Jiva | Uzbekistan en la ruta de la seda

Jiva
Uzbekistan en la ruta de la seda

Tras un pausado recorrido por la legendaria Ruta de la Seda, que ha exigido muchos años, nos detenemos en una ciudadela que a juicio de la Unesco  “tiene un valor universal extraordinario”. Forma parte de Uzbekistán, en Asia Central, y está montada entre dos desiertos, repleta de mezquitas, minaretes, escuelas coránicas y de un silencio nocturno y medieval que sobrecoge. Zoroastro y los Reyes Magos no se mueven del vecindario.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Cuando ese francés me lo sacó en cara durante la sobremesa de ayer –después de saborear un plov, el plato más delicioso de Uzbekistan—guardé silencio por largo rato. Era más prudente sonreír y pedir un postre uzbeko, en vez de intentar explicar lo que parecía inexplicable. Para cambiar de tema preferí hablar del extraño mueble en que estábamos sentados  o recostados. Aquí algunos restaurantes ofrecen una especie de cama dura de patas altas, cubierta de alfombras chillonas y rodeada de barandillas por tres lados de barandillas y llena de cojines. Una mesita instalada al centro sirve para poner platos, bebidas, aliños. Un mesero dice que se llama aiwan. Otro da su nombre por escrito: dastarkhan.

La verdad es que el mundo no se ha perdido nada al no repetir este engendro-arrugador-de-ropa.  Ni siquiera me sirvió para cambiar de tema. El terco francés seguía enojado, y tal vez con razón. Es que en la sobremesa se me ocurrió decir que estaba francamente emocionado después de recorrer las calles de Jiva y sentir que aún era posible caminar sintiéndose en la Edad Media siguiendo los callejones y pasadizos en penumbras de su amurallado barrio histórico. Esta ciudad, que fuera uno de los puntos importantes de la antigua Ruta de la Seda, se niega a renunciar a su historia crucificada por invasiones y de caudillajes, llena de astucias y orgullos tribales forjados en miles de años de duro aprendizaje. Le dije que el actual habitante de Jiva, al vivir como ayer, sonriendo con desconfianza al visitante extranjero, jugando backgammon o tabli a media luz, como hace mil años, ponía barreras al desarrollo descontrolado. Sin proponérselo, mantiene a su ciudad como uno de los lugares del mundo al cual los viajeros deberían venir –correr– antes que desaparezca su intacta atmósfera de pasado, que resulta deliciosa.    

–Deliciosa, claro – me dijo el francés, con sorna–. Es muy delicioso que su gente se mantenga sin luz, que pocos lleguen a la universidad y la mayoría trabaje en los campos de algodón con el espinazo torcido. Eso les encanta a los que se creen buenos viajeros porque vienen de hogares donde no falta nada y se sienten excitados por la vida mínima de otros. Les parecen seres extraños, dignos de ser fotografiados. Y después los exhiben con placer…

No supe qué decir. Tenía razón. El buen viajero no anda por el mundo lamentándose por el subdesarrollo. No echa a sus maletas libros sobre reformas sociales. Echa guías de ciudades, buenas listas de restaurantes, de monumentos  y de pueblos que viven en otros siglos, incluyendo sus  niños… Algunos viajeros van más lejos: visitan escenarios de viejas guerras y catástrofes. Se hacen un nudo tomándose selfies en Auschwitz y en los cementerios de soldados caídos en carnicerías irracionales.

Jiva, por más de 2.500 años, ha sido escenario de abusos cometidos por un remolino de invasores de toda el Asia. También de horrores en que participaban sus propios reyes. Ayer no más, a fines del siglo XIX, funcionaba aquí el más rentable mercado de esclavos, principalmente de rusos apresados en los desiertos vecinos. ¿Por eso pueden resultar menos admirables Jiva, Bujara, Samarcanda y las demás ciudades uzbekas de la Ruta de la Seda? Al contrario, no podemos sino emocionarnos ante las huellas magníficas de tantas culturas, lenguas, estilos constructivos y razas humanas que conviven o se han fundido en Uzbekistán, un país oculto, al lado del lugar de la tierra más alejado de cualquier océano. Pero hay muy pocas ciudades en el mundo que nos inviten a soñar despiertos, y Jiva debería estar en la lista más corta de los nostálgicos. En su sector histórico no se usan vehículos a motor, y se mantiene intacto el trazado de callejones medievales.

Por eso, UNESCO ha dicho que la parte amurallada, Ichan-Kala, tiene un “valor universal extraordinario”, y la protegió antes que a la propia Samarcanda. Le considera “un testimonio excepcional de las civilizaciones perdidas de Corasmia”, civilizaciones que nacían en esta región hace 3 mil años, cuando Mesopotamia empezaba recién a construir ciudades y Egipto levantaba sus pirámides clásicas. Por eso, Jiva es Patrimonio de la Humanidad desde hace 26 años.

El regreso de los magos

En su territorio también ocupa lugar de honor ese saber dónde se confunden historia y leyenda. De Corasmia –dicen– habrían salido los tres Reyes Magos de Oriente, los altos dignatarios de la religión zoroástrica que llegaron a Belén. Corasmia, con Jiva, era entonces parte de Persia. Ayer visité aquí un pequeño museo del zoroastrismo, la primera religión monoteísta, según sus seguidores de hoy, los parsis de la India. Surgida en Persia oriental unos mil años antes de Cristo, su símbolo principal se repite en forma destacadísima en uno de las salas del palacio. También pude ver no lejos de Jiva, sobre el pedregoso desierto de Kysylkum, los restos de una “torre del silencio”, donde los zoroastristas depositaban los cuerpos de sus muertos hace dos mil años, para que fueran comidos por aves carroñeras, y así mantener limpia la tierra.

Durante un recorrido por el corazón de Ichan-Kala, un palacio amurallado dentro de la ciudad amurallada, llamado Tash Hauli, aparecieron de pronto los Reyes Magos. Me pareció de lo más natural. Pregunté quién era el Miguel Ángel uzbeko que decoró el harén con mayólicas y tallados, y le dio apariencia de porcelana a otros recintos del palacio. Mohammad Buli, mi acompañante, me dijo:

–Fue el Mago. 

Llaman “el Mago” a Abdalá, experto en la creación de baldosas mayólicas de esmalte, tal vez porque aquí el vocablo mago es sinónimo de sabio. Abdalá hizo estas mayólicas y mosaicos hace unos 150 años. Decoran una de las expresiones notables de la arquitectura islamista. Áreas monumentales, muy altas y anchas, a menudo con forma de bóveda, siempre abiertas al exterior por uno de sus lados, como gigantescas terrazas techadas. Les llaman iwan. Su forma es de origen persa, y fue el islamismo el que las ha repartido  por el mundo. No conocía su nombre, pero los había visto en los palacios, especialmente en las mezquitas y en las grandes escuelas coránicas, las madrazas, de Estambul y del antiguo Irán. También en el Taj Mahal de India, que luce un majestuoso iwan en cada uno de sus cuatro lados principales, y tiene pequeños iwanes armónicamente repartidos en todo su entorno.

Para muchos, el Taj Mahal llevó al iwan hasta las cumbres de la arquitectura. Pero siento que su mejor expresión no se encuentra allí. Está en la plaza del Registán, en Samarcanda, que visité hace pocos días. La rodean tres madrazas con sus respectivos iwanes. Esas madrazas juegan entre ellas, lucen sus cúpulas color esmeralda y sus minaretes enjoyados de porcelana. El conjunto me pareció la obra humana más estremecedora de todas. Iluminada al atardecer, deja sin habla.

Todos somos nómadas

Encontrarme ahora en la Ruta de la Seda no es cosa del azar. Es la ruta terrestre más extensa, extenuante y extraordinaria, que cambió profundamente la historia de los pueblos. Colón partió a buscar un nuevo camino a Oriente cuando Turquía  obstaculizó el paso por la Ruta de la Seda, y ya sabemos cómo termina esa aventura. Al nacer las grandes religiones monoteístas orientales –budismo, islamismo–, sus ideas fueron esparcidas por el mundo gracias a las caravanas. Con la sombra de esas caravanas me tropecé hace muchísimos años en Estambul y en Petra. Junto al Bósforo existen construcciones antiguas donde los comerciantes llegados de Oriente, o camino a Oriente, pasaban noches seguras con sus camellos, carretas, caballos y cabras; con sus fardos repletos de sedas y sacos con especias y joyas. Fueron los primeros hoteles para caravanas, llamados caravasares, que conocí convertidos en museos o mercados. Más tarde pude ver caravasares en el otro extremo de la Ruta de la Seda. Al visitar el Ejército de Terracota, en China, dejé tiempo para recorrer el barrio musulmán de la ciudad de Xi´an. Tiene también bazares y un extraño templo del siglo octavo: una mezquita con forma de pagoda budista.

En ella oraban los musulmanes antes de iniciar el recorrido por la Ruta de la Seda. Recorrer toda la ruta hasta Venecia o Estambul podía exigir años de viaje. Por eso, casi todos esos hombres medievales sólo hacían fracciones del camino, ahí vendían sus productos a otros comerciantes o caravaneros, y regresaban a su lugar de origen luego de semanas o meses. Los viajes, en  realidad, eran una larga carrera de postas, en que los productos iban y venían de Asia y Europa, en distintas manos y en distintas caravanas, con distintas bestias de carga, según el territorio que debían atravesar; incluso, a veces, con carretas. Casi siempre el caravanero caminaba 30 kilómetros diarios al lado de los camellos; no cabalgando.

Y algo tiene que quedar claro: no era realmente un camino. Era una dirección que se abría en una multitud de caminos como el delta de un gran  río, que llegó a su apogeo en el año 1.000. No faltaban los que seguían “la ruta” por mar hasta la isla de Ceylán, un gran mercado al lado de la India. Otros se salían de vertiente principal para llegar a Jiva antes de internarse en el desierto hacia la rica Persia, que desde hace 80 años llamamos Irán.  

He debido esperar por mucho tiempo, impaciente, el día para llegar por fin al corazón de la Ruta de la Seda. Mi meta era Samarcanda, por entonces bajo control soviético y parte de la República Socialista de Uzbekistan. La pequeña Jiva –donde ahora estoy– es la ciudad de la seda más lejana de Samarcanda, y para algunos la más atractiva. Para llegar tuve que viajar por tierra desde Tashkent, la enorme capital uzbeka, y cruzar el Kysylkum, desierto que triplica en tamaño al Atacama.

Un día completo con los ojos fijos en la nada.

He terminado en el borde del legendario desierto Karakum, de Turkmenistan, tierra fronteriza donde se levanta Jiva. Durante el viaje, divisé fugazmente rebaños de lanudos dromedarios y campamentos de yurtas, carpas de fieltro impecables, que delataban la existencia de algunos  trashumantes de hoy: turistas occidentales en busca de nuevas emociones.

Mohammad Buli, mi conductor  uzbeko, me advirtió que los turistas no son los únicos trashumantes de hoy:

–Al atravesar las primeras fronteras podrá ver que en las estepas de Asia Central los pueblos ambulantes reúnen muchedumbres. En la cercana Mongolia, uno de cada tres habitantes vive como nómada. Y no hace nada raro. En su historia, el ser humano ha sido nómada por más de 2 millones de años. Y hace sólo 10 mil que aparecieron los primeros sedentarios. Todo hombre tiene abuelos que vivían en campamentos de yurtas. ¿Ha pensado usted que gracias a seres como ellos, un día América fue descubierta y poblada?

Y por si me queda alguna duda de lo que quiere decir, termina así:

-De modo que usted desciende de hombres que dormían en yurtas. Como yo.

Toma el volante sonriendo y con una mano se acomoda su enorme gorro hecho de cuero lanudo de oveja negra. Lo protege del frío y el calor. Parece un africano motudo. Me explica que este gorro, llamado telpek, distingue especialmente a los turcomanos de Asia Central, muy abundantes en la vecina Turkmenistán. Su territorio era habitado casi exclusivamente por tribus nómadas hace menos de un siglo, pero llegaron los soviéticos a planificar todo…

Dormir en la madraza

Mientras recorro, voy comprobando que en toda la ciudad amurallada no hay edificio moderno alguno. Ichant-Kala quiere seguir siendo ciudad-museo. Representa muy bien la esencia de  la ciudadela-oasis que abundaba en Asia Central, con magníficas murallas, cúpulas vidriadas,  madrasas y minaretes, estrechas calles cercadas por muros de ladrillo. Por las noches, todo ruido parece venir de una caravana que llega arrastrando pezuñas. Y se diría que quienes deambulan forman parte de otro museo: el de las etnias asiáticas. Aunque casi todos son de nacionalidad uzbeka (es decir, una espesa mezcla de etnias diferentes), veo muchos blancos caucásicos descendientes de los rusos que los invadieron hace un siglo. Otros, de pómulos salientes, ojos hundidos como cicatrices y cara ovalada, son herencia genética de los mongoles de Gengis Khan. Muchos parecen turcos, árabes o macedonios; kirguisos, kazajos y turcomanos. Pero no es posible identificar a los descendientes del primitivo pueblo ario, cuya cuna habría estado aquí en Corasmia, según el lingüista persa Akbar Dehjodá.

Antes que el sol se hunda en las arenas del desierto, muchos turistas ya se han ido a comer y descansar. Su hotel principal, el Orient Star, ocupa el enorme edificio de una de las escuelas coránicas más importantes que existiera en Asia Central. Los viajeros duermen en modernizadas celdas que antes ocuparon profesores y estudiantes musulmanes.

Cuando Ichant-Kala va penetrando en la oscuridad, débiles luces marcan apenas la presencia de ciertos monumentos. Poco ayuda el indeciso guiño luminoso de las estrellas mientras la luna sigue oculta tras las altas murallas de la ciudadela. Cuando aparece, por fin, ilumina todos nuestros fantasmas. Es el momento glorioso de Jiva. Retrocede mil años en un minuto. Retumba el silencio.

De eso no saben los que se han ido a dormir. Entre  ellos, el amigo francés. 

Los tesoros de Ichan-Kala

Suman cientos los templos, escuelas coránicas, minaretes, antiguas residencias, espacios principescos y memoriales y mausoleos que se protegen en Ichan-Kala -el sector amurallado de Jiva-, que es “un testimonio excepcional de las civilizaciones perdidas de Corasmia”, según la UNESCO. Aquí identificamos lo más notable.

Mezquita Dzhuma

Caracterizada por su bosque de columnas talladas, donde el pueblo se reúne a orar o a debatir, fue creada hace unos mil años por árabes recién convertidos al islamismo, que sometieron a Jiva, e introdujeron la nueva religión en esta ciudadela-oasis. Es la Mezquita del Viernes, o Mezquita Catedral, la principal de Jiva. Ha sido restaurada y parcialmente reconstruida varias veces. La última en el siglo XVIII.

Palacio Tash-Hauli y su haren

Los últimos soberanos de Jiva, los kanes, gobernaban desde este palacio fortificado dentro de la  ciudadela de Ichan-Kala, que tiene poco más de una hectárea de extensión. Fue  decorado con mayólica, desarrollada en Mallorca por árabes y españoles medievales, y tiene columnas con tallas de  calidad excepcional. Aquí se conservan el harén, con iwanes monumentales; la sala de audiencias; el trono (todavía requisado y exhibido en la  Armería del Kremlin); la mezquita del kan; los depósitos de manuscritos y el tesoro público.  

Mausoleos y memoriales

Desde de su muerte en el año 1303, el sepulcro y el lugar de culto del cheik  Seyida Alauddin se han  ido enriqueciendo con construcciones valiosas. Lo mismo ha ocurrido con los mausoleos del cheik Jutar Vali (muerto el 1287) y de Pakhlavan Mahmud, poeta, curandero y luchador santificado. Son admirables la decoración en mayólica del recinto sepulcral, el iwan y sus cúpulas vidriadas. El vecino mausoleo de los kanes de Jiva completa este circuito.

Minarete de Islam-Jhodja

Con sus 50 metros de altura, entrega la mejor vista aérea de Jiva. Construido al estilo de los minaretes del siglo XII, para preparar la celebración de los 2.500 años de Jiva, es, sin embargo, uno de sus tesoros nuevos, con poco más de un siglo de antigüedad. A su lado se levantaron una escuela coránica o madraza (de estilo europeo), y una mezquita. Ambas llevan el nombre de Islam-Jhodja, un progresista primer ministro que las hizo construir.

El alminar-enano

Aunque tiene 26 metros de altura, se le conoce como el minarete Kuk o Kalta(corto), pues el kan Amín, que lo imaginó, quería que fuera el más alto de Asia Central, tal vez de 80 metros, un auténtico faro en los desiertos de pesadilla de Karakum y Kysylkum. La muerte de su inspirador, hace 160 años, lo ha dejado corto, pero ancho en la base (14 m). Los kanes que se negaron a continuar su construcción, por celos, calcularon mal: ahora es la imagen más famosa de Jiva  y una de las más difundidas del país. Es el único alminar íntegramente cubierto de azulejos esmaltados, mosaicos y caligrafías, iluminado por colores como turquesa, zafiro, marino, celeste y lavanda.

Muralla de Ichan-Kala

Una muralla de 2250 metros, hecha de adobe, piedra y barro en estilo de fortaleza medieval,  rodea por completo las 26 hectáreas de la ciudadela Ichan-Kala. Sus cuatro puertas conducen a lugares diferentes y distantes. Se distingue por su forma ondulada. En sus muros vemos muchos sepulcros, supuestamente vacíos, que, según se dice, sólo intentan inhibir a posibles invasores que se propongan demolerla. Muchos visitantes cortos de tiempo recorren la ciudad caminando sobre la muralla.

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