China bien vale una misa

China bien vale una misa

Por mucho que uno mirara, en territorio chino no se veían rastros de religión ni de la filosofía tradicional. Sólo florecían en la hermosa Hong Kong; en Macao, tan tenebrosa  y luminosa a la vez, y en la separatista Taiwán, cuyo olor a incienso se nos quedó pegado en la memoria. Los chinos, en la segunda mitad del siglo 20 parecían haber olvidado sus raíces espirituales. En nuestra última visita, años después de la muerte de Mao Zedong y de la borrachera de la Revolución Cultural, empezaban a caer las grandes murallas en el resto del territorio: en Beijing, en Shangai, en Xi´an y su Ejército de Terracota. La intransigencia se hundía en las aguas turbulentas del río Amarillo. Hoy, en plenos Juegos Olímpicos, entre muchas intolerancias obvias, es justo poner sobre el podio una verdad: la tolerancia religioso-filosófica gana algo de terreno. Volvemos a ver templos alucinantes, imágenes perdidas, ceremonias públicas llenas de fervor, donde ahora participan autoridades oficiales y hasta se transmiten por TV. El confucianismo, el budismo y el taoísmo sólo dormían; se mantuvieron vivos en el santuario privado de la mente. Todavía el gobierno mantiene control sobre las organizaciones filosófico-religiosas, pero oficialmente gozan de cierto reconocimiento los seguidores de Confucio, de Buda, del Tao-te King, de la Iglesia de Roma y la Protestante. 

No es un milagro; es sabiduría milenaria. Los líderes del Partido Comunista han permitido la restauración de las creencias tradicionales para poder adaptar sus métodos de control del poder a medida que la gente olvida el socialismo y se abre a la sociedad de mercado. Al faltar el sustento de la ideología marxista, el confucianismo y otras creencias sirven -al menos por ahora- para dar cohesión a una masa enorme, imprevisible. Sirven de sostén para el orden durante este cambio social que no se parece a ningún otro de la historia por su masividad y ritmo vertiginoso. El presidente Hu Jintao (foto) usó palabras de Confucio para prometer  una “sociedad armoniosa“, enemiga del conflicto. El primer ministro, Wen Jiabao, cita en sus discursos a pensadores y poetas clásicos chinos, repudiados por la Revolución Cultural. Hasta los ministros celebran el cumpleaños de Confucio en su natal Qufu, y la gente común ha vuelto a los cementerios con flores, con frutas, con incienso, para festejar el primer feriado de Oinming, en homenaje a sus antepasados. Reverdecen los valores confucianos, el respeto a los padres, la lealtad y la humildad, sustentos de la sociedad tradicional.

A los chinos, volver al pasado les está permitiendo asomarse al futuro. A veces de un modo casi extravagante. Al lado de Hong Kong, se ha levantado la ciudad futurista de Shenzhen, que en 28 años ha pasado de ser una caleta a la ciudad más poblada de China  (en la foto, edificio de oficinas de Norman Foster). Cerca de ahí vemos un resort con forma de villa alpina (foto), llamado The Interlaken OCT Hotel. The Interlaken bien vale una misa, debe pensar Hu Jintao.