Entrevista a Richard Leakey  |  Desenterrando abuelos

Entrevista a Richard Leakey
Desenterrando abuelos

El más famoso paleoantropólogo del mundo fue entrevistado por Revista del Domingo en África. Periodistas chilenos logran por primera vez tener acceso directo a la cumbre científica que intenta dilucidar el misterio de los seres que dieron origen al ser humano en el continente negro.

Ha concluido la entrevista con Richard Leakey y no sé qué pensar.

Por una parte experimento gran satisfacción. Sobran razones: la importante revista Time le destinó hace poco la foto de portada y el reportaje de fondo, calificándolo de “formidable científico”, destacando que sus descubrimientos paleoantropológicos son los “más excitantes de los últimos tiempos”, pues ha descubierto “más y mejores fósiles de prehombres que cualquier otro paleontólogo en la historia de la Humanidad”.

Conversar con él  -“el  genio organizativo de la paleontología moderna”- ha resultado, pues, una experiencia poco común en la rutina periodística.

Pero junto con experimentar satisfacción me incomoda algo que él me dijo:

-Sí, señor; tanto usted como yo descendemos, seguramente, de una especie de ardilla llamada Plesiadapis que habría vivido hace unos 75 millones de años. Entre los pequeños mamíferos que vivían entonces de la recolección de semillas y caza de insectos, esa especie de ardilla es la que más se acerca a las características necesarias para ser el abuelo de los primates, orden a la cual pertenecemos nosotros…

Al escucharle tuve la fugaz tentación de reaccionar como la esposa del obispo de Worcester cuando supo de las teorías de Darwin que nos dejaban emparentados con los monos: “Esperemos que no sea cierto, pero si es cierto, recemos para que el pueblo no lo sepa”.

Pero -advierte Leakey- que no podemos mirar a un chimpancé o un gorila y decir:

 “Así éramos nosotros antes”.

Tanto nosotros como los simios, agrega, “somos productos de una evolución de quince millones de años. Ellos son nuestros primos; no son nuestros antepasados”.

 (Algo es algo! , mi querida señora Worcester).

La verdad es que Richard Leakey no había dicho hasta ese momento nada muy nuevo, pero nunca nadie (mirándome serenamente a los ojos con la seguridad de quien sabe de lo que habla, me dijo antes algo así: “Usted desciende de una ardilla”.

Y Leakey tampoco estaba presumiendo de expresar alguna novedad, ya que él no se preocupa de la “ardilla” Plesiadapis sino de otros abuelos del hombre, no tan distantes y distintos. Y en esta área tal vez el apellido Leakey resulte tan trascendental frente a Darwin como lo fue el de Einstein frente a Newton. El viejo Louis Leakey -padre del actual-, muerto hace seis años, y su viuda Mary -aún investigando en Tanzania- han hecho modificaciones importantes a la teoría de Darwin, el gran investigador cuyo famoso buque dio su nombre a nuestro Canal de Beagle.


El joven Leakey, 38 años, constituye un caso singular en estos días: jamás ha hecho estudios universitarios.

Sólo la Historia dirá si tengo o no los conocimientos superiores adecuados-, me respondió cuando le recordé las críticas que algunos investigadores universitarios deslizan frecuentemente al recibir los ecos de sus notables descubrimientos.

Richard es bastante mejor de lo que fue Louis, su padre; por eso estoy muy orgullosa de él”, ha subrayado su famosa madre.

RECHAZO DEL GENESIS

Desde los seis meses de edad, Richard fue llevado por sus padres a los lugares más ocultos de África tras los restos fósiles de los abuelos del hombre. Antes de hablar aprendió a distinguir un fósil de los huesos de un picnic. Ahora es capaz de distinguir a la distancia restos óseos de los distintos primates. Pero en su oficina de director del Museo de Kenya, Nairobi, donde conversamos largamente con él, no cuelga un solo diploma (hay fotos del extinto Kenyatta, de Maeve Epps, su segunda esposa, de sus hijos, de flores y leones). Aquí una frase gastada adquiere un contenido abrumador: Leakey se formó “en la universidad de la vida”. Y él se encarga de recordar que Darwin no fue biólogo o antropólogo, sino que estudió teología y, brevemente, medicina.

Nieto de un misionero anglicano, no sólo ha olvidado su ancestro británico, sino que desconoce al dios que trajo a su abuelo por esas tierras africanas. Ciudadano y nativo de Kenya, rigurosamente agnóstico (nunca fue bautizado), desconoce la divinidad de Jesús y rechaza las explicaciones del Génesis:

-Sin embargo, adhiero a los principios cristianos. La fe religiosa constituye un importante ingrediente en la convivencia humana y, por lo tanto, respeto mucho a quienes creen. No me gusta, eso sí, la idea de una mano directiva en la evolución humana. Los hombres han creado un dios a su imagen y semejanza. Pero si algo superior existe, seguramente tiene que ver con la organización de la vida en el Universo. En realidad, yo llamaría dios a la organización de la vida, pero no le pondría manos ni brazos.

DECADA ASOMBROSA

Un día sobrevolaba él cierta zona fronteriza de Kenya con Etiopía, con su avión fuera de ruta por un temporal, cuando descubrió un área sospechosa de cobijar restos fósiles muy antiguos. Hizo luego un breve reconocimiento y poco más tarde -de esto hace exactamente diez años- logró de la norteamericana National Geographic Society algunos fondos para investigar. Hijo de tigre, no le traicionó el olfato. Esa región del valle del Gran Rift, Kenia,  la del lago Turkana, ha entregado la más rica acumulación de restos de hombres antiguos y de sus abuelos que se conozca en la Tierra. En una cuenca de varios kilómetros de profundidad las capas de estratos conservan restos de ambientes prehistóricos completos.

Dijo a Revista del Domingo:

Hemos hecho descubrimientos muy importantes. Por ejemplo, uno que permite descartar al Australopithecus africano como antecesor del hombre, lo cual echa por tierra teorías aceptadas como válidas hasta hoy por los principales antropólogos. Este año espero iniciar la exploración en Suguta, situada también junto al lago Turkana. Estoy buscando financiamiento. Pretendo encontrar una pista que me permita llenar los vacíos que existen respecto al antepasado humano entre los tres y medio y diez millones de años. Durante este período se produjo la más importante evolución del prehombre, y de esa época sólo tenemos dos dientes, un trozo de mandíbula con un molar y el hueso de un brazo… Como Suguta es una zona con estratos de aquellos años esperamos encontrar fósiles interesantes.

-¿Se sigue buscando el eslabón perdido?

-No se trata precisamente de un eslabón perdido. Eso ya ha sido descartado.

-¿Qué, entonces?

-Yo hablaría más bien de un gran cuadro todavía sin terminar, sin pintura en gran parte de él. Este cuadro tridimensional sólo está pintado en los extremos, pero en su centro tiene grandes vacíos, grandes incógnitas. Hay que dibujarlas con los restos fósiles que los investigadores logremos descubrir e identificar.

“ADAN” FUE AFRICANO…

-¿Por qué razones sus hallazgos le permitieron descartar al Australopithecus africano como antecesor del hombre?

-Bueno, mi padre postuló que ese prehombre había dado origen al Homo habilis, antecesor más cercano del ser humano. Pero fue necesario descartar dicha teoría, pues descubrí que ambos vivieron en la misma época, coexistieron. Pero esto no quiere decir que otro Australopithecus, no el africano, pueda ser antepasado del hombre. Eso está por verse.

-Pero, ¿en qué lugar del globo nació el hombre-hombre? En otras palabras, si hubiese que ubicar geográficamente a Adán, ¿dónde lo pondría?

-No se puede hablar de un área, pues el escenario era entonces muy grande. Recuerde que entonces los actuales continentes estaban soldados, es decir, constituían una sola masa. Pero parece que las poblaciones más antiguas fueron africanas. Yo pienso que de todos los Ramapithecus que existían entonces, sólo los africanos evolucionaron hasta transformarse en hombre, y no así los de China y Europa, que corrieron distinta suerte.  Y no podemos hablar de Adán, naturalmente.

-¿Cómo evita que otros equipos investigadores le disputen territorios descubiertos por usted?

-Esto es igual a la prospección de minerales. Cualquiera puede rastrear, pero cuando alguien encuentra un área interesante, los demás equipos se retiran, por razones éticas. Nadie interfiere, en consecuencia, el trabajo que realiza el equipo de 35 científicos a mi cargo.

-¿Qué sabe usted de la investigación antropológica en América latina?

-Desgraciadamente, poquísimo. Estoy arrepentido. Pero no debemos olvidar que esa región sólo resulta importante para saber más del proceso social del hombre y no sobre sus orígenes. A Sudamérica sus habitantes primitivos llegaron ya en estado de Homo sapiens.

-¿Cree Ud. que el Homo sapiens, el ser humano, puede extinguirse, como otras especies?

-Desde luego. La gente cree que nosotros estamos aquí por predestinación y porque somos humanos tendremos capacidad para sobrevivir a nuestros errores. Olvidan que somos organismos vivientes y que un muy alto porcentaje de organismos vivientes se han extinguido. No hay nada, hasta el momento, que sugiera que no somos parte de este mismo ejemplo. Sólo porque somos capaces de reflexionar, de planificar nuestro futuro, podríamos evitar lo que parece inevitable. Pero el hombre crea día a día un medio más hostil, por la sobrepoblación, los abusos con el medio ambiente y la disminución de los recursos naturales.

Richard Leaky no parece optimista sobre el futuro de nuestra especie.

–Temo que no sea capaz de sobreponerse biológicamente, es decir, que no sea capaz de producir una modificación genética tan rápida como los cambios que él mismo produce en su ambiente. Podemos desaparecer, sin duda alguna, con guerra nuclear o sin ella.

-Cuando un extranjero recorre ciertas poblaciones de África tiene la tentación de pensar que en pocos lugares del mundo el ser humano está más cerca de los antecesores del hombre. ¿Qué piensa de ese modo de pensar?

Guarda silencio unos segundos. Hace un gesto de impaciencia. Tal vez debe considerar que esa pregunta está más cerca de la ignorancia y del prejuicio que de otra cosa.

Y responde:

-Los pueblos primitivos se encuentran en América, en Asia y en otros continentes. No sólo en África. Biológicamente no hay la menor duda de que todos los seres humanos somos  iguales. Los hombres difieren en su tecnología y no en su grado de desarrollo. En las regiones cálidas de África se han mantenido tecnologías primitivas, pues el medio ambiente lo permite. No así en Europa, por ejemplo, pues sufrieron épocas más heladas y se han visto obligados a desarrollar nuevas tecnologías. Las diferencias físicas exteriores entre los hombres se han originado fundamentalmente en los últimos 15 mil años.

Richard Leakey


Desenterrando abuelos (2)

Richard Leakey explica someramente en la otra crónica de estas páginas el estado en que se encuentra hoy el conocimiento del ayer del Hombre: Su historia –dice- es un gran cuadro tridimensional incompleto, con enormes vacíos o incógnitas en su centro. Es decir, nadie sabe hoy con certeza cómo son las piezas perdidas en el puzzle del ascenso del hombre.

Hasta hace no muchos años, el estudiante aprendía que el ser humano como tal surgió en Asia, sólo unos pocos miles de años atrás. Ese primer humanoide u homínido recibió el nombre de Homo erectus, que tiempo más tarde se convertiría en el Homo sapiens actual, con un cerebro mayor y habilidades manuales evolucionadas.

Pero esa es historia antigua.

Gracias a la familia Leakey y a otros paleoantropólogos, los orígenes del hombre retrocedieron en el tiempo mucho más allá de esos “pocos miles de años” para alcanzar algunos millones. Y algo que resulta también muy importante: hubo seres parecidos al hombre – menos evolucionados, desde luego- que se extinguieron, mientras otros semejantes lograron sobrevivir y con su evolución llegar al humano actual. Aquellas ramas humanoides extinguidas engañan o engañaron a los investigadores. Al descubrir sus restos óseos los clasifican como “abuelos” del hombre, aunque sólo fueron “tíos abuelos”.

Otra hipótesis importante es que el ser humano -al parecer- no surgió como producto de un solo esquema de evolución. Es decir, en África pudo tener un tipo de “abuelos”, y en Asia y Europa, otros, aunque con resultados iguales. (Las diferencias raciales de hoy -como recordó Leakey a Revista del Domingo en el texto anterior-  aparecieron mucho más tarde, hace sólo unos 15 mil años.

Llena de incógnitas permanece aún -como se ve- la historia del prehombre, aunque ya nadie objeta, con seriedad científica, que el Homo sapiens desciende de antiquísimas alimañas. Su evolución está íntimamente ligada a los cataclismos que conoció el planeta en otras edades. A juicio de los científicos del campo de la Evolución, la vida habría aparecido en la Tierra hace más de 3 mil millones de años, cuando las moléculas químicas fueron uniéndose paulatinamente hasta formar grupos superiores, bases de la primera forma de vida.

DE ARDILLA A HOMBRE

Hace unos 200 millones de años existía en la Tierra un solo supercontinente, que se ha llamado Pangea, habitado ya por seres complejos. Según teoría comúnmente aceptada por los geólogos, esta gran masa terrestre comenzó a rajarse, tal vez al disminuir la velocidad de rotación terrestre. Los gigantescos movimientos de masas fueron dando nacimiento no sólo a los continentes, sino a varias grandes cordilleras, las cuales revolucionaron el clima. De tropical pasó a temperado en gran parte del globo. El cambio de clima creó las condiciones necesarias para la evolución de las especies.

Unos 60 millones de años atrás -como consecuencia de dicho cambio- comenzaron a achicarse los bosques que cubrían la mayor parte de las tierras de Europa, África Oriental, India y Arabia. Los árboles dejaron, entonces, su lugar a las praderas. De estas praderas se aprovecharían los primates para ir abandonando el bosque lentamente y terminar caminando en dos pies. Algunos de ellos se convirtieron en abuelos del futuro hombre.

No fue fácil para ese primate bosquimano acostumbrarse a la nueva modalidad de vida. Estaba hecho para vivir en los árboles, herencia de su antiquísimo abuelo, un pequeño mamífero, similar a una ardilla, llamado Plesiadapis. Fósiles de éste se han encontrado en las capas geológicas correspondientes al Paleoceno. No existe certeza absoluta de que haya sido el abuelo del primate, pero, a juicio de Richard Leakey y otras eminencias, es el que se acerca más a las características necesarias para haber cumplido ese rol.

FUERA DEL BOSQUE

La “ardilla”  Plesiadapis vivía hace unos 75 millones de años, dentro del bosque, sobre el suelo. Pero en una etapa de su evolución optó por subirse a los árboles. Sobre ellos pudo desarrollar ciertas características propias de los futuros primates: manos agarradoras con uñas en vez de garras; vista aguda y habilidad para la posición vertical, útiles para desplazarse y conseguir alimento. La evolución de esa ardilla resultó muy rápida, según parece, pues las ramas quebradizas y la densidad vegetal del bosque la mantuvieron en permanente tensión. Así desarrolló las manos con dedos separados y agarrada precisa. Lentamente fue convirtiéndose en primate.

Como era de gran tamaño, el primate pudo incursionar sin riesgo durante el día, y no sólo durante la noche (como ocurría con los mamíferos pequeños). Aprendió, en consecuencia, a usar sus ojos con sol, cambiando su vista “en blanco y negro” por una “a todo color”. Al aumentar las posibilidades de vida y la complejidad de su existencia, incrementó su capacidad cerebral e inteligente.

Armado de tales atributos, inició su aventura fuera del bosque, donde pudo evolucionar más rápidamente.

Para descubrir a sus enemigos o víctimas tuvo que comenzar a observar por sobre los pastos de la pradera. Así se robustecieron sus extremidades anteriores. También necesitó caminar sobre dos pies para poder ocupar sus brazos (desarrollados en el bosque) en el transporte de sus cachorros, torpes en la infancia, para protegerlos de los depredadores. Necesitaba sus brazos, además, para trasladar su comida a escondites seguros.

Richard Leakey en su obra Orígenes, recientemente publicada en Londres (uno de cuyos ejemplares el autor entregó a Revista del Domingo), se refiere a la evolución de los primates antes de abandonar el bosque, entre muchos otros temas.

Dice que hace 28 millones de años habría aparecido el primer simio, salido de la variedad de monos del Viejo Mundo. De él descienden los humanos y los actuales simios. Ese sería el abuelo común. Un norteamericano descubrió la calavera de ese simio en el Sahara, región tupida de bosques hace 28 millones de años. Lo bautizó Aegyptopithecus zeuxis.

SIMIOS Y HOMBRES DIVIDIDOS

Unos 20 millones de años atrás aparece el Dryopithecas africanus, desenterrado hace apenas 30 años por la madre de Leakey en una isla del lago Victoria. El Dryopithecus habría dado origen más tarde a la división definitiva entre hombres y simios. Este fenómeno -ocurrido unos 12 millones de años atrás- consistió en el surgimiento de tres géneros importantes a partir del anterior.

Uno de ellos, el Gigantopithecus, fue el tronco del cual salieron varias ramas de monos terrestres, todos de gran tamaño, que luego se extinguieron. Estos vagaron por los suelos de Asia durante algunos millones de años y luego desaparecieron para siempre.

El segundo, Dryopithecus (a secas), debe ser considerado el antecesor de los simios modernos: gorilas, chimpancés y orangutanes, que fueron y son contemporáneos nuestros.

Del tercer género, llamado Ramapithecus, descendemos los humanos. El Ramapithecus dio origen a los humanoides cuando dejó el bosque a sus espaldas para internarse en la pradera. De éste no sólo surgieron los antepasados del hombre, sino otros seres que se quedaron en el camino cuando se hallaban en distintos niveles de evolución. Únicamente consiguieron sobrevivir los abuelos del hombre, tal vez por su mayor capacidad para adaptarse.

APARECE El HOMO

Ocho a nueve millones de años permanecen en tinieblas: desde la aparición del Ramapithecus –el antes mencionado remoto antepasado del hombre- hace unos 12 millones de años, hasta el más antiguo Homo descubierto hasta hoy (antepasado más cercano del actual Homo sapiens), cuyos restos fósiles de 3 y medio millones de años fueron hallados por la madre de Richard Leakey en 1975. No ha sido posible hallar Homos fósiles más antiguos, que permitan reconstruir esa trascendental etapa de la evolución del Hombre.

Richard Leakey quiere hallarlos. En los próximos meses -como anunció a Revista del Domingo- iniciará la búsqueda en la zona de Suguta (Kenia), cerca del lago Turkana, escenario de otros importantes descubrimientos suyos.

Se supone, sin embargo, que el Homo, es decir una criatura que ya podría llamarse Hombre, surgió hace unos cinco millones de años. Así lo postula Leakey. En esa época los descendientes humanoides del Ramapithecus se habrían dividido en tres especies o géneros, una de las cuales sería el Homo.

Las dos restantes, que se han denominado Australopithecus africanus y Aústralopithecus robustus, desaparecieron -según la tesis más aceptada- porque no fueron capaces de competir con el Homo y algunos grandes mamíferos depredadores. Algunos sostienen todavía que el ser humano desciende del Australopithecus africanus (era la tésis del padre de Richard Leakey), no obstante las comprobaciones de que el Homo fue contemporáneo del anterior descartan que pudiese ser su descendiente.

Leakey admitió a Revista del Domingo, sin embargo, que otra especie de Australopithecus (no el africanus) podría ser antepasado del Homo. Le parece poco probable. Piensa, más bien, que el Homo fue hermano de aquellos que desaparecieron.

De acuerdo con la paleantropología actual, esos hermanos desaparecidos del Homo tenían muy distintas características. Veamos:

Robustus, el más alto y fuerte de la familia y el menos inteligente, se alimentaba de yerbas y semillas. Habría vivido hasta hace unos dos millones de años. Sus restos fósiles más importantes fueron hallados por Robert Broom en el Transvaal (1938) y por los padres de Leakey en el desfiladero de Olduvai, Tanzania (1951).

Africanus, conocido también por hombre-mono, tuvo cerebro relativamente grande, dientes semejantes a los del hombre y cabeza sin la cresta puntiaguda del orangután. Caminaba erguido y era bípedo. Se alimentaba de carne, probablemente aprovechando las víctimas abandonadas por los mamíferos depredadores. (Los restos fósiles del Africanus fueron hallados por un sudafricano hace 54 años).

HABILIS Y ERECTUS

Mientras esos dos hermanos suyos forrajean o recolectan, el Homo comienza a fabricar herramientas y a cazar. Se convierte así en Homo habilis. Ambas tareas aceleraron su evolución, puesto que requerían de razonamiento y de más complejas funciones neurológicas. Su cerebro crece. Se acerca un poco más a la etapa de Homo sapiens.

El primer Homo habilis fósil fue descrito por Jonathan Leakey, hermano de Richard, en 1961. Este ejemplar había vivido aproximadamente 1,8 millones de años atrás. Algunos sostienen, sin embargo, que se trataría de un Australopithecus y no de un Homo habilis.

Lo mismo se sostiene respecto a un fósil femenino que sus descubridores bautizaron como Lucy (1974) en homenaje a un éxito de The Beatles. Características: 3 millones de años de antigüedad; altura aproximada de un metro (piernas sorprendentemente cortas); dimensión craneana equivalente a un tercio de la del adulto moderno, y capacidad para caminar erguida, según revela la estructura de su pelvis. Contrariamente a lo ocurrido con otros hallazgos fósiles, Lucy no ha sido “reconstruida” sobre la base de algunos fragmentos óseos y dos o tres dientes, sino teniendo a la vista buena parte de su esqueleto.

Nuestro entrevistado fue quien realizó el más espectacular hallazgo de restos fósiles de Homo habilis. Bautizado como “1.470”, número que ocupa en el catálogo del Museo Nacional de Kenya, es pieza clave en el gran puzzle del ascenso del hombre. Demostró, por su edad; como se ha dicho, que el Australopithecus africanus no pudo ser abuelo del hombre moderno, pues coexistió con el Homo habilis, humanoide más desarrollado.

Este descubrimiento echó por tierra teorías casi universalmente aceptadas a principios de los años 70, colocando a Leakey en el primer lugar de la primera fila de los paleoantropólogos de la Tierra. Descubrimientos posteriores han apuntalado mejor su teoría.

Del Homo habilis la evolución continuó hasta derivar en el Homo erectus. Este caminó por la Tierra hace más de 500 mil años. Parece ser el antecesor inmediato del Homo sapiens (o sea, de este humilde servidor…), cuyo primer antepasado surgió hace unos 100 mil años. A la clasificación de Homo erectus pertenecen nuestros conocidos hombre de Java y hombre de Pekín, a quienes ya podemos llamar abuelitos sin riesgo de equivocarnos. El hombre de Neandertal – extinguido- era un Homo sapiens menos inteligente, aunque con mayor capacidad craneana, una subespecie del hombre moderno.

El hombre de Cro-Magnon es, anatómicamente, otro Homo sapiens, caucásico del paleolítico, ascendiente de muchos europeos de hoy.

La suma de estos descubrimientos deja un saldo doble. El primero: sin duda que el ser humano moderno no es un jovencito con unos pocos miles de años, como a muchos de nuestros contemporáneos se les enseñó. El segundo saldo –negativo- es que todavía los antropólogos siguen actuando como el ciego en busca del elefante. Cada uno toma sólo una pequeñísima parte de la realidad total, digamos sus pestañas (ni siquiera la trompa, la cola o las orejas), y a partir de ella –en forma voluntarista-  construye teorías. Son teorías que tienen la solidez de un castillo de naipes.

Como ha dicho el anatomista sudafricano Phillip Tobias, estamos atrasados de noticias: no existe un eslabón perdido.  “Ya no podemos hablar, como en el siglo pasado, de una gran cadena a la cual le falta un eslabón; debemos pensar en muchas hileras que forman una red de poblaciones evolucionantes, divergiendo y convergiendo, desapareciendo algunas y otras dando paso a desarrollos evolutivos futuros”.

La investigación en Suguta que anuncia Richard Leakey para los próximos meses, nos podrían acercar recién a la trompa y a las orejas del elefante. Entonces, tal vez, sabremos mejor lo que permitió sobrevivir a los abuelos del Hombre en el pasado. Y, lo que parece más importante, sabremos qué hacer para evitar que el hombre moderno -como teme Leakey- no desaparezca víctima de su vanidosa ignorancia y miopía.

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