Los budas vigilantes del Mekong

Los budas vigilantes del Mekong

En una enorme pared vertical de piedra laja se abren las cuevas de Pak Ou sobre el río Mekong, escenario de sangrientas emboscadas durante las guerras de Vietnam e Indochina. En estas grutas de Laos encontramos una guarnición de miles
de Budas que llevan siglos orando por la paz. Antes se ocultaron aquí muchos médiums que intentaban hacer contacto con espíritus desencarnados. Son grutas que apuntan a enseñarnos lo que puede haber más allá.


Ni gordos mi cansados lucen los Budas más numerosos que veo en las cuevas de Pak Ou. Algunos llevan siglos de pie, tiesos como un poste, sin mostrar fatiga. Casi todos son flacos. Los que lucen gordos y sonrientes son impostores involuntarios, me dicen, La gente ha terminado por confundirlos con Buda, pero no lo son. Se trata solamente de distintos seguidores que esperaban llegar algún día a “poseer la sabiduría suprema, universal perfecta”, es decir, llegar a la budidad. En esa sosegada espera, algunos de ellos echaron panza, grasa y gracia, sin llegar a ser Budas. El más famoso de estos “impostores”, que vivió en torno al año mil, fue el monje budista Bikkhu Hotei, que para tal vez cientos de millones de personas es el único Buda que conocen. Los Chinos llarran Bu-Dai a este falso Buda, confundiendo a medio mundo. El hombre común cree que traen buena suerte, y por eso existen miles de millones de Budas gordos, con caras sonrientes, repartidos por Oriente y Occidente.

Se piensa que quien le frota la barriga obtendrá riqueza y buena suerte. Y tal vez por eso los hemos visto en varios templos budistas de China.

Pero Gautama Buda debió ser, sin duda, un hombre flaco, y hasta carniseco. Durante casi medio siglo, sin morada Sia, caminó y caminó llevando su mensaje principalmente entre los pueblos de la actual provincia india de Odhisa, en la bahía de Bengala. Las imágenes que lo recuerdan con mayor fidelidad lo muestran recio y costilludo —era vegetariano-, y así debió llegar al Nirvana y finalmente a la pira funeraria, varios siglos antes de Cristo. Estoy ahora en una sagrada gruta que le recuerda. No hay otro lugar sobre el planeta que tenga más imágenes suyas por metro cuadrado. Tal vez hay unas 4.000. Es un sitio de peregrinación popular entre los laosianos, especialmente en días de abril, por el llamado Año Nuevo Lao, cuando se lavan y reparan las imágenes.

Aquí he llegado después de navegar casi dos horas por el río Mekong y uno de los ríos de su cuenca, partiendo de Luang Prebang, la ciudad más bella de Laos. Nadie que pase unos días en esta ex capital se puede privar de un viaje por el Mekong, Es un río envuelto en un velo trágico desde que su delta fue el escenario más desolado de la Guerra de Vietnam. Al verlo, al escuchar el relato de su gente, vienen a la memoria muchas imágenes atroces recogidas en el cine por Apocalypse Now, Platoon, Forrest Gump…

GRUTAS DEL MAS ALLA.


Todo navegante que pasa por aquí se detiene al divisar las cuevas esculpidas sobre una soberbia pared de piedra laja, un acantilado de 300 m. Desde el río se ven Budas, como soldados vigilantes que asoman en las cuevas detrás de lo que parece la crestería de una fortaleza. Nadie diría que es un recinto sagrado, sino una fortificación medieval dotada de macizos alminares. Pero son alminares de fantasía, sin cañones ni más defensores que quienes cobran $ 1.400 por la entrada.
Se llega hasta las cuevas subiendo una empinada escalera desde un muelle flotante sobre el Mekong. Sabemos que primero fueron el refugio de viajeros furtivos. Luego escenarios de ceremonias conducidas por médiums que intentaban hacer contacto con espíritus desencarnados. Y en los últimos siglos —nadie sabe con certeza desde cuándo-, seguidores de Buda las convirtieron en recintos de oración. Los peregrinos han ido agregando imágenes diferentes de Buda traídas desde otros países de Oriente y Occidente, principalmente de la vecina Tailandia, reino del cual dependió Laos por largo tiempo. Las imágenes más abundantes son las del Buda Sukhethai, cuya cabeza lleva una especie de esbelta pirámide sobre el pelo rizado: es una llama, la cual acompañaba, dicen, a Gautama poco antes de la Iluminación. Proviene de la Tailandia de hace 800 años.

Otras imágenes han hecho un camino más largo. Como un Buda grueso y ¡con bigote!, copia de una enorme representación del siglo XII que se adora cerca de Tokio: el famoso Buda de Kamakura. El guía sabe la razón: “Japón no es completamente ajeno a estas grutas. Invadió nuestro país en el siglo pasado”. Tal vez por eso vemos esa pequeña reproducción del gigantesco Buda de Kamakura, donde los turistas japoneses aún depositan pétalos rojos.

En el recorrido van surgiendo muchas formas de representar a Buda: de pie, caminando, reclinado, sentado, cada una con distinto carácter y en un orden incomprensible, si lo hay. Especialmente variables son los sentidos que adquieren las imágenes sentadas, en las que las manos de los Budas adoptan tocas las posiciones. La que más se repite es la del Buda sentado y con la mano derecha tocando el suelo, para pedir a la Tierra que fuera testigo de su inminente iluminación. Gautama, ¿ punto de convertirse en Buda, ya siente que está en el camino para descansar del sufrimiento eterno, y entonces —contento—,sonríe.

SE NIEGA A MORIR.

Con una sonrisa parecida a la de ese Buda inicié la navegación desde Luang Prabang hasta estas cuevas. Volver a surcar el Mekonges siempre una experiencia nueva, dependiendo del lugar en que nos embarcamos. Es un río que tiene el largo de Chile y el total de tierras que riega es del tamaño de nuestro territorio. Atraviesa seis países, lo que no hace ningún otro río de Asia. Hay, por lo tanto, muchos Mekong. El que navegamos hoy es tranquilo, con mucho verde en sus orillas. Lo navega una multitud de embarcaciones muy largas y pausadas, que se usan para transportar carga o pasajeros. Sólo de tanto en tanto resuena el motor de alguna lancha ligera, que tal vez viene de las cascadas vecinas, donde se manifiestan los contrarios a la construcción de una nueva represa (China ya tiene seis en su Mekong, y espera construir 20).

En el camino hay un pueblo ribereño llamado Ban Xang Hai. Dicen que lo usan para sacar plata a los turistas y ponerlos finalmente de mal humor. Le llaman “la aldea del whisky de arroz”. No vale la pena visitarlo, advierte nuestro acompañante laosiano, quien habla un francés parisiense y un español estrecho.

Recomienda, eso sí, llegar hasta las bellas cataratas de Kuang Si, situadas poco más arriba de las cuevas. Tiene piscinas naturales para la diversión y la contemplación… siempre que se llegue antes de las 11 de la mañana.

Pero se diría que casi nada justifica abandonar la adorable Luang Prabang con el propósito de conocer los alrededores. Sólo se aconseja una fuga a las cuevas de Pak Ou. También navegar por el Mekong y su afluente el Nam Ou, que surca la ciudad. Se avanza entre búfalos de agua y constructores de botes en las riberas, y el viajero se puede dejar invadir por una necesaria, dulce (pero breve) melancolía; una melancolía inevitable cuando se ha visto en el mundo que el ayer se está evaporando, pero que aquí se resiste a morir.

QUIEN DIJO MIEDO.


Al llegar a Pak Ou, temprano en la mañana, la bucólica parsimonia del Mekong desaparece en un dos por tres. Media doce- na de embarcaciones coloridas ya se encuentran a los pies de la montaña, y un centenar de visitantes recorre las cuevas. Por la escalera de piedra bajan como sonámbulos viejos monjes con túnicas color rojo y azafrán. A medida que nosotros subimos se van dibujando las primeras imágenes de Budas que se asoman sobre el vacío. Parecen larguiruchos personajes de El Greco vestidos con mantos azafranados, con largas “llamas” sobre sus cabezas. Dos grandes imágenes cubiertas de hojas de oro —que se repiten varias veces en el interior— llaman la atención junto a la entrada de la gruta. Tienen sus dos brazos echados hacia adelante, mostrando las palmas frontalmente. Si fuese una sola de las manos, se podría decir que es el gesto sagrado del abhaya, del “no-miedo”. El símbolo budista de protección y paz. Le pregunto a nuestro acompañante sobre su significado, y responde que no sabe; que lo averiguará. Vuelve unos minutos más tarde, cejijunto. “Nadie tiene seguridad”, me dice. Es una imagen que usan los budistas de aquí y de Tailandia, pero ni si quiera los monjes a los que pregunté conocen bien su significado. Dicen que puede ser un doble abhaya, un doble “no-miedo”, un doble gesto de paz. Algún día lo sabré con certeza. Hoy, no. Debo seguir mi camino en medio de esta inaudita retaguardia de Budas que sobre el ensangrentado Mekong parecen decir “no tenernos miedo”.

Si Laos emociona por su preciosa Luang Prabang, por Pak Ou asombra. Esa muda guarnición budista nos acoge a la entrada con un duplicado gesto de paz, casi ausente del Mekong durante siglos.

CIUDADES OCULTAS

Todo aventurero puede prolongar el viaje por Laos visitando otras cuevas o tham, como se les llama en la lengua local.Vieng Xai, ciudad casi en la frontera con Vietnam, antigua sede del cuartel comunista y anticolonialista del Pathet Lao, tiene en su entorno cientos de cuevas calizas semejantes a las de Pak Ou. Sirvieron de vivienda o refugio a unos 20 mil soldados, por cerca de una década. En ellas funcionó el gobierno alternativo y la jefatura militar cuando Estados Unidos, clandestinamente en una guerra no declarada- lanzó sobre Laos la mayor cantidad de bombas por km2 sobre un país en toda la historia. Inútilmente procuraba cortar el abastecimiento secreto de armas y alimentos a los combatientes comunistas del Vietcong durante la guerra de Vietnam.


La más famosa cueva de Vieng Xai es la de Souphanowvong, nombre de un príncipe que apoyó al Pathet Lao, conocido como el Príncipe Rojo. También se
visita mucho Khamtay, cueva que lleva el nombre de uno de sus líderes, expresidente del gobierno. En este distrito se encuentra la llamada Ciudad dela Victoria. Lejos de Vieng Xai, y cerca de Vientián, la capital, existe el Triángulo de Saeng. La más llamativa de sus cuevas, llamada Nam, tiene casi cuatro cuadras de profundidad, y cuando suben las aguas del río vecino las visitas se hacen sobre neumáticos flotantes. La cueva Chang, en la misma región, fue utilizada como refugio contra los saqueos de invasores.

EL RIO Y LAS CUEVAS

El Mekong nace en China con aguas delos glaciares del Himalaya nepalés, avanza por los territorios o fronteras de Birmania (Myanmar), Tailandia, Laos y Camboya. Muere en Vietnam, en las costas del llamado mar de China.
Pak Ouestá compuesta por dos grutas naturales: Ting y Prakachay. Una sobre la otra. La primera es corta y angosta, con una pequeña profundidad irregular, donde están dispuestas miles de imágenes de Buda en altares o simples salientes de la roca oscura. La cueva superior, Prakachay o Phum, unida a la primera por una escalera de unas decenas de metros, tiene 30 m. de profundidad, una vieja y enorme puerta de ingreso hecha en madera de teca, y muy poca luz natural. Se encuentra a 60 m. sobre el río. En su interior hay cientos de imágenes, algunas en rústico saltares de piedra. La gente compra incienso y velas para acompañar sus plegarias repetidas por milenios.

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