Gran Muralla China | el que la encuentra es pa`él

Gran Muralla China
el que la encuentra es pa`él

Se ve desde la Luna, dicen los inventores de historias. La verdad es que hasta en la Tierra cuesta verla. Ha desaparecido casi por completo, y a menudo es un montón de piedras o escombros. Lo que vemos normalmente son trozos reconstruidos y algunos fragmentos  verdaderamente impresionantes. Recorrimos parte de China para mostrarla y terminamos medio complicados.

Por Luis Alberto Ganderats

Un gran monumento a la inutilidad. Un extenso altar en homenaje a la desconfianza paranoica. Eso es lo que parece a simple vista. Porque fue construida en distintas etapas como muro infranqueable para defender fronteras. Ninguna de esas fronteras existe ya. O no importan en un territorio doce veces más grande que el de Chile.

La primera vez que llegué hasta el trozo más conocido de la Muralla China, en Badaling, cerca de Beijing, no pude sino quedar atontado por la impresión. Diez a doce metros de altura. Imaginé miles de kilómetros así, trepando las montañas, cruzando el desierto de Gobi entre piños de dromedarios, llegando hasta las orillas del gigantesco río Amarillo; tan ancha que podrían avanzar sobre ella doce soldados hombro con hombro, y hasta un carro de combate. Casi una autopista…

No es así la cosa. No terminamos en una autopista. En autopsia fue en lo que terminamos. Especialmente en una segunda visita. Fue muy útil para conocer algo del verdadero rostro de esta que fuera una prodigiosa obra de ingeniería. Descubrimos lo que en términos simples podría decirse así: la Gran Muralla China es, en muchos sitios, no más que una pirca del Norte Chico, y en otros, realmente sigue siendo una maciza fortificación. Pero, sumando y restando, es posible comprobar que constituye una gran media mentira.

Tras 2 mil años, en buena parte casi ha desaparecido.

Normalmente vemos -o nos muestran- trozos pequeños, justamente los que han sido reconstruidos, como los de Badaling o el de Shanhaiguan; los de Huangyaguan (a 20 km de Tisanjín, no lejos del área de Beijing), o los de Mutianyu, a unos 70 km al norte.

Hay que caminar mucho, hay que mover muchos papeles y superar una gran muralla burocrática para llegar a Gansu, en el desierto de Gobi, y descubrir que la Gran Muralla es casi un chiste: el tiempo y el abandono la han transformado en poco más que montículos. Fue construida con lo que más abundaba en Gobi: arena. Arena apisonada con madera de tamarisco, varillas y junquillos.

¿Qué más podría quedar hoy?

Ahora apenas vemos por ahí algunos restos monumentales, que formaban las torres de observación.

El adobe se usaba comúnmente en Mongolia Interior, donde fueron levantadas unos 15 mil kilómetros de murallas en diferentes etapas y con distintos propósitos. Y en otras, especialmente en la etapa de la reciente dinastía Ming, abundaron el ladrillo, la piedra, la argamasa.

Todo lo que normalmente le muestran al turista ha sido reconstruido a partir de 1952 -con los comunistas y Mao Zedong-, y son algunos kilómetros impresionantes por su monumentalidad, aunque demasiado flamantes. En chileno, se diría que ha sido reconstruida con adocretos y ladrillos princesa, apropiados para el presupuesto fiscal chino (el gobierno comunista ha pedido ayuda internacional con el lema Repare su Gran Muralla). El trabajo no resistiría el análisis menos riguroso de un experto en restauraciones.

Impresiona la muralla, sin embargo, al observar áreas diferentes, aún no sometidas a reconstrucciones modernas.

Más impresiona si el visitante ha metido sus narices en la historia múltiple de este monumento que los chinos han terminado llamando “la muralla larga” o Chang Cheng. La historia demuestra que también es impreciso el nombre de muralla larga. Es más que otra cosa, una muralla múltiple o una multitud de murallas, muchas de ellas comparativamente cortas y desconectadas. Y hasta paralelas.

Los primeros trozos fueron construidos ocho siglos antes de Cristo. Es decir, los trozos más antiguos de que se tiene evidencia física o memoria. Y los últimos kilómetros se levantaron unos 2.600 años más tarde, es decir hace apenas dos siglos. En total, durante esos 24 siglos, y en forma ininterrumpida, fueron construidas más de 50 mil kilómetros de murallas. Suficientes para dar una vuelta a la Tierra.

No hay ninguna obra humana comparable.

Hay que seguir precisando. No se trata, como nos han enseñado, de la obra del pueblo chino para defenderse de los extraños. La mayor parte de esos 50 mil kilómetros fueron levantados por unos chinos para defenderse de otros chinos, aunque en esos siglos no existía tal nacionalidad y ni siquiera el concepto de tal. Claro que los descendientes de unos y otros -que se fueron uniendo hasta formar la enorme república que es ahora- constituyen la masa del pueblo chino.

Intereses personales mezquinos, intereses de grupos raciales y de caudillos miopes, gastaron una enorme energía en levantar estos muros defensivos en miles de años.

Sólo nació China cuando un gran guerrero ganó muchas batallas y pudo crear un país extenso con el territorio arrebatado a una media docena de príncipes feudales. Eso ocurrió unos 220 años antes de Cristo. El emperador Qin Shi Huang, de quien visitamos su tumba custodiada por 6 mil guerreros de terracota en Xi´an (ver reportaje), supo entonces que había más de 20 murallas independientes dentro de sus dominios. Con algunas de ellas daría forma más tarde a lo que hoy conocemos como la Gran Muralla.

Lo que hizo fue restaurar muchas que ya existían y unirlas hasta levantar una línea de defensa contra varios pueblos invasores nómades, algunos llamados hunos, igual que los de Atila, pero de una etnia diferente. Por eso el trazado es tan errático, aparentemente absurdo.

Avanza unos 2.000 km (Santiago-Arica), pero tiene 7.000 de largo. Parte en la costa del mar Amarillo, no lejos de Corea, y a la cuadra de Tokyo, Japón. El pueblo más próximo se llama Qinhuangdao. La muralla se interna en el corazón de China, hasta la desértica Jiayuguan, cerca de Mongolia, provincia de Gansu.

Muchas otras murallas se hallan repartidas por buena parte del territorio -especialmente en los valles del río Amarillo- como largas lombrices pétreas, monumentos a guerras inútiles, protagonizadas por vencedores olvidados. Parte de ellas permanecen invisibles hasta hoy al visitante extranjero, que debe moverse en áreas autorizadas.

Con la ayuda del fotógrafo Cheng Dalin y el investigador histórico Luo Zhewen, podemos acercarnos a sectores de la Gran Muralla de acceso limitado.

Zhewen nos dice que hay más de 100 secciones bajo protección o declaradas monumentos nacionales. Ya en 1961 el paso “guan” de Shanhai -Sanhaiguan- fue protegido con el carácter de monumento histórico, y varios otros que visitamos tienen algunos miles de metros de muralla colindante con ese paso, que se encuentran en proceso de restauración.

A partir de los años 90, la explosión turística es notoria y con los fondos recaudados puede hacer posible avanzar en esos trabajos y comenzar otros de importancia histórica. (Ver recuadro Trabajo de 20 dinastías). Desde el aire, cerca de Beijing, sobresale el paso de Badaling por su monumentalidad y la situación dramática de la muralla reconstruida en varios kilómetros. Pero llama la atención también por la concentración de buses, tacos de automóviles y pequeños comercios que sirven al visitante.

Ya en tierra, las escalas de piedra que dan acceso a las murallas parecen una apresurada exhibición de etnias y de lenguas. Menos de una década atrás, en mi primera visita a Badaling, los no asiáticos constituiríamos una auténtica rareza. Nos perseguían improvisados vendedores para hacerse la renta de un mes vendiendo 20 dólares de cualquier cosa. Algunos, con más iniciativa, ya hacían negocios en forma experta: un improvisado amigo fotógrafo, entusiasmado, les compró dos rollos de película Kodak en sus correspondientes cajas. Dentro de una de ellas (comprobaría demasiado tarde), no había más que un pedazo de piedra. (¿Un trozo de la Muralla China?).

Aumentan los negocios y en la misma proporción la Muralla pierde majestuosidad en la provincia de Shadong, cerca de Shanghai, donde la economía china ya no es comunista, sino privada, casi toda extranjera, y con índices de desarrollo que suman récores a nivel planetario. En el puerto de Qindao la Muralla ya parece poco más que un largo montón de tierra rojiza, con flora raquítica que se asoma entre restos de nieve. Y en Changqin quedan apenas unos montículos del período Qi (¡cinco siglos antes de Cristo!). Parece solamente una irregularidad en el camino, que el fotógrafo chino se encarga de descubrirnos con su ojo entrenado.

En otras partes, la Muralla parece una larga cantera de historia demolida, y en la provincia de Hubei y otras dos, segmentos de muralla de la dinastía Chu desaparecieron por completo. Sólo se sabe de ellas por antiguos libros de poesía.

Tampoco queda nada de esos estremecimientos y esfuerzos, salvo en los libros.

Pero si le creemos a Luo Zhewen no fue inútil tanto esfuerzo que a primera vista parece agua en el agua:

-Muy probablemente no existiría la enorme China de hoy si no se hubiesen levantado murallas a lo largo de más de veinte siglos. Hoy, en vez de una sola gran república habría talvez una multitud de países, como en Europa, como en América, como en África, en el Sudeste Asiático…

Al construir murallas, los grandes emperadores emplearon millones de personas de todo China, y de ese modo fue produciéndose un mayor contacto y conocimiento de los distintos pueblos. Lograda esa mejor comprensión, desaparecido el miedo a lo desconocido, quizá resultó más fácil hacer una sola gran nación de una veintena de minorías étnicas.

Con la dinastía Qi, un millón 800 mil personas trabajó en la reparación de murallas; y con la dinastía Qin, unos 300 mil se dedicaron a construir las nuevas. Había mano de obra de muchos orígenes junto a convictos, exiliados y condenados (que eran la mayoría).

No sólo la mezcla de gente de distintas regiones ayudó a la construcción de la China de hoy. También tienen gran importancia -observa Zhewen- las formas de construcción con técnicas novedosas, que fueron aprendidas en los lugares más remotos y ocultos de la geografía gracias a las murallas. El campesino que vivía aislado tomaba contacto con la civilización, tal vez sin proponérselo. Muchas técnicas nuevas se emplearon en la construcción de secciones de la Muralla. (Ver recuadro Cómo levantar una Muralla China). Y frente a la agresión externa, los que quedaban protegidos por ella se unían. Y el control político-militar  desde el gobierno central se hacía más eficiente.

Queda casi todo por investigar sobre la historia de la Gran Muralla. Cuando China se abra y disponga de fondos para hacer investigaciones con técnicas modernas, caerán muchos velos. Por ahora, quienes estudian la historia sísmica del planeta han encontrado en sus miles de kilómetros de ruinas un testimonio de lo ocurrido a lo largo de los siglos.

Están haciendo hablar a las piedras.

Un día esas piedras también hablarán para contarnos de historias ignoradas, de estremecimientos distintos a los terremotos, pero que modificaron la geografía china -y la del hombre- en forma más dramática.

Cómo levantar una muralla china

Burros y ovejas para transportar piedras y otros elementos de construcción fueron utilizados a menudo para el trabajo duro. Pero normalmente eran hombres los que cargaban, en algunos casos con dos canastos colgados de los extremos de largos palos, o formando líneas humanas, y pasando las piedras de mano a mano. A veces empleaban troncos rodantes y, en etapas avanzadas, levantaron líneas aéreas para atravesar valles angostos o barrancos.

En Mongolia Interior se usó mucho la tierra para hacer adobe. En las zonas desérticas, arenas y guijarros convenientemente aprisionados con madera. Pero se prefería hacerlo con piedra, ladrillo y argamasa.

Poco valor militar se le puede reconocer hoy día, pero resulta erróneo mirar el pasado con ojos de hoy, y ningún ejemplo más grande que la Muralla China. Fue levantada en épocas que se combatía con arcos, flechas y lanzas, a pie o a caballo.

Nos cuenta Luo Zhewen:

-En los torreones había vigilancia de 6 personas las 24 horas del día, y se empleaban faros hechos con fogatas y códigos de señales de humo durante el día, y de fuego por la noche. Estas bases de señales estaban sobre la muralla o en sitios adyacentes. Si los invasores observados eran no más de 500, se encendía una fogata o se lanzaba una columna de humo. Si eran hasta 3.000 invasores, las fogatas o columnas de humo subían a dos. Cuando eran unos 1.000 jinetes, la cosa iba en serio, y tres fogatas o columnas eran el grito de alarma. Un verdadero zafarrancho provocaba la amenaza de 4.000 invasores: ¡cuatro fogatas!

De este modo se ponía en tensión y en movimiento el sistema general de defensa, rechazando normalmente a los invasores.

Trabajo de 20 dinastías

Qi, Qin, Wei, Han, Zhao y Ming fueron las dinastías más destacadas en la construcción de murallas, pero algo aportaron en forma interrumpida por más de 2.000 años. Evidencias se encuentran -dependiendo de los investigadores consultados- desde el siglo noveno o del séptimo antes de Cristo. Las de los primeros siglos reflejan el período de los estados guerreros, en que ambiciosos príncipes feudales del valle del río Amarillo se protegían de ellos mismos construyendo murallas. Más tarde, especialmente después del nacimiento de China, dos siglos antes de Cristo, las murallas se levantaban para impedir el paso de los invasores nómadas, los xiong nu y dong hu, que provocaban disturbios en el área.

Los hu -también conocidos como hunos, sin ser los de Atila- crearon un reino propio en lo que hoy es China, durante el siglo tercero antes de Cristo.

Los mejores proyectos de ingeniería fueron los de la dinastía Qin -la del primer emperador, que unió murallas existentes, para tener una defensa más extensa-, y le siguen en importancia la Han y la Ming. Sólo la Han construyó unos 10 mil km, metiéndose por la provincia de Gansu, donde se halla el desierto de Gobi. En Mongolia Interior hubo, a lo menos, unos 15 mil km, que ahora se encuentran casi todos en mal estado o borrados del mapa.

Curiosamente las murallas chinas también se hallan fuera de su territorio. Nos informan que hay 1.000 km dentro de lo que hoy es territorio ruso, cerca de Nicholayevsk, a continuación del paso de Shanhaiguan.

Ninguna dinastía fue más agresiva en sus construcciones que la Ming, y a ella pertenecen las secciones mejor conservadas. Protegió nueve fronteras con murallas -utilizando una fuerza de casi un millón de hombres- y amuralló once ciudades. Normalmente, las ciudades Ming fueron construidas en altura, cerca de los pasos. Resultaba fácil advertir la presencia de enemigos y se encontraba con las puertas muy protegidas.

Fue ésta la última dinastía que construyó murallas. Inició las primeras un siglo antes del descubrimiento de América. Las últimas, en el siglo XVIII. Se calcula que con los materiales utilizados sólo por esta dinastía (las murallas tenían normalmente cinco metros de altura y uno de ancho), se podría construir una carretera (una carretera, no una muralla) que diese la vuelta a la Tierra cuatro veces, de un ancho de 5 metros y 30 cm de profundidad

…Y todavía hay algunos que se sorprenden al ver los mercados del mundo invadidos en 1998 por la industria china.

Ver texto publicado en revista en formato PDF Gran-Muralla-China-El-que-la-encuentra-es-pa-él