Gemidos en el aire

Gemidos en el aire

Se escuchan lamentos a bordo. “Cobran hasta por respirar.” En la JetBlue hay que  pagar siete dólares por la almohadilla y la frazada. En U.S. Airways, el jugo o el agua mineral valen dos dólares, los bocadillos no se dan como gentileza de la casa, y quien quiera viajar en las primeras filas o escoger entre ventana o pasillo, paga entre cinco y 20 dólares. La United y otras compañías subieron el “pasaje” de mascotas de 85 a 105 dólares. Y todo lo anterior es poco si se compara con lo que empieza a ocurrir en el mesón del aeropuerto. Desde que United, Delta, U.S. Airways y Northwest lanzaron el 5 de mayo su primera sonda de exploración del mercado, cobrando por la segunda maleta, todas las semanas se agrega una compañía que se hace pagar por ese transporte, costo que antes se incluía en el precio del boleto (de regalar, nunca han regalado nada.) American Airlines, por ejemplo, cobra 15 dólares por la primera maleta, 25 dólares por la segunda y 100 dólares por cada una de las restantes, hasta un máximo de cinco. Si alguien confunde un viaje con una mudanza… y necesita una sexta maleta, debe agregar cerca de 300 euros.

Todo lo anterior puede resultar abusivo a primera vista. Por eso, ciertas asociaciones de consumidores anuncian demandas. El sistema, sin embargo, me parece lo más cercano a la democracia aplicada al sistema de mercado. Sabemos que el alza excepcional de los combustibles, la competencia de las compañías de bajo costo y otros factores, han hecho que se evaporen las ganancias de grandes empresas de transporte aéreo, que según IATA, este año perderían 5.200 millones de dólares. Para la elite, una opción muy natural es que suban los pasajes por igual, a todos. La alternativa es no alzar los boletos  -o subirlos menos-, sino cobrar más al que lleva equipaje de sultán o prefiere  hacer un viaje lleno de regalías. Por un factor cultural muy enraizado, creemos que abordo, cada cuanto rato, debemos tomar un jugo o un trago, y saborear alguna delicadeza, lo cual, a las mismas horas, estando en la oficina, pasaríamos por alto sin quejas. Perdemos de vista lo principal: se viaja para llegar a otro lugar, no para participar de un cóctel aéreo, menos en tramos cortos. Lo que no se puede descuidar es la seguridad. El millonario Ramón Subercaseaux pagaba caro para llevar una vaca lechera a bordo del barco en que viajaba a Europa; nuestras abuelas no subían al tren sin sombrero y un pequeño cocaví familiar. Eso es pasado. Hoy, quien sólo desea volar de un lugar a otro, tendrá pasajes más cerca de su presupuesto si otros se hacen cargo de financiar lo no indispensable, como volar en primera clase, con lujos de emir (foto).Mañana, seguramente, otra vez la competencia entre compañías hará disminuir las tarifas y los recargos, como ocurriera llamativamente en las últimas décadas, dejando atrás una asfixiante realidad: el viaje como placer de unos pocos. Incluso podrían volver las viejas regalías. Pero por ahora, el que quiera celeste…