Madagascar | Tentación de lo imposible

Madagascar
Tentación de lo imposible

Un país de película para asombrarse, y de dramas sociales, para lamentarse. Lo que nos dará alegría es su fauna extraordinaria, que sirvió de inspiración a la tierna cinta “Madagascar”. Antes colonia francesa, ahora es la Repoblikan’i Madagasikara. La pobreza colonial no se ha ido de esta isla, la cuarta más grande del mundo.

Por Luis Alberto Ganderats

La alocada cebra Marty y sus amigos del zoológico de Manhattan naufragaron demasiado tarde en las costas de Madagascar.  La isla ya no es la de antes. En ella no podrían vivir las emociones de la jungla. Nada puede amenazarles. El carnívoro más grande -el fosa, una mangosta- tiene el porte de un gato silvestre, y sólo es goloso de aves de corral y algunos ratones. De cebras, jirafas, hipopótamos y leones, ni hablar. Nunca los ha visto. No hay un solo animal grande en sus bosques y praderas. El último grandote, que fue exterminado hace tres siglos, era el ave más voluminosa conocida por el hombre, con casi 3 metros de altura. Sus huevos tenían la capacidad de un bidón de 10 litros, y casi 1 metro de diámetro. Le llaman Ave Roc o Ave Elefante. Sus huevos aparecen con cierta frecuencia y podrían permitir en el futuro su recuperación eventualmente  a través de una avestruz.

Quienes sí pueden tener emociones en Madagascar son los que buscan pequeños seres extraordinarios. La isla se separó de África muchos millones de años antes que el hombre naciera, y fue descubierta por el “gran depredador” ayer no más, durante la época del nacimiento de Cristo. La llegada del ser humano marca el comienzo de la destrucción de los bosques malgaches y el exterminio de muchas especies.

Pero los millones de años de aislamiento fueron suficientes para que Madagascar se convirtiera en el reino de lo inexplicable. Y que aún lo siga siendo. Ahí están los lémures y aye-ayes, primates, parientes del hombre, junto a esa ave-elefante y algunos primates del tamaño de un pollo. Tuvo Madagascar -como la novela de Vargas Llosa-, “la tentación de lo imposible”. Los animales que la habitaban evolucionaron a veces en forma casi estrafalaria. Esta fama le llegó a uno de los directores de la película que hoy entusiasma a los niños. Dijo: “Elegimos Madagascar como escenario y como título porque es lo más opuesto a Manhattan”.

Tiene razón. Hay un mundo de distancia entre ambos. Por tamaño, desde luego. El territorio de la isla- la cuarta más grande del mundo- es como el de todo Chile antes de la Guerra del 79, mientras que la de  Manhattan es más pequeña que Ñuñoa. Una forma parte del corazón de Nueva York. La otra se halla a 800 kilómetros de la costa de Tanzania y Mozambique, aunque su alma más que africana es asiática y polinésica. El idioma -si se nos permite una licencia- está más cerca de una isla chilena que de las praderas masai. Por eso, la gran playa de Rapa Nui se llama Anakena, y Anakarena se llama  la más famosa de Madagascar. Hablan lenguas semejantes que pertenecen a un grupo etno-lingüistico malayo-polinesio. 

Lo del idioma se explica porque fueron navegantes oceánicos los que arribaron más temprano por estos lados. La huella permanece. También llegaron muchos asiáticos y no pocos africanos. Por eso, al caminar por Madagascar vamos descubriendo jorobados cebúes en los arrozales, y gente de pelo liso. Es como estar en China o Malasia. Y unos cerros más allá, mujeres negras de pelo rizado con bultos sobre sus cabezas caminan entre cultivos de mandioca, azúcar y café. Es África pura.

Al penetrar las selvas aparece un trópico voluptuoso, que sorprendería a los animales del zoológico de Manhattan. Tiene casi mil especies de orquídeas, muchas de ellas únicas en el planeta. Ha inventado decenas de lémures diferentes, y el tenrec, un mamífero con púas que se alimenta de insectos y parece un minúsculo cerdo oscuro, de hocico puntiagudo.

En muchos lugares, el país  no es ni Asia ni África. Es literatura pura. Eso, gracias a los baobabs, que parecen formar parte del mundo de “El Principito” y de Antoine de Saint-Exupéry. Tiene algunas especies de baobabs gigantes, los más bellos de todos.

Antananarivo, “Tana”, la capital, no puede ocultar, sin embargo, su historia colonial francesa, que duró hasta hace poco más de 40 años. Sus casas europeizadas trepan por los cerros, sobre la tierra rojiza. En la cumbre sigue vigilando el palacio de la antigua reina, derrocada por los franceses. Sus gentes, como en casi todo el país, lo que más  muestran es pobreza. En las calles y mercados muchos estiran los brazos para pedir o arrebatar, mientras llegan días mejores. Su futuro se halla en el turismo de playa, cerca de enormes áreas protegidas, y en sus asombrosos parques nacionales, donde lo imposible no es una tentación, es realidad. Baobab gigante de Madagascar (adansonia grandidieri), especie endémica de Madagascar y uno de los símbolos de la isla. Llega a medir 25 metros de altura y 3 de diámetro.

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