India | El templo de los maharajás

India
El templo de los maharajás

“Es una visión, un sueño, un poema, una maravilla”, se dijo del Taj Mahal y se puede repetir con el Templo Dorado, que le gana en millones de visitas. Escenario principal de los sijs, apenas sobrevivió a rebeliones y masacres de otros siglos.
El maharajá de Kapurthala, condecorado por Chile, muy ligado a la historia de este templo, se enamoró de una malagueña salerosa, linda y hechicera. Vinimos a saber qué pasa aquí.

Por Luis Alberto Ganderats, desde Amritsar, India.

Sentimos que lo imposible en este país parece posible: los británicos siguen aquí. No se fueron del todo en 1947. Es lo que sentimos en un rincón de Delhi, llamado Imperial Hotel. Bello, lujoso, nostálgico. Tras 68 años de la supuesta muerte de la India Británica, todo luce igual. El delicado té del desayuno despide aromas de Imperio y hasta las sonrisas de los mozos parecen dirigidas a huéspedes del virrey.

Ciudad muy antigua, le cuesta renunciar al pasado. Aún nos permite ver escenas humanas nunca imaginadas ni queridas. Delhi es “un balcón hacia lo que no tiene nombre”, nos dijo un conmovido Octavio Paz. Pero nunca pensamos que el Imperial pudiera mostrarnos tan intacta la India Británica, como lo vivimos esta mañana durante un desayuno de trabajo en sus salones sobreabundantes de todo.

Ahora estamos sentados en el suelo. Comemos un plato de lentejas a 400 km. del Imperial Hotel. Es el comedor de un santuario de Amritsar. No hay sillas. Tampoco hay castas. Cientos de hombres barbudos se alimentan a nuestro alrededor. Sus mujeres visten sari. Nadie lleva zapatos. Los varones cubren sus cabezas con turbantes enormes y lucen dagas al cinto. Todos son seguidores de la religión sij, la sexta del mundo en número de fieles. Fueron ellos los más empecinados adversarios de los virreyes británicos y de los invasores afganos. La corona inglesa lo pagó caro. Al combatir con balas a estos barbudos abrió –sin pensarlo– un camino doloroso a la independencia de la India. “Fue uno de los episodios más infames de la colonización británica”, dijo un súbdito. El Nobel Tagore renunció a su título de sir. Y Churchill montó en cólera.

Más tarde, Indira Gandhi –con quien, en el año 1968, conversamos en Santiago– usó la misma fórmula militar para combatir a grupos sijs que querían ser independientes, como lo fueron antes con el Punyab. ¿Resultado? Unos 500 muertos. En represalia, ella terminó asesinada por sus propios guardias, que lucían barbas y turbantes.

Temiendo lo peor.

Miles de sijs sucumbieron tras el asesinato de Indira. Eso fue entre los años 80 y 90. Pero después explotó la paz en el Punyab. Tanto, que hasta hace unos meses, el admirado Primer Ministro de la India era un devoto sij. Ocupó el cargo por una década (casi tanto como Indira). Algo bueno pasa con ellos, pues aquí siempre se escucha decir: “Si quieres que alguien te diga la verdad, acércate a un sij”. Son devotos y fuertes. Grandes comerciantes. Solemnes y fieros de aspecto. El avión que a mediodía nos trajo al aeropuerto de Amritsar venía lleno de barbas y turbantes. Parecía un vuelo chárter para maharajás. Al intentar tomarles fotos, algunas miradas nos hicieron temer lo peor.

Pero ahora, en el comedor de las lentejas, donde miles de visitan- tes de cualquier religión comen gratuitamente todos los días, esos maharajás vestidos de “andar por casa” nos piden tomarse fotos con nosotros. Son dulces y formales. Cerca del comedor, un millar de sijs canta a orillas de un enorme estanque de agua bendita, “de néctar”, habitado por muchos peces pacíficos, enormes y rojizos, en cuyo centro se levanta el Templo Dorado. En un año tiene más visitas que el Taj Mahal. Dejamos el comedor para escuchar mejor a los fieles que repiten y repiten sus relajantes kirtanes, oraciones colectivas acompañadas de armonios y otros instrumentos. “Es la práctica más agradable para silenciar la mente”, recomiendan. Hasta los descreídos terminan relajados como un huiro.

Entre los huiros estamos ahora nosotros en Amritsar. Empezamos de otro modo la semana tras un viaje largo. Y poco ayudó a relajarnos la ciudad de Delhi, donde hormiguean 17 millones de personas. Pero la visita era irrenunciable. Ya se fue el monzón, y hasta febrero de 2016 la capital india vive los mejores meses del año. Además, Delhi siempre nos ha parecido una especie de Roma oriental, que cuida las huellas monumentales de imperios sucedidos en 2.500 años. A pesar de sus tantos méritos, no faltan los que abandonan Delhi con alivio. Al no entender a la India y su cultura, les afecta la pobreza de tantos (la que aveces se niegan a ver en sus propios países). Casi ninguno de nosotros tiene conciencia de que no terminaremos de entendernos nosotros mismos mientras no hayamos entendido el Oriente. Y la razón no necesita muchas explicaciones. En Asia se originó casi todo lo que admiramos. O veneramos. Desde las religiones universales, las matemáticas y hasta las tecnologías de última generación. ¡Hasta el deporte del polo lo copiamos de Oriente! Somos orientales sin saberlo.

Simplemente, Asia es un misterio para demasiados viajeros. Y en lugar de respetar ese misterio, o de hacer un intento por descifrarlo, lo despachamos con palabras fáciles… Pintoresco, exótico… O lo sentimos amenazante. Tal como nos ocurrió a nosotros hoy en ese avión cargado de turbantes y barbas. Ahora, que compartimos las lentejas, nos parecen seres amistosos, cercanos. Iguales. Por algo son enemigos del sistema de castas.

Magnífico y trágico a la vez es este Templo Dorado, que se encuentra en la ciudad de Amritsar, al norte de la India. Hemos decidido demorarnos en sus rincones para conocerla mejor. Se nos acaba el tiempo para atravesar un paso fronterizo terrestre con Pakistán (a 10 minutos de aquí) para ir a la ciudad de Abbottabad, donde mili- tares musulmanes ocultaron a Osama Bin Laden por casi 10 años, hasta su secreto ajusticiamiento por tropas norteamericanas. En vez de alejarnos 400 km. hasta ese escondite, hemos resuelto avanzar sólo 200 km. hasta el lugar de la India donde vive el Dalai Lama. A pocas cuadras de aquí hay agencias que organizan tours a esos lugares, McLeod Ganj y Dharamsala, en el inicio del Himalaya.

Ser sij no es ganga.

Deberemos controlar un poco nuestras ansias por conocer el escondite del Dalai Lama y los budistas tibetanos. Ahora es el momento del Templo Dorado. De la ejemplar tolerancia religiosa de los sijs. Ellos han combatido con fiereza las dictaduras, y con el mismo ánimo luchan todos días para ponerse siempre en el corazón del otro. Lo vemos ahora caminando por un enorme edificio del santuario. Parece un hormiguero. Una multitud de mujeres y hombres trabaja amasando harina, cocinando una especie de pan o panqueque, cortando verduras para el consomé. Vemos enormes recipientes de madera llenos de bandejas de metal. Cientos de personas limpian las máquinas y hornos de las cocinas, o sirven su ración al que llega. No preguntan nada ni piden nada. Diez mil personas al día –a veces 20 mil– comen en el transcurso de una jornada en este Guru-ka-Langar. Nadie trabaja por un sueldo. Los sijs lo hacen por convicción religiosa. De los visitantes, sólo el que tiene dinero es invitado por letreros a hacer una donación.

Numerosos extranjeros o indios de paso se suman libremente al trabajo. Lo hacen antes o después de comer. O de dormir, pues cualquiera puede quedarse gratuitamente a pasar varias noches en el santuario, para lo cual usan grandes espacios comunes. Quien dona algo, especialmente el turista, puede tener acceso a una cama estilo occidental, sin asomo de lujos: los catres están uno junto al otro en largas hileras. Un francés nos cuenta que lo picó un chinche. Los baños, eso sí, lucen neuróticamente inmaculados, al igual que todos los rincones del santuario. En el entorno del estanque, sobre los pisos de mármol, no hay ningún riesgo de infección, sólo de resbalón. Cuadrillas humedecen, limpian, pulen, lustran, lavan.

Poco nos ha pedido un guardia sij al entrar. Tenemos que cubrirnos la cabeza y descubrirnos los pies. A los enfermos o mayores les entregan una especie de zapatillas de levantarse. Salvo en un sector preciso del estanque (donde se realizan los bautizos por inmersión), no se permite sentarse en la orilla para remojarse los pies cansados. “Sólo pueden detenerse allí quienes adoptan una postura de oración o meditación”. Varios se echan sobre el suelo, cuan largos son, tal como hemos visto que hacen los budistas tibetanos y los católicos al ordenarse sacerdotes.

Aquí, el acto reverencial va dirigido sólo al libro sagrado, el Gurú-Grant-Sahib. Como es de día, ahora permanece en el Templo –al centro del estanque– y en la noche será llevado a otro recinto solemne, en el inicio del iluminado Puente de los Gurúes, lleno de fieles en cola, el cual une al Templo con la orilla. Es el centro político, administrativo: el Akal Takht.

Salta a la vista la mezcla de islamismo e hinduismo en el sijismo. Lo vemos en sus ceremonias, sus ropas, sus barbas, sus formas de alabar. Incluso en la arquitectura del Templo Dorado. Fue concebido de ese modo, aunque insertándoles elementos propios. Por eso identificamos bóvedas árabes, y un viejo sij nos cuenta que fueron orfebres islámicos los que decoraron parte del edificio principal (donde se lee el libro sagrado todos los días, desde las 4 de la mañana, y están prohibidas las fotografías).

Sachchd pdtsdh: clave.

Que el sijismo crea en un solo dios y no crea en las castas, es la herencia de quien formuló sus principios esenciales en el siglo XVI, el gurú Nanak. Sus primeros seguidores le llamaban “verda- dero rey”, que dicho en su lengua no resulta fácil de pronunciar sin morderse la lengua: Sachchd Pdtsdh.

Sachchd Pdtsdh practicaba desde joven el vaisnavismo, el culto a Vishnú, que está próximo a concepciones monoteístas y que algunos védicos consideran hoy muy parecido al cristianismo. Muchos otros hinduistas de entonces –que venían de mil dioses– experimentaron una cierta atracción por el islam, religión que reconocía una sola deidad. El que luego sería el gurú Nanak estuvo entre los que iniciaron las prédicas de un dios único y las prácticas de la caridad permanente. Sumó estos conceptos a la causalidad del karma, y de ese modo atrajo a fieles de distintas religiones. Ellos iniciaron el sijismo en el siglo XVI.

Pero este pasado hindú y musulmán no confunde al sij de hoy. Para ingresar a la comunidad debe declarar que no pertenece a otra religión (“sij” significa seguidor). Y además debe cumplir con ciertos requisitos, conocidos como las cinco K, respetadas sin chistar por los rigurosos, pero que hoy son discutidas en las comunidades. Muchos más relajados creen que basta decir: “Quiero ser sij, creo en el libro sagrado y en los gurúes fundadores” (maestros o guías espirituales de la primera época). A estos que se encuentran a medio camino los llaman sahajdharis. Los más estrictos piensan y actúan de otro

modo. Optan por la norma kesh: nunca se cortan o recortan la barba y el pelo. La mayoría, sin embargo, usa barba esquilada y controla ligeramente el crecimiento del cabello. Esta costumbre menos ortodoxa se hizo inevitable en períodos de persecución religiosa. Corría peligro mortal quien era visto como seguidor de los gurúes (y los mártires no abundan aquí, ni en par- te alguna). Hace tres años, seis fieles sij fueron asesinados en Wisconsin por un joven neonazi estadounidense que por los turbantes y barbas los confundió con musulmanes seguidores de Osama Bin Laden. Todos los sijs usan turbante, al igual que los habitantes del bellísimo Rajastán, y masas de musulmanes chiitas.

Al convertirse a la religión, todos los hombres –incluyendo los maharajás– deben adoptar como apellido la palabra Singh (león). Las mujeres usan Kaur (prin- cesa). No comen carne ni toman alcohol.

Menos difíciles de cumplir son otras K (esta letra encabeza el nombre en lengua punyabí de todas esas exigencias). Las cuatro más sencillas son llevar una pulsera de metal en el brazo (kara), calzón de algodón (kacha), un peine para la limpieza (khanga) y una daga al cinto, a veces pequeña (kir- pán). Esta daga intimida, les decimos, pero ellos aclaran que simboliza la decisión de proteger siempre al débil, aunque también les sirve para la defensa personal. La tienda de objetos religiosos parece una armería, y el símbolo oficial lleva tres de esas armas blancas y un círculo, representación univer- sal de la divinidad.

Chile, Anita y el Maharajá.

Para entender el fenómeno sij hemos hablado con muchos de ellos, y fue necesario rastrear bastante para encontrarle algún nexo con Chile. Los gurúes, que en 200 años construyeron este ideario, son seguidos hoy por 24 millones de personas. En su fortalecimiento influyó mucho el apoyo económico y político de los maharajás del Punyab, territorio compartido hoy por la India y Pakistán, y donde se encuentra el Templo Dorado. Por un tiempo el Punyab fue independiente, y tuvo como religión oficial al sijismo. Hasta que los ingleses lo invadieron y de un plumazo lo anexaron al Imperio Británico. En el botín se incluyó el diamante más famoso, el Koh-i-Noor (Montaña de la Luz), que la actual reina británica usó al ser coronada hace 78 años, y se custodia en la Torre de Londres.

Un maharajá de Kapurthala, Ranjit Singh, financió las láminas de oro que cubren la cúpula de este templo. Un miembro de la familia de ese príncipe, séptimo maharajá de Kapurthala, es quien tuvo contactos con la diplomacia chilena. Eso lo prueba la historia: en 1925 un gobierno ins- talado en La Moneda fue de los primeros que le confirió al maharajá una alta conde- coración: Gran Cruz al Mérito.

¿Qué mérito? Todo un misterio. Pero lo más probable es que el nexo se hiciera a través de España. El príncipe oriental estuvo participando en 1906 en las fiestas oficiales del matrimonio de los abuelos del rey Juan Carlos I y bisabuelos del actual monarca español. Ellos fueron Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg. Durante esa visita el maharajá fiestero conoció a una chica malagueña de 17 años, cupletista y tonadillera. Desde ese día, el entusiasmado príncipe no paró hasta casarse con la malagueña, que era salerosa, linda y hechicera, como cantara, con su falsete de oro, Miguel Aceves Mejía. Fue una unión ardiente y despareja, como indican los papeles: Ana Delgado Briones se casó con su alteza Farzand-I-Dilband Rasikh-al-Iqtidad-I-Daulat- I-Inglishia, Raja-I-Rajagan, maharajá de Kapurthala, GCSI,GCIE,GBE.

Cerca de la flamante Torre Eiffel –que tenía apenas la edad de la novia–se celebró el matrimonio civil de Ana con su príncipe azul casi 20 años mayor. Así, ella se convirtió en su alteza Maharaní Prem Kaur de Kapurthala, como leemos hoy en su tumba. Luego viajaron a la ciudad de Kapurthala, que se encuentra a una hora de este Templo Dorado, y aquí se casaron por el rito sij. Hizo su aparición solemne sobre el lomo de un elefante engalanado. Tuvieron sólo un hijo (Maharajkumar Ajit Singh). La malagueña –que careció del “candor de una rosa”– supo de los encantos de un primo de su marido. Desde 1925 a 1962 vivió discretamente separada en Europa (con pensión matrimonial; vitalicia y completa). Al morir su esposo legal fue invitada al palacio por el dictador español Francisco Franco para expresarle las condolencias.

Ese príncipe inmensamente rico, afrancesado y derrochador, provocó un interés extraordinario en la empobrecida sociedad española de hace un siglo. Y la farándula no lo olvida. Hasta hoy cuando alguien quiere hablar de un rangoso millonario lo compara con el maharajá de Kapurthala. Este nombre lo escuchamos desde niños en Chile por influencia española. Era una expresión común. Y cuando se hablaba de lugares muy alejados eran igualmente comunes los nombres de la Cochinchina (por razones bélicas de la corona) y Tombuctú (por razones religiosas durante la época mora). Tal vez por esa ya añeja influencia cultural, en nuestras escapadas viajeras quisimos conocer Tombuctú en Mali, y la Cochinchina en Vietnam. Ahora hemos pisado –sin querer– los dominios del maharajá de Kapurthala.

Llegamos aquí buscando la gracia del famoso Templo Dorado y para sentir el fervor del sijismo. En la pequeña ciudad de Kapurthala –a una hora de aquí– un décimo maharajá todavía reina, aunque no pincha ni corta. Viene frecuentemente al Templo Dorado, tal vez a rogar por la independencia del Punyab. Si algún día se produce el milagro, podrá vestir galas otra vez. Ausente de palacio por estos días, nos informan que pasa en el Canadá francés una temporada deliciosa.

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