Manu. Los vecinos invisibles

Manu. Los vecinos invisibles

Desnudos y asustados, a sólo 650 km. de Arica, miles de hombres del Amazonas, con sus hechiceros y fantasmas, siguen viviendo separados de todo. Invisibles. Nadie puede acercarse a ellos. Pero no es difícil llegar al parque nacional peruano del Manu para conocer el mundo al que esos indígenas se niegan a renunciar. Lo hicimos y fue una insuperable semana de viaje para asomarnos a una realidad que creíamos improbable en el siglo XXI, y en la que se nos cruzó la sospecha de que todos nosotros podemos traer recuerdos remotos guardados en los genes. Es lo Que sentimos en medio de la selva.

Por Luis Alberto Ganderats.

Me duró el entusiasmo hasta el momento de trepar a la canoa y sentarme. Estaba rodeado de gringos y europeos, de sacos de dormir, de un motor de repuesto, bidones con combustible, bultos de nuestras carpas, mochilas, víveres. ¡Vamos a la aventura!
A los 10 minutos de navegación me quería bajar.
Se apoderó de mí un sentimiento cambiante: a ratos me sentía un aprendiz de boy-scout, y en otros, un Livingstone-Stanley de comedia. Por mi intento de conocer una región casi virgen, me hallaba frente a “una perspectiva más o menos sombría: las tablas de mi asiento comenzaban a martirizarme costillas y sentaderas. Seis días así por los ríos Madre de Dios y Manu, en la  Amazonía peruana, me parecía mi mayor acto de masoquismo, un disparate, porque además el sol calienta como un incendio.

A la media hora estaba tranquilo. Y ahora, a mediodía, con la ayuda del responsable de la navegación, y acomodando bultos, y una dosis de buena voluntad, ya tengo la certeza de estar iniciando uno de los viajes más extraordinarios que se ofrece hoy a quienes buscan improbables aventuras en el siglo XXI. En este millón y medio de hectáreas todos estamos aprendiendo a combatir los zancudos y el miedo; a mirara las pirañas con simpatía, y hasta con ganas de comerlas, pues suelen tener el tamaño de una merluza y fritas resultan bastante buenas, según me han anunciado. Aquí las pirañas no se comen al hombre, es el hombre el que se come las pirañas. No fue fácil entenderlo. La primera vez que me pidieron bajar de la canoa tirándome al agua en un río poblado de estos peces con dientes carniceros, nadie pudo convencerme que cometiera semejante imprudencia. Un serrano flaco, forzudo y paciente tuvo que cargarme sobre sus espaldas, andar unos metros en el río y depositar mis miedos sobre un banco de arena.


Han pasado un par de días. Ahora me baño tranquilamente en aguas pobladas de pirañas. Comprobé lo que siempre se dice sólo atacan cuando ven heridas con sangre, y son bastante sabrosas a pesar de sus mil espinas. También aprendí que con prudencia es posible avanzar sin riesgo por las playas la selva, incluso de noche, donde la emoción se apodera de todos. Los animales silvestres, incluso las enormes anacondas, sólo atacan si se sienten agredidas (como por un involuntario pisotón). Observamos las orillas y los escondites de la selva para descubrir quiénes nos rodean. Se escuchan voces de pájaros, desafinados coros de guacamayos que comen sales y minerales en las collpas, graznidos metálicos y villancicos de aves desconocidas. A ratos, estos sonidos nos resultan extrañamente familiares, tanto que nos dejan pensando. Probablemente, nuestros genes vienen cargados de información generada en otras épocas, por un millón de abuelos, por otras vidas. ¡Cómo saberlo! Lo cierto es que esas memorias remotas parecen despertar aquí de golpe. A veces toman la forma del miedo; a veces, la de un placer cas: insuperable. Tal vez por todo eso, el hombre que entra al Amazonas es distinto al que sale.

EL MIEDO QUE NOS HABITA.

He vivido la primera noche durmiendo en una carpa a orillas del río Madre de Dios. Al sonar un estruendoso despertador en el campamento, toda la hechicería del bosque despertó junto con nosotros. En medio de las tinieblas nos sentimos como en las primeras horas de la creación.

Lo mismo nos ocurrió anoche. Antes de dormir salimos en nuestra canoa a buscar troncos en las orillas para reunirnos luego alrededor de una gran fogata. Al regresar ya estaba oscuro y los rumores de la selva tropical nos hicieron sentir a todos el temblor de la aventura. Estamos en el
Parque Nacional de conservación de la naturaleza más rica del mundo. El Parque Nacional Manu protege a un tercio de todas las especies animales y plantas clasificadas en la Tierra.

Entorno la cocha Salvador, cerca de la cual estamos, hay campamentos para el turismo y la Casa Machiguenga, administrados por comunidades indígenas. Salvadores el ojo de agua más importante del parque, y dispone de un catamarán para recorrerlo. Otras cochas y lugares de interés para los visitantes, como Otorongo, el Manu Lodge, en Juárez, y Pakitza, también ofrecen senderos y miradores.

Hecha la fogata, mientras comemos, algo que vemos en el río ha acaparado nuestra atención. Son caimanes negros, los más grandes del Amazonas. Parecen disfrutar aquí su vida de noctámbulos. Los observamos largo rato, más desconfiados que deslumbrados. Alguien nos cuenta que el cocinero del grupo les tiene pánico.

Pancho, que es campesino de la sierra, no convive bien con estos seres misteriosos.

Por eso, en la noche vemos que una de las carpas, que hace de cocina, y donde él duerme, tiene frente a la puerta una ruma de ollas, bidones, sartenes, y hasta troncos. Una improvisada trinchera ante el temor que le producen los ojos fosforescentes que miran desde el río. Se manifiesta así el profundo temor que el Hombre ha almacenado en siglos.

A alguien del grupo se le ha ocurrido esperar que Pancho se duerma y luego, con sigilo, derrumbar le su trinchera. Ya antes se le ha hecho la misma broma pesada, y el zafarrancho despertó a todos. Pancho el primero, Se puso de pie como si tuviera resortes en las cestillas, se sentó sobre sus piernas al borde de la selva, muy lejos delos ojos fosforescentes del río, y cuando alguien le preguntó por qué estaba en ese lugar a esa hora, respondió: “No tengo sueño, pe”.

Desde ese día, debe fingir indiferencia ante la quieta amenaza de los caimanes y las bromas de los pesados. Pero gracias a estos miedos atávicos se conserva mejor “la joya científica incomparable” del Manu.

Fue considerado por siglos un espacio oculto y peligroso. Otras zonas de la selva han sido arrasadas poros colonos, madereros y cazadores, pero el Manu se mantiene como un enclave inexplorado y semiolvidado. Es lo que comprobamos cuando visitamos el Amazonas por primera vez, hace 28 años, poco antes de que el Manu fuera declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco.

INDIOS “NO CONTACTADOS”.

Poco ha cambiado en la parte amazónica del Manu. Existe mayor conocimiento, eso sí, sobre un asunto que explica el temor de algunos: la presencia en su interior de tribus “no contactadas”, hombres desnudos que viven en paz salvo cuando sienten invadido su territorio. Son los últimos que se niegan a abandonar su voluntaria soledad en medio de la selva, con hechiceros y fantasmas, y que de vez en cuando se dejan ver en las playas del río.

A estos cazadores armados de lanzas y echas se les teme aquí más que los caimanes negros. Hace tres años, en playa ‘Yanayacu, río Madre de Dios, fue muerto por una flecha el agente Nicolás Flores, padre de Zacarías, que desde el año pasado es guardia en el Parque. Otros pocos peruanos, en las últimas décadas, han terminado agujereados por las flechas, vivos, pero muertos de miedo. (Ver recuadro)

Comprobamos que en estos años se ha multiplicado por diez la presencia de extranjeros: la primera vez que visitamos el Manu no eran más de 250 personas por año. Ahora son más de 2.000. En la parte andina del Parque, más cerca del Cusco, el número de visitantes es casi el doble. Algunos visitantes de esta parte de selva amazónica llegan por avión desde Cusco hasta el caserío de Diamante en un vuelo de 40 minutos, y media hora después están en la entrada oficial de la reserva. Muchos navegan a otros lugares del Amazonas peruano. Encuentran cabañas, pequeños hoteles, canoas a motor, y hacen recorridos organizados.

La mayoría de los turistas siguen llegando por tierra, desde el Cusco. Un vehículo tarda entre 11 y 12 horas, bajando desde los 4 mil m. de la Puna hasta las orillas del río Madre de Dios. Desde este lugar una canoa motorizada lleva a los pasajeros al Par- que Nacional. Son varias las empresas que ofrecen este recorrido. Sigue activo un empresario pionero, Hugo Pepper, con quien hicimos el primer viaje al Amazonas. Hoy está asociado con otros en una agencia del Cusco (hpepper@kipachiperutravel.com).

En otra gran etapa de nuestros recorridos, vimos la Amazonía desde el Beni, que es alimentado por el río donde ahora navegamos, el Madre de Dios, cuyas aguas avanzan por varios cientos de kilómetros hasta el noreste de Bolivia. El recorrido por este gran río y sus afluentes lo hicimos en el Flotel Reina de Enin, un hotelito flotante, ecológico, con lo indispensable para sumergirse con emoción en la naturaleza (www.amazoncruiser.com.bo).

EMOCIÓN Y DIVERSIÓN.

Para llegar al Manu no hay caminos terrestres, no hay senderos seguros. Las grandes alamedas son los ríos, y los únicos vehículos son las grandes canoas y las balsas indígenas, salvo que en el Cusco montemos en una avioneta que nos deje en Diamante. Tres días nos hemos demorado en alcanzar el lugar donde ahora estamos, casi tocando la frontera norte, todavía custodiada por desnudos cazadores indígenas. Aún nos cuesta entender que esta emocionante inmersión en la esencia virginal del Amazonas sea posible en un lugar que se encuentra a sólo 650 km.de Arica (en línea recta). Últimamente han aparecido grupos de cabañas, casi todos con nombres encabezados por el nombre Manu, la mayor parte fuera del parque. Nosotros nos alojamos en pequeñas carpas bipersonales que son montadas por el personal de la agencia en distintas playas, junto a lagunas de aguas transparentes en

la selva. Comernos a la intemperie, salirnos a pescar pirañas, a juntar leña. A las 5 de la tarde empieza a terminar cada jornada de navegación, y a las 6 el cielo se pone intensamente rojo, anunciando la noche. Junto a grandes fogatas se va volando el tiempo, y se abren todas las puertas a la imaginación, estimuladas por las huellas de jaguares invisibles que nos reciben casi siempre al desembarcar en las playas. Vemos familias de unas aves fétidas llamadas hoazim, que parecen pequeros y emplumados dinosaurios voladores, con uñas en las alas, remotos parientes tal vez del controvertido Archaeopteryx. Nos divertimos fotografiando carpinchos, roedores de orilla que llegan a pesar 50 kg. Lo que más nos acompaña es un torbeliino de aves, de tucanes, de buitres, de garzas. Después de perseguir mil bandadas con nuestras cámaras, por fin hemos podido atrapar una en la cocha Salvador. Parece una pajarera. Es el lugar más distante al que llegaremos. Más allá viven indígenas “no contactados”.


Las cochas son antiguos brazos de río convertidos en lagunas. Sus aguas lucen “limpias como el agua potable”, mientras que las del Manu se ven achocolatadas. En la cocha Otorongo observamos aves desde una torre de casi 20 m. de altura. Una plataforma artificial dentro de la selva, dotada de mosquiteros y cómodos almohadones, nos permite fotografiar durante la noche a tapires y aves que llegan a comerse la arcilla salobre de unos promontorios llamados collpas. Algunos entusiastas salen luego a realizar caminatas nocturnas para ver y escuchar la selva en sus horas más inquietantes. La vida está de fiesta.

MONO AL PALADAR.


En nuestro primer viaje al Amazonas lo que más lamentamos fue no ver a tres mujeres, aborígenes en estado primitivo, que llevaban varios años vagando en el área. Muy rara vez se dejaban fotografiar, desde lejos.

Sólo encontrábamos sus huellas y cosas mínimas olvidadas en alguna pequeña playa.

Sólo conocimos a los machiguengas y otros aborígenes del Manu y de toda la parte oriental del Amazonas que viven en paz, se dedican a la caza, la pesca y la recolección como lo hizo el primer hombre. Algunos en torno a sus casas cultivan plátanos, caña de azúcar y otros productos para el consumo familiar o comunitario. Esas tres mujeres eran parte de la excepción. El Estado peruano prohibía entonces, y prohíbe hoy, que los visitantes se acerquen siquiera a ellas o a cualquier grupo de indígenas que haya decidido vivir separado. Como no tienen defensas contra las enfermedades de la ciudad, cualquier acercamiento puede terminar en exterminio. Se cree que esas tres mujeres pudieron ser los últimos sobrevivientes de una tribu, puesto que las comunidades pequeñas, de hasta 220 individuos, no logran mantenerse como grupos étnicos diferenciados por más de 50 años o tres generaciones.

Cuando ya está concluyendo este regreso al ayer, vemos los últimos indígenas picando el fondo del río con pértigas de bambú para impulsar o enderezar sus balsas. Algunos de “case media” montan sus canoas con pequeños motores, que suenan como las viejas Citrolas: peque-peque-peque, de donde viene su nombre popular: los peque-peques. Nuestra canoa para 10 pasajeros tiene un motor cuatro veces más potente. Pero aunque sea el 4×4 delos peque-peques, cuando escuchamos el grito ¡¡todos al agua!!, volvemos a saltar, sin pensar, sin mirar, y hacemos fuerzas para zafar al soberbio 4×4 trancado en una elevación del fondo del río.


Concluye el viaje. Los europeos y gringos han disfrutado de todo, con todo. Nunca imaginaron que todavía fuera posible ver cómo vivía el hombre en otras edades de la humanidad. En un gesto de despedida, el motorista nos lleva a una aldea indígena a orillas del río. “Queremos comer asado de mono”, le dice a una dueña de casa machiguenga que en ese momento carga su bote para salir. Está apurada. Sólo acepta mostrarnos un mono asado que cuelga dentro de su cabaña.

Se ve igual a una guagua carbonizada…
—¿Quiere probar un pedacito?—, me pregunta.

-Sí, claro…gracias.

Me lo trago de una.

El Amazonas siempre nos desafía.

Amenazas en la selva

Beatriz Huertas, de la U. de San Marcos, es experta en el tema de los indígenas peruanos “no contactados” y “en contacto inicial”. Ella sabe que por la invasión de los madereros esas comunidades indígenas se temen mutuamente. Principalmente los  machiguengas y yomibatos, agrupaciones ubicadas en el Manu, ya en contacto con el exterior, se sienten las próximas víctimas de indígenas no contactados,acorralados por el avance de petroleras y madereras. Pueden atacarlos, quemar sus chozas.  

Los indígenas llegaron al Amazonas hace unos 12 mil años. Los que ahora aparecen como “no contactados” pueden descender de los hombres y mujeres que en el siglo XIX y a principios del XX fueron esclavizados para explotar el caucho en el corazón de la selva amazónica. Terminada la edad de oro de ese comercio, muchos esclavos se refugiaron nuevamente en la selva, y ahí muchos de ellos siguen, desconfiados del hombre blanco. Todos comprenden que día inevitable será inevitable el contacto, pero lo natural sería que el momento para ese contacto sea escogido por ellos. Y que en ese momento el entorno evite enfermarlos o apoderarse de sus tierras. Su futuro parece más bien incierto. La Carretera Amazónica, en construcción, atraviesa la provincia de Tahuamanu, zona vecina a un territorio de pueblos no contactados. La petrolera española Repsol pretende explotar un gigantesco yacimiento de gas situado entre dos zonas habitadas por esos pueblos de vida frágil y secreta. 

Se supone que en el Manu y su entorno los “no contactados” pueden sumar unos cinco mil, siendo muy notorios los mashco piros. Algunos piros han tenido contactos fugaces con comunidades indígenas y de empleados del Manu, para pedirles plátanos y ollas. Nadie  puede regalarles nada, para evitar contagios. ¿Cuál es la situación de ellos en el 2013? Es imposible saberlo mientras vivan ocultos, protegidos por el Estado y organizaciones peruanas e internacionales. La antropóloga Beatriz Huertas nos dice que pese a la difusión que se hace sobre la vulnerabilidad de los pueblos “en aislamiento” y “en contacto inicial”, se continúan produciendo brotes epidémicos graves. Alguien no está respetando le ley. 

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