Le cantó Neruda                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              “Me gustas cuando callas…”

Le cantó Neruda “Me gustas cuando callas…”

Paula, octubre de 1988

Cerca de la Avenida Matta santiaguina vive esta anciana inmortal, Albertina Azócar, pieza clave de los Veinte poemas de amor y de Residencia en la Tierra. Inspiró también al gran Ángel Cruchaga, Premio Nacional de Literatura. ¡Una entrevista nostálgica!

Por Luis Alberto Ganderats

Tontatontatontatontatontatonta…le repite Neruda en una de sus cartas de amor.

El joven poeta tonteaba.

Era su forma de jugar con la mujer que más quiso en su vida. A ella le escribió “me gustas cuando callas porque estás como ausente” en su libro más universal: Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Sin ella no existiría Residencia en la tierra, quizá su obra cumbre, ni tampoco un cierto amor adolorido habría impregnado su poesía hasta días tan lejanos como los de Memorial de Isla Negra (“Nos defendimos brasa a brasa, peso a beso”). Ya era un poeta mayor,y 40 años lo separaban de ese primer beso lleno de ternura.

Albertina Azócar, la amada amante del Neruda joven, luego la inspiradora y esposa del gran poeta Angel Cruchaga Santa María, parece hoy dispuesta a repetir con el poeta que fue tontatontatonta…

Siento que torcí mi destino al no casarme con Pablo—nos dice–. Me faltó carácter para enfrentar a mi familia. Yo era un poco infantil y había sido criada dócil.

Pero no era nada de tonta.

Y hoy, a los 86 años, viuda, conserva una lucidez admirable. Rodeada de una multitud de imágenes religiosas vive en un diminuto departamento vecino a Avenida Matta, de Santiago, y tendida sobre su cama posa para Paula como una vieja actriz de carácter.

MOCOSA DE MI ALMA

MALA PECORA

Pasó décadas guardando silencio sobre esa  pasión que arrebató sus 18 años, la misma pasión que –convertida en poesía nerudiana—millones de adolescentes la han recitado en 30 lenguas durante más de medio siglo:

Cuerpo de mujer, blancas colinas,

muslos blancos,

te pareces al mundo en tu actitud de

entrega.

Mi cuerpo de labriego salvaje te socava

Y hace soltar el hijo del fondo de la tierra…

(…) Cuerpo de piel, de musgo, de

leche ávida y firme.

Ah los vasos del pecho. ¡Ah los ojos

de ausencia!

Ah las rosas del pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste!

Pero junto con la poesía otros cauces recogían esa pasión inaugural de la adolescencia. Fueron cartas íntimas de Neruda que ella guardó en silencio por medio siglo y que de vez en cuando tomaba con sus manos como si fueran un trozo de vida palpitante y frágil. Nadie nunca supo de ellas. Ni siquiera su marido. No era un trozo de vida para compartir. En ciento once cartas el joven Neruda la llamaba “querida mocosa de mi alma” y de otras cien maneras: Cucaracha fea. Pequeña canalla. Lombriz regalona. Mocosa mía. Chiquilla bonita.Mi chiquilla fea. Niña de los secretos. Mala pécora. Muñeca adorada. Albertina Neruda. Rana, culebra, araña. Mocosa querida. Chicunutuca. Lombriz zalamera. Ratoncilla. Mi Netocha de los recuerdos…

El poeta juguetón dejaba paso, con frecuencia, al amante incontenible. “Tengo humo en el corazón”…”Nadie hay más solo que yo”, se quejaba.

Trozos de algunas cartas:

º “¿Es verdad que aún me quieres? ¿Sientes las caricias que van a recibirte? ¿Te sientes desnuda entre mis brazos?…Yo pienso en ti con tanta pasión, ¡casi con dolor! Y me parece que es la primera vez que te confieso que te he querido tanto”.

º “…No te olvides, querida mía, mocosa querida, de dejarme cada noche hueco en tu camita a ver si voy a consolarte de tantos dolores”.

º “Tú me escribes unas cartas pequeñas como moscas…”.

º “Sí, me gustas en esa última foto; admirable la sombrilla sobre la cara preciosa, y la pierna la desconozco un poco, está más gorda y me da una tentación irresistible”.

º “…Te contaré pedacito a pedacito mi vida de este tiempo que tú conoces apenas, para que te entretengas, la primera noche que durmamos juntos bajo las estrellas de Ancud…”.

º “…Es una mentirita de la cucaracha fea que me escribe todos los días. Cuando llegue le bajaré los calzones y le pegaré en el potito”.

º”…Ay qué deseo , mijita, mi mocosa, que inmenso deseo de sumergirme en ti, de dar vuelta mi boca en la tuya, qué pasión más grande me vuelve hacia ti, qué cosa tan loca y tan desbordante”.

AMOR CONSUMADO

UN  GRAN AMOR

Toda esa pasión juvenil tan cuidadosamente oculta salió a la luz cuando un ex senador conservador, hombre de gran fortuna y casi desconocido escritor chileno, Sergio Fernández Larraín, compró las cartas a un sobrino político de Albertina Azócar. Después de un largo juicio, ella las recuperó y se guardan en un banco español; pero Fernández obtuvo finalmente su autorización para que el amor con Neruda quedara develado completamente en Madrid, en una hermosa edición. Y hace poco, se editó en forma facsimilar con un prólogo del Nobel Vicente Aleixandre y evocaciones de Rafael Alberti, Francisco umbral, Jorge Guillén y el  cronista chileno J. Edwards, que jamás conversó con ella. Guillén culpa a la joven por no haberse casado con Neruda. Dice:

“Albertina, muy inferior a Neruda, no estuvo a la altura de las circunstancias. Quizá se percatase de su verdadero valor (el de ella) y según su conciencia, inadecuado al sumo escritor de Chile. Y no se casó con él”.

A la anciana le parece un juicio injusto, explicable sólo por el desconocimiento que ese poeta vallisoletano tuvo de la sociedad chilena y de las características puritanas de su familia.

Nos dice:

Hasta hoy, mi hermana de 90 años, con quien vivo, se siente con derecho a llamarme la atención cuando salgo sin avisar. Y le molesta que yo hable de Pablo y de esas cosas. Mi padre era tan estricto que prohibía fumar y beber en su presencia a mi hermano Rubén cuando ya era profesor y escritor. Mi hermana siempre combatió mis relaciones con Pablo. Él ni siquiera podía pasar de la puerta en la pensión que vivíamos.

Eran los años del Instituto Pedagógico. Ella tenía entre 18 y 20 años y era tratada por su hermana como si tuviera 10.

–Sin embargo, usted tuvo la entereza para consumar ese amor, ¿no es verdad?

Sí, es verdad… ¿Pero usted lo va a poner así en su texto?

–¿Vale la pena ocultar lo obvio?

Bueno, póngalo así. Nada más. Y que fue un gran amor. Pero mi hermana Adelina se va a enojar. La verdad es que si ella no le hubiese hecho la guerra a Pablo, me habría casado. Ella misma nunca quiso casarse y yo lo vine a hacer como a los 40. Adelina siempre me dice cosas, pero nunca le respondo nada. Es muy porfiada.

20 POEMAS DE AMOR

UNA VIDA DESESPERADA

–Señora Albertina, déjeme contarle un secreto. Cuando Neruda cumplió 65 años hice una investigación sobre las mujeres presentes en su poesía. Conversamos varios días, y durante un viaje en su auto a Isla Negra me dijo: “Albertina Azócar ha sido la mujer más importante de mi vida, la que más he querido”.

Lo sabía—responde, como si le hubiésemos dicho que el sol sale todos los días.

–¿Qué sintió cuando era joven y su relación de amor se convirtió en poesía?

Mucha alegría.

–¿Y cuando la intimidad de ambos fue conocida por otros?

Un poquito de vergüenza. Claro que muy pocos sabían que esos poemas los escribía por mí. Ahora me importa menos. Estoy vieja y el mundo ha cambiado.

En los Veinte poemas de amor y una canción desesperada Albertina Azócar es la que domina. Diez son poemas escritos a ella, según nos dijo el propio Neruda. Nueve a la sureña Teresa Vásquez (“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”) y uno a María Parodi, hija del farmacéutico de Puerto Saavedra (el poema 19: “Niña morena y ágil”…).

A Albertina le escribe los poemas 1, 2, 5, 6, 9,10, 13,15, 16 y 18. Ella prefiere el 15, que Neruda publicó por primera vez en revista Zig-Zag, el año 1924, con el título Poesía de su silencio:

“Me gusta cuando callas porque estás como ausente/ y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca/. Parece que tus ojos se te hubieran volado/ y parece que un beso te cerrara la boca”.

Albertina también se emociona con el poema 6, en que el poeta la recuerda “apegada a mis brazos como una enredadera/ las hojas recogían tu voz lenta y en calma. / Hoguera de estupor en que mi sed ardía. /Dulce jacinto torcido sobre mi alma.”

Cuando se conocieron en el Instituto Pedagógico (ambos estudiaban Pedagogía en francés), ella tenía 18 años y Neruda, 16. Su relación estable, “limpia y pura, de jóvenes muy solos como éramos”, duró menos de dos años. Al tercero, ella fue matriculada por su padre en la Universidad de Concepción. Y ahí empezó esa correspondencia romántica y tórrida.

No se detuvo ni siquiera cuando Neruda ya estaba casado con una javanesa de sangre holandesa. Durante los años que él fue agente consular en cuatro países de Oriente, Albertina vivía en Chile, y viajó a Europa para estudiar un nuevo sistema de lectura. El poeta, resentido gravemente por la soledad y escasez de medios económicos, cuando la tuvo más cerca –becada en Bélgica—presionó fuertemente para que viajar a juntarse con él en Oriente, y casarse. Ella, que ya era profesora, no tuvo fuerzas para enfrentar a su familia y al severo director de la escuela que la había becado.

En su maleta llevó a Chile una carta en que Neruda le decía:

“Porque será la última vez en nuestras vidas en que tratemos de juntarnos. Me estoy cansando de soledad, y si tú no vienes, trataré de cansarme con alguna otra. ¿Te parece esto brutal? Lo brutal sería que tú no vinieras. Sabes que tengo cierta pequeña situación anexa al Señor Cónsul y me es fácil notar que esto produce cierta expectación  entre las mamás (que a veces tienen lindas hijas). Pero óyeme! Nunca he querido a nadie sino a ti, Albertina.

Neruda ya tenía 25 años, y seguía anclado en ese amor de los 16. Pero su insistente ruego siguió. En 1932, ya tenía 28 años, fue cuando le escribió la última carta conocida:

“Mi querida Albertina (…) ¿Cuándo vienes?, ¿vendrás en septiembre? Me parece tan difícil escribirte, tengo tanto que hablarte, reprocharte, decirte. Me acuerdo de ti todos los días; pensé que me escribirías una carta cada día, pero eres tan ingrata como antes”.

–¿Y por qué, cree usted, Albertina, que duró tanto ese amor a media correspondencia?

Es que para los dos fue algo muy fuerte. Y muy breve. Por eso, tal vez, la ilusión no alcanzó a extinguirse.

UN ÁNGEL DIJO: PABLO

BAJA DEL OLIMPO

–¿Era Neruda un hombre atractivo?

–No era un muchacho alegre ni tampoco muy hermoso. Flaquísimo. No tenía plata para pagar pensiones y arrendaba piezas de conventillos. Era callado y muy suave. Lo escuché recitar en el Pedagógico, y como yo desde niña aprendí en mi casa a admirar a los poetas, sentí por él mucha atracción. Después me llevaba flores: fresias y madreselvas que cortaba por ahí.

–¿Muy apasionado?

–Era más apasionado como poeta que como hombre. Al menos así lo recuerdo en su relación conmigo.

–¿Y usted a esa edad?

–Fui más bien silenciosa, metida para adentro. Nos gustaba mucho caminar de la mano en silencio. Y nos costaba encontrar la soledad como pareja. Mi hermana controlaba horarios y salidas.

Las circunstancias quisieron que Albertina se casara con Ángel Cruchaga, uno de los grandes amigos de Neruda, primo de san Alberto Hurtado Cruchaga–, un galardonado poeta, un poeta generoso, incapaz de conservar cosas para él. Todo lo compartía.

–Cuando Pablo obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1945, la mitad del dinero se lo regaló a mi marido para comprar la casa que no teníamos. Y en la época en que Pablo estaba casado con Delia del Carril, nos quedábamos cuidando su casa con ocasión de sus viajes. Y él llegó a ocultarse a nuestra casa cuando lo perseguía la policía en tiempos del presidente anticomunista Gabriel González Videla.  

Esa relación entrañable se trizó con la aparición clandestina de Matilde Urrutia en la vida de Neruda, cuando aún vivía con Delia del Carril.

–Ángel nunca aceptó ese comportamiento. Se lo hizo ver. Y como Matilde era entonces una mujer rústica, tuvo dificultades con todos o casi todos los seres que formaban el mundo afectivo de Pablo. A mí, me acusó tontamente de enviarle un anónimo y Ángel se molestó con la reacción poco solidaria de su amigo. Le mandó una carta diciéndole: “Pablo, baja del Olimpo”.

Se encontraron en 1971, casualmente, y sólo se saludaron de lejos.

–No lo volví a ver con vida.

–¿Qué ventajas le trajo a usted la compra de las Cartas de Amor de Pablo Neruda por Sergio Fernández?

–No he cobrado jamás un peso, aunque las cartas me pertenecen, y de acuerdo con la ley podría hacerlo. Pero no he querido. Sólo tengo un ejemplar del primer libro, que me mandó Fernández, y otro de la edición facsimilar española, que se llama Neruda joven. Nada más.

Y doña Albertina no quiere más. Nacida en familia de escritores, fue la mujer y apoyo del gran poeta Cruchaga Santa María, Premio Nacional de Literatura, y la inspiradora de algunos de los libros más notables de ese creador inmortal que fue Neruda.

Pocas musas en el mundo morirán más satisfechas y tal vez sobrevivirán mejor a través de los siglos.

Neruda la estará aun aguardando:

“….Yo soy el que te espera en la estrellada noche,

sobre las playas áureas, sobre las

rubias eras.

El que cortó jacintos para tu lecho, y

rosas.

Tendido entre las hierbas yo soy el que espera”.

(Albertina Azócar murió un año más tarde, el 11 de octubre de 1989)