Los resorts y el paraíso

Los resorts y el paraíso

El Paraíso lo prefiero por el clima; el Infierno, por la compañía“, dijo un zumbón. Es que nunca los hombres se pondrán de acuerdo, ni siquiera sobre lo bueno. Ese autor debió saber que el Paraíso puede transformarse en un infierno justamente por cierta compañía, especialmente si andamos desnudos: los bichos, a quienes también les encanta lo que tiene el Edén: sol, agua y vegetación. Si quisiéramos disfrutar ese lugar sin molestia alguna, habría que eliminarlos, tal como nos prometió san Ireneo. “En el Paraíso no habrá enemigos.”

Si bien no existen paraísos en la Tierra, tal vez el lugar que se acerca a ese concepto se halla menos lejos de lo que muchos suponen. En los largos años que llevamos dedicados a los reportajes de viaje, nunca hemos descubierto un mejor lugar para vivir que el país donde nos tocó nacer. Se trata del lugar donde aprendimos a mamar, a oler y a comer, a respirar, a hablar y a escuchar. A vivir con pocos bichos. Hay que agregar lo esencial: el factor de la pertenencia. El ser de aquí, el tener el derecho a permanecer (aunque esta regla ha tenido una masiva violación años atrás). Todo aquello parece suficiente para hacer de su propio país el mejor vecindario del mundo. Claro que este lugar podrá acercarse más a la idea de paraíso en la medida que disminuyan las cosas malas, sobre todo si creemos que el concepto más realista de lo bueno es simplemente ausencia de lo malo (aunque jamás faltarán días para olvidar.) Lamentablemente, lo único que saben hacer muchos hombres es echar a perder el paraíso, y por eso fue necesario expulsar a Adán y Eva, como aseguran las Escrituras. 

La industria turística de hoy nos pide regresar al significado original de la palabra paraíso, que viene de Irán. Paraíso era el nombre del muro que rodea, de la valla que impide el paso, lo que protege. Así las cosas, el resort bien privado, en sistema all inclusive puede ser lo más semejante a un paraíso 2007, y que se paga en cuotas. Pero nunca faltarán bichos, claro, como pudimos comprobarlo hace tiempo. Luego de visitar uno de los espacios turísticos más exclusivos del Pacífico, tuvimos la mala ocurrencia de escribir que habíamos caminado a saltos para no pisar las baratas que tapizaban el piso del aeropuerto. Por esta inocentada, una compañía aérea nos puso en su lista negra,  aunque no éramos sus huéspedes en esa ocasión ni lo habíamos sido antes. Después de unos 15 años de esa guerra silenciosa, nunca declarada, un nuevo presidente de esa empresa aérea nos invitó a dar la vuelta al mundo en un mes, alojando en hoteles cinco estrellas y volando siempre en el mismo avión, sin restricciones de peso.

Desde ese tiempo hemos hablado siempre muy bien de las baratas.

Y también del presidente de esa línea aérea.

Nobleza obliga.