Manu. El Amazonas en paz

Manu. El Amazonas en paz

En canoa recorrimos por seis días el área de conservación más extraordinaria del mundo. Aún existen aquí tribus que no hacen contacto con el hombre blanco. Durmiendo en carpas instaladas en la selva o sobre bancos de arena, un experto peruano nos mostró el mejor de los Amazonas.

Con toda razón cualquiera dirá que es un absurdo. No tiene sentido poner el despertador a las dos de la madrugada en una carpa levantada junto al río Amazonas con el solo propósito de salir a comprobar si alguien ha amontonado ollas en otra de las carpas. Pero es eso exactamente lo que hicimos. Ya ha sonado el despertador y parece que toda la hechicería sonora de la selva despertó junto con nosotros. En medio de las tinieblas nos sentimos testigos de las primeras horas de la Creación.

Lo mismo nos ocurrió anoche.

Antes de dormirnos, salimos en nuestra canoa a buscar troncos para la fogata. Al regresar ya estaba oscuro y los rumores de la selva tropical, y la sensación de soledad irremediable nos hicieron sentir más que nunca los sacudones de la aventura. Tuvimos la certeza de que llevaban razón las palabras del naturalista Alan Moore al definir la zona amazónica peruana del Manu -donde ahora estamos- como “el área de conservación de la naturaleza más extraordinaria del mundo por muchos conceptos”

En el Manu se halla un tercio de todas las especies de animales y plantas clasificados en la Tierra. Aunque la fauna no se deja ver fácilmente.

OJOS FOSFORESCENTES

Algo acapara nuestra atención. Los cocodrilos negros.
Son los más grandes del Amazonas. Y parecen disfrutar mansamente aquí su vida noctámbula. Los observamos largo rato, intrigados. Entonces fue cuando alguien nos contó que el cocinero les tiene un miedo pánico. Pancho es un campesino de la sierra no acostumbrado a estos seres misteriosos. Y meses atrás, cuando le tocó dormir por primera vez en la región amazónica, los ojos fosforescentes del río le inquietaban los nervios. En la noche tuvo que dormir en su carpa-cocina, que siempre se instala a orilla del río por razones prácticas. Esa vecindad agudizó sus temores.

Desesperado por el insomnio, a medianoche se decidió por una medida extrema: frente a la puerta de la carpa construyó una aparatosa barrera de ollas, sartenes, bidones, y troncos. (¡A mí con cocodrilos!). Y se durmió con ese profundo temor almacenado en siglos.

Cerca del amanecer, un ruido fenomenal lo hizo ponerse de pie como si tuviera resortes en las costillas. Algo alguien (¿un caimán negro?) había desbaratado el cerro de ollas y sartenes, provocando un estruendo.

Todo el campamento abrió los ojos.

Desde ese infausto día, el pobre Pancho es un serrano que debe simular indiferencia frente a los caimanes dentudos y a las bromas pesadas.

Por eso nos hemos levantado a las dos de la madrugada. Esperamos comprobar si hay una barrera de ollas frente a la carpa de Pancho, o si él duerme sin protección.

Al llegar había un ser en vigilia.

Pancho sentado sobre sus piernas con los brazos sobre el pecho y la vista en el río.

-No tengo sueño, pé.

BENDITO MIEDO

A esos miedos atávicos le debemos la conservación de esta “joya científica incomparable”, como ha definido el Manu el biólogo John Terborgh, de la Universidad de Princeton. Otras zonas de la selva han sido arrasadas por los colonos, por los madereros y cazadores de animales, El Manu, sin embargo, permaneció siempre “como un enclave inexplorado y semiolvidado”. Tanto es así, que somos los primeros periodistas sudamericanos que llegamos al Perú para expedicionar en esta enorme Reserva de la Biosfera. 


¿Y qué tiene que ver el miedo con su conservación? Existen aquí tribus cuya fiereza ha impedido hasta hoy que el hombre blanco tome contacto con ellas. Y que han mantenido alejadas a otras tribus menos belicosas. Los feroces amahuacas y yaminahuas parecen dispuestos a llegar sin rendirse hasta el siglo XXI. Y gracias a su bendita terquedad este millón y medio de hectáreas se conservó intacto.

Los colonos, que antes no se atrevieron a entrar, ahora no pueden hacerlo. Y será conservado como una muestra de lo que fue la cuenca del Amazonas antes de la llegada de los españoles. Rigurosamente se controla la entrada de visitantes y científicos. Por eso se sabe que antes sólo ha venido un chileno, funcionario de la FAO, y que el ochenta por ciento de los visitantes son europeos, norteamericanos e israelitas, que están “en el secreto”.

No más de 250 personas ingresan a esta área cada año, y lo hacen con el respeto de quien entra a un templo.

Las flechas no son aquí privilegio de las tribus indómitas. Todos los indios que hemos visto en nuestro recorrido por los ríos Alto Madre de Dios y Manu siguen usando flechas para cazar o pescar grandes peces. Todos los indios de esta parte oriental del Amazonas aún viven de la caza y de la recolección, como lo hizo el primer hombre. Sólo algunos, en forma marginal, cultivan plátanos, caña de azúcar y otros productos para exclusivo consumo familiar. 

No han aprendido a trabajar (como si sospecharan lo que les espera…).

Para llegar al Manu no hay caminos, no hay  senderos, no hay trochas ni atajos. Las únicas grandes alamedas son los ríos. Y los únicos vehículos, pequeñas o grandes canoas y balsas indígenas. Llegar aquí nos ha costado tres días de navegación diurna, sin pasar por la frontera norte, custodiada por los amahuacas y yaminahuas.

Aún nos cuesta creer que este viaje a otras edades de la humanidad, esta emocionante inmersión en la esencia virginal del Amazonas, es posible en un lugar que se encuentra a sólo 650 kilómetros de Arica, en línea recta. Es decir, la distancia que hay, aproximadamente, entre Santiago y Cautín.

Encabeza la expedición un peruano joven y aventurero, nieto del fotógrafo que acompañó al descubridor de Machu Picchu hace 74 años. Vive en la capital de los incas organizando viajes de aventura por la selva amazónica. Hugo Pepper Figueroa  estuvo más de una década residiendo en Europa y los Estados Unidos, como tenista profesional (representó al Perú en varias copas Davis). A las 6 de la mañana -hace varios días- nos pasó a buscar a nuestro hotel, situado frente a la magnífica plaza del Cuzco. Allí cargamos su panzudo station wagon con mochilas, sacos dormir, y nuestra ansiedad. En ocho días esperábamos conocer, ¡por fin!, un Amazonas sin hoteles, sin pueblos, sin yates de placer, sin más aldeas que las indígenas. El mejor Amazonas.

COMPLETO DISPARATE

Todo resultó como esperábamos. O casi. Durante un día entero hicimos el camino entre Cuzco y Atalaya, un caserío que se moja los pies en el río Alto Madre de Dios. Aquella noche fue la última dormida en una cama. Las otras seis noches, en sacos de dormir, dentro de pequeñas carpas, junto a los ríos, sobre bancos de arena, playas o dentro de la selva húmeda.

Cada día, a las 5 de la tarde, la canoa es amarrada en una orilla, y el campamento se halla instalado a las 6, hora en que la noche avisa su llegada con un cielo intensamente rojo. Junto a grandes fogatas se deja pasar el tiempo, y se abren todas las puertas a la imaginación. Huellas de jaguares nos han recibido en cada lugar, poniendo en guardia a todos los instintos, especialmente el de conservación…

En nuestra canoa caben holgadamente diez personas, el motor de repuesto, combustible, los bultos con carpas, las mochilas y sacos de dormir, los alimentos y las medicinas. ¿Quiénes somos los diez? Un joven médico norteamericano, dos estudiantes británicos, un guardaparques, un cocinero, un motorista y un ayudante, el “jefe” de la expedición (Pepper), el fotógrafo (Lincoyán Parada) y quien esto escribe. Un viaje organizado gracias a la iniciativa de Hernán Guerinoni, de AeroPerú, con la ayuda de Mauricio Romaña, empresario turístico arequipeño.

Todo anduvo bien hasta el momento de trepar a la canoa y sentarse. A los diez minutos quería bajarme. Se apoderó de mí un sentimiento cambiante: a ratos me sentía un estúpido, y en otros, un presumido. (Es la lucidez que da la selva). Por conocer una región casi virgen y vivir una experiencia diferente, me hallaba frente a una perspectiva para afligirse: ya las tablas de mi asiento comenzaban a martirizar sentaderas y costillas, y hasta un dolor a la columna parecía asomarse.

Seis días en tales condiciones -el sol quema como un incendio- me parecía el mayor acto de masoquismo cometido en mis años de viajero.

Un completo disparate.

Media hora más tarde ya estaba semi acomodado en el asiento, ayudado por  Pepper, las mochilas, los sacos de dormir, las bolsas de las carpas. Y buena voluntad. A la hora ya tenía la más completa certeza de estar iniciando uno de los viajes más excitantes que se ofrece hoy en el mundo (al menos a quien disfrute la aventura).

PIRAÑAS AL REVES

No resulta gratis, naturalmente. Fuera de los 500 dólares (100 mil pesos) que cobra Hugo Pepper por los ocho días de viaje, hemos tenido que empujar la canoa cuando se ataja en los bajíos, y ha sido necesario aprender a combatir los zancudos y el miedo.

Lo más costoso es aprender a mirar las pirañas con simpatía, como si fueran peces de acuario. En el Alto Madre de Dios y en el Manu hemos tenido que bañarnos muchas veces en aguas donde las pirañas nos tomaron la delantera.

-No hace nada, no les tenga miedo-me animaba Pepper, mientras pirañas del tamaño de una merluza aleteaban en el río. Y en eso estaba de acuerdo con un texto muy confiable de un científico, que decía: “Es posible bañarse en los ríos con pirañas sin experimentar ninguna contrariedad”. Contrariedad quizá no, pero sí un miedo paralizante. Por eso, la primera vez que desembarqué en aguas con pirañas, preferí hacerlo al estilo quéchua, al apa, llevado por un forzudo excursionista. 

Ahora ya sé que las pirañas sólo atacan cuando hay sangre, o en un caso excepcionalísimo de hambruna. No se comen al hombre. Aquí el hombre se come a las pirañas, y es lo que sucedió ayer en la noche. Partidas como hallullas -con un ojo y una corrida de dientes en cada mitad- llegaron a nuestros platos.

No tengo nada de hambre- aseguró Lincoyán Parada, el fotógrafo. -¡Pruébalas, hermano!-, insistió Pancho, picado por el incidente de las ollas y los cocodrilos.
No, otro día-, replicó Lincoyán, sin convencer a nadie.

No tuvo escapatoria. Y así descubrió que le gusta la carne de piraña, a pesar de sus infinitas espinas. Al resto nos parecieron aceitosas. Algo insípidas.

Pero ya tenemos un miedo menos.

Pepper no tiene dudas:

Es muy muy remota la posibilidad de que un animal nos ataque. Incluso las víboras saltan sobre el hombre únicamente cuando son agredidas por un pisotón involuntario o algo así.

Los accidentes ocurren siempre a los que cortan el bosque, no a los excursionistas. Por eso es posible recorrer la selva y las playas sin temores ni imprudencias, pero sí con una emoción inédita para cualquier hombre de la ciudad.

Durante estos días de exploración hemos asistido a mil conciertos de aves amazónicas. Después de mucho perseguir bandas de extraños pájaros, hemos podido, al fin, atraparlas con nuestras cámaras fotográficas, en la cocha Salvador, el lugar más distante hasta donde remontamos el Manu. Al igual que la cocha Cashu, es el refugio predilecto de la flora y fauna amazónicas. En ellas, el viaje se acerca a la perfección.

DURMIENDO EN LA SELVA

Las cochas son antiguos brazos de río transformados en lagunas, cuyas aguas aparecen “limpias como el agua potable”, mientras el Manu las tiene barrosas. Aquí la tranquilidad y la nutrida despensa vegetal y animal hacen de estas cochas un arca de Noé abierta al público.

Anoche instalamos dos carpas dentro de la selva, muy cerca de aquí, casi junto a las aguas de la cocha. Vivimos la experiencia del desamparo y la emoción en la oscuridad más completa. Ruidos de animales, aleteos de grandes pájaros y la micro fauna asomada en cada piedra del suelo. La emoción más intensa se produjo en las últimas horas de la noche, cuando luego de abrir el cierre de la carpa que compartimos con el fotógrafo no pude  cerrarlo. Tuvimos que escoger entre quedarnos con los ojos abiertos, vigilantes, por el resto de la noche, o meternos en el saco de dormir, dispuestos a la pesadilla, y aceptar que la micro fauna amazónica conociera, por fin, cómo es una carpa por dentro.

Sólo de tarde en tarde, algún indígena pasa en su balsa picando el fondo del río con una pértiga de bambú. Otros más evolucionados usan pequeñas canoas con motores de trece a quince caballos, como los de las primeras citrolas. Su monótono sonido (peque-peque- peque…) les ha dado su nombre: los peque-peques.

Los ricos de este Amazonas son los que usan peque-peques.

Nuestra maciza canoa -quince metros de largo y motor de 55 caballos- es el Rolls-Royce del Manu. Avanza con seguridad sobre sus aguas quietas. Pero en las partes muy bajas -cuando remonta el río- se escucha a menudo una voz con autoridad:  

-¡¡Todos al agua!!”

Si el sol calienta, eso no importa. Pero a las 7 de la mañana, sin tibieza siquiera, uno se atreve a preguntar:

-¿Todos-todos?

O con explicable hipocresía anuncia:


Me estoy sacando la ropa.


La esperanza es que los otros, antes, zafen el bote. Esos otros lo hacen sin chistar: tienen veinte años. El médico, de sólo 28, siempre es el primero en lanzarse al agua o cuando se trata de entrar a la selva antes del amanecer. Al promediar el viaje le pregunto si lo que ha visto le tiene contento.

Robert no titubea:

¡Muy contento! Nunca imaginé que el hombre de hoy pudiera vivir estas experiencias. Es sueño de niños.

Y sin énfasis, agrega:

Ha sido un viaje a otros siglos. Nadie me lo creerá.

-¿Y por qué llegó hasta aquí solo?

Nadie me podía acompañar, y yo quería vivir como lo hizo el hombre americano hace miles de años. En Estados Unidos eso ya no es posible. Tampoco podemos saber cómo era la selva tropical en otras edades de la Tierra. Aquí nos estaba esperando, intacta, con su fantástico sonido.

MUJERES ERRANTES

Por la ausencia de tres mujeres, otros no estamos completamente satisfechos. Las hemos buscado en vano. Todos los días con los ojos atentos en cada playa del Manu, en cada banco de arena, en cada claro del bosque.

Esas tres mujeres que buscamos son indias en estado salvaje, que llevan varios años vagando por la selva y los ríos, sin rumbo preciso. Aparecen y desaparecen como animales asustados. Algunos científicos han tenido breves contactos con ellas, pero hablan una lengua distinta a todas. Probablemente pertenecen a alguna de las tribus ocultas al norte del Manu, nunca contactadas por el blanco.

Nadie lo sabe.

Nadie sabe, tampoco, cuál es la causa de su vida solitaria. Hugo Pepper ha escuchado una teoría: podrían venir de una tribu virtualmente exterminada hace muchísimos años por el aventurero Fitzcarrald, un irlandés excéntrico del siglo XIX llamado realmente Brian Sweeney Fitzgerald, que dio origen a una gran película: Fitzcarraldo.

Esa tribu tenía sus chozas junto al río Pinquén, donde alojamos antenoche. Y las mujeres errantes -abuela, hija y nieta, según parece- quizá tienen origen en esa aldea arrasada por Fitzcarrald. O simplemente han perdido contacto con su tribu oculta en la selva, río arriba, y no tienen manera de regresar, porque nadie entiende su lengua.

El guardaparques Jorge Cárdenas, que lleva el riguroso control de todos los que entran al Manu, habla con emoción de las tres mujeres:
Mi compañero Alcibíades Valle obedeció a algunas señas que ellas le hicieron, y las siguió selva adentro, con dos ayudantes. Caminaron en silencio y expectación durante tres horas, cada vez más preocupados. De pronto uno vio huellas humanas en el barro. Eran grandes pies…Decidieron regresar al puesto de control de Paquitza. Podía ser una emboscada.

Cárdenas asegura que las tres mujeres saludan de manera curiosa. Acercan su cara al recién llegado, hasta juntar las narices, y simultáneamente levantan ambas manos a la altura de los hombros y golpean suavemente las palmas del extraño.

Ramón Quispe, el caonero serrano, que habita en una de las seis viviendas repartidas en el caserío del Manu, dice que las tres mujeres “tienen un habla parecido al de los indios piros”, tribu de gente ya civilizada. Y un lingüista que estudió las grabaciones hechas por un guardaparques, halla semejanza entre su dialecto y el que hablan tribus modernizadas que viven muy lejos del Manu.

Hugo Pepper estuvo junto a la más joven de las tres, y le tomó fotografías. Físicamente        -dice- no es diferente a otras jovencitas amazónicas, y ya lleva ropa.

Un misionero dominico le quiso cubrir sus desnudeces hace un par de años, y nunca más se ha sacado los vestidos. Desarrolló sarna o alguna afección a la piel muy semejante.

¿Cómo viven?

Algo se sabe por el testimonio de un guardaparques publicado por una revista del Instituto Smithsoniano de los Estados Unidos. Ese hombre tuvo un sugestivo desencuentro con ellas: en una playa del Manu halló huellas de pies muy pequeñitos, restos humeantes de una fogata, y un gran canasto urdido con hojas de palmera. El canasto tenía adentro un hacha de piedra, sin filo, con un mango de madera adherido por resina negra; dos aros de madera, adornados con semillas rojas; una quijada de pecarí, cuyos afilados colmillos eran utilizados obviamente para cortar y, por último, flechas muy rústicas y un arco con cuerda de… náilon.

Ya hemos abandonado nuestra canoa y la selva. La imagen de esas mujeres errantes nos sigue hasta el Cuzco. En su lengua inentendible parecen recordarnos que en el Manu “hoy es siempre todavía”.

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