Jiva | En la Ruta de la Seda otra vez

Jiva
En la Ruta de la Seda otra vez

Después de 25 siglos, esta ciudad de la antigua Ruta de la Seda, puede recuperar glorias del pasado con la Nueva Ruta de la Seda, que China ya echó a andar. El primer tren acaba de pasar junto a las fronteras de Uzbekistán. Conquistada por los árabes hace 1.300 años, hoy es reliquia musulmana y  UNESCO la designó Tesoro de la Humanidad. Su piel de porcelana produce igual deleite que las de Samarcanda y Bujará, otros destinos inimitables de Uzbekistán.

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats. DESDE UZBEKISTAN

Antes de poner un pie en Jiva ya éramos puro asombro. De pies a cabeza. Nos preguntábamos cómo ha podido sobrevivir dos mil quinientos años en un oasis en medio de la nada? ¿Y cómo produjo tan larga historia y de qué modo surgió su arquitectura magnífica junto a las arenas? Para acercarnos, hemos recorrido medio Uzbekistán y echado un día de viaje por el desierto de Kizyl-Qum, partiendo de Bujará.

Casi todo lo que vemos durante el viaje parece congelado en otros tiempos. El gran río Amur Dabia, que con otro nombre aparece en la Biblia como uno de los cuatro ríos del Jardín del Edén, sigue alimentando huertos. En algunas cumbres vimos las singulares “torres del silencio”, donde eran depositados los cuerpos de los difuntos para que las aves y otros carroñeros eliminaran sus restos, sin dejar huella. Así se libera el alma del cuerpo. Lo creen hasta hoy los seguidores de Zoroastro.   

Zoroastro, diez siglos antes de Cristo, vivió en  desiertos como estos. Donde nacieron casi todos los creadores de grandes religiones y profetas: Jesús, Mahoma, Lao Tse…, y vieron en épocas en que aún los hombres de aquí eran  masivamente nómades. Jiva pertenece a esa estirpe de los grandes milagros del desierto; aunque de otro modo. Parece un tren inmóvil con destino a la eternidad. En la Ruta de la Seda no era ciudad principal, pero sí una estación importante, víctima de sucesivas devastaciones e intentos de borrarla del mapa por un interminable desfile de invasores de toda el Asia. Y en todas las épocas. Durante largo tiempo se convirtió en un rincón de horrores por culpa de sus propios habitantes y soberanos. Ayer no más, a fines del siglo diecinueve, funcionaba al exterior de sus murallas un activo mercado de esclavos. La mayor parte de ellos eran rusos cazados en los desiertos vecinos. Fue el pretexto intachable de los zares para convertir al kanato independiente en un reino vasallo.

Pese a todo, sobreviven sus barrios amurallados de ayer. En toda la ciudad residen  casi sesenta mil personas. A juicio de grandes viajeros, el sector histórico resulta más atrayente que Samarcanda, otra de las ciudades-museo de Uzbekistan. El negocio inmobiliario hizo que se evaporará buena parte de la nobleza histórica de Samarcanda; aunque, afortunadamente, se salvaron ciertos trozos urbanos que hoy seducen al mundo.

Jiva, en cambio, respetó su pasado. UNESCO ha dicho que Ichan-Kala, su principal ciudad interior entre murallas, tiene un “valor universal extraordinario”. Representa un “testimonio excepcional de las civilizaciones perdidas de Corasmia”. Las civilizaciones de Corasmia nacieron en esta región casi tres mil años atrás. Por esos siglos, Jiva, con Corasmia, formaron parte del Imperio Persa. Alguna de sus cúpulas intactas, bien iluminadas, parecieran tener hoy algo divino. Y la relativa pequeñez de la ciudad permite una visión global armónica que pocas urbes milenarias ofrecen.

Hace 2017 años tal vez ya estaban camino de Belén los tres Reyes Magos de Oriente, montando camellos domesticados cuatro siglos antes, lo que había hecho posibles largos viajes por el desierto. Esos míticos reyes eran, al parecer, dignatarios de la religión zoroástrica, que viajaron a Belén desde Corasmia. Por eso, al cruzar la puerta principal de Jiva, lo que sentimos es una agitación íntima que el viajero experimenta pocas veces. Y para sentirla ayuda mucho el que se encuentre prohibido el ingreso de vehículos de motor a los barrios históricos. La comunión con el pasado se produce dulcemente. Se diría que a ratos no quisiéramos ni pestañear, como frente a una imagen sobrenatural. No debemos  pedirle nada a la imaginación para convertir este recorrido en un poético transitar por nuestros sueños de niño. Ni siquiera falta el canto de los grillos. Ni el misterio de lo remoto: se oculta tierra adentro en Asia Central, y deberemos cruzar dos fronteras para llegar desde aquí a cualquier océano.

El enano creciente   

Mientras la recorremos vamos comprobando que en toda la parte amurallada no hay edificio moderno alguno. Quiere seguir siendo ciudad-museo. Representa bien la esencia de la ciudadela-oasis que abundaba en Asia Central. Tiene magníficas murallas, minaretes, cúpulas vidriadas, escuelas de Corán, estrechas calles cercadas por muros de ladrillo. Todavía, por las noches, la gente cree escuchar a una caravana de la seda que llega arrastrando pezuñas.

Quienes caminan de día por sus calles parecen figuras de un  museo ambulante: el de las etnias asiáticas, con turbantes blancos, gorros de algodón o astrakán. Ojos esquivos, cansados de temer a los que mandaron por tantos siglos, y que a veces fueron expertos en suicidios asistidos.

Aunque casi todos los residentes son de nacionalidad uzbeka (o sea, una espesa mezcla de etnias distintas), vemos blancos caucásicos, rusos que los avasallaron un siglo atrás. Otros, de pómulos salientes, cara ovalada y ojos hundidos como cicatrices, herederos de los mongoles de Gengis Khan. Algunos parecen turcos, árabes o macedonios; kirguisos, kazajos y turcomanos. No parece posible identificar, en cambio, a los descendientes del primitivo pueblo ario, cuya inmemorial historia pudo originarse en Corasmia, cuando no era, como hoy, una provincia, sino un extenso territorio.

Antes que el sol se hunda en las arenas del desierto, los turistas ya se han ido a comer y a descansar. Su hotel principal dentro de las murallas, el Orient Star, ocupa el enorme edificio de una de las escuelas coránicas más importantes que existiera en Asia Central. Los huéspedes duermen en pequeñas celdas que ayer ocuparon maestros y estudiantes musulmanes. A su lado se levanta “el enano”, un minarete inconcluso, bellamente cubierto de azulejos esmaltados, mosaicos y caligrafías. Lo iluminan colores turquesa, zafiro, marino, celeste, lavanda. Aunque hombres celosos se esforzaron por no dejarlo crecer, es quizá hoy lo más fácil de recordar de la región. El enano creciente se ha hecho gigante sin cambiar de tamaño.

Cuando a Ichant-Kala va penetrando la oscuridad, débiles luces marcan apenas la presencia de los monumentos. Poco ayuda el indeciso guiño luminoso de las estrellas mientras la luna todavía se oculta tras las altas murallas. Cuando por fin aparece, ilumina todos nuestros fantasmas. Un  momento glorioso de Jiva. Retrocede siglos en un segundo. Nuestra cabeza, al inflar las sienes, nos anuncia que las horas de noche que quedan serán de emociones perfectas. Una silenciosa audiencia con el cielo.

Saltan las alarmas

Pasamos junto al Museo del Avesta, libro sagrado del zoroastrismo, porque  Zoroastro no se ha ido todavía. El pequeño recinto recoge algo de una historia de dos mil quinientos años. Pero este trozo de Uzbekistán ya no es zoroastriano; es musulmán, un gran museo abierto del islamismo. Los árabes llegaron con sus dioses hace trece siglos y nunca se fueron.  Vemos su mezquita catedral repleta de columnas talladas, escuelas coránicas, minaretes decorados que nos llevan a la más bella Persia. Las dependencias del antiguo harem, el Tash-Hauli, siguen amuralladas dentro de la ciudad amurallada. Luce soberbios iwanes gigantes. Pabellones que no se hallan ni dentro ni fuera del cuerpo de los edificios. Ocupan espacios cerrados por tres lados, con la parte exterior abierta. Creación persa y de otras culturas de Asia Central. Pueden compararse a un descomunal balcón hacia el exterior. Aquí los han hecho descansar sobre una o dos columnas ligeras, talladas como en encaje, con mosaicos hechos de mayólicas de esmalte.

La ciudad no sólo deslumbra; también intriga. Al llevar observamos que la alta muralla del barrio histórico tiene adosados en su parte exterior una multitud de sepulcros. Parecen vacíos. Existieron  iguales en tramos de la Gran Muralla de China. Se trataría de disuasivos; amenazantes armas de barro que anunciaban la muerte de quien se propusiera  atacarla, aunque resultaran inútiles, como lo deja claro su historia de invasiones.

En el interior de la ciudad, en cambio, hay sepulcros verdaderos. Especialmente junto al mausoleo del patrono de la ciudad, Pahlavan Mahmud. Convertido en museo durante la dominación soviética, ahora ha recuperado su calidad sagrada de hace quinientos años. Mahmud,  el guerrero, poeta y místico musulmán –un sufí-, figura a menudo junto a Omar Jayyam. Ambos hicieron aportes a una mística oriental que influyó decisivamente en los importantes reformistas cristianos san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús, y que dejó huella en el Infierno, el Paraíso y el Purgatorio de La Divina Comedia.

–Jiva y su alma, como usted ve, no se encuentran tan lejos de Occidente. Hasta la geografía se equivoca a veces—, nos dice Mohammad Buli, sin cambiar su mirada, tan triste como inteligente.  

Mohammad es quien nos guía con sabiduría en nuestra visita por la provincia de Corasmia. Cuando él descansa por las noches aprovechamos para recorrer solos, y al azar,  opción viajera que siempre trae premio. Podemos captar su intimidad y sentir estremecimientos que nunca se olvidan. La ciudad amurallada parece tan solitaria como segura; con escasa luz en algunos sectores. Pasamos por rincones donde algunos artesanos trabajan cuando casi toda la ciudadela empieza a aquietarse y nosotros a inquietarnos: al caminar por un callejón en tinieblas, de pronto sentimos pasos a nuestras espaldas.

Saltan las alarmas. Por un segundo nos bajamos del púlpito de los descreídos y casi nos ponemos a rezar a algún santo que esté de turno. Buscamos un rincón oscuro que nos permita ver de frente la amenaza…

Es un caballo.

No un pingo cualquiera. Es rubio, sedoso, flaco y elegante. Un “caballo celestial”, un Akhal-Teke. Ha sobrevivido por miles de años aquí en Uzbekistan –área de Fergana—y en Turkmenistán. Abunda hoy en Rusia y otras de sus ex colonias. Ha ganado fama por ser el más bello, y genuino antepasado del caballo inglés.

Seguimos un trecho junto a él para mirarlo y admirarlo. La caminata noctámbula nos permite ver cómo los minaretes apuntan con sus lanzas a una luna roja encendida en medio del cielo, mientras el sabroso plov, el plato de todos los hogares de la región, deja salir sus aromas apetitosos por puertas y ventanas abiertas al frescor de la noche.

Escuchamos el trinar de las golondrinas cuando dentro de un sitio abierto aparece una vivienda desmontable habitada por inmigrantes kasajistaníes. Está hecha de madera y lonas, como la concibieran los mongoles en la Edad Media para sus excursiones de conquista y pastoreo. Aquí en las estepas de Asia Central todavía se las puede ver. Las usan pueblos que se resisten a abandonar las costumbres nómadas. Incluso en la vecina, y más rica, Kirguistán, miles de habitantes mantienen dentro del sitio de sus confortables viviendas una tradicional casa-carpa, que ellos llaman ger o yurta. Pareciera que todos ellos esperan la orden de partir otra vez; pero ese día soñado se les aleja tal vez para siempre. 

Aún son cientos o miles los pastores que arman y desarman sus yurtas cuatro veces al año en países de la región. Las llevan sobre camellos o caballos a lugares donde sus cabras y ovejas puedan encontrar pasto tierno. También ofrecen alojamiento en yurtas a visitantes extranjeros dispuestos a vivir la experiencia de sus antepasados, que son también nuestros antepasados. Como sabemos, los abuelos remotos de ellos –como los nuestros- fueron errantes hasta que alguien desarrolló la agricultura e inventó los asentamientos. Más tarde aparecieron las primeras ciudades y Estados, y eso ocurrió aquí, en Corasmia, casi al mismo tiempo que en Mesopotamia. Tal cosa pasó apenas ayer, cinco  mil años atrás. Millones de años habían vivido errantes, desde que nuestros abuelos comenzaron su vagabundeo sobre dos pies.

Tomamos algunas fotos en la solitaria yurta que hemos encontrado. Pareen restos de una especie en extinción. Seguimos la caminata. Ya es media noche y se deja caer un telón de neblina. Debemos abandonar la ciudad vieja. Con dificultad encontramos la puerta principal de la muralla, y al cruzar la calle ya estamos  en nuestro refugio. Se trata de un hotel sin lujos superfluos; sin suite presidencial. Construida de concreto, tiene baños sanitizados y comidas desinfectadas. Así atienden a los huéspedes homo sapiens, blancos, negros y amarillos, que hemos llegado a caminar por la ruta milenaria. Lo hacemos justo cuando salta una  noticia sobre la ambiciosa Nueva Ruta de la Seda. Junto a la frontera de Uzbequistán acaba de pasar un tren carguero que hacía su primer recorrido entre la Mongolia Interior de China e Irán; un desafío a Trump. Partió desde Bayan Nur, casi exactamente en las antípodas de Santiago, y llegó a Teherán. Hizo un recorrido de media circunferencia -bastante quebrada-, atravesando Kasajistán y Turkmenistán. El desafío siguiente es seguir a Europa.

La ambiciosa Nueva Ruta de la Seda no es mañana; ya es hoy.

Sangre y no agua

Encontrarnos ahora en la Ruta antigua no es cosa del azar. Tiene que ver con los sueños. Extensa y masiva, hizo cambiar el comercio y las creencias. Por ella pasó una muchedumbre de comerciantes, misioneros, exploradores, guerreros, viajeros, espías, aventureros. Pero un día Turquía obstaculizó su paso, y Colón decidió buscar un nuevo camino a Oriente (ya sabemos cómo terminó tal aventura). Las caravanas duraron poco más.

Tropezamos hace tiempo con la sombra inmóvil de esas caravanas en Estambul y en Petra. Las posadas fortificadas para protegerlas durante la noche estaban transformadas en museos o mercados. Vimos las mismas sombras en China al visitar el Ejército de Terracota, durante los Ochenta, en el barrio musulmán de la ciudad de Xi´an, que fuera lugar de inicio de la Ruta. Hoy es una megalópolis de ocho millones de habitantes en su área municipal, que conserva un singular templo musulmán con forma de pagoda budista. En ella oraban mirando hacia La Meca los musulmanes antes de iniciar el recorrido con sus valiosas sedas, entonces de origen misterioso.  

Recorrer entonces toda la Ruta, hasta Venecia o Estambul, podía exigir varios calendarios. Por eso, casi todos esos hombres sólo cubrían fracciones del camino. Vendían sus productos a otros comerciantes, y regresaban a su lugar de origen. Los viajes, en  realidad, eran una larga carrera de postas, en que las manufacturas iban y venían de Asia y Europa, usando distintas manos, distintas  caravanas, distintas bestias de carga, según el territorio que debían atravesar; incluso, a veces, con carretas tiradas por robustos caballos árabes, los mismos que dieron origen en Francia al percherón.

El camino que hacían no era realmente “un” camino. Se abría en mil direcciones como el delta de un ancho río. Algunos usaban el mar como “ruta”. Hemos debido esperar largo tiempo, para llegar por fin a Jiva. Pasamos primero por Samarcanda y Bujará, que vivieron casi un siglo bajo la autoridad de los zares y luego de los soviéticos. La pequeña Jiva es la ciudad de la seda más lejana de Samarcanda. Para atravesar sus puertas debimos gastar un día viajando con los ojos fijos en la nada o en casi nada.

Tropas del zar y luego soviéticas llegaron hace menos de un siglo al Asia Central, habitados en buena parte por tribus trashumantes. Abusando de la fuerza, cambiaron la historia, la geografía y las costumbres. Jiva, con su resistencia heroica hasta el final, demostró una vez más que la sangre no es agua. Luchó con infinita dignidad. Inútilmente.

Hasta que un día cualquiera murió la Unión Soviética, y sin que casi nadie la pidiera les devolvieron la independencia. Pero no habían aprendido nada de  democracia. Y por lo que hemos visto, hasta hoy sólo han cambiado doce por una docena.

Pero abundan buenas razones para venir a Jiva. Y no olvidarla nunca.  

Tesoros de Jiva

Ichan-Kala, sector histórico y amurallado de Jiva, tiene una multitud de monumentos. Muralla de Ichan-Kala. Mide 2.250 metros. Rodea las 26 hectáreas de Ichan-Kala. De adobe, piedra y barro, estilo fortaleza medieval. Forma ondulada. Mezquita Dzhuma. Con más de 200 columnas talladas, nació hace más de mil años. Palacio Tash-Hauli. Palacio real fortificado dentro de la  ciudadela de Ichan-Kala. Decorado con mayólica de  Mallorca por árabes y españoles medievales. Aquí funcionaron el harén y el poder medievales. Mausoleos y memoriales. Dignos de ver la decoración en mayólica del Recinto Sepulcral, de 1303; los iwanes y sus cúpulas vidriadas; los baños; el mausoleo de los kanes y del poeta Mahmud y de Jutar Vali(1287). Minarete de Islam-Jhodja. Cincuenta metros de altura. La mejor vista aérea. Construido al estilo siglo XII, para festejar los 2.500 años de Jiva. Kalta, el minarete enano. El kan Amín lo quería un faro en el desierto, de 80 metros. Llegó apenas a 26, por muerte de Amín. Único cubierto íntegramente de azulejos esmaltados, mosaicos y caligrafías, e iluminado con colores turquesa, zafiro, marino, celeste y lavanda.

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