Ishtar, el cielo secuestrado

Ishtar, el cielo secuestrado

No resulta fácil hallar la palabra justa. Fue rara experiencia ver encerrada en la Isla de los Museos de Berlín una de las obras más admirables y monumentales de Babilonia. El máximo placer, por supuesto, pero también una contenida irritación. La Puerta de Ishtar lucía intacta, magnífica, reconstruida ladrillo a ladrillo, con figuras de toros andantes, dragones y leones sobre un fastuoso azul de lapislázuli vidriado. Pero no estaba en Irak, donde debería estar. “Indignas historias de abuso y robo”, dice la National Geographic, refiriéndose, claro, a las naciones dominantes de ayer y de hoy. Hace cerca de un siglo, alguien creyó tener derecho a desmontar la enorme puerta y las murallas de las calles de Ishtar para sacarlas de Mesopotamia e instalarlas para siempre en lo que hoy es el Museo de Pérgamo. Un episodio más en la milenaria aflicción histórica de esta ciudad de Mesopotamia, centro de cultura cuando Europa era oscuro territorio de tribus. La última humillación sufrida parece concluir hace muy poco. El pueblo iraquí está retomando el control de la seguridad en la ciudad de Babilonia luego que dentro de sus murallas acampara por cinco años la 155ª Brigada de Combate del Ejército de Estados Unidos (ver foto). La ocupación militar le provocó “importantes daños”, denuncia el Museo Británico. La información proviene de primera fuente, ya que tropas inglesas participaron de la invasión y bombardeo de Irak junto con las de Estados Unidos, enarbolando el argumento de neutralizar inexistentes armas de destrucción masiva.

La ciudad regresa a manos de los herederos de Hammurabi, Gandash, Asurbanipal y Nabuconodosor, nombres que todos tenemos asociados a las maravillas o pesadillas de nuestro aprendizaje escolar. En algún momento, los musulmanes chiitas y sunitas volverán a iniciar la reconstrucción de Babilonia, incluyendo Ishtar, trabajo comenzado por Saddam Hussein, interrumpido por la invasión que terminó con su ahorcamiento y 650.000 muertos, hasta hoy.

Por sus lujos y su belleza, en 4.500 años la han ambicionado distintos pueblos para convertirla en capital. Aquí estuvo la torre escalonada de Babel o Babil, de donde nace el nombre de Babilonia, aniquilada, según el Apocalipsis, por la vanidad humana de querer levantar, entre el Tigres y el Eufrates, un edificio que tocara los cielos. También estuvieron aquí los Jardines Colgantes. De estos jardines y de Babel se han hallado restos, según arqueólogos como el alemán Robert Koldewey, descubridor de Babilonia. Pero ninguna de esas construcciones prodigiosas se conservó entera, admirable, como la puerta de Ishtar. Con el protagonismo de pueblos llegados del desierto de Arabia, los babilonios pusieron los fundamentos de las matemáticas, de la astronomía, pero fue con  la mirada azul de la secuestrada Ishtar, la diosa femenina del amor, donde nos han dejado en la Tierra un perfecto anuncio del cielo.

Otra belleza excepcional avergüenza al mundo en estos días. Poco después que el Museo Británico lamentara los “importantes daños” hechos por las tropas de Busch en Ishtar, la BBC de Londres denunció el fraude que ha permitido que –también en Berlín– se encuentre el busto de la reina Nefertiti de Egipto. Esta joya del arte antiguo fue llevada mediante procedimientos deshonestos del arqueólogo germano Ludwig Borchardt, en 1913, según lo prueba un documento dado conocer esta semana. El gobierno de Hitler primero, y ahora los regímenes de posguerra, se han negado a devolver la valiosa imagen a su legítimo dueño, el pueblo de los faraones. La mantienen secuestrada en el Museo Egipcio de Berlín. Este año se le trasladará a la misma Isla de los Museos, donde se encuentran las murallas de Ishtar, para ocupar un lugar en el Museo de Alster, que fue su emplazamiento original luego de su clandestino transporte desde Egipto a Alemania.

Medio millón de personas la ha visitado cada año, en promedio, convirtiendo su exhibición en un suculento negocio, que agrava la afrenta a la cultura egipcia.

Para engañar a las autoridades egipcias del siglo pasado, el arqueólogo Borchardt, mantuvo oculta la verdadera imagen de Nefertiti, y la clasificó como un pedazo de yeso pintado, sin mérito especial, y la ocultó en una jaba llena de cosas de poco valor, y así la sacó de Egipto. En su diario secreto, sin embargo, al hablar de la belleza y perfección de la imagen, decía: “No se puede describir, hay que verla.”

Hay que ver cómo actuaban aquellos que se sentían representantes de la cultura superior durante los años del colonialismo. Sólo la devolución de estas riquezas arqueológicas, y de tantas otras obtenidas con métodos semejantes permitiría aceptar al menos una igualdad ética en el comportamiento actual de las naciones, nunca su superioridad, que sigue siendo negada por estos actos y tantos otros recogidos por una historia muy reciente todavía.