Borobudur | Machu Picchu en Oriente

Borobudur
Machu Picchu en Oriente

Un descomunal mandala en piedra, el más bello monumento de Asia,  según el orientalista Mircea Eliade, nos trajo hasta el corazón de la isla de Java. Neruda habría pasado aquí parte de su luna de miel, afirma un escritor indonesio. Pero lo único seguro es que hace doce siglos el budismo talló en este lugar una puerta en espiral para llegar al Nirvana. O cuando menos al asombro.  

TEXTO Y FOTOS: Luis Alberto Ganderats, DESDE YOGYAKARTA, INDONESIA.

Cuando Neruda y la javanesa Maruca Haagenar se casaron en Batavia, a unos 500 kilómetros de aquí, incluyeron a Borobudur en su luna de miel. Y para ese lugar vamos –tras unos días en la vecina Bali– por caminos bordeados de arrozales y bosques, en el centro de la isla indonesia de Java. El calor y la humedad de 90 por ciento nos acompañan sin darnos tregua. Pero estamos sudando y resoplando no sólo por Neruda. También por Buda. Se trata de un ser de cuya existencia histórica suelen dudar hasta los budistas más fervientes de Japón. “Hay que creer en la doctrina de Buda más que creer en Buda”. Sin embargo, las enseñanzas que se le atribuyen le han hecho bien al mundo y tienen más seguidores que cualquier otra religión en una decena de países de Oriente. Símbolo de una entrega en cuerpo y alma, es Borobudur, “el más bello monumento de Asia”, según el erudito orientalista Mircea Eliade. Acercarse a él es para un cronista de viajes acercarse a un sueño. Pero lo acompañan miedo y temblor: ¿Y si no es más que una bella cáscara, como nos ha parecido hace poco el Taj Mahal?     

Otra duda tremenda tiene que ver con la presencia de Neruda aquí en 1930. Quien parece tener suficiente certeza es el escritor indonesio Nurel Javissyarqi. Habla con entusiasmo y nos entrega pormenores sobre la visita del poeta chileno en una publicación electrónica que he leído durante estos días de viaje por Java. Incluso relata un encuentro entre el poeta chileno y el ya maduro Rabindranath Tagore, que visitó Borobudur. Su encuentro con Tagore, si lo hubo, no pudo ser acompañado de Maruca Haagenar, a quien Neruda ni siquiera conocía ese año 1927. ¿Hubo una segunda visita de Tagore, no está documentada? Tampoco Neruda menciona a Borobudur en sus crónicas de Oriente, en sus memorias, conferencias y obra poética.  ¿Pudo el autor de Alturas de Machu Picchu ignorar tan cuidadosamente a este Machu Picchu del Oriente que dobla en edad a la ciudadela del Inca, aunque fueron construidos con propósitos muy distintos? Es como para dudar. Salvo que el poeta haya querido borrar de su mente lo que rodeó un matrimonio desafortunado. O bien que el texto del autor javanés no sea más que otra muestra de lo que suele ocurrir: a grandes distancias, grandes mentiras.   

Nos acercamos a al gran templo-pirámide. Ya hemos hecho el camino que acostumbran las peregrinaciones budistas: visitar primero el pequeño templo de Pawon y especialmente Mendut, ambos en el distrito de Borobudur. Mendut impresiona por su colosal higuera religiosa, árbol plantado en miles de templos, pues la leyenda dice que Buda antes de alcanzar el Nirvana meditó bajo sus ramas. Hay en el templo varias de las estatuas budistas más bellas que se conocen, aunque opacadas un poco por la nube de vendedores hostigosos. Nuestro conductor nos promete. “En Borobudur podrán pasar muchas horas en paz”.  Sin embargo, a la entrada del gran templo otra nube de vendedores espera al visitante.

Al Nirvana con GPS

Termina el acoso comercial en su interior. Borobudur ocupa el centro de un enorme espacio vacío, sin negocios, sin vehículos. Sólo con prados y árboles.  Hace pocas décadas eran 64 hectáreas de  campo de cultivo. Pastaban los animales, y pequeñas casas de campesinos pobres llegaban hasta la misma orilla del templo. Fue patio de juegos de sus hijos y proveedor de materiales de construcción… Para protegerlo, eso tuvo que terminar, y ocupó su lugar una zona de amortiguación dispuesta por la UNESCO.

Por esa tierra de nadie caminamos ansiosamente unos cientos de metros, hasta que bruscamente  la imagen entera del templo piramidal se presenta a nuestros ojos. Surge como una aparición, que nos paraliza. Estábamos advertidos: “Cuando se contempla por primera vez, el impacto emocional de la visión de Borobudur será comparable al que producen las pirámides de Egipto. Pero el impacto es mucho más intenso. No se trata sólo de una excelsa geometría de líneas puras recortándose en el desierto cerca del Cairo. Borubudor parece algo vivo. Con alma y mensaje. Algo de otra naturaleza, como si hubiese crecido de la propia tierra”. Es lo que nos dice nuestro colega Francisco López-Seivane

Luce pequeña a lo lejos, aunque sus construcciones tienen la altura de un edificio de diez pisos y llenan un espacio mayor que el de nuestro Palacio de La Moneda (120 metros por lado). A medida que nos acercamos crece y crece. Al observarlo de cerca ya no podemos compararlo con nada que hayamos visto alguna vez. Agustín Pániker –hijo y sobrino de filósofos, nieto de indios y catalanes, autor del libro Viaje al mundo de las religiones–, explica que Borobudur es una “guía de piedra para alcanzar la iluminación”. Para darnos cuenta de eso, debemos dejar de analizar todo con ojos occidentales. Existen otras formas de ver el mundo, de estar en el mundo y de entender el mundo. Pániker, y muchos, lo miran como algo más que una obra de arte, o que un  magnífico lugar magnífico de culto.  Se trata de un monumental símbolo del dharma, la doctrina de Buda. “Si lo miran desde un globo, verán que Borobudur es un sobrecogedor mandala de piedra, en tres dimensiones”, explica un guía francés a nuestras espaldas.

Como se sabe, todo mandala se utiliza como herramienta para meditar, y se trata de un auxiliar muy importante para los budistas en el camino al Nirvana, plano de ruta hacia la iluminación. Los 2,5 kilómetros de corredores en espiral que conducen a la cima están rodeados de muros altos. Ellos no nos permiten ver las terrazas superiores mientras ascendemos. Así, el proceso espiritual, el ascenso del nivel de conciencia, se produce en forma gradual, tras una meditación ininterrumpida. “No existe otra representación del cosmos y del ascenso en pos de la iluminación  tan aleccionadora y refinada como Borobudur”, doce Pániker.

Un sultán en el camino

Nuestro acompañante de hoy, Nur Moriyur, javanés de abuelos árabes, criado a los pies del templo, nos anuncia que trecho a trecho nos irá explicando el significado de los grupos de las imágenes talladas en piedra. “Harían una línea de 5 kilómetros si las pusiéramos una detrás de otra”. En cada terraza nos irá explicando el avance hacia la iluminación.  

–¿Y podemos creer en algo que aparece como tan lejos de la lógica?—le pregunto, titubeando, porque vengo hace días pensando en lo que se nos dice. Que Mara, la madre de Buda soñó que un elefante blanco le entraba al cuerpo por el costado izquierdo. Luego nació su hijo. Nació de pie y hablando con voz de león. Antes de ser Gautama, el habría tenido unas 500 encarnaciones: pájaro carpintero, conejo, ciervo, mono, elefante…  Casi no hay forma en el universo animal que no haya sido la suya. “Creo ver en el budismo muchas incrustaciones de mitologías y creencias de magia”, le digo a Moriyur. 

Él sabe que habla con un occidental descreído, y me mira con media sonrisa:

Un francés dijo que en estas materias hay dos excesos. Uno es que no se use la razón, sino  sólo la fe; y eso es lo que a usted parece que le incomoda. Pero el otro exceso es sólo aceptar la razón. En Oriente sabemos que no podemos ver todo lo que existe. La razón explica mal la realidad espiritual del hombre. 

Con una sonrisa intento impedir el choque, y entonces  él me propone avanzar por este  mandala de piedra. Hay que seguir el camino, rodear cada una de las nueve terrazas, como lo hicieron los budistas de hace doce siglos,  y que una multitud lo repite esta mañana. Aparece un grupo de monjes encabezado por ancianos que llevan en sus manos humeantes varas de incienso. Veo que siguen el sentido de los punteros del reloj. Subirán muy lentamente rodeando la pirámide hasta  la cumbre, lugar que ven como una representación del Nirvana. Lo hacen con devoción insuperable. Tal vez se preparan para el 15 de mayo, día en que se celebrará aquí la gran ceremonia anual de los budistas. Es el día en que se conmemora el nacimiento, la muerte y el momento en que Gautama pudo alcanzar la máxima sabiduría y convertirse en Buda. Ese día es el Vesak, el de la luna llena, solemnizado con danzas, ofrendas y meditación. Se suspenden las clases en todo Indonesia, aunque lo forman miles de islas donde Mahoma es la cumbre de todo. Aún más, Yogyakarta, el territorio donde se encuentra Borobudur, tiene como máxima autoridad a un sultán desde antes de la colonia (único caso en todo el país). 

Para algunos, el contenido religioso, el valor iniciático, de Borobudur deja en segundo plano su mérito artístico. “Es mejor iluminar que simplemente brillar”,  nos dice satisfecho un muchacho javanés que se ha acercado a escuchar a Moriyur y camina haciéndose el distraído junto a nosotros. Claramente, los budistas sienten que la arquitectura y la escultura están aquí en función de la cosmología y la simbología, antes que por su valor estético. Les parece secundario que sea “el más bello monumento de Asia”, como lo ha calificado Eliade.

Borobudur obedece a la cosmología tradicional, y a medida que ascendamos –nos anuncia  Moriyur–  iremos  atravesando los distintos planos del cosmos. Trecho a trecho veremos  grupos de imágenes talladas en piedra, y en cada terraza él nos informará sobre el significado de algunas, no todas, pues son miles, y muchas resultan indescifrables hoy día.

El invento más brillante

Tres son los grandes niveles de Borobudur. El primero tiene que ver con el mundo de los deseos, y muy en especial con “el” deseo, la sexualidad. Representa el mundo más terrenal, el de los apetitos. Se trata del Kamadhatu, recogido en la cosmología budista, y que suele representar las debilidades del individuo. Incluye, al parecer, el erotismo en su expresión más explícita, tal como lo hemos visto no hace mucho en el admirable recinto de Khajuraho, al sur del valle del Ganges, un recinto religioso poco más joven que Borobudur.   

Aquí, eso sí, las imágenes más crudas del deseo no se encuentran a la vista. Hay 160 relieves ocultos, especialmente muchos que describen los riesgos de la lujuria. Nos dice Moriyur que fue necesario taparlos –sin dañarlos– con materiales sólidos para fortalecer la base del monumento, por problemas crónicos de inestabilidad. Otros aseguran que se trata de una censura ejercida por Hamengkubueono X, el antiguo sultán. Y ese príncipe musulmán pudo tener razón. Por poner explosivos en la cumbre de Borobudur, no hace mucho dejaron la cárcel varios extremistas islámicos y de derecha radical, encabezados por un clérigo ciego. 

Mostrar al hombre con sus apetitos suele no ser gratis en esta parte del mundo.

El segundo nivel muestra las vidas de Buda –como tortuga, como conejo, como elefante, y luego como hombre– y grafica la posibilidad de ir ascendiendo a través del ciclo de reencarnaciones. Tiene mayor contenido iniciático. Se trata del Rupadhatu, el mundo de la forma. Ocupa las cinco plataformas siguientes, donde vemos exquisitos relieves escultóricos con escenas de la vida diaria de hace más de mil años. Dominan las enseñanzas de algunas reglas del budismo que imperaba en esta parte de Asia, el Mahayana, y se subrayan los conceptos del karma y la compasión. El hombre empieza a subir peldaños.  

En este nivel se acaban los relieves escultóricos.

Gigantesco, robusto y vacío es el stupa que domina el último nivel, entre la séptima y  novena plataformas. Le rodea una intrigante ronda de grandes campanas de piedra perforadas. Son 72 hermosos stupas huecos, con casi invisibles imágenes de Buda en su interior. Este nivel representa el mundo sin forma, el Arupadhatu de la cosmología budista. En el stupa gigante se alcanza la cima, el Nirvana. Pero hay algo que no resulta fácil advertir. Mirada la construcción desde la base, los stupas pequeños de la cumbre no se ven ni se adivinan. De este modo se quiso representar el nivel metafísico, alejado de la forma. Se trata de “el plano de la vaciedad, que simboliza la falta de esencia propia de todas las cosas”. Aquí el individuo ha soltado las cadenas con lo terrenal y ha obtenido, por tanto, la liberación, la iluminación. “Este es uno de los más brillantes inventos del creador de Borobudur”, nos dice Jan Fontein, autor de importantes obras sobre arte indonesio. 

Ser y no ser

Ninguna certeza hay sobre la identidad de quien concibió “el Borobudur eterno”. Se suele dar el nombre del arquitecto Gunadharma, aunque no existen  documentos que permitan saber siquiera el año en que se empezó a construir, ni menos identificar  a quien lo imaginó. Documentos hechos en hojas de materia vegetal–que los hubo— desaparecieron. En la parte oculta de los paneles, dice Moriyur,  se conservan instrucciones para los escultores escritas en piedra. Por su caligrafía, la mayoría de los investigadores están seguros que fue obra de la dinastía javanesa Shailendra, cuyo arte brilló como nunca en el siglo VIII. Uno de sus modelos determinantes fue el de la India, país que por mil años, hasta el siglo XII, influyó sobre todo el Sudeste Asiático.

Borobudur no alcanzó a vivir mucho. Ya en su primer siglo, los cambios políticos y religiosos, y tal vez las continuas erupciones de volcanes vecinos, pertenecientes al Anillo de Fuego del Pacífico, hicieron que quedara vacío, y semi perdido bajo las cenizas y la vegetación. Por esos días, en Rapa Nui recién se tallaban los primeros moáis (también con piedra volcánica). Y tuvieron que pasar unos mil años para que un ocasional gobernador británico, un joven Raffles, se interesara en hacer excavaciones para recuperarlo. Chile vivía el desastre de Rancagua y la etapa de la Reconquista. Desde ese 1814 hasta fines del siglo XX, Borobudur sufrió sucesivas etapas de restauración, fallidas o defectuosas. Sólo  gracias a la UNESCO, entre 1973 y 1984, gran parte del monumento fue desmontado, restaurado, químicamente protegido y vuelto a armar. Piedra a piedra. Hoy es Patrimonio de la Humanidad como el que más.  

En los miles de relieves escultóricos que nos ha ido mostrando Moriyur hemos visto lo impensable: imágenes del dios hindú Ganesha, hombre con cabeza de elefante; algunas  casas parecidas a las de Sumatra y Sulawesi; preciosas carretas tiradas por caballos (traídos de la India), y músicos con sus instrumentos de cuerda, tambores, flautas y ¡trompetas!; lámparas aceiteras de bronce colgando sobre las camas y algún javanés escribiendo o leyendo; veleros con tripulantes y bellas ninfas de pecho lleno; plantaciones de plátanos y mangos; también nueces para preparar el betel, que usan hasta hoy millones de asiáticos como psico-estimulante. Vemos personas con varas de madera cargando sobre sus hombros muchos productos; también hombres que cazan, hacen yoga, levantan puentes y conviven con una multitud de animales. Son fotografías pétreas de hace 1200 años.       

Numerosos relieves escultóricos volaron de aquí. Algunos por culpa de los saqueadores. Y otros  por responsabilidad  de los gobernantes coloniales holandeses. Uno de ellos regaló ocho carretadas con 30 tallas en piedra, cinco estatuas de Buda y la única imagen conocida de un guardián del templo. Beneficiario fue el rey de Siam, Rama V, visitante en Borobudur a fines del siglo XIX. (Este gran rey tailandés y la nodriza de sus hijos son los protagonistas de Ana y el rey, film conmovedor que postuló a dos Oscar). Tan generoso obsequio lo consigna una publicación reciente patrocinada por la UNESCO. Además, muestra subastas públicas en Amsterdam de piezas arqueológicas sacadas de aquí a fines del siglo XIX.

Sus cicatrices (la mayoría de los  cientos de Budas que vemos están descabezados), no logran restarle majestad y esplendor a Borobudur. Tampoco el musgo que cubre numerosas imágenes por culpa de la altísima humedad, el calor y la lluvia. Los microorganismos devoran lentamente estas piedras porosas. Como fue construido sobre una frágil montaña de ceniza volcánica y de restos vegetales –no sobre roca–, tendía a hundirse, a quebrarse. UNESCO resolvió bien ese problema. Ahora muchos reclaman una protección moderna y completa contra las lluvias. Una cubierta necesariamente enorme, difícil de financiar y tal vez de tolerar, por razones estéticas, como ocurre en China con el Ejército de Terracota.

Pero no falta el que reacciona con su inspiración budista. “Será inútil ese esfuerzo. Todo lo que ahora es, se encuentra destinado a…no ser”.

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