como el de Lafayette, donde se rodaron escenas de la película Entrevista con el vampiro, cuya novela inspiró a Sting para su canción “Luna sobre Bourbon Street”. El músico se paseó por esta calle de toscas diversiones y dijo haber tenido “la clara impresión” de que le estaba siguiendo un mitológico vampiro del vecindario. 

Comiendo con el fantasma

El ambiente se presta para cualquier cosa, eso está claro. En mi hotel me han ofrecido visitas a las antiguas plantaciones, antes llenas de esclavos, y  también tours de Fantasmas del Barrio Francés, Vudú en New Orleans, Escándalo de la Ciudad, Vampiros en Nueva Orleans, Fantasmas y Leyendas del Garden District… Anoche no más comimos en el Muriel´s, acompañados por un fantasma. Me explico: la mansión donde funciona dicho restaurante es casa encantada, según la gente local. Y luego de relatos que prefiero evitar aquí, tras largo tiempo de miedos y sospechas, su propietario llegó a un acuerdo con el fantasma que lo habita. Por eso, todas las noches una de las mesas se viste elegantemente, para tres personas. En ellas, el antiguo señor de la casa –muerto por un caldo envenenado, dicen– puede agasajar a sus amigos.

Algo de estos caldos el lector puede beberlos con la ayuda de Isabel Allende. En su novela La isla bajo el mar hace hablar a la esclava mestiza Zarite. Era haitiana, como tantos que llegaron aquí con el vudú y la esperanza de un mundo mejor en el siglo XVIII. Pero junto a este mundo de zombis y vampiros, que intriga a todos, permanecen intactos los muy refinados y formales barrios  Garden District –con mansiones de doble ancho y excelentes restaurantes, como el Commander`s Palace -, y el Warehouse District, conocido por sus galerías  y museos (no por el vudú).

Moros en los balcones

Bourbon Street, en cambio, diariamente y a toda hora, no oculta muy bien su comercio sexual, y en la noche está llena de lugares donde florece el striptease, el hot jazz, el rock, el rythm&blues. Aquí no importa tocar bien; lo que importa –como siempre–  es sentir lo que se toca. Quienes se ruborizan con facilidad deben mantenerse alejados. O al menos tener la certeza de lo que ocurre en Nueva Orleans, queda en Nueva Orleans, al igual que en Las Vegas. Quien se desmadra, a nadie rinde cuentas.

En la Bourbon St. y calles vecinas, grupos de jazz se instalan sobre las veredas, llenando de sonidos y alegría el Barrio Francés, el antiguo Vieux Marré. Aquí nació el jazz entre los esclavos liberados, y aquí permanece más vivo que en cualquier otro lugar. En su origen no hay otro antecedente más importante que la música que trajeron los esclavos africanos. Sin embargo, en su forma de desarrollo algo tuvieron que ver la atmósfera musical dejada por los franceses y el fin de la esclavitud luego de la Guerra de Secesión. De su permanencia es responsable la sociedad entera, gestada por colonialistas españoles, campesinos sicilianos y colonialistas franceses y sus esclavos negros que llegaron a Nueva Orleans desde Haití, cuando parte de esa isla declaró su independencia. 

Lo mismo ocurre con la arquitectura de los barrios antiguos. El estilo es básicamente francés, pero la mayoría de las casas y otras construcciones fueron levantadas en ese estilo durante el período español. Y los españoles aportaron los balcones y mil elementos de forja que le dan carácter a Nueva Orleans, aunque ellos fueron introducidos a España por los moros.

Nueva Orleans es una síntesis de mucha cosas. En el Barrio Francés y sus distritos vecinos del sector histórico, lo que manda es la alegría y la audacia en el uso del color en muchas fachadas. A ratos nos ha parecido una ciudad más francesa aún por lo impresionista y naïf. Con rasgos de algunas naciones afrocaribeñas, como el Haití de la esclava Zarite.

La cadena de influencias y herencias se repite en la gastronomía. Su cocina criolla o creole tiene deudas con los franceses, españoles y africanos, y se nutre principalmente de la pesca en el vecino Golfo de México, y de los tomates que los sicilianos introdujeron en la dieta. Lo que nadie debe perderse al desayuno (o a cualquier hora), son unos buñuelitos  franceses llamados beignets, que llegan a la mesa medio ocultos bajo una generosa capa de azúcar flor. Los beignets vienen tentando al hombre desde los remotos días del Imperio Romano,y nadie los hace mejores en Nueva Orleans que el Café du Monde (800 Decatour St.).

Otra comida viva en los fogones de Nueva Orleans es de cuna americana: se llama Cajún. Llegó desde tres provincias marítimas de Canadá en las alforjas y los paladares de campesinos de origen francés expulsados por los británicos. Ahora, a ellos se les reconoce en Nueva Orleans como una comunidad especial: los cajunes. Al asilarse en Nueva Orleans dejaron en la cocina esta huella que no se borra ni tampoco se digiere con facilidad (todo sea dicho). Se basa en carne de cerdo, salchichas, carne de caza, cebollas y legumbres. (Una advertencia: Nueva Orleans no es lugar para los que cuentan calorías a la hora de comer).  

Todo el mundo se besaba

También en lo cultural, la mezcla ha dado aquí frutos memorables. Una vez derrotada la segregación racial, blancos y negros han podido desarrollarse casi en forma paralela, mejor que en la mayoría de los Estados separatistas y racistas del Sur. Hoy podría decirse que es la capital de la cultura afroamericana en Estados Unidos. Una gruesa clase media negra ha surgido de dos centros de educación superior dedicados a borrar  las distancias culturales con los blancos (Universidad Dillard y Universidad Xavier). Nos dice un cronista local que no se haría justicia a la historia de la ciudad si se pensara que el jazz y el blues son sólo música de pobres o música de oprimidos. En la ciudad pasaban otras cosas. Se podía vivir bien.

 “El reloj avanzaba con menos prisa; todo el mundo se reía con mayor facilidad; todo el mundo se besaba; todo el mundo se enamoraba; había alegría. Ésa es la razón por la que muchos de sus habitantes, negros y blancos, nunca han emigrado hacia el norte”. Agrega que no han optado por abandonar un lugar en el que se han sentido como en casa en unos barrios que se fundaron hace siglos. “Nunca abandonaron unas familias cuyo carrusel de bodas, bautizos y funerales ha llegado a constituir el tejido del que están hechas sus vidas. No han querido dejar una ciudad en la que la tolerancia ha sido siempre capaz de imponerse a los prejuicios”.

De tales aires frescos ha respirado el afroamericano en Nueva Orleans. Y eso se advierte en su alegría desde que ponemos un pie en Bourbon St., o en otras calles del Barrio Francés. Tiene algo que no es gringo ni francés; ni español, africano o italiano. De todos tiene un poco. Es una fusión más bien fortuita, accidental y afortunada, que al pasar por el cedazo de huracanes, por amenazantes ríos y lagos, por los vericuetos de la magia, el vudú, el vampirismo, los zombis y el turismo necrológico, ha dado origen, inesperadamente, a una ciudad marcada por la alegría, por la libertad y la gracia. Por el vivir y dejar vivir. No venir a conocerla puede ser una malísima idea. El ya inminente carnaval de febrero, el Mardi Grass puede ser la mejor de las ocasiones. Y después  –sólo después— tendremos la opción de vivir la Cuaresma con abstinencia y penitencia, como Dios manda.

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