India. Khajuraho |  Mil años de asombro y misterios

India. Khajuraho
Mil años de asombro y misterios

Se prepara en el corazón de la India la celebración de los 30 años desde que UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad a estos empinados templos hindúes que suelen compararse con el gótico europeo. Constituyen una admirable síntesis de arquitectura y escultura por las miles de imágenes adheridas a ellos. Muchos revelan la vida cotidiana del hombre hace mil años. Otros representan todas las prácticas amatorias imaginables. Hasta hoy permanecen rodeados de la bruma del misterio y de cierta perplejidad del hombre común.     

TEXTO Y FOTOS, Luis Alberto Ganderats, DESDE MADHYA PRADESH, INDIA.

“Aquí, lo único que está claro es la confusión”, nos advierte con el guía indio cuando nos preparamos para recorrer los templos de Khajuraho. “La verdad es que gran parte de los visitantes recorre cientos de kilómetros para venir a ver escenas crudas más que para admirar la arquitectura o el arte de la escultura”.

Excesiva franqueza para un guía. A Rajmil también se le nota que ha leído muchas teorías sobre el sentido de tantas imágenes con expresiones sexuales fuertes -a veces muy fuertes-, esculpidas hace mil años, y que decoran principalmente el exterior de la veintena de templos que empezamos a visitar esta mañana, en el centro de la India. Pero ninguna de las teorías que Rajmil conoce lo convence del todo.

–Mil años es mucho tiempo, y no es mucho el tiempo que se dan los investigadores para tratar de entender su origen–reclama. 

La mayoría repite que estos templos revelan simple decadencia de una cultura, o que eran una forma de enseñanza sexual basada en el famoso tratado del Kamasutra o de clásicos contenidos tántricos, que supuestamente practicaban los fundadores de Khajuraho. Algunos piensan que mujeres tan sensuales y escenas tan incitantes servían para una deliberada prueba de fuego a que eran sometidos los devotos que llegaban a orar a los templos. Otros, con sentido histórico, lo consideran un recurso extremo para representar todas las costumbres de hace diez siglos, esfuerzo de anticipación que no resulta fácil de imaginar en esos años. Algunos le añaden un origen puramente testimonial: alguien quiso dejar constancia de lo que estaban haciendo los vecinos del lugar cuando ocurrió la inesperada visita y boda de los dioses Shiva y Párvati.

Muchos simplifican hasta el absurdo: estaban destinadas a  “alejar los rayos de los templos” o de anular el mal de ojo.

Ni unos ni otros parecen bien encaminados. Investigadores recientes parecen acercarse a una respuesta con firme sustento religioso y filosófico, y cultural, empezando a despejar la bruma que por siglos ha ocultado el alma de Khajuraho. (ver recuadro).

Vestidos de aire

Sea lo que sea, Khajuraho cumplirá ya 30 años como Patrimonio de la Humanidad. Es la mayor y más admirable aglomeración de templos hindúes y jainistas de la India medieval dice la UNESCO. Celebra y protege esta herencia dejada por el clan de los Chandela, que reinaron sobre el centro del país a partir del siglo IX, por más de 300 años. Los Chandela era uno de los muchos clanes del pueblo rajput, que compartieron el poder con los musulmanes mogoles en Rajastán y otras regiones indias, alianza que dio magníficos resultados (entre otros, el Taj Mahal, creado por un rey mitad mogol, mitad rajput).

Khajuraho sólo es superado por el Taj Mahal en el interés de los turistas hoy día en la India.  Paradójicamente, un mausoleo tocado por el amor romántico, y que por ser obra del Islam carece de representaciones de la figura humana, compite con los templos de Khajuraho, donde el erotismo manda más que el amor.  

Es un conjunto de 22 templos repartidos en tres áreas vecinas y en algunos pueblos dispersos del distrito de Chatarpur, todos en el estado de Madhya Pradesh. Fueron levantados para rendir culto a dioses del brahamanismo, origen del hinduismo, y muy especialmente a una pareja que se halla en la cumbre del panteón: Shiva y su esposa Párvati, llamada “la Montañesa, hija de dioses de los Himalaya.

Unos pocos templos de este conjunto pertenecen a la religión jainista, que por no tener dioses en su origen, adoptó los del brahamanisno o hinduismo. En ambos abundan por igual las imágenes eróticas. Y no es raro. Entre los jainistas la exhibición pública del cuerpo resulta tan natural como mostrar el rostro. En nuestra última visita a Benarés, hemos visto jainistas completamente desnudos caminar a orillas del Ganges entre miles de devotos y turistas asombrados, que venían llegando del Kumbah Mela, donde periódicamente se produce la mayor aglomeración religiosa del planeta. Aquí en Khajuraho, los monjes jainistas del sector digambaras –“los que se visten de aire”– aparecen totalmente desnudos en las portadas de textos oficiales que hemos visto a la venta en su templo, aunque se cuidan de ocultar los genitales adoptando posiciones de yoga.  

Gandhi contra Khajuraho

Estos templos se hallan en medio de la nada, lejos de todo, en el pueblo de Khajuraho, ubicado entre Benarés y la ciudad de Agra, aunque a horas de distancia de ambas.

Ayer, como varios cientos de viajeros, llegamos en un tren atestado desde Agra, la ciudad del Taj Mahal, a la estación de Jhantsi. Seguimos por varias horas hasta la palaciega ciudad de Orchha, y al caer la noche estábamos en Khajuraho, que hervía de lugares nocturnos para visitantes jóvenes. Otros hicieron un viaje más fácil: un avión los trajo desde Delhi al aeropuerto de la ciudad.

Ahora, que iniciamos un recorrido de dos días por los templos, todos los visitantes parecen experimentar la misma sorpresa que nosotros. Se detienen bruscamente al entrar. No esperaban ver tanta belleza en las construcciones que contienen las imágenes “paganas”. Los templos forman parte de un enorme parque, cuyos prados dejan ver una multitud de techos elevados. “Están inspirados en los montes del Himalaya”, explica Rajmil, el guía.

Son esbeltos y la elevación se expresa tanto en la altura tanto como en la carga espiritual. Es tanta su elevación y la ligereza de sus líneas, que “alzan la masa aérea de sus torres hacia la altura con un ímpetu que ha hecho que se les compare con el gótico europeo”, dijo el médico chileno Juan Marin, escritor y diplomático con gran experiencia en Oriente, ahora en alguno de los cielos que le interesaron.  Marín admiró esos techos altos, esas espiras o shikaras empinándose hacia el cielo, “en tremendo contraste con el de sus frisos atestados de imágenes lujuriosas”.

Avanzamos con placer entre los magníficos cerros de estos Himalaya en miniatura (el templo más alto mide 30 metros de altura). Casi todos los templos tienen una ancha franja en todo su entorno, y en tales franjas,  al acercarnos vemos por fin las figuras esculpidas que han desatado la curiosidad, y a veces el escándalo. El propio mahatma Gandhi, puritano de su tiempo, llegó a justificar que algunos jóvenes intentaran destruir las imágenes “altamente indelicadas” o  “extremadamente indecentes y ofensivas”, como las calificó un capitan inglés en 1838, al descubrirlas para su gobierno. Ciertamente, al mahatma le producían repulsión algunas escenas de zoofilia (escasas), y otras orgiásticas, prácticas que el Kamasutra ignora.

¿Dónde está Wally?

Después de un largo rato vemos que casi todos los visitantes se han detenido frente a las estatuas buscando las imágenes más crudas, lanzando expresiones de sorpresa o alborozo, en una especie de ¿Dónde está Wally? erótico.Pero los que llegan a este lugar sólo con apetitos preadolescentes, terminan generalmente interesados en otras de las miles de imágenes no eróticas que cubren los templos. El 90 por ciento de ellas no son “estilo Kamasutra” –como anuncian alegremente las agencias de viaje–, ya que muestran a la gente de la vieja Khajuraho en muchas inocentes actividades cotidianas. Pero en verdad, la mayoría de estas imágenes, sin ser crudas, no muestran un pueblo pudoroso. El fuerte erotismo de hace mil años se expresa en la belleza y los ademanes provocadores de miles de mujeres jóvenes: diosas, semidiosas, unas ninfas conocidas por su sonoro nombre de surasundaris (“extremadamente bellas”) y otras figuras femeninas de origen celestial o humano. Una surasundari luce un sari mojado sobre su cuerpo protuberante. No contenta con eso, tuerce su tronco como enredadera en vástago.

“¡Esa es la Miss Khajuraho¸le gusta a todos los hombres!”, nos dice Rajmil mostrando esa imagen femenina de espaldas en el templo Lakshmana.

Aquí, el ¿Dónde está Wally? hace la captura mayor.  

Algunos varones lucen cuerpos fuertes, piernas y brazos más largos que el natural, pero no tienen la armonía que 500 años más tarde alcanzaría el David, de Miguel Ángel, el de las manos enormes, también encargado desnudo para el exterior de un templo: la catedral florentina de Santa María del Fiore.

Los templos que ahora vemos no se hallan a nivel del suelo: se levantan sobre bases altas y alargadas. Para llegar a los pórticos de acceso hay que subir muchas escalinatas de piedra. Nadie se preocupa del cansancio, porque Khajuraho se apodera de la voluntad de todos. Sus templos son de “una belleza perfecta” (Juan Marín), y sus líneas arquitectónicas resultan “melódicas”, como alguien dijo con razón. Casi todos los templos están formados por varias torres unidas o muy vecinas, como una alargada progresión de cumbres, que quieren ser metáforas de los cerros del Meru, montaña central del cosmos. Muchos lucen bellos balcones con columnas estilo indo-ario, abundantes en la región norte de la India.

Las bellas solitarias

Todos estos recintos religiosos tienen elementos interesantes en sus espacios interiores –algunos, incluso, de mayor calidad que los externos–, pero son  recintos oscuros y mínimos ante la enormidad del entorno. Uno solo de los templos luce 870 esculturas “pegadas” a sus muros. El que le sigue tiene 670. Al revés de las severas pirámides egipcias, estos templos parecen tener horror al vacío. En casi todos ellos, las gruesas franjas con imágenes rodean por completo sus bases y sus cuerpos principales. Sobre esas franjas se produce un deslumbrante espectáculo con todas las manifestaciones de la vida hace mil años. Son esculturas talladas en piedra arenisca, que no tienen la rigidez del austero Ejército de Terracota chino, mil años más antiguo. Lo que aquí encontramos es casi un ballet en piedra; puro movimiento. Y entre las figuras vertiginosas hay bailarinas, por cierto. Pero son las menos. El resto del ritmo lo ponen soldados, campesinos, enanos, leones rampantes, guirnaldas de piedra, dioses con cabeza de caballo o diosas con cuerpo o coronas de serpientes, y una multitud de parejas abrazadas o fusionadas por el delirio amatorio, que aquí llaman maithuna cuando dicho enlace tiene connotación religiosa.

También aportan vértigo las escenas orgiásticas en que participan hasta ocho personas. Tales esculturas desnudas son observadas por grupos numerosos de mujeres indias cubiertas de pies a cabeza, que murmullan entre sonrisas. Las acompañan sus esposos con expresión indescifrable.

Pero lo que más abunda son esculturas de mujeres solitarias y enjoyadas. Sus piernas y brazos lucen más largos que los naturales, para subrayar la elegancia y la expresividad. Lánguidas y provocativas a la vez, retuercen sus cuerpos para ejecutar un sinfín de actos sencillos. Se sacan espinas de un pie, se ennegrecen los párpados con khol, dibujan la clásica tilaka roja sobre sus frentes, se contemplan ante el espejo, se abrazan a una columna o miran de reojo a un dios fornido y poderoso. Son mujeres de pechos llenos, diosas, semidiosas o mortales que parecen precursoras de la silicona. Todas están provistas de una imantada sensualidad, como ocurre con la Miss Khajuraho.

Hubo 80 templos aquí en la época de oro. Ahora quedan 23. Por razones desconocidas –un misterio más–, Khajuraho dejó de ser capital del reino Chandela cuando algunos templos todavía estaban frescos. Por la falta de mantención y tal vez por acciones de carácter moralista, la mayoría no sobrevivió. Ya en el siglo XIV el gran viajero árabe Ibn Batuta la describe como una linda ciudad con templos muy interesantes. Al parecer, los islamistas mogoles, que dominaron en la región por tres siglos, permitieron que estos templos siguieran en pie, tal vez por encontrarse ya medio ocultos por la selva.

Rajmil, nuestro guía, está seguro que han sido protegidos por los miles de dioses hindúes, por las ninfas, las bellas surasundaris, y gracias a ellos podemos visitar en el 2015 estos templos de largas escaleras y escandaleras. Dice, eso sí, que Khajuraho seguirá llamando la atención del turismo no por su enorme belleza, sino por ser el reino de las maithunas, el de la “unión de los cuerpos sutiles” y de otros no tan sutiles.    

Shiva lo quiso así

Estudiosos de la filosofía y la religión hindú atribuyen al erotismo de Khajuraho un origen sagrado.

Han pasado demasiados siglos desde que nació este extraño mundo de Khajuraho. Sus templos estuvieron tantos siglos ocultos en la selva, que dan palos de ciego quienes hoy intentan explicar el sentido  real de sus imágenes eróticas. Intentan ver con ojos de hoy la realidad de hace mil años. En la antigüedad, por ejemplo, las comunidades agrarias solían iniciar la etapa de las siembras con una manifestación multitudinaria de fertilidad humana en lo que hoy se consideraría una bacanal. El sexo tenía expresiones condenadas  hoy.

Resulta difícil, entonces, saber bien el significado de las esculturas. No hay documentos que lo expliquen ni menos tradiciones que hayan pasado de boca en boca a partir de quienes las modelaron. Hoy, sin embargo, parece haber rendijas por donde asomarse a ese pasado: la pista sería el estudio crítico de los antiguos textos hindúes, como los Upanishads, los poemas épicos y los Shastras, manuales religiosos y legales de los hindúes. En los Upanishads hay varias alusiones a relaciones sexuales, como analogía de la unión entre el individuo creyente y lo divino. La unión sexual sería la metáfora empleada para expresar la verdadera unión entre el alma humana y Dios.

“…en el abrazo a su amada el hombre olvida el mundo entero, todo lo de dentro y lo de fuera. De la misma manera, aquel que abraza el Yo no sabe nada ni dentro ni fuera. Esta es la verdadera forma en que su deseo es satisfecho, el Espíritu y la totalidad de su deseo. Entonces, nunca más tiene deseos ni dolor”.  

¿Son seres humanos?


En su monumental obra titulada El templo hindú, la mayor estudiosa de los viejos documentos y tradiciones indias, Stella Kramrisch, aclara el significado del íntimo abrazo entre hombre y mujer: dice que es un símbolo del moksha, la liberación final o re-unión de los dos principios, la Esencia y la Naturaleza, que se expresa en la maithuna, el estado de ser de una pareja, la liberación final. Representa una unión como la del Fuego y su inseparable poder abrasador. Se dice que esta explicación está sustentada en la evidencia de textos que respaldan el uso del símbolo de ‘unión’ para representar la disolución definitiva de la pareja en Dios, a través de la supresión del concepto de separación, causa del dolor de toda la humanidad.

La comprensión de los grupos escultóricos de Khajuraho resulta imposible sin una preparación específica. Así lo advierte Ananda K. Coomaraswamy, otro experto que se ha sumergido en las fuentes últimas del hinduismo. Sus creadores, los Chandela, eran al parecer practicantes del culto tántrico. Este se basaría, entonces, en que la satisfacción plena de los deseos humanos es un paso necesario hacia el logro de la liberación o última moksha: la liberación o  salvación. Por eso, los estudiosos postulan que el polémico Khajuraho celebra toda actividad humana, un aspecto que ellos atribuyen al hinduismo.

La escultura erótica ha formado parte importante de la tradición india desde los tiempos más antiguos, abarcando desde hombres y mujeres erguidos en mera proximidad hasta retratos explícitos de actividad manifiestamente sexual. Es casi seguro que aparecen en edificios religiosos en parte porque se consideran buenos auspicios, asociados como están con la fertilidad y con la alegría.

En su libro Divino éxtasis: La historia de Khajuraho, Shobita Punja, posgraduada en historia del arte de la India, por las universidades Nehru y Stanford, despliega su propia tesis. Se basa en estudios arqueológicos y etnográficos  que registran la existencia hasta nuestros días del culto y ceremonias a Shiva en Khajuraho, particularmente durante el festival anual de Maha-Shrivatri. Según ella, Khajuraho ilustra las bodas místicas de Shiva y Párvati, con todos los dioses, diosas, semidioses y seres celestiales reuniéndose para asistir a la fastuosa celebración de importancia cósmica. Postula que la vida ofrece mil placeres, entre los que predominan los del sexo y el amor. Aunque la vida no es infinita, puede prolongarse con prácticas mágicas y ritos eróticos adecuados. Pero también es oportuno (superado cierto límite), prepararse a sí mismo para el último y definitivo viaje, a fin de que éste lo sea verdaderamente sin retorno y lleve al alma a diluirse en lo Absoluto.  

Así las cosas, tal vez las esculturas eróticas de Khajuraho no retraten seres humanos ni el amor de los humanos por su Dios. El amor de los dioses por sus esposas es elogiado en los antiguos textos sagrados para expresar un concepto universal de Unidad.

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