Laberinto en Arequipa

Laberinto en Arequipa

Dan ganas de perderse en el Monasterio de Santa Catalina, esperando que nunca cese el encantamiento. Estuvo cerrado por 390 años y ahora cualquiera puede descubrir los prodigios del color y las intimidades de un claustro colonial que no tiene iguales.

Parece cuento, pero los habitantes de Arequipa la llaman “ciudad blanca”, a pesar de tener como principal atractivo arquitectónico el monasterio que ahora recorro. Un laberinto en que campean el rojo sangre, el rosado indio, el azul añil, el lúcuma oscuro o el color huevo podrido.

No he visto en el mundo un lugar así -salvo en Creta- donde el color se lanza a los ojos del visitante como un gato rabioso. El espectáculo es de sueño, de pesadilla, de arrobamiento. Dan ganas de traer sus cosas y quedarse aquí por meses, por años, hasta que el encanto pase (si alguna vez pasa). Su atractivo va más allá de los colores y su combinación audaz. Va más allá de la tranquilidad propia de un monasterio de clausura, hecho para ayudar al espíritu y fortalecer la templanza.

Ocurre que, además, se han conservado las calles y casas del Arequipa del 1600. ¡Estuvo cerrado durante 390 años! En la Colonia, varias calles vecinas fueron compradas y añadidas al monasterio, para dar alojamiento a muchas religiosas afortunadas que usaban viviendas individuales. De este modo, el sigilo conventual fue atrapando un sector vecino a la Plaza de Armas. El siglo 17 quedó congelado en esta pequeña ciudad dentro del muro.
Por eso, sus propietarias, las dominicas, pueden decir que su monasterio “es el único en el mundo con ciudadela”.

SESQUICENTENARIO RUBOROSO

Me hablaron tanto de Santa Catalina, que llegué a sus puertas completamente escéptico. “No será para tanto”. Casi nunca tantos méritos proclamados tienen sustento real.

Lo que ahora observo -y que Lincoyán Parada, emocionado, procura grabar en sus fotografías- vale la pena. Vale el gozo. En vísperas de Semana Santa, la priora se encuentra fuera del mundo y no conseguimos hablar con ella ni siquiera a través del locutorio. Podemos, sin embargo, visitar el convento y su ciudadela, puesto que las religiosas ocupan sólo un ala moderna, y el resto -20 mil metros cuadrados- se halla a disposición de quienes quieran conocerlo. Cuando los visitantes se han ido, las monjas –sin ser vistas– suelen pasear por el claustro viejo y la ciudadela.

Son monjas de clausura.

Llegaron a ser más de 300 las mujeres que aquí vivieron en otros siglos; ahora se encuentran reducidas a treinta. Entre esas 300 solía haber algunas laicas o seglares invitadas a recogerse por un tiempo. Tres semanas atrás se cumplieron 150 años de una visita que dejó huellas en la historia: Flora Tristán estuvo en Santa Catalina y luego escribió un libro famoso: Peregrinaciones de una paria (1838). A esta obra se deben interesantes descripciones de la vida conventual, de los trajes y de la existencia austera y solemne de la época.

Nadie conmemoró, sin embargo, el sesquicentenario de esa visita con historia, pues la autora del libro dio luego motivos para no hacerlo. Tras una vida matrimonial tormentosa, Flora Tristán -que era hija de padres solteros, un arequipeño y una francesa- se dedicó a predicar a favor del divorcio y el amor libre. No contenta con eso, dio forma al primer proyecto de una internacional de trabajadores, y figura entre las precursoras del socialismo ateo en Francia.

TERRENAL SALVACION

Nada de todo eso puede gustar a las religiosas ni a la tradicional ciudad de Arequipa, cuya gente se ha ganado, con razón, la fama de orgullosa. Produjo “quizás la más completa de todas las arquitecturas mestizas americanas”, y sus casas señoriales de la colonia y la república, así como iglesias y conventos, le dan un lugar de honor en el Perú, junto al Cuzco. Es la segunda ciudad del país, y con tradición, abolengo y tanto pingorote como nuestra Talca.

El Monasterio de Santa Catalina parece una síntesis de lo que ha sido y es Arequipa. Por eso, tiempo atrás, no fue difícil reunir a muchos de sus hombres con conciencia histórica y ponerlos a trabajar en un proyecto: salvar de la demolición al viejo monasterio.

Aunque parezca sorprendente, eso estuvo a punto de ocurrir hace pocos años. Las admirables construcciones que vemos en estas páginas pudieran no existir hoy. Así lo confió a Revista del Domingo el ingeniero René Forga, que fuera presidente del Consejo Nacional de Monumentos Históricos y alcalde de Arequipa.

Santa Catalina se encontraba en malas condiciones de conservación por culpa de los terremotos. Llegó un momento en que las religiosas dominicas estuvieron dispuestas a demoler la ciudadela y otros sectores antiguos del monasterio, para lotear y vender a particulares. Son 20 mil metros cuadrados en el centro de la ciudad y eso es mucha plata.

—¿Y el obispo estaba de acuerdo?
—Sí. Monseñor Rodríguez Ballón no veía muy claramente las ventajas de conservar tales edificios. Al final, gracias a Dios, fue convencido de lo contrario.Y así comenzó una tarea original. Encabezados por el ingeniero Eduardo Bedoya, un grupo de particulares y de grandes empresas se comprometieron a construir un nuevo convento a las religiosas -pe- gado al actual-, y recibieron los edificios antiguos, a préstamo, para remodelarlos y ofrecerlos a la ciudad de Arequipa como un foco de atracción artístico y turístico.

El sueño es una realidad desde 1970, cuando se abrieron las puertas cerradas desde 1580…

 INTIMIDAD DE UN CLAUSTRO

Por eso podemos recorrer hoy Santa Catalina y enterarnos -no sin asombro- de las costumbres claustrales de otros siglos. Nos ayuda el Dr. Eloy Linares, director del Museo y catedrático principal de la Universidad de San Agustín, autor de un estudio sobre el monasterio. Dice que, antes de ingresar, las interesadas debían pagar el terreno y la construcción de su celda, como también las habitaciones que ocuparían sus sirvientes.

“Por esta y otras razones”, añade, “las monjas casi generalmente pertenecían a las familias más distinguidas y pudientes de la ciudad, las que encerraban a sus hijas acompañadas de doncellas peruanas o españolas, en calidad de servidoras en número de una, dos y hasta cinco. Hubo otro rango de religiosas que desde pequeñas eran regaladas al convento y pertenecían a las familias pobres o indígenas, a quienes por esto se les llamaba donadas, y desempeñaban el papel de la servidumbre en el monasterio”.


Más tarde el sistema fue modificado sustancialmente, y las religiosas pasaron a vivir en comunidad, saliendo las sirvientas del monasterio. Se conservan hasta hoy, sin embargo, las construcciones de ese período singular, que antes fueron parte de los barrios vecinos y luego pasaron a formar la ciudadela conventual.

Una guía nos va identificando una a una las celdas-casas que habitaron las enclaustradas Dominga Somocurcio, Manuela Ballón, María Josefa Cadenas y otras mujeres santas que habitaron este “jardín de vírgenes”. La celda de la madre Dominga, por ejemplo, cuenta con zaguán, patio, salas, cuarto para sirvientas y dos hornos. La de la madre Manuela comprende tres patios, cocina grande, despensas, sala y capillita particular. La de la madre Josefa luce puertas y alacenas talladas, tiene servicios higiénicos, tres salas y gran cocina.

Estrecha y sencilla es la celda de Ana de los Ángeles Monteagudo, que podría ser beatificada muy pronto, y por la cual el papa Juan Pablo II vendría a Santa Catalina, de acuerdo a insistentes informaciones que hemos recogido.

CHISTE CENTENARIO

Esa posible beata ingresó como alumna al convento cuando tenía sólo… 3 años. A los 14, sus padres la retiraron con intenciones de casarla. Ella rechazaría la vida mundana y al año siguiente ingresa en calidad de novicia. A los 91 años -sin haber salido jamás del claustro- muere con fama de santa y milagrosa. Hizo todo tipo de predicciones acertadas, para asombro de sus contemporáneos, y cuando fue priora -a mediados del siglo 17- reformó profundamente la vida conventual. Era de esas monjas que discutían en voz alta con las almas en pena y con san Nicolás Tolentino cuando ellos no le obedecían sus súplicas.

En su celda se conserva un tronco de naranjo completamente seco. La guía nos asegura que “cuando florezca, Arequipa será destruida”, según predijo la infalible monja priora.

Y ese, brotecito, ¿cuándo le salió? -, digo a la guía con cara de inocente.

Vacila un instante, y luego me mira de arriba a abajo como diciendo: “Usted es el cuarto gracioso que me hace el mismo chiste en la semana”.

Pongo cara de contrición.

Paciencia y caridad cristiana -recalca la joven- deben ser las cualidades sobresalientes de quienes siguen a santa Catalina. Esta y otras cualidades parecen recomendables, evidentemente, pues al menos la Segunda Orden Dominica se dedica casi exclusivamente a la vida contemplativa. En sus conventos, la mujer encuentra celda y sepultura. Tal vez por eso, el monasterio arequipeño que ahora recorro ha sido llamado “fortaleza mística”.

FUGA Y DRAMA

Claro que no siempre resulta fácil soportar la disciplina.

Cuenta el Dr. Eloy Linares que hace ya largo tiempo el obispo Chávez de la Rosa debió intervenir ante un caso de fuga motivado por impulso irrefrenable. La monja salió del monasterio acompañada de su sirvienta, aprovechando un canal que llevaba las aguas de la lavandería, ocasionalmente seco esa noche. Arrepentida, quiso volver por ese mismo lugar, pero el torrente se lo impidió.

Esa misma noche, el obispo Chávez tuvo ante su puerta a la llorosa fugitiva y su sirvienta. Comprensivo, se vino al monasterio de inmediato. Fingiendo que necesitaba comprobar una denuncia de fuga, ordenó que todas las religiosas se encerraran en sus celdas. Así la arrepentida pudo regresar sin ser vista ni sancionada. Dejaba nuevamente atrás -ahora para siempre- el mundo del demonio y la carne, para tener sólo a Dios por delante.

Su único contacto con el exterior volvió a ser el locutorio que ahora tenemos ante nuestra vista. Es una habitación abovedada en sentido longitudinal. La baña una luz lechosa que penetra por un agujero tapado con una translúcida piedra de huamanga. A través del grueso tejido de una reja doble de madera, la enclaustrada podía adivinar la figura del visitante. Junto a ella -oculta tras una cortina- se instalaba una monja, quién podía participar libremente del diálogo.

No había secretos de a dos en el locutorio.

Hoy es uno de los lugares más visitados del monasterio, y produce tanto estremecimiento como la celda en que viviera por unos días la revolucionaria Flora Tristán hace 150 años. En esa misma celda se hospedó una adolescente boliviana de 14 años que había caminado desde Oruro, descalza, llevando a sus espaldas una cruz de quince kilos.

Juana de San José -así se llamó- moriría poco tiempo después, víctima de un mal contraído durante su peregrinaje. En su celda aún podemos palpar la cruz, y en el techo descubrir las estrellas que ella pintó “buscando la luz”.

ESPAÑA ANDINA

No es dramática, sin embargo, la imagen global que recogemos de este monasterio único en el mundo. Resulta inclasificable desde el punto de vista de su arquitectura, ya que no fue levantado de una vez y para siempre, sino que fue creciendo y sumando por cuatro siglos.

Hay un rasgo común, sin embargo, que es la mano inconfundible de los constructores indígenas. Las calles de su ciudadela pueden llamarse Sevilla, Toledo, Burgos, Córdoba o Granada… Pueden parecer trozos de un poblado español o del norte africano… Tal vez provoque asombro que esto ocurra en una ciudad colgada de los Andes. Pero si bien se mira, si se miden sus muros y se analiza la texura terminal, ahí está nuestra América con sus indios collaguas arequipeños y sus terremotos, que invitan a alimentar bien los muros.

MILAGRERA, PERSEVERA

Del singular colorido de Santa Catalina, mejor no hablar.

René Forga, un tradicionalista que no da ni pide cuartel, supone que por su ancestro moro, todas estas callejuelas debieron ser blancas en su origen remoto. Sólo avanzada la Colonia o la República se habría comenzado a usar esta paleta con rojo sangre, rosado indio y azul añil, que le dieron más fuerza y carácter al monasterio remodelado.

Sus remodeladores, en cambio, creen haber respetado y exaltado la tradición al rescatar los colores idos. Sólo por fuera el monasterio luce gris-blanco. Cumple con la ordenanza municipal que obligó a borrar pinturas y eliminar revoques, para dejar a la vista la piedra volcánica, que, trozada en forma de sillar, reemplazó al adobe en otros siglos.

De este modo, la vieja Arequipa, llamada “ciudad blanca” por la piel dominante de su población, reforzó su blancura en las fachadas.
Paradójicamente, nada gusta más de esta hermosa ciudad blanca que su multicolor monasterio, en que se mezclan los estilos románico, barroco extremeño, andaluz, canario… Hay bóvedas en cañón, arcos de medio punto, estribos monolíticos, pinturas cuzqueñas (¡por cientos!), cardenales y claveles, mezcla que produce un efecto irreal, casi de fantasía.

Incomprensible.

Tan incomprensible como que los chilenos -vecinos inmediatos de Arequipa- ignoremos la existencia de un lugar como éste. Se juntan en él ciertas palabras y valores que normalmente sólo encontramos juntas en el diccionario: belleza, conciencia histórica, visión de futuro, sensatez y eficiencia organizadora.

Santa Catalina, milagrosa y milagrera, ¡persevera!

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