Los durbar de Katmandú | En busca del tiempo perdido

Los durbar de Katmandú
En busca del tiempo perdido

Caminando por el gran valle de Nepal, estoy aprendiendo a descubrir  el tiempo perdido, lo nunca imaginado. Nuevos placeres de viajes después de medio siglo de muchas andanzas inútiles. Empecé por el durbar de Katmandú –su ex Plaza Real–, y he terminado en los otros durbar del valle. No ha sido un viaje de placer. Ha sido de estremecimiento. Aquí es posible un encuentro improbable: el hombre de hoy puede sentirse visitando al hombre de ayer, y emocionarse con las maravillas que él supo crear. ¡Y conservar!

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE NEPAL

La nostalgia se me ha tirado encima como esos torrentes inatajables que he visto bajar del Himalaya. Al observar la imagen de una diosa en la plaza real de Katmandú, no pude evitar que en un lugar impreciso de mi cerebro resonara el Yesterday de John Lennon.Algo extraño, pueslos Beatles estuvieron en la India, pero nunca llegaron hasta aquí. Las insistentes leyendas, sin embargo, les siguen haciendo cantar en esta plaza nepalesa, sobre las gradas de un templo de varios tejados que empiezo a ver a mi derecha. Sus voces llegan a mis “recuerdos” como ráfagas, sin que lo pueda impedir. Es culpa de la “memoria involuntaria”, que suele actuar caprichosamente, como nos ha advertido Proust en su novela En busca del tiempo perdido.

Ayer no más, caminando por la plaza real de la vecina Bhaktapur se agolparon en mi cerebro las dramáticas imágenes de El pequeño Buda, que Bertolucci filmó entre sus pagodas y palacios. ¡Estaban intactas en mi cerebro después de veinte años! Ahí recordé –o creí recordar—una alta columna con una flor de loto en su cúspide, y sentado sobre ella, un rey muy satisfecho mirando la Plaza del Palacio, que aquí llaman durbar. En la base de la columna estaba sentado un santón hindú semi desnudo, un sadhu, con el cuerpo y el pelo profusamente decorados. Impertérrito se dejaba fotografiar por los turistas.

He visto muchos hombres como él en la ciudad, hombres de carne y hueso. Sin embargo, ellos creen que el mundo no existe, que es puro maya; pura ilusión. Rara cosa. Algunos sadhus hacen penitencias extremas, como enterrar su cabeza en el suelo durante días “para atrapar las almas que pasan”. Pero pasan a su lado –sin ser vistos– muchos viajeros con tenidas extravagantes, y muchas mujeres hindúes con pantalones llamativos, faldas largas, cabezas despejadas y aros colgando del tabique nasal, que le caen sobre los labios.

Pasan también nubes de niñitas vestidas de rojo y adornos dorados, que parecieran celebrar alguna fiesta de Kumari, la mediática “diosa viviente”, a quien hemos visto asomarse unos minutos por una ventana del antiguo edificio en que habita, la casa-palacio más hermosa del valle de Katmandú.  

Ciudad museo del newar

Mi recorrido por Nepal se ha ido transformando en un viaje por el tiempo perdido. En un viaje de descubrimiento de lo nunca imaginado, una experiencia de placeres nuevos después de vivir un siglo. Una arquitecta que camina junto a nuestro guía –conocedora de Oriente y Occidente en 30 años de viajes- pasa estos días en Nepal más estimulada que nunca. “Me siento como  Alicia en el País de las Maravillas”, exclama con entusiasmo, sin saber, seguramente, que en dos o tres semanas más se van a celebrar los 150 años de ese libro situado en el confuso umbral de lo invisible.

Ahora ya sé que si queremos volver hoy a la Edad Media, o a siglos anteriores, basta tomar un avión en cualquier lugar del planeta y aterrizar aquí. La diferencia entre Katmandú y otras ciudades viejas del mundo es muy simple: se diría que los descendientes de quienes construyeron estas villas nepalesas se han quedado a protegerlas, y lo hacen desde hace mil años por fidelidad a sus dioses. Sus vidas apenas han cambiado. Los nepaleses creen en muchas divinidades, como antes; los hilanderos hilan como antes; tocan músicas dapha y hacen sonar el bansuri –la “melodía de bambú”–, una flauta que ha atravesado siglos en los homenajes a Krisna. Muchos, especialmente las mujeres, visten como si vinieran saliendo de un libro sobre remotas exploraciones.

Hacen lo mismo que hacían sus antepasados, tal vez por una razón más obvia:  Nepal se mantuvo cerrado bajo llave hasta 1950. Apenas abrió sus puertas, llegaron los hippies con flores sobre el pelo y dentro de la cabeza una esperanza: descubrir caminos para ascender. Ellos llevaron al mundo la buena nueva: ¡El tiempo perdido está en Katmandú! Las ciudades principales del valle conservan casi intactos lo que aquí llaman un durbar, una gran plaza-barrio en torno al palacio real, con muchos patios, donde la gente se reunía llamada por los monarcas. Casi todos eran reyezuelos herederos de reinos mínimos –hermanos, primos, tíos–, que competían entre sí levantando palacios y templos, movidos por la vanidad, la ambición y a veces la fe. ¡Cómo criticarlos si hoy sus obras son Patrimonio Mundial de la Humanidad!  Cada uno de estos reinos de veinte manzanas conserva admirables creaciones  humanas capaces de deleitar y sorprender.

Bhaktapur, por ejemplo, tiene una magnífica pagoda de cinco techos y una Puerta Dorada, acceso al viejo palacio real, que alguno ha comparado con las puertas del baptisterio de Florencia. Pero es muchísimo más que una multitud de templos, palacios y pagodas. En Katmandú se produce un encuentro improbable: el hombre de hoy puede sentirse visitando al hombre de ayer. Los primeros habitantes de Nepal, los newar, siguen aquí a pesar de los invasores indios o gurkas. Podemos ver a cada paso – entre una multitud estacionada en el subdesarrollo social– los prodigios que hicieron sus remotos abuelos talladores de ventanas, balcones, puertas e imágenes. Son objetos que atrapan al visitante como si fueran obras de arte, o más. Si alguna vez hemos sentido el paso del hombre antiguo, eso nos has ocurrido aquí más que en cualquier otro sitio. El bombardeo de estímulos, hace que a ratos la intensidad se convierta en perplejidad. Los newar quizá fueron analfabetos, pero sin duda tenían la sabiduría de la belleza, de la armonía y una espiritualidad de mejor cuño que la de un millón de posgraduados de Occidente.

Descubriendo en silencio

El resultado es que se produce un estado de ánimo difícil de experimentar en otras esquinas del mundo. Su capacidad de emocionarnos aumenta quizá por una decisión de las autoridades: los extensos barrios históricos, los durbar,  permanecen cerrados al automóvil. Salvo unas pocas motos, casi nada interrumpe la sonora paz de sus gentes. Mientras afuera de los recintos protegidos el tránsito de automóviles y buses es caótico, contaminante como en pocas ciudades del planeta, en el interior del durbar de Katmandú el tiempo permanece congelado. Lo mismo ocurre en los otros durbar del valle, pertenecientes a ciudades que ayer fueron  rivales, y ahora parecen una sola gran metrópolis, prácticamente soldadas entre sí. En ellas se camina, o se camina. El visitante avanza entre calles y callejones buscando ese tiempo olvidado. Como en la Edad Media. Ahí están Bhaktapur, Patan y otras para transitar relajadamente por la historia. Si se quiere entrar a estas zonas protegidas hay que pagar unos dólares, que se pagan de buena gana.

Llevo días caminando solo y en silencio, tratando de conocer algo de su mundo doméstico y secreto. He evitado las áreas llenas de turistas, para meterme en barrios que parecen panales, perforados aquí y allá por caminos que parecen llevarnos a ninguna parte, callejones angostos sin más salida que un umbral muy bajo que cruzo doblado en dos, y que conduce a alguna de muchas pequeñas plazas o espacios que recuerdan viejas ilustraciones de libros para niños.

Avanzo con el corazón en la boca. En la boca seca. Pues es imposible saber si una de mis fotos, u otra cosa que haga (o lleve), pueda interrumpir el placer. Camino, sin embargo, como si nadie me viera, de día y de noche. Mi presencia no produce rechazo. Algunas mujeres, a la vista de todos, en los barrios apartados, se lavan el cuerpo y el pelo con  agua de sus  baldes y se dejan refregar la espalda por otras personas. Hombres y mujeres de castas campesinas se ven siempre separados. Los varones, sobre el suelo, lejos del gentío, forman círculos que ocultan el juego de dados o del parchís. Las mujeres tejen, cosen y van a la noria con sus baldes, siempre comadreando. Para sentarse sobre el cemento o el suelo dura, alguna usa como cojines sus zapatillas de plástico. La casada se  reconoce de lejos: usa sari rojo con una franja negra y ancha. La soltera tiene libertad para vestir. El hombre lo hace casi siempre al modo occidental más simple, aunque normalmente lleva un gorro de colores pastel.

No parece existir otro lugar en la Tierra que pueda prometer más emociones que este extenso valle nepalés, especialmente a quienes buscan un encuentro con el pasado. Para contactarse con la emoción basta recorrer el durbar de Katmandú y los de Patan y Bhaktapur. Rodear la stupa budista de Boudhanath, barrio con mil refugiados seguidores del Dalai Lama. Aquí abundan las academias para aprender los secretos del arte de los thangkas, los inquietantes tapices,  banderas o dibujos budistas tibetanos que ganan importancia cada día en el mundo. Suelen colgarse en monasterios o altares familiares y llevados en las procesiones. En el durbar de Patan se venden verdaderas joyas de cuencos –también tibetanos– hechos en 11 metales, auténticos alardes tecnológicos de la fundición oriental, que al ponerse en la cabeza y ser frotados, “ayudan a  alinear los chakras”, y cuando están llenos de agua, el líquido parecer hervir como un géiser. También es importante trepar a la colina budista de Swayambunath y guardar un silencio inevitable ante las cremaciones de los hindúes en esa Benarés de Nepal llamada Pashupatinath.

Katmandú según Katmandú

No es que la ciudad sea perfecta. Nada de eso. Pero sus imperfecciones no hacen más que subrayar las mil joyas arquitectónicas sobrevivientes, cargadas de cicatrices. El ex Palacio Real de Katmandú, por ejemplo, es una rara mezcla de edificio neoclásico londinense, fruto del capricho de uno de sus monarcas viajeros, pero le rodea una multitud de templos, pagodas, palacios y patios donde ha quedado para siempre el genio y la fe de sus habitantes, distintas fes, que como ríos parecen dirigirse a un único mar. Ciertas construcciones milenarias han sido restauradas o parcialmente reconstruidas con cierta ligereza, pero se han respetado los espacios urbanos medievales. En sus plazas siguen intactos palacios de madera y ladrillo cuya belleza casi perfecta acelera el pulso de cualquiera. Parecen de otro mundo. 

En esta ciudad de las maravillas no sólo hay cientos de templos. Al lado del ex Palacio Real veo una enorme imagen mural del dios Shiva –el del tercer ojo, el que arregla todo lo que se destruye–, representado como Bhairava, el destructor del demonio, pero él mismo tiene rostro diabólico. Recibe atención principal de la gente, que mucho le teme. Hasta el día de  hoy, ellos procuran calmar las iras de Bhairava con el sacrificio de animales, ofrendas y cánticos. Al lado del durbar de  Bhaktapur  visité ayer un templo que le rinde culto. A mi lado estaba un hombre con un chivo atado a una cuerda, que luego fue degollado y quemado. En un rincón, varios músicos viejos, demasiado serios, hacían sonar sus instrumentos y a ratos cantaban para calmar al dios arrebatado.

Al frente se recargaban teléfonos celulares… El siglo 21 ya está llegando.

A los templos acuden mujeres hinduistas llevando sus pujas, pequeñas bandejas con agua, flores, arroz, dulces, granos de cereal… Los dioses las reciben en silencio, como siempre. Veo grupos de hombres y mujeres  al sol, frente a los viejos santuarios y pagodas. No parecen tener otra ocupación que dejar pasar el tiempo.  Son escenas puras. Presenciarlas hoy día es una experiencia  extraña. Los vecinos parecen actores en un viejo escenario de teatro. Una especie de Fuenteovejuna asiática al natural, por la plasticidad provinciana del conjunto y su por su colorido.

Por algo Bertolucci escogió estos barrios para la filmación de importantes escenas de su  película El pequeño Buda.  En una ciudad conocida por siglos como “pueblo del arroz”, los campesinos siguen en las plazas limpiando granos.  Otros producen  cacharros de greda negra junto a las pagodas, a las norias cargadas de historia y bajo los  balcones de madera. Hace ocho años se liberaron de sus reyes, derrocados por voto popular después de 249 años. Ahora mandan políticos pro chinos, agnósticos, que no se atreven a sofocar el pensamiento religioso ni las fiestas, aunque nunca exhalan el Ooomm… del principio de los tiempos. Tampoco les dan mucha importancia a las diosas vivientes del valle.

En este caminar sin rumbo, encuentro muchos refugiados del vecino Tibet, sherpas del Himalaya y algunos jak, mezclados con campesinos y artesanos. También he reconocido a unos pocos gurkas desocupados que ahora usan sus temidos   cuchillos curvos para el trabajo artesanal y doméstico. Están de regreso en sus aldeas, que son más pobres, pero siempre generosas. 

Patan con carta astral

Antes de volver al durbar de Katmandú recorrí las muy vecinas calles de Thamel y Freak St. Es un barrio de mochileros, hoteles y antiguos hippies. Camino entre vendedores de budas y mil imágenes del dios elefante, de cuchillos de los gurkas y suéters de pashmina pura de dudosa pureza. Casi sin darme cuenta llego al durbar, que es llamado Hanuman Dhoka, por la imagen de un mono que se levanta hace más de tres siglos cerca de la entrada del ex Palacio Real. Hanuman es un dios mono que suele volar llevando entre sus brazos alguna montaña del Himalaya, a quien los hindúes y los gimnastas adoran por ser héroe del Ramayana. Debido a ese legendario primate, los países hinduistas tienen millones de monos viviendo tan libres como las vacas sagradas. A veces roban y atacan al hombre; aunque muchas veces le hacen sonreír.

No se puede ocultar la pobreza nepalesa de hoy.  No siempre fue igual. Lo que vemos de arquitectura y arte da cuenta de tiempos mejores. El gran valle al pie del Himalaya ha sido desde antes de Cristo un lugar de paso, de comercio, de aduanas, entre la India y Nepal. A 250 kilómetros de distancia nació Buda, en un caserío sin historia, y el hinduismo, el budismo y el tantrismo tienen aquí algunos de los santuarios más sagrados. En cualquier lugar vemos un Buda que medita, una diosa que nunca nos quita los ojos de encima. “Aquí viven más dioses que hombres”, me dice un conductor de rickshaw. “Pero hay más más turistas que dioses”, precisa bromeando. Sabe que no es cierto: viven aquí 330 millones de dioses o sub dioses, según la tradición. Con indisimulada complacencia, el hombre del rickshaw aclara que las tres religiones más importantes de Nepal son hoy día el hinduismo, el budismo  y…el turismo. Todas conviven en paz. A veces, hinduismo y budismo se confunden, comparten algunos lugares de oración, y coinciden en la adoración de ciertos dioses. Y esa paz sirve al gran turismo, que ya tiene hotelería para el más regodéon.

Por estas horas, muchos adoquines y muros de Katmandú siguen coloreados de rojo, verde y azul, por la reciente celebración del Holi. Es la refrescante fiesta en que todos se lanzan tinturas y agua, homenajeando de ese modo a Krisna. Krisna es el dios popular por excelencia, el dios del hinduismo más fácil y despreocupado. Pero este bonachón también sirve, dicen, para el propósito de detener el ciclo de reencarnaciones, un final que todos esperan: la esposa adúltera para evitar convertirse en chacal, el enamoradizo para no terminar como asno, y el hombre bueno para no ser nombrado rey a la fuerza.

No tenemos certeza de que los nepaleses amen a sus dioses o si se trata más de temor que de amor. Lo cierto es que viven pendientes de astros y divinidades. En la magnífica ciudad-barrio de Patan subo al estrecho piso donde un astrólogo atiende a una decena de mujeres nepalesas. En completo silencio, muy juntas, sobre el piso de madera, en un ambiente de tiniebla, esperan turno por horas para renovar su carta astral. Sin consultarla, no dan ni un paso. Ni toman marido, ni compran casa, ni hacen un viaje. Hablo con ellas. Acogedoras, ninguna averigua cuándo me voy, pero sí, muchas preguntan cuándo pienso volver. “Volvería mañana”, respondo  con sinceridad. “Pero siempre será después de agosto, cuando se aleja el monzón…”, digo para hacerlas reír con mis miedos. Y ellas se ríen.

Es que la alegría del pueblo nepalés parece invencible, aunque habita un territorio pobre, y los dioses que tiene como vecinos pueden ser benevolentes un día, vengadores el otro. Estos dioses y estos hombres han producido un Katmandú, que  –como suele ocurrir—es más fácil amar que entender.     

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