Jaipur | Sueños de mil y una noches

Jaipur
Sueños de mil y una noches

La rosada capital de los maharás se esfuerza por hacernos creer que lo que parece que es, no es. Muchas construcciones que vemos son “elefantes blancos”, y en sus hoteles para príncipes parecemos lo que nunca seremos, aunque nos gustaría serlo (al menos por una noche)

TEXTOS Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE INDIA

Siglos nos hace retroceder el aroma a sándalo de la suite principal del hotel Rambagh Palace. Luce gruesas alfombras, una cama semicircular con dosel de muchas capas de seda oriental y pesadas borlas de cordonería trenzadas con piedras semipreciosas colgando del cortinaje. Así podríamos imaginar la alcoba del sultán Shahriar, de Las mil y una noches, que fuera seducido con los relatos interminables de Sherezade para salvar su vida. Cualquier millonario puede sentirse protagonista o testigo de esos míticos relatos. Solo debe pagar varios miles de dólares para dormir una noche (nunca “’mil”) en esta suntuosa mansión del maharajá de Jaipur, ahora un hotel para afortunados en la capital del estado de Rajastán, con pavos reales presumiendo en sus jardines.

En un ayer no lejano durmieron en el Rambagh Palace la espléndida maharaní Gayatri Devi, largamente ligada al poder político del Estado, y Jacqueline Kennedy, dos bellas mujeres de pelo negro y atuendo blanco. Simbolizan muy bien el viejo glamour, que en este palacio tiene residencia oficial. Colgando de un muro vemos la foto de una resplandeciente Gayacri Devi (1940). En medio de neoclásicos salones y comedores copiados de Europa, ella luce como princesa de cuentos orientales.

Y es que los cuentos de Las mil y na noches parecen ligados a la India, tanto como a Irán, Siria, China o Egipto. La serie de relatos en árabe quela hizo famosa pudo venir de la traducción de una versión persa, aunque una investigación reciente sugiere que “quizá se originó en la India”.Y si así fuera, nos imaginamos que un buen lugar de origen pudo ser esta India del Norte, donde, más tarde, los maharajás y los guerreros rajput han tejido leyendas prodigiosas, especialmente en el Rajastán, donde ahora estamos. Y que Bollywood ha sabido ordeñar desde hace décadas.

Arrogancia del rajput Poner un pie en la capital del estado de Rajastán, Jaipur, es meterse en el pequeño escenario de episodios gozosos y dramáticos de la historia. Los antiquísimos pobladores rajput, guerreros de grandes mostachos que se consideran “hijos de reyes”, fueron vencidos primero por hombres originarios de Mongolia, los mogoles, y luego por los mathura, pueblo indio célebre por su organización y su capacidad militar. Estos dejaron paso a los ingleses del Imperio cuando en Chile se iniciaba la Patria Nueva, y solo se fueron en 1947.

Reyezuelos locales, mezcla de mogol y rajput —los maharajás—, reverenciaron a los ingleses. Más lamiendo que mordiendo, conservaron hasta hoy algo de poder y su rangoso estilo de vida. En el siglo XXI, su influencia económica y social no termina. “Como siempre, el que tuvo, retuvo”, parece rezongar nuestro guía en las afueras del Palacio de la Ciudad, donde hoy un príncipe de 18 años mantiene su mansión enorme y sus privilegios. Pocos lo quieren, pues su familia hirió el honor nacional al servir a los invasores británicos.

Fueron los maharajás, sin embargo, y la sociedad construida por ellos, los que dieron carácter a todo el Rajastán. Se distinguen claramente de otras regiones y gentes de la India. Por eso, pocos turistas que llegan hasta Delhi —a 250 kilómetros de aquí—, dejan de venir a Jaipur para asomarse al mundo de las mansiones de Las mil y una noches. Y clavado en su cerebro traen un deseo: vivir lo que ahora nosotros vivimos: ascender montados en elefante hasta el elevado gran patio del castillo fortificado de Amber, a minutos de la ciudad.

“Esta es una turistada; no quiero que me tomen fotos”, me dice un severo profesor español con quien comparto una especie de cajón que se tambalea sobre el lomo de un elefante. Es una hembra, como los cien elefantes que suben y bajan del fuerte, todas conducidas por hombres tocados con llamativos turbantes rojos. El animal tiene su cuerpo cubierto de dibujos de mil colores y lleva más ornamentos que obispo en Sábado de Gloria.

También es día de gloria para nosotros.

Nos ha tocado una mañana soleada, sin monzón, sin mucho calor, con el colorido de los elefantes luciendo como un jardín de cuentos, y todo con música incidental gratuita: el conductor canta alegremente, sin parar, al estilo de los gondoleros de Venecia. Su gorjeo inentendible aumenta nuestra alegría de estar viviendo algo muy ajeno a realidad de todos los días. Hasta el severo español canturrea entre dientes y se deja fotografiar en su turistada.

Krishna el travieso

Al llegar al gran patio del castillo y bajarnos de nuestro rocinante, quedamos en el mejor de los mundos posibles: ya no tenemos un guía que decida por nosotros. Libres, y sin límite de tiempo, llegamos a todos los rincones del castillo, construido sobre las ruinas de un templo al Sol del año 955. Hasta nos alcanzó el fuelle para subir a su fuerte de Jaigarh, a 1.500 metros de distancia. En sus mil años de vida y más de una reconstrucción, también fue usado para fundir armas. De esa etapa medieval vemos un cañón con ruedasquepesa70toneladas,elmás grande de su especie en el planeta. Lleva tres siglos como descomunal monumento a lo inútil. Se quiso hacer un cañón demoledor, y nunca ha matado una mosca. Hoy se le cuida corno crisantemo en flor.

Detrás de tales relatos se oculta, como siempre, el miedo. Los maharás de Rajastán, hinduistas, temerosos de los mogoles musulmanes, se refugiaron en el castillo que hemos subido en elefante. Pero fueron derrotados, sometidos. Firmaron con ellos alianzas matrimoniales y alianzas de poder. “Esto es para mí, esto es para ti”. En la ciudadela nació un príncipe-astrónomo, Sawai Jai Singh II, fundador de Jaipur y creador —él o sus descendientes— de casi todo lo llamativo que tiene la capital rajastaní. Este príncipe abandonó Amber después de ser visitado en sueños por Krishna, “el travieso”, encarnación de Vishnú. El dios reclamó para sí el castillo. Sin dudarlo, el príncipe dio a Krishna lo que pedía, y buscó otra mansión para él, que corresponde hoy al Palacio de la Ciudad, donde viven los príncipes hasta hoy, ocupando ahora una mansión de cinco pisos. No sabemos si por disposición del maharajá, la casa real tiene mucha semejanza con un templo del mismo Krishna en la ciudad de Mathura, donde dicen que nació el dios que lo desalojara de la colina de Amber.

No es cobra y cobra

Ya no pertenece a Krishna el viejo castillo. Y eso nos permite pasar muchas horas como intrusos sumergidos en un mundo alucinante, inacabable, de salones, terrazas, lugares secretos, encantadores de cobras y cuadriculados jardines mogoles sobre un lago. Vemos salones con míticas escenas de caza y salas cuyas pare- des están decoradas con pequeños trozos de espejos incrustados en yeso y piedras preciosas. Una sola vela basta para iluminarlas. Pero no todo es luminoso. En algunos lugares oscuros, pequeños murciélagos cuelgan de los techos.

“Dentro del castillo hay numerosos pasadizos que comunicaban las habitaciones del maharajá con sus nueve esposas y sus concubinas, sin que estas lo supieran”, nos tienta una historia local. Avanzamos entre varones indios vestidos al modo occidental y mujeres ocultas entre velos y saris de colores. De tanto en tanto aparecen barredoras: aunque el sistema de castas es ilegal en India, muchos las identifican como “in- tocables” Llevan túnicas amarillas o rojas. Bajo sus alegres ropones –todos lo saben—se ocultan amargas cifras de extrema pobreza.

El recorrido puede seguir en los patios del castillo fotografiando grupos de gitanos que bailan, san- tones de ojos inmóviles y autos convertibles manejados por choferes de monárquica dignidad. Lo seguro es encontrar supuestos encantadores de serpientes. Como les está prohibido utilizar animales vivos, sus temidas cobras son de plástico negro, y cuando preguntamos a uno por qué su bicha se ve tan quieta, explica: “Es que tiene frio”. Y sigue tocando su flauta, como si ignorara que las cobras son sordas.


Todo viajero que no quiere que se lo piten, puede descansar entre jardines rodeados de agua del vecino lago Mahota. O dedicarse a comprar esas cosas que después se nos quedan durmiendo en algún cajón, siempre dispuestas a saltar al corazón del viajero desprevenido. Tales cosas se pueden encontrar (más caras) en todo el entorno del alcázar. La alternativa conveniente es Badi Chaupar y el inacabable bazar de Bapu, en Jaipur. La gente de aquí es reconocida por la venta de gemas y piedras semipreciosas, y por realizar delicados oficios manuales, producir joyería, bellas alfombras de lana y maravillosas impresiones en tela. El regateo —ojo— no solo parece recomendable: es requisito.

Este palacio se conoce como el mejor escenario del famoso Festival del Elefante, que se realiza todos los años. Hemos sido testigos de la multitudinaria procesión de paquidermos junto a camellos y caballos endomingados, seguidos por músicos y bailarines. Los animales van cubiertos de joyas, flores, telas, palanquines, pinturas de colores. Es una fiesta capaz de desafiar al Carnaval de Río por su colorido y animación. Se celebra en marzo, cuando en Río a veces está terminando la fiesta (cada año tiene fechas distintas). Tras los espectáculos de música, danza y fuegos artificiales, el festival culmina cuando alborozados espectadores pueden montar sobre los elefantes llenos de galas. Inmediatamente sigue la jornada del Holi, un festejo en el cual las ciudades indias se llenan de polvos de colores.

Astrónomo en la Luna

Jaipur (“Yáipur” en hindi) es una ciudad amurallada y geométrica, con diez puertas, todas abiertas a

La nostalgia de tiempos idos. En el interior y exterior de las murallas viven tres millones de personas, y para manejar por sus calles caóticas parece indispensable una buena bocina, nervios de hierro y buena suerte. Mejor abstenerse. Hay disponibles miles de ciclorickshaws y autorickshaws y taxis baratos, todos con conductores envolventes, pero que saben sobrevivir en el caos. A menudo pueden resultar innecesarios. Son caminables casi todas las distancias entre los lugares más nobles de la ciudad, aunque el calor suele desanimar a muchos.

Debemos empezar por el Palacio de la Ciudad, el más noble. Ocupa un espacio enorme: casi un séptimo del total amurallado. En su interior los maharajás conservan una parte, que permanece cerrada al público. El resto puede recorrerse pagando entrada, y así conocerla vieja sala de audiencias, el museo de los rajás y una media docena de grandes patios. En algunos edificios los guardias van ataviados con

uniforme blanco, con bigotes tan negros como sus zapatos, y turbante color infierno al que le cuelga una cola que le llega hasta la cintura. Todos parecen iguales. Proyectan una dignidad fuera de sospechas hasta que después de sacarles una foto estiran la mano.

Quizá lo más notable del palacio, el pequeño Patio de los Amantes —o Pritam Chowk- mira hacia la actual residencia del maharajá. Muy bien ornamentado, sobresalen sus cuatro puertas, que representan las estaciones del año. El verano monzónico es simbolizado por pavos reales, el ave nacional. Una auténtica filigrana esculpida. Como conserva intacta su atmósfera de pasado, todos se toman selfies en este Patio.

Muy cerca se halla un extra- vagante observatorio astronómico, Patrimonio de la Humanidad. Hace 300 años lo hizo construir el fundador de Jaipur, astrónomo tan obsesivo como despistado, y

un maharajá admirable: Sawai Jai Singh II. Se jugó todo su poder para terminar este observatorio, pero estuvo años corriendo por un camino equivocado. Creía que la Tierra permanecía inmóvil en el Universo, y que el Sol y las estrellas daban vueltas alrededor, tal como pensaba Ptolomeo quince siglos antes. El maharajá no quiso —o no pudo— darse por informado de que Copérnico, Newton y otros, ya habían hecho polvo de estrellas esas antiguas teorías. Tampoco supo, aparentemente, que ya se había inventado el telescopio. Resolvió, entonces, enfrentar lo que él consideraba la mayor limitación de la astronomía: los instrumentos que se utilizaban eran muy pequeños y, en consecuencia, poco precisos e ineficientes para acercarse a los grandes misterios del cielo. Decidió gastar su plata en instrumentos monumentales hechos de piedra, mármol, piedra caliza y metales, que todos aquí visitan con curiosidad. Cuando en 1738 terminaba de levantar su observatorio, empezó a enterarse que estaba muy atrasado de noticias. Pero ya era tarde: tenía 50 años y murió a los 54. Se fue derechito al Cielo. Y dejó de vivir en la Luna.

Festival de la mujer

Uno de los nietos siguió al maharajá-astrónomo en su mala suerte de construir elefantes blancos. Quiso quelas mujeres de su harem pudieran asomarse a la calle en días de fiesta sin ser vistas desde el exterior. Así nació el Palacio de los Vientos, o Hawa Mahal, un encaje de piedra color salmón, cuya fachada-mirador representa hoy a la India con tanta dignidad como el exterior del Taj Mahal, siendo ambas imperfectas por dentro. Tiene casi mil ventanucas, y destaca como la cara más notoria de la ciudad vieja. Pero para variar, este costoso edificio no sirve para lo que fue creado. Es poco más que un cascarón, casi un llamativo telón de teatro. Sus muros tienen apenas 20 centímetros de grosor. Un hermoso capricho del maharajá que alcanzó a disfrutarlo poco más de tres años. Tan poco como su abuelo gozó del observatorio. A partir de su muerte, la vida del harem fue languideciendo, y ahora solo parece un cartel publicitario de la ciudad. Nos asomamos por una de sus ventanas. Lo que vemos es la algazara de una proclamación política, y a un novio montado en su vacilante caballo blanco, seguido por amigos y familiares. Parece ir rumbo al cadalso. ¿Será otro matrimonio fundado encartas astrales y no en cartas de amor?

Algo parecido al del Palacio de los Vientos está ocurriendo con el Palacio del Agua, otra obra del maharajá-astrónomo, bautizada Jal Mahal. Se halla a medio camino entre Amber y Jaipur. El rey transformó una pequeña construcción antigua en un castillo seductor, que parece flotar cerca dela orilla dentro del embalse Man Sagar. Hoy se encuentra vacío, y a ratos da pena. Por el cambio climático o la falta de estudios, se acaba el agua, y pasa muchos meses chapoteando en el barro. Solo cuando llegan los diluvios del monzón recupera su imagen romántica. Sin embargo, los turistas deben conformarse con tomar fotos desde los bordes del agua. No está permitido recorrer sus pasillos intensamente decorados ni menos sentarse en su terraza, que tiene grandes árboles y jardineras para disfrutarla vista de los Aravalli. Uno de estos montes luce en su cumbre el castillo de Amber con los elefantes trepadores y conductores abaritonados.

Este impenetrable Palacio del Agua parece solo otro cartel de la ciudad, que algo aporta a su éxito turístico. También ayudan sus famosos festivales, como se advierte en la sonrisa de la gente por estos días. Muchos nos hablan ahora de una llamativa fiesta de las mujeres, el Festival Teej, que se celebra justo cuando llega el monzón, “el momento del amor”, que trae el verde y la vida y quiebra paraguas. Durante dos o tres días, cientos de miles de mujeres repletarán las calles de la Ciudad Vieja vestidas con sus mejores ropas y joyas, invocando a sus dioses y diosas en los templos. Las solteras ayunarán para que la ayuda divinales permita tener éxito en sus futuros matrimonios, proteja

a sus maridos y a sus hijos. En largas procesiones y plegarias seguirán a un palanquín con la luminosa imagen hinduista de Durga, una diosa con tantos brazos como pies tiene un ciempiés. A pesar del día de ayuno, en las ferias se levantarán aromáticos puestos de comida, y comercios de imágenes religiosas, velas, ropas; toda clase de vistosas naderías (este año el festival se celebrará entre el 23 y el 25 de agosto).

Ya se siente el ardor de la fiesta. El Rajastán entero ha empezado a vivir su festival del amor que convierte tres días en un continuado instante de fe y seducción. La seducción de lo enigmático. Experiencia que tal vez nos per- mita entender el desconcierto que siempre produce la India, un punto del planeta donde muchas veces lo que parece ser, no es.

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