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Exclusivo El paraíso de Amín (Parte 1) – Luis Alberto Ganderats
Exclusivo  El paraíso de Amín (Parte 1)

Exclusivo El paraíso de Amín (Parte 1)

Sobresaltada experiencia vivieron periodistas de Revista del Domingo en Uganda, uno de los países hermosos del mundo. Idi Amín sólo les permitió entrevistarse con su primo, Abadallah A. Amín, pero pudieron tener sorpresivo contacto con presos del régimen, vivir intensamente tres horas en manos de la policía, navegar con pilotos del dictador y sufrir hasta el sudor frío en su club privado.

“Se advierte a los señores pasajeros que en el aeropuerto de Entebbe está terminantemente prohibido tomar fotografías. Para mayor seguridad, se ruega a los señores pasajeros en tránsito dejar sus cámaras a bordo, y a quienes desembarcan aquí́ les recomendamos llevar sus cámaras dentro de sus maletines de mano o completamente cerradas…”

El avión SABENA, vuelo 498, sobrevuela el aeropuerto de Kampala. Pocos metros abajo, un retrato multicolor de Idi Amín domina el frontis del nuevo terminal aéreo. Cerca de allí se divisa el viejo edificio que presenciara el espectacular rescate de rehenes llevado a cabo por comandos israelíes hace dos años. Al escuchar la advertencia sobre los equipos fotográficos, instintivamente guardo mis cámaras en un bolso. Muy al fondo. Observo de reojo a Jorge laniszewski, el fotógrafo que me ha acompañado en este viaje de varias semanas por el África Oriental. ¡Se le hacen pocas las manos! No puede cerrar su bolso: cuatro cámaras, varios lentes, decenas de rollos, un kilo de nervios…

Dos kilos con el mío.

Y no es para menos. Estamos llegando a Uganda sin visa, sin permiso, tras muchas semanas de trámites, de advertencias:

Si tienes suerte, tal vez puedas entrar. Pero necesitarás mucho más suerte para poder salir-, me había dicho en Lima Vicente Sánchez, alto funcionario chileno de la ONU, que vivió dos años en Kenya.

¿COMO SALIR?

Ningún periodista chileno ha estado antes en la Uganda de Idi Amín. Periodistas de la más importante revista argentina intentaron ingresar a principios de año. La policía se los impidió. Tuvieron que escribir desde la capital de Kenya, reporteando en los bares, en la Sociedad de Uganda con sede en Nairobi, que reúne a los exiliados más importantes. Vieron a Uganda desde lejos.

¡Nosotros tenemos que verla desde dentro!

¿Para qué correr el riesgo? No hay en Uganda periodistas extranjeros, ni siquiera corresponsales internacionales de las principales agencias de noticias. Todo lo que transmiten los cables tiene su origen en la vecina Kenya, donde se captan las ondas de Radio Kampala o se recogen testimonios de los últimos escapados. (“Nos tuvieron seis horas cargando cadáveres en la estación de policía. El suelo estaba lleno de sangre, de vísceras, de ojos…”, dijo el último).

¿Para qué correr el riesgo, entonces?

La respuesta puede ser parecida a la que me dio hace pocas horas un escalador suizo al pie del Kilimanjaro: “Quedan pocas cosas excitantes en este mundo tan lleno de comodidades. El hombre ha perdido el placer de la incertidumbre, del peligro, del temor. El placer de llegar primero, el placer de ponerse a prueba”.

Mi placer comenzó en Santiago cuando KLM -la única línea aérea de Europa continental que une Santiago con Kilimanjaro, pasando por Ámsterdam- me invitó a conocer la montaña más alta del África. ¡Un lugar rigurosamente extraordinario! (Ya hablaré de él en una próxima edición). Pero la fantasía del Kilimanjaro no pudo impedir que una obsesión nos dominara a Jorge laniszewski y a mí: “Hay que entrar a Uganda, ya veremos cómo salimos”.

PORSIACA

Ahora estamos en Entebbe. Durante nuestro recorrido previo por otras regiones de África Oriental fuimos acumulando incertidumbres. “Amén acaba de hacer una purga”. “Amín le quitó todas las armas a sus… Ministros”. “Hay varios ministros desaparecidos”. “Hace mucho tiempo que no entran al país periodistas occidentales”. “Los turistas han desaparecido por completo hace mucho tiempo”. “No hay embajadas de países latinoamericanos en Kampala…”.


Otra vez la voz del comandante de la nave:

“Se ruega a los pasajeros desembarcar. A quienes terminan aquí su viaje les deseamos una feliz estada, y esperamos ser distinguidos con su presencia a bordo en una próxima oportunidad. Los pasajeros que continúan con nosotros hasta Bruselas, deben abandonar el avión y esperar en la sala de tránsito…”

Desembarcamos. Encima de un asiento hemos dejado un mensaje, en sobre cerrado, dirigido al Secretario General de SABENA: “Somos periodistas chilenos. Desembarcamos en Entebbe. Tomaremos aquí, el sábado, el vuelo 786 a Kenya. Si no nos presentamos, agradeceremos avisar a Santiago al télex número…”

Porsiaca.

Los pasajeros bajan en silencio. Es mucha gente. El avión salió completo desde Dar Es Salaam. Sólo a última hora se confirmó que haría escala en Entebbe. “Estamos confirmando si Uganda nos puede abastecer de combustible; cada día está más escaso”. nos advirtieron ayer en SABENA. Lo mismo nos advirtió la soviética AEROFLOT, única otra línea internacional importante que une Tanzania con Uganda.

CLAVE PARA ENTRAR

Caminamos por la losa. De pronto observo que el resto de los pasajeros toma un camino distinto al nuestro. Sólo un oscuro somalí -casi anciano, semi analfabeto- nos acompaña hacia la puerta que deben atravesar quienes desembarcan.

Impresionante nos resulta el enorme hall vacío de Entebbe. Entramos casi en puntillas. Al fondo, tres funcionarios de Policía Internacional.

¡Uno para cada uno!

Miran nuestros pasaportes con auténtica curiosidad. “Chile, Chile…”. Sin tanta curiosidad leen las tarjetas en que hemos indicado el propósito de nuestra visita y los datos personales. Sin embargo, a nosotros esa tarjeta nos hizo sudar frío. Habíamos pasado mucho rato reflexionando sobre qué escribir en ella respecto a nuestras profesiones. Con el pasaporte no teníamos problemas: estaba escrito en castellano, ¿Quién podría saber qué significa “periodista”? Pero la tarjeta debíamos llenarla en inglés, el idioma oficial, que los ugandeses heredaron de los británicos. laniszewski optó por escribir:

“Fotógrafo especializado en problemas de medio ambiente”, puesto que Uganda cuida sus grandes parques. En mi caso no encontraba escapatoria. Si escondía mi profesión y era descubierto, ¡mejor ni pensar! Ya me veía implorando que llegara un avión a rescatarme, con mi mamá de copiloto…!

Decidí usar una artimaña, ¡y que sea lo que Dios quiera! Como el espacio para indicar la profesión era pequeño, puse:

“Escritor. Period.” en inglés: “Writer. Journ.”). ¡Y que me perdone la Sociedad de Escritores…!
Paso la tarjeta a los policías.
Los tres miran nuestros rostros invadidos por la más cándida inocencia.
-¿Y las visas?
-¿Las qué?
-Las visas.
-No tenemos. En Chile nos dijeron que aquí en el aeropuerto podían…
-Si podemos, pero sólo visas de tránsito por los días que tarden en tomar el avión que los lleve a Nairobi.
-Lo que usted diga…

¡Se produjo el milagro! Ya estamos adentro.


(Esa misma tarde, claro, Abdallah Amín, primo del otro, viceministro de Comunicaciones, lanza un grito en nuestra presencia: “¿¡Quién fue el estúpido que dejó entrar a esta gente!?”. Y nosotros damos un salto como si hubiese hecho explosión ahí mismo la primera bomba de neutrones).

CON LA BOCA ABIERTA

Corto el trámite en aduanas.
-¿Nada qué declarar?
-Nada.
-Bienvenidos; sigan por favor.
-¿No van a revisar las maletas?
-No.

Un cajero corre a atendernos para que podamos cambiar dólares por chelines, moneda de toda África Oriental. Varios muchachos negros pelotean nuestras maletas y nos llevan a un bus interurbano que nos ha estado esperando fuera del recinto. Ocupamos varios asientos luego de pagar cuatro chauchas. Y el bus se va carreteando. Suben pasajeros hasta colmarlo. Impresiona el silencio. Todos hablan en voz baja, casi susurrando y nos sonríen con delicadeza. ¿Por qué tanto silencio? ¿Hay un clima de terror?

A los pocos minutos ya no nos preguntamos nada. Estamos descubriendo una Uganda inimaginada, un inesperado paraíso, a pesar de Amín. La gente no luce limpia. Luce limpísima. Tal vez no he visto en el mundo mayor pulcritud en la gente común. Los hombres salen de los caminos con los zapatos relucientes, las camisas como hechas para una propaganda de detergente; las mujeres -menos exóticas que las de Tanzania- se ven  impecables, no elegantes. ¿Los niños? Listos para un cumpleaños.  

Este fenómeno se repite a lo largo de muchos días y de los cientos de kilómetros que recorremos. Igual asombro producen las viviendas de Uganda. No son suntuosas, no son muy grandes, muchas son diminutas. Ninguna de ellas -¡y vemos miles y miles!- alcanza la indignidad de nuestras poblaciones callampas o de los ranchos que cobijan a buena parte del pueblo mapuche. Casi todas son de ladrillo o bloques, y cuentan con un sistema especial de ventilación en la parte alta de los muros. ¡Y qué dimensión humana tienen! Nueve de cada diez ugandeses viven lejos de las ciudades, en pequeños poblados o en zonas rurales, con sus viviendas flotando en una vegetación de perfecto parque nacional. Un pequeño paraíso que es de ellos, puesto que casi todos son dueños del pequeño predio en que viven y del cual viven: producen café, té, caña de azúcar, bananas…

Al acercarnos a Kampala, Jorge laniszewski salta en su asiento. Entusiasmo puro. “Esto no puede ser cierto…”. Al descorrerlas cortinas de nuestra habitación del séptimo piso del Hotel Kampala International, surge el asombro. Una docena de colinas, que parecen enormes olas quietas de un mar verde convierten la visión panorámica de Kampala en una de las más bellas de la Tierra. Sobre esas olas quietas se divisan -como casas de muñeca- miles de viviendas blancas medio escondidas entre la vegetación. Sólo la visión aérea de las ciudades de Noruega -que parece un país habitado por guardabosques- me ha producido antes una impresión igual.

Ahora comprendo por qué Churchill llamaba a Uganda “la perla de África”.

“SOMOS INOCENTES”

Pero no nos queda tiempo para entregarnos al éxtasis. ¿Qué hay tras la fachada de Uganda? Han pasado sólo 90 minutos desde nuestra salida de Entebbe y ya estamos frente a frente con el hombre que hoy maneja las relaciones exteriores de Amín. Es Mr. Emy K. Luyobya, Secretario Permanente de la Cancillería ugandesa, que ejerce interinamente como Viceministro de Relaciones Exteriores (Amín ocupa la cartera y otras cuatro desde mayo pasado).

Refinado, aparentemente muy culto (estudió en Francia) y en ningún momento vehemente o grosero, Luyobya nos introduce en el tema de Uganda diciendo:

-Esta es una democracia militar. No haga caso de lo que le digan en el extranjero. El señor presidente ha tenido que combatir a quienes intentaron varias veces asesinarlo o derrocarlo. Quienes le acusan de genocidio son los mismos que conquistaron nuestro continente a sangre y fuego, matando a millones de hombres; son los mismos que diezmaron al pueblo de Vietnam; son los mismos que olvidan la matanza de judíos y disidentes en los países de Europa Oriental.

-¿Y a qué atribuye usted las críticas que se hacen al presidente Amín en todo el mundo?

No en todo el mundo. Es una campaña orquestada por las grandes potencias de todos los colores. No toleran que el Presidente se niegue a aceptar cualquier tipo de dependencia. En África se nos respeta.

Breve resulta la entrevista con el viceministro. Nos dice que su colega de Comunicaciones y Broadcasting, Abdallah A. Amín, es el único que puede permitirnos llegar al Presidente, “quien, creo yo, tendrá mucho gusto en recibirlos!”.

EL PRIMO AMIN

El primo Amín nos recibe media hora después como si hubiésemos llegado a pedirle permiso para salir de fiesta con su distinguida esposa. Sentados frente a él, escucha (¿escucha?) sin mirarnos. Llama por teléfono varias veces y habla en suhahili. No entendemos nada. El suhahili suena como la voz de un locutor japonés en una radio mal sintonizada. Amín apenas nos habla. Responde con gruñidos. De raza nilótica y tribeño kákua, como su primo, parece tener buen diente como él. Es grueso, carantón, color negro ahumado. Tres veces hablamos con él. En la última ríe de buenas ganas a costa nuestra, con una carcajada de oreja a oreja, literalmente hablando. Su boca parece un enorme choclo en un plato de Quinchamalí.

Pero esta vez no sonríe. Vestido con traje de mezclilla índigo parece un jefe de barrenderos municipales y nosotros apenas aprendices del escobillón. Nos trata mal:

-¿Por qué entraron a Uganda sin permiso?
-No hay embajada en Chile, mister…
-¿Y no podían escribir pidiendo autorización?
-No se nos ocurrió, ¿nos va a creer? Y como el Presidente Amín dijo hace tiempo que invitaba a los periodistas del mundo para que conocieran la realidad ugandesa.
Ya no, señores. Vinieron algunos y sólo escribieron mentiras.
-No lo sabíamos. Usted comprenderá que para escribir mentiras sobre Uganda no habríamos hecho un viaje que equivale a más de una vuelta al mundo… Prepararíamos un artículo en Santiago, cómodamente.
Sí, todos los periodistas dicen lo mismo.
-Ah…

Termina la entrevista, sin habernos dado la mano ni al recibirnos ni al despedirnos, con una invitación perentoria a presentarnos al día siguiente en su oficina, Cuando abandonamos su despacho, le grita a su secretaria, en inglés: “Averigüe quién fue el estúpido que los dejó entrar”.

POLICIA PRESENTA

Regresamos al hotel chuteando piedras. (Las pocas piedras que podemos hallar, pues las calles de Kampala no tienen nada que envidiarle en materia de limpieza a cualquier ciudad suiza). Con esta recepción, la entrevista con Amín parece imposible.

La cita para el día siguiente es a las 9 de la mañana. A las 9 en punto la secretaria avisa al primo Amín que hemos llegado. A las 9 y dos minutos vamos con un alto jefe policial rumbo a la Unidad de Seguridad Pública, que los exiliados y la prensa internacional señalan como el aparato represivo más sangriento de Amín. El mismo lugar donde un exiliado dijo haber visto vísceras, ojos humanos en el suelo… Al otro se le conoce como Oficina de Investigaciones Estatales. Ambos tienen muchos jefes y oficiales nativos de Sudán,  mercenarios que dan sustento militar y policial al régimen. Se distinguen –se dice-  por las tenidas elegantes, zapatos con plataformas y pequeñas armas modernas. “Amín los mantiene contentos y fieles trayéndoles aviones repletos con mercaderías desde Europa”.

Nuestro acompañante es un tipo elegante… Terno, zapatos y corbata color canela; camisa roja. Ignace, dice cuando se presenta. Para no achicarme, le digo: “Luis Alberto”.

Queda muy impresionado…

No tanto, eso sí, como para impedir que en tres horas viviéramos una semana de encierro en la central policial. Todo el interrogatorio tarda media hora. Pero antes y después nos hacen esperar -¡ah, el placer de la incertidumbre!- en salas oscuras, con tipos sospechosos de quizá qué delitos. Hay tiempo para recordar y arrepentirse. “Si tienen suerte, tal vez puedan entrar. Pero necesitarán mucha más suerte para poder salir”. Para no aburrirme escribo en una libreta lo que nos está ocurriendo. Por las dudas, lo hago -como en el colegio-en jerigonza.

“Epestopo sepe epestapa poponienpendopo mapalopo… “

Si me quitan la libreta no entenderán nada. Les diré que es el dialecto chileno.

HUIDA A JINJA

Un tipo encerrado con llave en una pieza de ventanas cubiertas por rejas, nos interroga con cordialidad.

-¿Puedo sacarme la chaqueta? -le pregunto, pues el asunto es como para estar acalorado o acalambrado.

Por supuesto. Ustedes tienen libertad para hacer lo que quieran. No se encuentran detenidos.

Echo una mirada a la ventana. La reja sigue allí.

Sólo le interesa saber cómo hemos logrado entrar a Uganda sin visa y sin autorización expresa, por ser periodistas. Le cuento el cuento completo, sin recordar naturalmente, lo de “Escritor- Period.”.Toma nota a mano sobre unas grandes carillas blancas, escribiendo en líneas que se van desmayando, como lo haría un niño.

A medida que avanza el relato, su rostro se va poniendo más escéptico, como diciendo “hay que ser muy ingenuo para creer en la ingenuidad”. Pasan tres horas, Ignace regresa.

Váyanse al hotel y esperen noticias nuestras.
-¿Y qué pasa con la entrevista al Presidente?
-Les avisaremos.
-Bien, pero no podemos pasar todo el día en el hotel. Vinimos a trabajar…
-Antes de las 2 de la tarde les llamo.

A las 2.20 resolvimos salir del hotel. Nuestro propósito es viajar a Jinja, distante 80 kilómetros de Kampala, pueblo vecino a las cataratas Owen, lugar de nacimiento del Nilo. Por fin conocería el lugar exacto donde se inicia el río más famoso de la Tierra y que había conocido anteriormente en varios sectores de su curso. ¡Sería una rica experiencia! Dejamos un recado escrito en el hotel y partimos a Jinja. ¿Resulta una experiencia sobresaltada! “¿Y si ha pasado Ignace?”, “¿Y si Amín nos hubiese quedado esperando?”. Regresamos siete horas más tarde.

-¿Alguien preguntó por nosotros?
-Nadie, míster.
– ¿Algún recadito?
-No, míster…

MILICOS DE.LA MANO

Resolvemos acortar la noche saliendo a recorrer la vida nocturna de Kampala… Las calles están vacías. “Después de las siete usted no encuentra a casi nadie”, explica el dueño de un bar. “A las diez nos obligan a cerrar. Al Presidente no le gustan los lugares de diversión nocturnos, ni las minifaldas, ni los shorts, ni las pelucas”. A la misma hora los hoteles dejan de vender licores, cerveza y bebidas. Kampala es la capital del cuerpo bueno y del toque de queda por aburrimiento.

Todo renace en la mañana. Un hormigueo constante, sin blancos en las calles y muy pocos orientales desde que Amín expulsó a 50 mil indios y paquistaníes, dueños de la industria y el comercio ugandés, hace cerca de seis años. Nunca hubo muchos blancos, la mayoría británicos, pues durante el tiempo que fue protectorado inglés no se permitía la radicación de europeos. Los orientales controlaban todo, menos el poder tribal, al menos directamente. Su expulsión hizo -y hace- tambalear la economía del país, pero como se trata de una nación eminentemente agrícola, ha podido soportar esa sangría empresarial. Los altos precios del té y el café -productos masivos de exportación- permiten al Gobierno de Amín navegar, con temporal, sobre las olas de la crisis económica.

Nadie pasa hambre, desde luego, porque el 90 por ciento de la gente vive de la producción agrícola, aunque los menús no resultan muy variados. En nuestro hotel (600 pasajeros) los clientes se acostumbran a comer casi todos los días carne de pollo con un puré bastante insípido. Este se hace con unos plátanos muy raros, que más parecen papas desabridas y fibrosas disfrazadas de frutas. A mí me han parecido una invitación a la arcada.

Aunque no hay turistas, los hoteles permanecen repletos. Su clientela la forman empleados públicos y representantes de las 40 tribus de Uganda que llegan a hablar con Amín u otras autoridades. Casi los únicos blancos –20 o 30- que he visto en el Kampala International son soviéticos. Muchos de ellos con sus familias. Resulta evidente el interés de la URSS por Uganda.

(Ya hablaremos de ellos en próximo reportaje).

Dos cosas sorprenden en las calles de Uganda: muchos hombres caminan tomados de la mano, como niños o novios. Incluso se ven parejas de militares…“Es simplemente un gesto de amistad”, explica un funcionario de Kampala de quien nos hemos hecho amigos; y, por contraste, nunca vemos parejas de parejas de enamorados del brazo, o cogidos de la mano. ¿Por qué?

Los policías son pendencieros. Si ven una pareja, inmediatamente provocan al hombre para conquistar a la mujer

CON AMIN DEL BRAZO

Nos hemos levantado de madrugada. ¡Hay que ver Kampala al amanecer! Parece un sueño. A las 9 de la mañana salimos en dirección al lago Victoria, el más grande de África y el segundo de la Tierra. Nuestro propósito es recorrerlo durante varias horas, pues estamos a viernes, día de guardar musulmán. Nadie trabaja. ¡Ignace sigue en silencio! Día para el solaz… los empleados del hotel y varios conductores de vehículos nos indican un lugar donde quizá podamos arrendar una lancha. En taxi llegamos a Cape Town Villas, un club privado, según podemos advertir al ingresar. Dos guardias miran al interior del taxi y nos dejan pasar.

Más tarde -demasiado tarde- nos enteramos de algo insólito: “Este es un club administrado directamente por el Presidente Amín”.

¿Por qué nos dejaron pasar? ¿Supondrían los guardias que por estar en Uganda debíamos ser personas de confianza del régimen”… Nunca lo sabremos.

En el interior del Cape Town Village  se encuentra el único busto del dictador de Uganda, primorosamente coloreado. Paseamos por los jardines cuando lo descubrimos. Jorge Ianiszewski toma muchas fotografías. En algunas poso del brazo con Amín. ¡Es una fiesta! Pero repentinamente se acaba la fiesta. Llega el administrador, un joven negro: “Está prohibido tomar fotografías, míster”.

Nada más.

Tragamos saliva. Seguimos hasta la orilla del lago para tratar de conseguir una lancha. “No tenemos gasolina”, señor.

Estamos desalentados. ¡El día de solaz se va a las pailas! Un rayo de esperanza, sin embargo, cae sobre nosotros: varios hombres de uniforme pasan cerca. laniszewski les pregunta: “¿Nos podrían conseguir una lancha?”. Se sorprenden un poco.

-Sí, talvez es posible. Sigan caminando por la ribera y allá, donde se divisan unos lanchones, digan que van de parte nuestra. Esos lanchones estarán todo el día haciendo transportes en el lago.

SUELAZO CON El SOLAZ

Comenzamos a avanzar hacia el embarcadero. Muchos hombres vestidos de blanco (trajes de mangas y piernas cortas) llenan los lanchones con cañas y maderas. Faltan aún cien metros para llegar cuando uno de los lanchones se pone en marcha. Corremos hacia la orilla y, desde la distancia, les hacemos señas para que nos lleven. A pocos metros de allí hay un viejo muelle. Los hombres responden a nuestras señas con saludos de despedida… Nos dan ganas de cambiar las señas por otras más expresivas… Continuamos caminando hasta llegar al embarcadero. Poco antes, el otro lanchón parte con su cargamento de cañas. Varios hombres de blanco quedan en tierra. Tomamos algunas fotos desde lejos. Cuando estamos junto a ellos se nos acerca un uniformado igual a los anteriores.

Le explicamos nuestro propósito.

Por supuesto– dice -. Si los oficiales autorizaron no hay problemas. En el próximo viaje suben a un lanchón. No tarda más de una hora en volver.

Nos ponemos a conversar. Al observar los botones de su uniforme me parece leer algo que no puede ser cierto: Prisons-Uganda.

¡Prisiones de Uganda!
Miro al fotógrafo.
-¿Estás viendo lo que yo veo?
-Mmmm.
Sonrío al carcelero.
-¿Y qué tal? ¿Mucho trabajo?
-No; como siempre.
-Ah, ¡qué bien…! Y, dígame, estos señores… estos hombres… ¿son empleados del club?
Tshhhh, tshhhh. No, señor, ellos son presos. Los traemos aquí para que trabajen y arreglen los jardines. Son órdenes del Presidente.

En ese preciso instante resuelvo dar “unas vueltas por ahí”. Pero antes quiero llevarme un recuerdo. Bastan diez minutos.

-Fíjese que yo soy coleccionista de insignas. ¿Me vendería la suya? No tengo ninguna de las Prisiones de Uganda”.

Se niega. Inició otra arremetida.

-Fíjese que yo también colecciono botones. ¿Me vendería uno de su uniforme? ¡Diez dólares!”.

Hace unos movimientos extraños, saca el broche que sujeta un botón de su camisa y mientras mira para todos lados hacemos el trueque con disimulo.

¡¿TURISTAS!?

Nos vamos, entonces “a dar unas vueltas por ahí”. Media hora más tarde estamos a bordo de un yate con dos pilotos de los aviones de…Amín. Son suecos. El propio administrador del club -así se escribe la historia- nos ha ofrecido espontáneamente embarcarnos con los suecos, que pasarán el resto del día lago adentro. ¡Caídos del cielo! Nadie nos ha preguntado quiénes somos, qué hacemos aquí. Ya llevamos una hora navegando cuando uno de los pilotos pregunta:

-¿Y qué hacen ustedes en Uganda?
-Somos turistas…
-¡¿Turistas?!
-Sí, ¿Por qué le extraña?
-…Yo creo que hoy día son dos los turistas en Uganda…
-Njum.

Comprendemos, entonces, que si algo camina mal, este día de solaz terminará con todos los turistas que hay en el país en el fondo del lago. ¡Pero ya no hay vuelta!

Ianiszewski se entretiene fotografiando una isla, que resultó ser la Isla del Paraíso, secreto refugio de Amín, que se divisa a lo lejos. De pronto una lancha comienza a aparecer en el horizonte. A los pocos minutos ya nos quedan pocas dudas: se dirige a nuestro yate. Los minutos corren más rápidos que nunca:

-Sus pasaportes, por favor.
-Como no…

Los dos hombres que tripulan la lancha se despiden, llevándose nuestros documentos. Un sueco me palmotea:

No te preocupes, el Presidente es una buena persona, sólo que no le gusta que nadie sospechoso se acerque a la Isla del Paraíso.

No hablan más de Amín, salvo para decir que conquista pilotos extranjeros ofreciendo los mejores sueldos del mercado mundial.

RETENIDOS EN El CLUB

Ahora los minutos pasan lentamente. Por fin, como lo temíamos, una lancha al estilo Hawáii 5-0 surge nuevamente en el otro extremo del arcoíris. Viene por nosotros.

Me han ordenado que los lleve de regreso al club– nos dice el único tripulante de la lancha.

A los 15 minutos ya estamos desembarcando. Cojeo visiblemente, porque he metido el botón del carcelero en un zapato. (“Tal vez me denunció”). En el muelle un muchacho me hace señas para que le pase mi maletín con cámaras. Me niego con otro gesto. Después me entero que solo es el maletero… El administrador nos explica que el gerente del club ha ordenado que nos retengan hasta que él regrese. ¡Está orando! ¿Motivos de la retención? Por haber tomado fotos a la isla de Amín.

¡Tres horas de espera! Llega el gerente y sin escucharnos nos manda a decir que debemos esperar la llegada de “otra persona”. Esa otra persona le ha ordenado que nos retenga… A esta altura ya no estamos para bromas. La comedia de equivocaciones se convierte en tragedia…

Como animales acosados, decidimos atacar. Gritamos al administrador, golpeamos el mesón, hasta que el gerente opta por asomarse. Protestamos airadamente. “La mejor defensa es el ataque” decía el maestro de la estrategia china Sun Tzu. También el arte del desesperado.

¿En qué país estamos?, señor”.¡¡ Nunca creímos que esto ocurriría en Uganda!!

El hombre nos mira con desconcierto, tal vez halagado… Nos hace pasar.

Tomen asiento, por favor…
-No vamos a tomar asiento, señor. ¡Explíquenos qué ocurre!
Ustedes tomaron fotos de la Isla del Paraíso
-!¿Nosotros?!

Para abreviar, nos da todo tipo de explicaciones (“Es que yo creí…”) y nos manda con su chofer de regreso al Hotel Kampala… Ya en nuestra habitación, escondemos los rollos de película, cambiamos los rótulos y marcamos varios rollos vírgenes como “fotos del lago Victoria”.

Esperamos la llegada de la policía en cualquier momento. Dormimos a saltos.


AMIN MOLESTO

Amanece tan hermoso como siempre. Vamos a la oficina de nuestra línea aérea, confirmamos que las reservas de pasajes están vigentes. Hay que esperar hasta las 8 de la noche. ¿Qué ocurrirá entre tanto? Dudamos si resulta más prudente regresar a la oficina del primo Amín y preguntarle por la entrevista al Presidente, o simplemente mandarnos cambiar. ¿Y si alguien lo toma como una ofensa y nos detienen en el aeropuerto?

Llegamos a la oficina del primo Amín.

Cuando le anuncian nuestra presencia sale de su oficina con el rostro congestionado. Sin mirarnos le grita en inglés a la secretaria:

¡Dígales que se vayan! No quiero verlos aquí. Nadie los ha invitado y entraron sin permiso. ¡Que se vayan! ¡…¡¡Que se vayan!!”

Jorge laniszewski me mira para confirmar si yo estoy tan lívido como él. Y tan sorprendido, claro, pues uno espera que Amín nos mande a un calabozo o, al menos, a la frontera, pero no… fuera de su oficina.

Logramos que nos escuche. Repite sus argumentos. Luego de muchos tanteos, consigo que me acepte un cigarrillo. Ianiszewski, con buen inglés, argumenta, se defiende, ataca a ratos. Finalmente nos hace pasar a su oficina. Logramos que sonría. Nos da su tarjeta (ver en estas páginas), pero no acepta ser fotografiado. En un momento se pone serio y nos dice:

A ustedes les gustaría que esto fuera al revés. Yo, un negro, entro a la oficina de ustedes y les ruego que me reciban y me den una entrevista con el Presidente.

No sabemos qué quiere decir.

Está equivocado, mister Amín. No se trata de eso.

Acepta la réplica. Y otras. Explica que “el Presidente está muy molesto” porque hemos entrado sin permiso. “No hay entrevista, señores”. Se despide amablemente de nosotros en la puerta de su oficina. Debemos irnos de Uganda. Dos policías de civil nos llevan en un vehículo al hotel. Cuando intentamos despedirnos de ellos, dicen:

Tenemos instrucciones de acompañarlos hasta que tomen el avión, esta noche…-Bueno, espérennos. Pero faltan todavía seis horas…
Sabe, mejor regresamos a las seis. Ustedes nos esperan aquí…

Nos vamos al centro de Kampala con un circunstancial amigo ugandés, compramos recuerdos y enviamos las últimas cartas. El acompañamiento policial hasta el aeropuerto nos preocupa. Tal vez nos quiten todos los rollos antes de embarcar.

ALÓ… ¿LA POLICIA?

Ya son las 6, y estamos esperando a los policías en el lobby del hotel… Son las 6.15 y aún no llegan los policías… Son las 6.25. ¡Seguimos esperando!… (¿Y si perdemos el avión?).

Sólo nos queda un recurso. Le pido a Ianiszewski:

Llama a la policía y dile que ¡por favor! vengan a echarnos del país. Que estamos ansiosos, que nos pongan en un avión y nos manden para afuera. Somos personas non gratas…

Los policías del primo Amín no contestan el llamado.

Son las 6.40. Nada.

A las 6.45 huimos del hotel. Un taxi nos lleva al aeropuerto. El chofer critica a  algunos hombres del Gobierno. “El Presidente está bien, pero la gente que lo rodea…”. Yo no estoy para lugares comunes. Sólo me preocupan -y asustan- los autos que vienen detrás. “Ese debe ser el de nuestros policías”, pienso cada vez que alguno se acerca. Pueden acusarnos de desobedecer sus órdenes. Los 30 minutos de viaje nos parecen una serie de suspense.  “Tal vez nos dejen salir. ¿Pero si nos quitan los rollos de fotografía?”.

Entramos al aeropuerto. Vemos policías de civil por todas partes. (¿Estará Ignace…?) Pero no, no son policías. Son otros viajeros, negros, elegantes como Ignace. Caminamos hasta el mesón de SABENA, trotamos a entregar las maletas, corremos a Policía Internacional, volamos al avión, nos zambullimos en los asientos…

Se acabaron los turistas en Uganda.

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