Mandalay y el millón de Budas

Mandalay y el millón de Budas

Es el momento de recorrer el gran territorio de sueños, pagodas y Budas que rodea Mandalay, desde Bagan a Sagaing. Hace  hace pocas semanas asumió el poder la Premio Nobel de la Paz Suu Kyi, que desplazó a los militares después de ser perseguida media vida. Urge visitar la ex Birmania antes de que se convierta en el último dragón asiático, la invada una muchedumbre turística y se pierdan  sus sonrisas dulces al visitante. 

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE MYANMAR

Cuando hoy le hice una pregunta al profesor que me acompañaba y respondió con otra pregunta supe que los militares no terminan de entregar el poder en Myanmar. Desde abril, el hombre fuerte de la ex Birmania es una mujer de 71 años, Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz. Ocupa un cargo creado especialmente para ella por el Parlamento. Es Consejera de Estado. Además es Canciller y ocupa otro ministerio clave. No es la presidenta, pero manda más que el presidente, su compañero de partido. Ha pasado la mitad de su vida exiliada, perseguida o retenida en su casa. Hoy día, aunque  supera el 80 por ciento de apoyo, no puede ocupar la presidencia por tener hijos extranjeros, lo que ordena una Constitución escrita para cerrarle el paso al poder.

Terminada la dictadura, Myanmar parece, por fin, hoy abierta de par en par al turismo y a la economía moderna. El antiguo gobierno, sin embargo, dejó algunas cosas bien amarradas, y nadie anda totalmente tranquilo, incluyendo Phyo Ko Win Gyi, el profesor que me acompaña. Cuando le pregunto si fueron los crímenes de la dictadura los que dañaron el turismo, pone su mirada sobre el suelo, frunce los labios y después de largo silencio y de intentar una sonrisa, no responde.

Me hace un ruego:

–Señor, ¿usted me podría cambiar la pregunta?

Dragón a la vista

Algo de la originalidad de Myanmar la empiezo a disfrutar en el lugar donde ahora me encuentro. Lleva un nombre de ciudad considerado por muchos el más bello en el mundo: Mandalay. Tal vez por eso lo han popularizado George Orwell, Frank Sinatra, los Beatles y el casino de Las Vegas Mandalay Bay. Rudyard Kipling en sus versos invitaba a regresar a las nostálgicas pagodas doradas y a sus  brisas con fragancia de tamarindo: “Lo dicen las campanas de los templos/ el viento en las palmeras:/ regresa a Mandalay, soldado inglés,/ regresa a Mandalay”.

Mandalay es mucho más que una ciudad. Es el nombre de la región o división central de Myanmar. Tres de cada cuatro habitantes vive aquí en zonas rurales, y cuando hay media docena de casas, al lado se levantan una pagoda, un monasterio budista y un mercado. Ahora, con el desprestigio de la economía socialista planificada por militares y el regreso a la democracia, se anuncia  –para bien o para mal– el nacimiento del último dragón asiático. Ya sus habitantes saben sonreír al turista, pero también saben cobrarle, lo cual hace a Myanmar un poco más caro que otros países del Sudeste Asiático en transporte y hotelería, también la comida, sea el almuerzo birmano, sazonado con el pimentero, o la más suave cocina occidental.

Otros rasgos del dragón que nace podremos intuir cuando sigamos viaje a la nueva capital, Naipyidaw, tan desconocida como extravagante, parte de la Región de Mandalay. Los militares empezaron a construirla en el siglo XXI, por consejo de… astrólogos. La desabrida Naipyidaw ocupa un área 78 veces más grande que Manhattan. Aquí se podrán instalar muchas empresas del capitalismo moderno, tal como ocurre en China y tal vez su economía llegue a crecer a tasas semejantes, gracias a la ayuda de China y a una abundante mano de obra en un país pobre y con 55 millones de habitantes.

En Naipyidaw se han distribuido en áreas muy separadas las viviendas de los oficiales, de las tropas, de los obreros y de los civiles no obreros. Se encuentran tan lejos unos de otros que caminar hacia cualquier lugar es casi imposible.

Muy distinto es Mandalay. Todos sus lugares más interesantes pueden conocerse en 48 horas, o menos. Y en una semana o diez días el viaje puede ser de los mejores dentro del Sudeste Asiático. Un millón de Budas y miles de pagodas acompañarán al viajero. (ver recuadro).

Mandalay –como todo el territorio– fue invadida por los británicos en 1885, y ese año dejó de ser capital de Birmania. Pero conserva intacto su decoro. Aunque no es ciudad antigua forma parte de una tierra inmemorial, y ha podido agregar a su área urbana imágenes y recintos vecinos que le han dado enorme interés religioso y turístico. Ahora he llegado a la pagoda Maha Muni, casi en las afueras, donde es venerado un Buda de casi 2 mil años, considerado uno de los tres principales centros de peregrinaje birmanos.

Le rodean portales que forman una especie de gran bazar, de construcción sólida y techos altos. Veo muchos objetos del culto y ropa importada barata gracias a una ruta que pasa por aquí y que lleva directamente a la frontera china. También me siento en la frontera de los tiempos: artesanos cincelan con infinita concentración grandes Budas de piedra y otros cortan troncos con antiguas sierras de cuatro manos. Con ellos luego darán forma y color a imágenes de pequeñas estupas, bodditsattvas o flores de loto. Parecen hermanos de los artesanos medievales.

Veo avanzar procesiones de niños acompañados por sus mayores rumbo a la imagen del Buda. Van a vivir la ceremonia de iniciación para ser monjes o monjas. Visten trajes ceremoniales dorados y blancos, violetas y amarillos. Alguien los acompaña tomando fotos y vídeos, pues es el gran día, el día de “la toma de la toga y el cuenco”. Otros grupos visten trajes tribales de las montañas. Al final de un largo pasillo aparece por fin el recinto más noble, donde domina una imagen, con pedestal, de casi 4 metros de altura. Es el Buda Maha Muni sentado en un trono. Varios hombres le cubren el cuerpo con delgadas láminas de oro; es su mayor homenaje. Sólo la cabeza conserva su aspecto original, en cobre bruñido. Tras millones de homenajes, su cuerpo se halla oculto bajo 30 centímetros de láminas o pan de oro.

También se halla oculta su historia: la ocultan los mitos. En el antiguo reino de Arakán –donde esta reliquia fue robada por un victorioso monarca birmano—se creía que el propio Buda estuvo de visita en Dhanyawadi, la capital, y sirvió de modelo para fundir su imagen en oro y plata. La arqueología lo niega. Buda vivió varios siglos antes. Pero la historia cambia poco: en la pagoda, las mujeres del año 2016 sólo pueden  mirar a Maha Muni a la distancia. Con las manos juntas sobre el pecho le invocan desde un recinto lateral.

Mingalabar en Mandalay

Como este es “el país sonriente”, las mujeres no se quejan. Al acercarme para grabar sus rostros cubiertos de una protectora pasta amarillenta, la tanaka,  sólo dicen: ¡Mingalabar!  Es su manera habitual de decir hola, deseando “suerte y bienestar”.

Mingalabar, mingalabar se repite como letanía mientras recorro el desmesurado fuerte de la ciudad, dentro del cual se encuentra  enteramente reconstruido y vacío –como una maqueta–, el antiguo Palacio Real. Mingalabar me dice un guardia cuando tomo fotografías del foso de 60 metros de ancho que protege el fuerte, y sus delicadas torres de observación. Otros se han negado al mingalabar, como ocurriera con los bombarderos que atacaron una Mandalay invadida por los japoneses durante la segunda guerra mundial, dejándola en ruinas.

Ahora tiene un millón de habitantes, y no sólo ya salió de sus ruinas, sino que luce intacto su edificio más notable, el Monasterio Shwenanday, hecho en madera de taca y con tallados tradicionales que encienden la imaginación. Nació como parte del Palacio Real de otra ciudad, Amarapura, antigua capital de Birmania, a pocos kilómetros de aquí. Fue trasladado en el siglo XIX –pieza a pieza, sobre elefantes—hasta su ubicación actual. Es el escenario que prefieren los que buscan la memoria remota.

Ellos también se sorprenden con las pagodas de la colina Mandalay, situada en pleno centro, que le dio su nombre a la ciudad,  y es el mejor lugar para ver desde lo alto al río Irrawadi cuando al ponerse el sol se transforma en hilo dorado. En una de las pagodas de la colina se honra al Buda de Hierro, que por decisión real también cambió de domicilio desde Amarapura. El Buda es venerado dentro de la pagoda Sandamani, que parece hermana de Kuthodaw, otra pagoda de la colina, por una característica que las hace dignas de un récord de Guiness. Kuthodaw exhibe el libro más grande del mundo. Tiene talladas en grandes losas de mármol 1.460 páginas de enseñanzas del budismo Theravada, recogidas en el Tripitaka o Canon Pali. Para ver este libro hay que caminar largo rato en la colina, por blancos senderos al aire libre rodeados por 729 templetes de piedra blanca, altos como una casa. Dentro de ellas se guardan y exhiben las losas de mármol. Fueron grabadas hace 150 años por ambos lados, al igual que hojas impresas.

En la pagoda vecina, la del Buda de Hierro, se guarda lo que algunos llaman el Tomo Dos  de Kuthodaw. Son los “comentarios” al Tripitaka, grabados en… 1.774 losas de mármol de 1 metro 50 de altura, conservadas en casi 900 templetes blancos. Los comentarios que forman el Atthakath –así se llama–  fueron reunidos a partir del siglo IV.

Soñar a ojos abiertos

Estos dos monumentales libros budistas –que pintan de blanco  las  laderas de la colina Mandalay–, nos hablan de la gran intensidad religiosa de los gobernantes birmanos y su pueblo. Tal vez explican la inflexible persecución que sufren los musulmanes en el Myanmar de hoy, bien representado por un aliado de los militares, el clérigo xenófobo Ashin Wirathu, de 48 años, abad del monasterio Masoeyein, de Mandalay, donde se enseña a más de 2.500 monjes y alumnos. Es “el Bin Laden de Myanmar”, dicen. “La cara del terror budista”, titula  en portada la revista Time. Este monje considera a los musulmanes como individuos ajenos a la cultura del país, aunque viven aquí desde hace siglos. Wirathu es, obviamente, un personaje ajeno a la proverbial tolerancia budista, que aquí ha retrocedido.

Incluso Suu Kyi, la popular nueva mandamás de Myanmar, Premio Nobel de la Paz, budista también, se ha mostrado remolona en la defensa de los musulmanes. No le resulta fácil, claro, remar contra la corriente en un país con 97 por ciento de población seguidora de Buda.

Lo que esta religión de 2.500 años le ha dado a Myanmar lo veremos muy claro en otras antiguas capitales imperiales o reales del país que se aglomeran cerca de Mandalay. Algunas nos esperan para brindarnos un impacto emocional propio de lo nunca antes visto o imaginado. Un sueño para vivir con los ojos abiertos. Acercarnos a Bagán, Sagaing, Amarapura y Ava (o Inwa), y también a Mingun, que nunca fue capital, pero que atrae como si lo hubiese sido, harán de nuestro viaje una excursión al desconcierto. Seremos testigos de una historia de milenios, que quizá nos hará cambiar nuestra visión de esa Europa que –por un pegajoso eurocentrismo—solemos llamar con reverencia “el Viejo Mundo”.

El país de las miradas cómplices, como nos dice el fotógrafo español Sergio Díaz; el país del thanaka amarillento que de tanto sonreír se agrieta en las caras de las mujeres; el de los gestos amables, de la bondad y la inocencia, ha abierto sus puertas. Es el minuto de partir.

Para una semana deslumbrante

En la Región de Mandalay y su vecina la Región de Sagaing podemos iniciar uno de los recorridos más inolvidables por el Sudeste Asiático sin salir de Myanmar. Por 50 euros, un taxi nos llevará, en un día, a recorrer cuatro ciudades muy cercanas que han sido capitales en diferentes épocas: Mandalay, Amarapura, Sagaing y Ava (o Inwa). Pero cada una de ellas merece más que una visita al trote. Deberíamos pensar en una semana de viaje para hacerlo con calma, y, sobre todo, agregar a esta lista otras tres ciudades, tan distintas como notables.

La principal es Bagan, la antigua capital, que tiene mil años y 2 mil pagodas y stupas. Es un espectáculo hipnótico, una de las obras del Hombre que conserva la cualidad de dejarnos mudos. Lo separa de Mandalay un vuelo de sólo 30 minutos, o un recorrido por tierra de 3 horas. Claro que si nos gusta soñar, lo haremos navegando por el Irrawadi durante casi medio día.

Otra ciudad importante, Monywa, se encuentra a una distancia parecida desde Mandalay, en la región vecina, Sagaing. Cerca encontraremos el Bodhi Tataung, con mil ejemplares del sagrado árbol Bo, cada uno con un Buda en pedestal. Y sobre sus colinas se levanta una pareja de Budas descomunales cuya construcción acaba de terminar. El Buda mayor se encuentra de pie y es cuatro veces más alto que el Cristo Redentor de Río, ocho veces que la Virgen de nuestro San Cristóbal. Se trata de la segunda estatua más grande de la Tierra (116  metros, sin pedestal), superada apenas por un Buda moderno de China. Junto al Buda de pie hay otro recostado, ligeramente más pequeño.

Monywa recibe millones de visitantes al año no sólo por sus Budas gigantes, sino por sus riquezas históricas. En el interior de las 947 cuevas de Hpo Win Taung se conserva una de las más ricas colecciones de pinturas murales e imágenes del Sudeste Asiático (a partir del siglo XIV). Existe también una pagoda deslumbrante con 580.000 imágenes de Buda realizadas desde el año 1303, llamada Thanboddhay.

Una ex capital imperial, Amarapura, terminará siendo un barrio de Mandalay; ya se encuentra a 9 kilómetros. Menos de 30 años duró su minuto de gloria, pero se diría que hoy se ha convertido en la capital budista de Myanmar. Veremos muchos miles de monjes o candidatos a monjes que llenan sus calles. Aquí se produjo en 2007 la mayor y más sangrienta protesta de monjes contra la dictadura, y en el  monasterio Masoeyein vive el líder extremista antimusulmán el clérigo Wirathu. Los viajeros pueden ingresar por horas al más famoso de sus monasterios, el Maha Ganayon, donde vemos niños de 12 años vestidos de azafrán. Es posible observar libremente la vida del interior y participar en la ceremonia en que ellos, con un cuenco entre las manos, reciben comida de los visitantes, y luego se la comen con el cuenco entre las piernas.

Muchos regresan a Amarapura por la tarde, para ver la puesta del sol junto al mayor puente de teca del mundo, el U Bein (1.500 metros). Éste se levanta muy cerca, a orillas del lago Taungthaman. Algunos arriendan botes para fotografiarlo mejor, captar a los  pescadores y el dorado de la puesta de sol. Sobre el U Bein transitan miles de campesinos, turistas, monjes y monjas.

Mingun enriquece a Mandalay, pues es su vecino inmediato. Sólo debemos navegar 11 kilómetros por el Irrawadi para llegar a la mayor construcción de ladrillos del planeta, la pagoda Pathotagyi de Mingun. Fue hecha durante 30 años por esclavos, obedeciendo a un monarca fatuo que quiso competir con las pirámides de Egipto, pero murió mucho antes de terminarla. La más creativa rareza de  Mingun es la pagoda Mya Thein Tan, de 1816. Finge estar en lo alto del mitológico monte Meru. Por eso, tiene siete blanquísimas terrazas que culebrean a sus pies, representando las siete nevadas cadenas montañosas bajo el Meru.

Por 360 años, Ava o Inwa fue la capital imperial de Birmania. Debido a  un cataclismo, la capital se trasladó a Amarapura, y desde 1841 Ava se encuentra abandonada. Está a sólo 20 kilómetros de Mandalay, pero debemos navegar media hora (se encuentra en una pequeña isla entre el Irrawadi y el Myitnge) y luego arrendar moto o coche de caballos para acercarnos a las ruinas principales: el palacio real, las  pagodas de Yadana Hsimi y el monasterio Maha Aung Mye, ejemplo de la mejor arquitectura de entonces. Tiene un inestable mirador que tienta a todos.

Desde el mirador de Ava se divisa Sagaing, llamado “pequeño vaticano del budismo” por sus 60 monasterios y sus pagodas doradas y stupas blancas a orillas del Irrawadi y sobre las colinas. Fue capital del reino independiente Shan desde 1315 hasta la caída de Bagan.  Se halla a 40 minutos de viaje desde Mandalay (23 km). Si hacemos la ruta del Irrawadi, en sus orillas, a mitad de camino encontraremos Mingun. La colina principal de Sagaing tiene multitud de templos dorados, y una vista excepcional en la cima, desde la pagoda Soon U Ponya Shin.

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